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Mi descubrimiento de América
Vladimir Maiakovski
170 páginas; 16,5x12 cm.
Entropía, 2015
ISBN: 978-987-1768-25-7

 
 
     
   
     
 

En 1925, ya consagrado de manera rotunda en la Unión Soviética, Vladimir Maiakovski realiza un cruce iniciático del Atlántico rumbo a América para estrechar lazos con el movimiento obrero local. De este lado del océano, el promotor del futurismo comienza a tomar apuntes y se transfigura de inmediato en sociólogo, analista político, cronista de costumbres y economista para, al fin y al cabo, volver a ser poeta y describir un continente como si fuese visto por primera vez.

Visita fugazmente Cuba, donde adivina "flamencos color del alba que montan guardia sobre un pie" mientras los policías "protegen a los estadounidenses" desde abajo de una sombrilla. Luego pasa por México y comprende que "cualquiera que derroque el poder con armas en la mano" es considerado un revolucionario en ese país; "y como en México cualquiera ha derrocado, está derrocando o quiere derrocar a algún poder, todos son revolucionarios". Por último, llega a su destino final: las metrópolis industriales de los Estados Unidos desde donde se irradia la hegemonía del capital sobre todo el hemisferio: Nueva York, Detroit, Chicago. Ya sobre el final de la travesía, anota premonitorio: "Los Estados Unidos acumulan demasiada grasa. Pronto se convertirán en un país exclusivamente financiero, usurero".

Ese tipo de revelaciones le dan forma a Mi descubrimiento de América: el registro lúcido, mordaz, implacable y deslumbrado que testimonia el viaje por tierras incógnitas de uno de los más grandes poetas del siglo XX.

 

Contratapa

 

 

 

 

 

 

 

 

     
   

Es difícil definir los rasgos de la vida neoyorquina. No cuesta nada emitir opiniones generales, tópicas, sobre los estadounidenses, de este estilo: es el país del dólar, son chacales del imperialismo, etcétera.

Pero sólo sería un pequeño fotograma de la enorme película estadounidense.

Cualquier alumno de primer grado sabe que es el país del dólar. Pero si, al decir esto, sólo tenemos en mente aquella obsesión de los especuladores por el dólar que vimos en 1919 durante la caída del rublo, o la que hubo en Alemania en 1922 cuando se tambaleaba el marco, cuando los que tenían miles o millones no compraban pan para el desayuno esperando que fuera más barato a la tarde; esta impresión sería totalmente errónea.

¿Son tacaños? No. Un país que gasta un millón de dólares al año sólo en helados se merece otros epítetos.

Dios es el dólar, el dólar es el Padre, el dólar es el Espíritu Santo.

Pero no es la avaricia mezquina de la gente que se conforma sólo con la necesidad de tener dinero y decide ahorrar un poco para luego abandonar el afán de ganancia y plantar margaritas en su jardín o instalar luz eléctrica en los gallineros de sus cluecas favoritas. Los neoyorquinos siguen contando con admiración la anécdota de 1911 sobre el vaquero Diamond Jim.

Después de recibir una herencia de 250 mil dólares, alquiló completo un tren con vagones de asientos blandos, lo cargó con vino y se fue a Nueva York con todos sus amigos y familiares; hizo una ronda por todas las tabernas de Broadway, gastó medio millón de rublos en dos días y volvió a sus caballos salvajes sin un centavo, montado sobre el escalón sucio de un tren de carga.

¡No! La actitud del estadounidense hacia el dólar tiene algo poético. Es consciente de que el dólar es la única fuerza en su país burgués de ciento diez millones de habitantes (y también en otros países), pero estoy convencido de que, aparte de usar el dinero para fines habituales, el estadounidense obtiene placer estético admirando el color verde del dólar, identificándolo con la primavera, y el toro dentro del óvalo le parece retratar a un hombre fortachón y ser el símbolo de su bienestar. La presencia de don Lincoln en el billete, junto con la posibilidad que se le presenta a cada demócrata de alcanzar sus mismos logros, hacen del dólar la mejor y la más noble página que pueda leer la juventud. Al saludarte, un estadounidense no te dirá algo impersonal como:

–¡Buenos días!

Te gritará con simpatía:

–Make money? (¿Haces dinero?) –y seguirá su camino.

Un estadounidense no te dirá de forma vaga:

–Hoy tienes mala (o buena) pinta.

Un estadounidense te tasará con precisión:

–Hoy aparentas dos centavos.

O bien:

–Hoy aparentas un millón de dólares.

No hará una descripción enigmática que deje intrigado a su interlocutor: es un poeta, un artista, un filósofo. Un estadounidense te definirá inequívocamente:

–Este hombre vale 1.230.000 dólares.

Esto lo determina todo: qué tipo de gente conoces, dónde te reciben, adónde viajas en verano, etcétera.

La procedencia de tus millones importa poco en los Estados Unidos. Todo lo que hace crecer el dólar es business, negocio. Cobraste tu porcentaje de derechos por una poesía vendida: es un negocio; robaste y no te atraparon, también.

Fragmento
     
   

Autor

 

   
                     

Vladimir Maiakovski (Baghdati, 1893 - Moscú, 1930). Poeta y dramaturgo, participó de la redacción del primer manifiesto futurista ruso y se erigió en una figura clave de las vanguardias estéticas de comienzos del siglo XX. Fue autor de numerosos libros de poesía como Yo mismo (1913), La flauta vertebral (1915), Misterio bufo (1918), 150.000.000 (1920) y Octubre (1927), y de las obras de teatro La chinche (1929) y la inconclusa Hablando a plena voz, entre otras.

