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Los estantes vacíos
Ignacio Molina
192 páginas
 
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Los estantes vacíos

[...]

Alberto, el padre de Alejandra, había muerto cinco años atrás. Gustavo no había llegado a conocerlo; sólo una vez, el día en que llamó a su hija para invitarla a salir, una semana antes del paro car­díaco, habló con él por telé­fono. Desde enton­ces, y sobre todo desde que Zulma, la viuda, empe­zara a verse con otros hom­bres, sentía una nostalgia extraña cada vez que escu­chaba su nombre.

En el salón de fiestas alquilado para el cumpleaños de su hija, Gustavo se puso nervioso al oír cómo Zulma le hablaba a otra abuela de su "nuevo pretendiente", refiriéndose a él como un hom­bre "tam­bién viudo que me tiene muy bien".

Entre globos reventados y serpentinas, Delmira despedía a sus invi­ta­dos disfrazada de Blancanieves. La semana anterior Gustavo se había equivocado de regalo al confundir los personajes, pero su hija, convencida por Alejandra, le dijo que no importaba, que ya no quería el traje de Cenicienta y que les pediría a siete compañe­ros que se dis­frazaran de enanitos.

Para no seguir escuchando a su suegra, Gustavo se metió en la cocina. Una de las animadoras, aún maquillada, intentaba tranquili­zar al único nene que había aceptado la propuesta de Delmira y que, al ver que los demás no estaban disfrazados, se había puesto a llorar. La otra animadora, ya cam­biada, masticaba un alfajor de maicena; Gustavo se acercó a hablarle con la intención de pedirle su teléfono, pero, al darse vuelta para asegurarse de que no entrara nadie, le volcó en la pollera el contenido de un vaso.