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Suárez en Kosovo
Eric Barenboim
134 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2018
ISBN: 978-987-1768-48-6

 
 
     
   
     
 

Esta novela abre con una duda lingüística fallida: ¿cómo se dirá “bizcocho” en kosovarí? Interrogante que nadie podrá responder en estas páginas, esencialmente porque no existe tal idioma. Pero no sólo por eso: también porque Eric Barenboim ha logrado escribir un libro agudo, cándido y disparatado donde las preguntas sobre la esencia de las cosas –su identidad– y sobre el modo de nombrarlas –su nomenclatura– sólo pueden ser abordadas desde el absurdo. Es por eso que Miguel Suárez, el kinesiólogo uruguayo devenido preparador físico que protagoniza este relato balcánico, deberá dejarse llevar sin certezas por la tracción del sinsentido, de la mano de un narrador que resignifica de manera cabal su condición de omnisciente.


Ganadora del Premio novela breve de la Bienal de Arte Joven Buenos Aires 2017. Jurado: Gabriela Cabezón Cámara, Fabián Casas, Editorial Entropía.

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7

Suárez se duchó en el baño de la planta baja de la Residencia Familiar Pristina Dorada. La herida le ardía. Ya se la habían curado. Era de noche y no estaba seguro de cuán lejos se encontraba del Victory Hotel. Aceptó la invitación de Dardana y alquiló un cuarto hasta la mañana siguiente. Necesitaba descansar un rato. No podía creer lo vertiginosos que habían sido sus primeros tres días en Kosovo.

La cena se sirvió en el comedor. Suárez fue el primero en llegar. Miró los muebles, el suelo, los espejos, el tapiz, la araña de techo desbordante de luz cálida, y recalculó maravillado lo barato de la habitación. Esa era la verdadera experiencia balcánica típica que había ido a buscar. Se sintió un embajador latinoamericano visitando la gloria de un imperio de preguerra. Le dio pudor no saber si su imaginación tenía lógica histórica. La atención se le perdió en el tapiz. Debía de ser antiquísimo. Había un leopardo blanco en dos patas y una gran serpiente enredada alrededor de su torso. Primero pensó en una lucha, y luego lo vio como una colaboración, o como una revelación sobre el estado del mundo. Una respuesta sin pregunta.

Apareció Besa, la cocinera. Había preparado un guiso de cordero. Era el mismo guiso que se estaba sirviendo como menú del día en el Victory Hotel, en El Caldero de Cobre y en otros nueve establecimientos, con precios que variaban entre cinco y cuarenta euros por porción. A lo largo del día Besa había visitado cada cocina repitiendo con precisión la misma receta de tavë kosi. Ya conocía el menú de toda la semana. El mediodía siguiente, en todos esos lugares se comería una aproximación a la ensalada de trigo y menta.

–¿Muy lastimada? –preguntó Besa.

–¿Usted también habla español? –se sorprendió Suárez.

–Poquita, poquita.

Besa era una señora tierna, de trato más suave que el resto de la gente que había conocido hasta el momento. Más sosegada. Se dio cuenta de que era la primera persona en Pristina que parecía tener más de sesenta años, y se percató de la juventud general de la población. A diferencia de Junior, le enseñó palabras. Aprendió a decir cordero en albanés, y también cabra. "Qengji." "Dhi."

Liri entró al comedor. Suárez no la reconoció. Ella saludó en silencio, con timidez.

–Dardana enseñar español nosotras –dijo Besa.

–Faa, ¿en serio? –preguntó Suárez con sincera curiosidad.

Liri asintió con la cabeza. Suárez estaba entusiasmado y algo perplejo. Por otro lado, Junior no podía ser el único hispanoparlante de la ciudad. En efecto, no lo era. Durante cinco años Dardana se había tomado el trabajo extraordinario de enseñar idiomas a Liri, Besa y los dos mineros. Además de hablar albanés y serbio, gracias a Dardana se comunicaban en perfecto inglés, y comprendían español, francés, alemán y ruso. Ella, por su propia cuenta, también hablaba italiano y griego, y aprendía húngaro. Era un prodigio.

Como ya dije, el verdadero logro de Dardana era otro. Mantenía la Residencia en pie y funcionando, aun con las dificultades económicas de sus huéspedes. Liri era la única que tenía un flujo de dinero constante. Besa trabajaba mucho y ganaba poco –y, por su arreglo con el Dueño, no pagaba renta–. El sueldo de Fatjon y Fatlind era bajo, porque hacía
muchos años habían tomado la decisión de no descender a las minas, donde el aire es tóxico y la paga mejor. Por eso eran probablemente los dos mineros más viejos de Kosovo. Habían pasado los cuarenta años. El último huésped, el intermitente, era vendedor de seguros. Pagaba cuando podía.

 

Fragmento
     
   

Autor

 

Foto de solapa:
Mili Morsella
 
                     

Eric Barenboim (Colegiales, 1987). Es realizador audiovisual y poeta performático. Suárez en Kosovo es su primera novela..


   

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