 


   

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[Radar Libros]

Érase una vez en América

por Alan Pauls

Promediado Mi descubrimiento de América, después de darse el lujo de cuerear a Nueva York, cuya burguesía “posee toda la electricidad y come con velas, como un mago que ha conjurado espíritus que no sabe controlar”, Vladimir Maiakovski pone el grito en el cielo y denuncia el golpe de apropiación supremo por el que la palabra “América” pasó a ser sinónimo “natural” de los Estados Unidos de Norteamérica, ninguneando a sus colegas hemisféricos y a las otras dos Américas que la razón geográfica recomendaba incluir. “Los Estados Unidos se apoderaron del derecho a llamarse América por la fuerza, con sus acorazados dreadnought y sus dólares, infundiendo terror en las repúblicas y las colonias vecinas”, escribe el poeta futuro-bolchevique, para quien las palabras son tan un campo de batalla como las calles, la tierra, los medios de producción o las fronteras. No es casual, pues, que decida prologar su entrada al territorio norteamericano honrando con su visita a dos de los vecinos perjudicados por el abuso semántico. En La Habana come coco verde y una parodia de banana y presta su oreja a las efusiones nostálgicas de una mecanógrafa de Odessa; en la ciudad de México se pone en manos de Diego Rivera, asiste a tabernas donde las botellas se descorchan a balazos y calibra la extravagancia de una historia política que en treinta años acumula treinta y siete presidentes, treinta de ellos generales.

Sin embargo, no es sólo la solidaridad frente al anexionismo imperialista lo que explica ese rodeo latinoamericano. En rigor, Maiakovski pasa por Cuba y México por necesidad, porque su visa para entrar a Estados Unidos (originalmente de “artista comercial”, gestionada por un amigo ruso, el pintor y poeta futurista David Burliuk, que vivía en EE.UU. desde principios de los 20) tarda en llegarle, un contratiempo que ratificaba su ominoso prestigio de emisario de la revolución pero desaconsejaba todo intento directo de acceder al país. (Entrará por tierra, por Laredo, y con visa de turista por seis meses, previo depósito de 500 dólares.) Tal como las describe en la primera mitad de su crónica, esas paradas, por lo demás, parecen menos un tributo a la América excluida de América que los aperitivos sabrosos con los que hace boca el poeta-etnógrafo a medida que se acerca el plato verdaderamente fuerte de la comida: Estados Unidos, blanco último de toda su curiosidad y, naturalmente, de sus más aviesas intenciones.

Es en la capital cubana, sin embargo, donde Maiakovski deja en claro hasta qué punto su propia soberbia no tiene nada que envidiarle a la de “América”. Para sacarse de encima a un ciruja que le pide ayuda en tres idiomas, el poeta, que no habla más que el suyo, le grita en un inglés futurista: “I am Russia!” Corre 1925. Muerto Lenin –el único ícono de la revolución de octubre que podía hacerle sombra en el extranjero–, se podría decir que el poeta, con sus treinta y dos años, su posición de artistafaro y su convicción para encarnar las patas estética y política de la vanguardia, no exagera. Su uso de la metonimia será tan jactancioso como el de la potencia gringa que critica, pero Maiakovski, en efecto, es Rusia. De hecho, es en tanto que embajador no oficial pero sí plenipotenciario del primer régimen comunista de la historia como emprende el viaje de tres meses que pormenoriza en Mi descubrimiento de América. Y es Rusia y hace flamear la bandera rusa y encarna el alma rusa –en sus impetuosas versiones rojas– mucho antes de demostrarlo entrevistando y haciendo complicidad con los emigrados rusos de México, Nueva York o Chicago –únicos interlocutores elegidos por una curiosidad recalcitrantemente endogámica–, cuando, pertrechado sólo con sus ojos de viajero, mira y mide y calibra y nombra todo lo que ve con el arsenal de nombres y unidades de medida y varas que trae de Rusia, único capital, por otra parte, que sobrevive al robo sufrido por el poeta en París, que lo obliga a viajar de prestado y a abreviar su proyecto original de dar la vuelta al mundo.

¿Así que “América” es sinónimo de Estados Unidos? El poeta no se arredra y presenta pelea. No sólo chicaneando los talones de Aquiles proverbiales del Tío Sam: café malísimo, el subte es una tumba, la carne en conserva la vía regia hacia la gastritis, el aire una trampa tóxica y el dólar la única fuerza de un país burgués de ciento diez millones de habitantes. También, y sobre todo, estampando en lo que ve –los portentos del reino enemigo, desde el derroche de luz eléctrica hasta los siete mil coches que salen a diario de la fábrica Ford, pasando por la Ley Seca, el chicle (cuya función, especula Maiakovski, es mantener activos los labios de una población impedida de hablar por el estrépito de la vida cotidiana), los semáforos, el Ku Klux Klan y el “carnaval estúpido” de Coney Island– la nomenclatura de estado soviética. Así, es más difícil perderse en Nueva York que en el pueblito rural de Tula, las calles de Manhattan son “más sucias que las de Minsk”, el partido socialista norteamericano son “los mencheviques de aquí”, las distancias en el downtown se cuentan en verstas, el vaquero Diamond Jim dilapida medio millón “de rublos” en dos días, los boxeadores amateurs se insultan gritándose guarangadas como durak (imbécil) y slovoch (canalla), hay negros que pesan “cinco pud” y los vecinos de Rockaway Beach viven tan apiñados como los que vuelven en tranvía “del parque Sokólniki”.

Maiakovski escribe su crónica de viaje con el lector soviético en mente, pero en su manía de bautizar, adaptar y comparar hay algo más que un reflejo reductor (traducir lo nuevo y lo excéntrico al sosiego del idioma natal) o que la pretensión de hablar diáfano para compatriotas. Hay una especie de insidia beligerante, el tipo de pechazo pícaro, compulsivo, con que se reta a un enemigo despreciable, al mismo tiempo que se lo reconoce como el único rival digno de ese nombre. Al final del libro, ya embarcado en el Rochambeau, el pequeño vapor que lo lleva de regreso a Europa (en tercera clase, la única que podían permitirse sus saqueados bolsillos), Maiakovski, como si hiciera falta, se desenmascara: “El propósito de mi ensayo es impulsar el estudio de las debilidades y las fortalezas de los Estados Unidos en vistas de una lucha lejana”. El que habla ya no es un viajero, ni un etnógrafo, ni siquiera un poeta perdido por la curiosidad, capaz de conmoverse con los mismos derroches de luz que lo escandalizan: es un espía, un agente en misión, un dron humano camuflado de bohemio que vuelve a tierra firme con el botín que había ido a buscar, los expedientes que sus compatriotas consultarán afanosamente para darse por vencedores anticipados de una guerra cuya cuenta regresiva no ha hecho más que comenzar.

Y sin embargo, si Mi descubrimiento de América es mucho más que el informe de situación de un topo público, es porque casi no hay sarcasmo en su libro que no sea a la vez un suspiro admirado, ni escarnio o desdén que no acepten leerse como gemidos de envidia. Maiakovski, en ese sentido, es sólo una víctima más –no la primera ni la única– de la larga tradición de ambivalencia en la que orbitaron Estados Unidos y Rusia desde fines del siglo XIX, cuando el escritor liberal ruso Vladimir Korolenko volvió con la boca abierta de asombro de la Feria de Chicago (1893) de la que había ido a mofarse, y que tiene en Sergei Eisenstein –cerebro cinemático que amaba a D.W. Griffith y Walt Disney– a su conejillo de indias más ejemplar. ¿No es Disney, de hecho, el que hará literal, en el episodio “El aprendiz de brujo” de Fantasía (1940), a la vez el dogma de montaje de Eisenstein y el diagnóstico maiakovskiano sobre las energías demoníacas que pretenden conjurar los mismos burgueses que las liberaron? ¿No eran los mismos bolcheviques los que se enfervorizaban describiendo a la URSS como “la nueva América”?

Maiakovski no es Korolenko (la suya es una modernidad sustractiva, rapada, en las antípodas del anarcoespiritualismo barbado de su antecesor); tampoco es Gorki, que visita Estados Unidos en 1906 y escandaliza a periódicos y almas puras pavoneándose con su amante, la actriz rusa con la que terminan echándolo de los hoteles. (Hay que decir, con todo, que los visos libertinos de Gorki no le son del todo ajenos: además de recabar historias de vida de emigrados rusos, entrevistar militantes comunistas, dirigentes obreros, delegados sindicales y jefes de redacción de diarios judíos y honrar al poeta de Chicago Carl Sandburg, único versificador que se digna mencionar, Maiakovski usó su breve estadía en USA para vivir un flirt relámpago con Ellis Jones, una modelo de origen ruso y aristocrático que nueves meses después le daría una hija, la “bastarda de América” que deberá esperar la glasnost de Gorbachov para tener su pedestal en el museo Maiakovski de Moscú.) Poeta futurista, Maiakovski no puede evitar reconocer que la dinámica de un desarrollo tecnológico irrestricto –el laberinto de vías férreas de altura en el que se extravía cuando viaja en Nueva York, por ejemplo– encarna su credo poético con la misma convicción que los versos crípticos de su amigo Klebnikov, la otra cabeza del movimiento.

Corre 1925: primera infancia de una hostilidad que recorrerá, adoptando formas diversas, todo el siglo XX. Para entonces, sin embargo, el duelo entre la URSS y Estados Unidos tiene la forma pueril de una fascinación especular, suerte de extraña y cándida reversibilidad que tolera y hasta llama a la ironía, como cuando el cronista, excitado por un inminente tour fabril en Detroit, se toma el trabajo de recordar que la memoir de Henry Ford, el artífice de la línea de montaje (¡Eisenstein otra vez!), ya tiene una edición soviética (Leningrado, 1923) y ha vendido nada menos que cuarenta y cinco mil ejemplares. “Después de un recorrido bastante largo”, escribe Maiakovski más tarde, perdido en la “isla de la diversión” de Coney Island, “te encuentras en medio de múltiples montañas rusas (que nosotros llamamos americanas)...” Esos son los mejores momentos de Mi descubrimiento de América: esos lapsus que irrumpen en la agenda del espía y humedecen los diferendos ideológicos con la savia sabia de un humor casi involuntario. Esos, y los puncti que Maiakovski aísla y enmarca con la rapidez y la sagacidad de un poeta hambriento, detalles sutiles (había una ternura bolchevique) como la coquetería de unos “obreros que usan perfume”, impresiones fantásticas –a la vez políticas y líricas, útiles “para la lucha lejana” y fulgurantes como epifanías– como la de la transitoriedad, virus fatal y espléndido que detecta en la máquina urbana neoyorquina.

Maiakovski tiene buena vista. Ve más promesas en los negros, “pólvora para revoluciones”, que en la ubicuidad de los partidos comunistas norteamericanos, cuya escasez de militantes se la pasa deplorando en voz alta, o la ira obrera, siempre amenazada por la cooptación de la burocracia sindical o la sociedad de consumo. Ve incluso lo que vendrá, no sólo en Estados Unidos, que presiente como “un país exclusivamente financiero, usurero”, sino en su propia patria, cuando se entera –todavía de visita en EE.UU.– de que la editorial del estado soviético no publicará sus obras completas ni las de ningún otro autor vivo. Protesta. El editor, resignado, lo deriva al hombre que nombraron secretario general del partido un año antes de la muerte de Lenin, cierto georgiano llamado Stalin. Maiakovski alcanzará a publicar Mi descubrimiento de América en 1926. Tres años después, la “América” que radiografió con fascinada aversión cruje con el crac financiero más brutal de la historia del capitalismo. Pero el poeta tiene otras preocupaciones. En 1930 ya es un disidente, un paria, un condenado. El 14 de abril, sin visa para viajar al extranjero y abrumado por una tormentosa vida sentimental, se mata de un tiro en el corazón.

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[Perfil]

Poesía para las masas

por Gonzalo León

Vladimir Maiakovski fue una figura protagónica de las vanguardias que electrizaron al siglo XX. La reciente reedición de un libro de crónicas y la próxima aparición de su obra poética en editoriales argentinas son la ocasión ideal para volver a su legado.

Maiakovski tenía 18 años, dieciséis dientes podridos, dos hermanas y un solo lector. Escribía poesía lírica pero roncaba como un poeta épico”, así empieza Prohibido entrar sin pantalones, del español Juan Bonilla, una estupenda novela biográfica del poeta georgiano nacido un 7 de julio de 1893. Y líneas más adelante agrega: “Tenía todos los libros de Gorki, algunas novelas de Dostoievski, un libro de cuentos de Gógol y un solo lector”. Ese lector era David Burliuk, a quien Maiakovski conoció en la Escuela de Bellas Artes en Moscú; una noche, Burliuk, mientras caminaban, le pidió que recitara un poema y Maiakovski le soltó un par de versos; comenzaba esa noche la carrera del poeta futurista, del provocador, del dramaturgo, del bolchevique que creía que la Revolución Rusa debía tener una revolución en las artes. En un mes casi la mitad de su obra estará nuevamente disponible en las librerías argentinas, de la mano de Poesía lírica, que editará en septiembre Blatt & Ríos, y de Mi descubrimiento de América, que Entropía publica por estos días. Por eso resulta pertinente determinar quién fue este escritor y su importancia.

En el prólogo de la antología Poemas, de Maiakovski, publicado por la editorial española Ediciones 29 en 1977, el poeta argentino Federico Gorbea explica que en un primer momento Maiakovski se hizo importante “no tanto por lo que escribe, todavía poco seguro en su expresión, como por sus modales y declaraciones”. El componente teatral de sus declamaciones lo van haciendo conocido en bares futuristas, esta teatralidad es fomentada por su amigo Burliuk, con quien, como aparece en Prohibido entrar sin pantalones, “leían juntos los letreros de las tiendas, bocadillos a cinco kopeks, los mejores bocadillos de Moscú, pruebe la nueva navaja de afeitar de la casa Phillips”. En 1923, al fundar la revista del Frente Izquierdista del Arte, LEF –que pese al escaso tiraje consigue gran impacto–, se convence de la importancia de la consigna, de la publicidad. “La publicidad”, decía, “es la poesía de la más alta coherencia”. De ahí que dos años después creara una agencia de publicidad, en la que dibujaba carteles, hacía las etiquetas y escribía los textos.
Maiakovski fue un escritor vanguardista, que incursionó en la actuación tanto en cine como en teatro. Según la esposa de Máximo Gorki, “habría sido un magnífico actor si se hubiera dedicado al teatro”. Sin embargo, la teatralidad le servía para encarnar el futurismo, que no era una tendencia literaria para él, sino una forma de vida. Pero este escritor además acompañará a la Revolución Bolchevique desde los inicios con distinta suerte: en 1908, con 14 años, se afilia al partido bolchevique, y poco después pasa once meses en la Cárcel de Reading; en 1915 se enrola en el ejército pero no va al frente de batalla; desde 1913 y aun después de la revolución bolchevique da conferencias por toda la Unión Soviética.
Es precisamente después de su estadía en la Cárcel de Reading cuando abandona su militancia política y se da cuenta de que no había necesidad de adherirse al partido, porque entre otras cosas el futurismo y la revolución tenían un enemigo en común: el pasado inmediato. En esa época empieza a leer a esos delicados simbolistas rusos, a quienes años más tarde combatirá hasta los golpes, por considerarlos representantes de la burguesía; lee también a Shakespeare, a Byron, a Tolstoi y a Pushkin. “La novedad formal me excitaba –recuerda en su autobiografía–. Pero lo sentía ajeno. Los temas, las imágenes de esos autores no pertenecían a mi vida”. Laura Estrin, en el prólogo de Poesía lírica, dice que continuó el “romanticismo que traía del simbolismo ruso, un romanticismo con un afán pedagógico, con un intento de educación de las masas y del arte mismo, evidente en las vanguardias”. Pero además “se supo blasfemador, sarcástico, combativo, armador de una obra que había procurado desagradar, injuriar”.

Debido a esa convicción uno de sus  primeros libros fue víctima de la censura, apareciendo con seis páginas de puntos suspensivos, pero no le importó porque era un rupturista que empezó reemplazando el nosotros que los simbolistas rusos usaban por el Yo, como se llamó su primera recopilación de poemas. Su tercera publicación fue una obra de teatro que un error de imprenta quiso que se llamara Vladimir Maiakovski. Como relata Juan Bonilla, ésta era “una tragedia carcajeante en la que el poeta cargaba con las lágrimas de todos los ciudadanos que vivían en la ciudad agotada y angustiada que terminaba con estos versos: He escrito todo esto de vosotros, pobres ratas. Siento no tener pechos para amamantaros como una nodriza”. Y concluía con: “Me llamo Vladímir Maiakovski, como todo el mundo”. Maiakovski y el grupo de futuristas rusos al que también pertenecían Viktor Shklovski (precursor del formalismo ruso), Boris Pasternak (autor de Dr. Zhivago, donde Maiakovski aparece como personaje, y que ganaría el Premio Nobel de Literatura), Kamenski, Jliébnikov y Burliuk, estaban en contra de quien era considerado el fundador del futurismo, Filippo Tommaso Marinetti. Para Maiakovski, era un aristócrata y un mendaz. De ahí que cuando anuncia una visita Rusia su grupo decide hacer algo.
Fue en un teatro de Petersburgo donde Maiakovski desafía a pelear a Marinetti; los organizadores protegen al fundador del futurismo, quien, como consigna la novela Prohibido entrar sin pantalones, “no sabía por dónde huir, trataba de imponer la calma, de sosegar a sus atacantes, en una actitud muy poco futurista para quien había declarado que la guerra era la sola higiene del mundo y quien había dicho que nada hay más poético que la violencia de los puños devorando un rostro hermoso”. Al final llegó la policía, que se llevó al grupo de Maiakovski a una celda y a Marinetti a un lugar seguro. Mientras estuvieron en esa celda decidieron una cosa más: hacer cine, no para representar a la realidad, sino para cambiarla.

Las tensiones con el poder –Lenin sabía quién era, de hecho Maiakovski escribió un largo poema a su muerte– fueron conocidas, o más bien el poder puso el ojo en el autor de Poesía lírica. Federico Gorbea escribe que le pesa su “falta de ‘experiencia de arte’” y le preocupa su ignorancia a tal grado de que si se queda en el partido, “deberé pasarme a la ilegalidad”. Y la ilegalidad implicaba “no aprender nada”. Para Maiakovski, el arte no se podía ordenar, o en palabras de Estrin: “Ese Estado que fue por el arte fue también por la ciencia y por la vida”. Laura Estrin señala que Trostski lo retrataba de este modo: “Llega por el camino más corto, la bohemia rebelde perseguida. Y eso lo ve en las metáforas y en las imágenes del poeta en evidente comunión con las ciudades, los paisajes”. La poeta Juan Bignozzi dice que pese a ser un poeta que hace más de cincuenta años que no lee, aún recuerda versos de memoria, “sobre todo porque correspondían a nuestras discusiones de ese tiempo. Recuerdo: Venerables camaradas de los tiempos venideros/revolviendo la mierda endurecida del presente”. Agrega que en la poesía joven argentina nunca escucha nombrar a Maiakovski “tal vez porque los venerables camaradas cambiaron para siempre en la segunda mitad del siglo XX”.

La obra de Maiakovski está compuesta además de la poesía lírica, por las poesías épicas, teatro/cine/circo y Mi descubrimiento de América y un poema escrito en prosa. Para Damián Ríos, uno de los editores de Blatt & Ríos, el interés por editar a Maiakovski se debió a un contexto en que la editorial está saliendo con varias colecciones nuevas, y dentro de eso hay una colección de rescates, “en ese marco nos encontramos con la prologadora del libro, Laura Estrin, que además es profesora de lenguas eslavas en la UBA, y con los traductores Julio Franchi y una traductora rusa que tenían este trabajo y, como las traducciones disponibles eran pocas y en particular de este libro muy gallegas y dispersas, decidimos publicarlo”. La idea entonces fue arrancar esta colección de rescate con un clásico que no circula hace mucho tiempo y darle un lugar. Entre las razones que esgrime Ríos es que “gran parte de la poesía argentina está muy influida por el modernismo anglosajón, es decir, todo lo que es poundiano, T.S. Eliot, Wallace Stevens, y rescatar este clásico es poner en discusión esa influencia y hacer circular otro tipo de relación con la lengua poética”.

Hacia mitad de los años 20 empiezan los viajes al exterior del autor de Poesía lírica. La revolución de 1917 provocaba interés entre intelectuales y artistas del resto de Europa, por lo que su figura, su ira, captan la atención de ellos. En París conoce a Louis Aragón, al pintor Robert Delauney, pero como no maneja ningún idioma con excepción del ruso, siempre se ve obligado a recurrir a un intérprete. París es parte de su plan de dar la vuelta al mundo. De ahí continúa en vapor a La Habana, donde hace una pequeña escala, y luego a México, desembarcando en Veracruz y prosiguiendo camino por tren hasta Ciudad de México, donde lo espera Diego Rivera. Después de una breve estancia continúa hasta Laredo, ciudad fronteriza, donde la policía de inmigración estadounidense lo detiene.

El libro que retrata este periplo es Mi descubrimiento de América, donde entre muchas peripecias y agudas observaciones relata la historia de un argentino que ingresó como hijos a Estados Unidos a seiscientas personas a cambio de doscientos cincuenta dólares cada uno. La impresión que se lleva de Estados Unidos es la de un imperio con ciento diez millones de habitantes, donde unos pocos tienen el beneficio de las ganancias y donde los afroamericanos (doce millones) son el más bajo peldaño de la escalera social, a ellos los invita a leer a dos escritores de orígenes africanos: a Pushkin y a Dumas. Se pregunta: “¿Por qué no pueden los negros considerar a Pushkin un escritor propio?”. Como contraparte, se sorprende de la cantidad de blancos miembros del Ku Klux Klan (entre cuatro y cinco millones). En los tres meses que Maïakovski permaneció ahí, Estados Unidos ayudó a derrocar un gobierno en Venezuela, amenazó a Gran Bretaña y a Francia para que pagaran sus deudas contraídas durante la Primera Guerra. Fue en esta época en la que el presidente Coolidge formalizó “la palabra americano en algo exclusivo para los estadounidenses”.

A diferencia de la traducción de Blatt & Ríos, la de Entropía apareció hace unos años en la editorial española Gallo Nero. Pese a ello, Sebastián Martínez Daniell, editor y responsable de este libro, dice que no es lo mismo leer a Maïakovski en 2015 que hacerlo en 1930 ni tampoco en Estocolmo que en Managua: “Leer es presenciar la colisión de dos subjetividades al interior de un lenguaje personal”. De ahí que despegue la vigencia de este autor y en particular de este libro de crónicas de cualquier coyuntura: “Mi descubrimiento de América es un texto que puede leerse, disfrutarse y discutirse conociendo o desconociendo la relación entre Maïakovski y el movimiento futurista; conociendo o desconociendo la relación entre Maiakovski y el régimen soviético (del cual fue, en distintas etapas, férreo defensor, víctima y prenda de utilización propagandística)”. Ahora por qué publicar este texto hoy y en la Argentina, la respuesta está en la colisión de esas dos sensibilidades: la de Maiakovski y la forma “en que esa sensibilidad se transforma en escritura” y la de los editores “que han tenido la suerte de que el texto llegara a sus manos”.


Es durante estos meses en Estados Unidos en los que se entera de que Ediciones del Estado no se haría cargo de la edición de sus obras completas, ni de ningún poeta vivo; el editor le dice que se queje con otro georgiano que había sido nombrado secretario general del Partido un año antes de la muerte de Lenin en 1924: Stalin. Se acerca el fin del viaje alrededor del mundo. En 1926, pese a los inconvenientes editoriales, publica en Rusia Mi descubrimiento de América. Sin embargo, esto no impide que cuatro años más tarde se suicide de un balazo en el corazón. Su nota suicida en verso, según Juan Bonilla, decía: “Estoy en paz con la vida”.
     
     

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[Revista Ñ]

Un poeta y 18 días de océano

Por Mauro Libertella

Dieciocho días de océano. Eso fue lo que tardó Vladimir Maiakovski (poeta ruso, dramaturgo revolucionario, futurista) en cruzar el largo Atlántico para llegar a América. Estamos a mediados de los años veinte, y Maiakovski está emprendiendo uno de los viajes centrales de su vida, a él, que le gusta tanto viajar, que escribió que “necesito viajar. Para mí, el contacto con todo aquello que respira vida casi sustituye la lectura de los libros”. La hoja de ruta es la siguiente: La Habana, Veracruz, Ciudad de México, Nueva York y Chicago. El tiempo estipulado para el periplo es de alrededor de tres meses; el clima, otoñal. Lo podemos imaginar al joven V. M. anotando sus impresiones en un cuaderno portátil, con los ojos bien abiertos y el oído encendido, porque no sabe ningún idioma que no sea el ruso, pero a tientas, se mueve por el inglés y el francés. Todo lo que va a recibir, como cualquier viajero, son fragmentos: una historia de vida por acá, una postal arquitectónica por allá, idiomas cruzados, caras a veces tan distintas a las que ve en Moscú y a veces tan extrañamente parecidas. Lo que hace el cronista de viajes es, justamente, enhebrar esos pedazos, darle un sentido global a eso que se nos presenta únicamente como rompecabezas. El sentido de esa totalidad está en la cabeza del que viaja, y muchas veces es incluso un prejuicio, un concepto previo que vamos a cotejar o a contrastar al lugar de destino. La cabeza de V. M., por lo pronto, es a un mismo tiempo política y artística, y por eso su descubrimiento de América es por momentos un tratado sociológico (analiza el comportamiento de las distintas clases sociales en Nueva York, o los efectos palpables de las distintas olas inmigratorias, o el modo en que la clase obrera se divierte en su tiempo libre, o la política exterior estadounidense, tan parecida hace 100 años a la de nuestros días), pero nunca deja de ser una bitácora de efectos impresionistas. Vuelca en el papel lo que ve y apenas atraviesa esa materia con sus opiniones –opiniones que en ocasiones son apenas un tono, una ironía–, porque lo que ve no necesita ser siempre analizado. Para V. M., América habla sola.

Mi descubrimiento de América cumple además un cometido que hoy se perdió, el de los relatos de viajes que servían para que la gente se enterara de los usos y costumbres del otro lado del mundo. 18 días de océano: el mundo era un lugar verdaderamente inmenso, y este tipo de libros achicaban las grietas. Hoy es mucho más dificil escribir relatos de viajes: parece que todo el planeta ha sido allanado y fagocitado una y mil veces. Y sin embargo, ese es el efecto contemporáneo del libro: todo lo que dice sigue siendo terriblemente vigente, como si, en lo esencial, nada hubiese cambiado. Es un poco inquietante, pero es así.

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[Diario registrado]

El exotismo, la tecnología y la rapacidad del nuevo continente

Por Mariana Kozodij

Como si se tratara del propio Bronislaw Malinowski aplicando la observación participante, Maiakovski inicia su viaje hacia América (Cuba, México y Estados Unidos) con una doble mirada: la del asombro ante lo desconocido  (noches de luciérnagas, los indígenas en suelo azteca, semáforos en Nueva York) y la mirada política atravesada por la lucha revolucionaria bolchevique (la división de clases, “Dios es el dólar”, las segregaciones racistas y la posibilidad de analizar al enemigo para “impulsar el estudio de las debilidades y las fortalezas de los Estados Unidos en vistas de una lucha lejana”).

“Necesito viajar. Para mí el contacto con todo aquello que respira vida casi sustituye la lectura de libros”, así comienza Maiakovski las crónicas de su travesía por América; bitácoras divididas en dos grandes apartados.

El primero, compuesto por una fugaz visita a La Habana y una estadía más prolongada en México junto al muralista Diego Rivera. El segundo, la complicada entrada a suelo “americano” , palabra decretada por Coolidge como de uso exclusivo para los estadounidenses como si el resto de América no existiera; en una visita a Nueva York, Chicago y Detroit.

Entre La Habana y México, Maiakovski saca a relucir su poesía  con bellas frases descriptivas pero sin perder de vista la división de clases a la hora de viajar y disfrutar del traje que ofrece el turismo.  Con precisión, escarba  las relaciones entre los viajantes del vapor Espagne donde “la primera clase vomita donde se le da la gana;  la segunda, sobre la tercera y la tercera sobre sí misma”. La Habana tropical inspira al poeta ruso que la recorre a pie reflexionando que “Todo lo que tiene que ver con el exotismo antiguo es pintoresco, poético y poco rentable”. Nos ofrece un cuadro de transacciones comerciales, lluvia, flora y fauna. La entrada a México adquiere el carácter de una lectura sociológica. Con interés, asiste al espectáculo popular de las corridas de toros sin perder el humor al desear que los éstos tengan “ametralladoras entre los cuernos y enseñarles a disparar”.  Otro de los focos de atención está puesto en la población indígena; si bien  espera encontrarse con  plumas y flechas descubre una idiosincrasia que lo sorprende.

Maiakovski, involucrado en la revolución bolchevique y activo difusor de la propaganda del partido (fundó en 1923 junto con Ródchenko una agencia de publicidad en Moscú)  presta especial atención a la idea de "revolucionario" que manejan en suelo mexicano. Con ironía y cierto dejo de tristeza revela que la revolución sólo implica el decorramiento de quién esté en el poder. Mientras que el imperialismo estadounidense es el amo y señor en una política "exótica" de gringos y revólveres.

Recibido por Diego Rivera, se acerca a la pintura y a la poesía. Sus comentarios sobre esta última y el lenguaje siguen remitiendo a su participación en el manifesto La bofetada al gusto del público (1912) invitando a tirar por la borda a ciertos clásicos (en México tampoco se olvida de Pushkin).

El segundo, y más extenso, apartado es el que corresponde a Estados Unidos. Comienza con las dificultades para entrar al país como ruso, que no habla el idioma,  y descolla en sus menciones políticas y tecnológicas. Maiakovski intenta entender al estadounidense promedio, lo urbano que lo rodea, sus costumbres, el placer estético por el verde del dólar, y la división del trabajo ante la potencia y caldera "de la fuerza negra". La Nueva York "sodomita y gonorreana" le fascina y le atrae sobremanera. Maiakovski cuestiona su  tejido urbano y denuncia un avance tecnológico que contradictoriamente atrasa; al no mejorar la calidad de vida de las personas colisionando con las ideas que fluyen en el ambiente del amplio (cubo) futurismo ruso. Las comparaciones se le vuelven inevitables y le aportan riqueza al diálogo interno del texto entre sus observaciones y la vida en Moscú. Sus comentarios sobre las fábricas (o polos industriales) y las rutinas exigidas y poco felices a sus empleados unen Nueva York, Chicago y Detroit. Detalles de época y anécdotas evitan que la lectura adquiera un carácter de mero manifesto de los derechos de los trabajadores; aunque las ideas revolucionarias afloran en su pluma generando un tono ensayístico y levemente provocador. Maiakovski admite que sus observaciones "Son unos rasgos sueltos: las pestañas, una peca, una fosa nasal" de las ciudades que visita en las que la burguesía le teme a la propia tecnología que dice apoyar mientras la fugacidad se apodera de todo y todos. Observaciones de la década del veinte que gozan de actualidad.

Con una impecable traducción (y útiles notas al final), "Mi descubrimiento de América" permite conocer la mirada personal de uno de los grandes vanguardistas del siglo XX  en parte de nuestro continente. Un texto desde el que alega, para referirse a Chicago, aunque también es aplicable al resto de su viaje: "Mi descripción es incorrecta pero fiel" permitiendo la compañía del lector en su recorrido.

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[Revista Veintitrés]

Un poeta suelto en Nueva York

por Lucas Cremades

"Lo digo para afirmar el derecho y la necesidad que tiene el poeta de reorganizar y reciclar el material visible, en vez de pulir lo que es evidente a simple vista”. Con esa necesidad imperiosa de que sus pensamientos y observaciones calzaran en los oídos del pueblo, materializando así su dual y compleja relación entre lo artístico y lo político, las crónicas de viaje de Vladimir Maiakovski (Baghdati 1893-Moscú, 1930) de su paso por algunos países de América entre 1925 y 1926, forman parte de los tesoros que una de las figuras de las vanguardias estéticas de comienzos del siglo XX legó a las generaciones futuras, en vistas “de una lucha lejana”. El autor de Poesía y revolución narra sus recorridos durante una visita fugaz a Cuba, un paso por México y una estadía imperdible –por la intensidad de sus observaciones– de 6 meses por Nueva York, Chicago y Detroit. En cada estadía y región, el dramaturgo nos alcanza con su agudo razonamiento: “La excentricidad de la política mexicana y sus rasgos insólitos a primera vista se explica por el hecho de que sus raíces se encuentran no sólo en la economía de México, sino también, y principalmente, en las expectativas y los anhelos de los Estados Unidos”. Maiakovski transmite su mirada de lo ajeno, del visitante que se admira y se advierte en territorios lejanos a la URSS, para discurrir y reflexionar sobre política, la desigualdad, los sistemas ferroviarios de transporte, la explotación y la enajenación del trabajo, los objetos, las costumbres, los modos de producción y la comunicación. Cuatro años después de este viaje, el inolvidable escritor se suicidaría de un disparo al corazón el 14 de abril de 1930.

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[Tiempo Argentino]

Una mirada al imperio desde el túnel del tiempo

por Nicolás García Recoaro

"Necesito viajar. Para mí, el contacto con todo aquello que respira vida casi sustituye la lectura de libros." Así se confiesa Vladimir Maiakovski en las primeras líneas de Mi descubrimiento de América. El libro editado recientemente por Entropía rescata las alucinantes crónicas de viaje que el padre del futurismo ruso escribió durante su deriva por el norte del continente americano, en la tercera década del siglo XX. 

Hombre de la Revolución de Octubre, agitador de barricada y, fundamentalmente, filoso poeta. En 1925, ya consagrado en la Unión Soviética, Maiakovski decide cruzar el Atlántico y embarcarse en un viaje iniciático por América del Norte, para estrechar lazos con el movimiento obrero local. El viaje duró casi cuatro meses, de julio a octubre de 1925, e incluyó una breve parada en Cuba, algunos semanas en México y una larga estadía en varias metrópolis de los Estados Unidos.

En sus crónicas, el poeta condimenta con jugosos detalles sus impresiones: los 18 días en alta mar y la encarnizada lucha de clases que libran los pasajeros, su fugaz y tórrido paso por La Habana, la violencia de las corridas de toros y la primavera muralista que florece en México, y su entrada no tan triunfal al país del Tío Sam, el verdadero objetivo del viaje.
El autor de La flauta vertebral (1915) y 150.000.000 (1920) fue el primer poeta de la Rusia soviética que realizó una visita "oficial" al nuevo imperio del capitalismo. "Los Estados Unidos de Norteamérica ni siquiera ocupan toda América del Norte y, sin embargo –fíjense– se han quedado, apropiado y absorbido los nombres de todas las Américas. Los Estados Unidos se apoderan del derecho de llamarse América por la fuerza, con sus acorazados dreadnought y sus dólares." En sus crónicas, Maiakovski denuncia el expansionismo gringo –"una de las palabrotas más fuertes usadas en México"– y sus negocios en la capital cubana, donde "hay flamencos del color del alba que montan guardia sobre un pie" mientras los policías locales custodian a sol y sombra a los estadounidenses y sus inversiones comerciales. 

Luego de un corto tour por la Ciudad de México, donde conoce breve pero definitivamente a Diego Rivera, y también los ardientes tacos, Maiakovski cruza el río Bravo en Laredo y entra a los Estados Unidos por Texas. El flechazo del poeta futurista con Nueva York se da en el mismo instante en que pone un pie en Pennsylvania Station. Lo deslumbra esa ciudad que emerge desde el océano con sus sofisticados rascacielos de ¡40 pisos! y sus avances técnicos sobrecogedores: "Te vistes con luz eléctrica, las calles están iluminadas con luz eléctrica, los edificios brillan con luz eléctrica, mostrando las ventanas recortadas con regularidad, como si fueran las ranuras de un esténcil para carteles publicitarios." La geografía humana neoyorquina no pasa desapercibida al ojo de Maiakovski. Inmigrantes de todas las nacionalidades que se abren paso en este laberinto de asfalto, sindicatos, huelgas, conflictos raciales y empresarios cansados de dilapidar sus dólares completan un fresco de época demoledor.

Finalmente, al recorrer las industriales Chicago y Detroit, el poeta dedica suculentos párrafos para retratar el modelo fordista desde las fauces del monstruo y apunta: "A las cuatro de la tarde estuve en la puerta de la fábrica de Ford observando al turno que salía de trabajar: la gente subía a tranvías y se dormía al instante, completamente agotada. Detroit tiene el récord de divorcios. El sistema de Ford vuelve impotentes a los trabajadores."

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[Télam]

El día que Maiakovski descubrió América

por Juan Rapacioli

Mi descubrimiento de América, las crónicas que Vladimir Maiakovski escribió luego de recorrer Cuba, México y Estados Unidos entre 1925 y 1926, se publican ahora en una nueva edición que revela la sorprendente mirada anticipatoria sobre la realidad económica, social y cultural de un continente nuevo para el gran escritor ruso.

Publicado por Entropía y traducido por Olga Korobenko, el libro presenta la profunda visión de Maiakovski (1893-1930), iniciador del futurismo ruso, sobre su experiencia en distintos puntos de América: una visita fugaz a Cuba, un paso por México y una intensa estadía de seis meses en Nueva York, Detroit y Chicago.

"Necesito viajar. Para mí, el contacto con todo aquello que respira vida casi constituye la lectura de libros. El viaje emociona al lector de hoy. En lugar de historias ficticias, supuestamente curiosas, sobre imágenes, metáforas y temas aburridos, surgen experiencias interesantes en sí mismas", sostiene el poeta.
Y luego arroja una reflexión sobre los dieciocho días de océano que lo alejaron de la Unión Soviética, donde ya era un escritor consagrado: "El océano es fruto de la imaginación. Estando en el mar, no puedes ver las costas, las olas son más grandes de lo que sería necesario para disfrutar de ellas, y tampoco sabes qué es lo que tienes bajo tus pies".

"Pero lo que cuenta es la imaginación: saber que ni a derecha ni a izquierda hay tierra firme hasta el polo, que adelante hay un mundo completamente nuevo, un segundo mundo, y que debajo tal vez de encuentre la Atlántida", reflexiona uno de los autores del manifiesto "La bofetada al gusto del público", de 1912.

En la primera parte del libro, dedicada a Cuba y México, el autor de Poesía y revolución anota su experiencia en el vapor Espagne: "Las clases son auténticas. En la primera viajan comerciantes, fabricantes de sombreros y cuellos, primeras figuras del arte y monjas".

"Gente extraña: tienen nacionalidad turca, sólo hablan inglés, viven en México y representan a empresas francesas con pasaportes paraguayos y argentinos", observa en medio del mar.

"Son los colonizadores de hoy, lo peor de la sociedad mexicana. Siguiendo la tradición de los acompañantes y los herederos de Colón, que expoliaban a los indios, obligan a las personas de piel roja a deslomarse en las plantaciones habaneras a cambio de unas corbatas rojas que hacen a los negros comulgar con la civilización europea", apunta el autor de obras teatrales como La chinche (1929) y Hablando a plena voz (1930).
Maiakovski, quien junto al artista Aleksandr Ródchenko fundó la agencia de publicidad Mayakovski-Ródchenko Advertising-Constructor, llegando a crear más de 150 piezas publicitarias, va más allá de la mera descripción: reflexiona sobre política, habla de la desigualdad, piensa las relaciones de poder, se detiene en los objetos, las calles, las construcciones, los modos de producción, los medios de transporte y de comunicación.
Recorriendo Ciudad de México, el escritor sostiene que "la excentricidad de la política mexicana y sus rasgos insólitos a primera vista se explican por el hecho de que sus raíces se encuentran no sólo en la economía de México, sino también, y principalmente, en las expectativas y los anhelos de los Estados Unidos". 

Con Estados Unidos, país que lo fascina y lo incomoda, es claro cuando dice que "ni siquiera ocupan toda América del Norte y, sin embargo -fíjense- se han quedado, apropiado y absorbido los nombres de todas las Américas". 

"Los Estados Unidos se apoderaron del derecho a llamarse América por la fuerza, con sus acorazados dreadnought y sus dólares, infundiendo terror en las repúblicas y las colonias vecinas", afirma Maiakovski, considerado "el poeta de octubre". 
Y, con un asombroso sentido anticipatorio, anota que "cuando la gente ingenua quiere ver la capital de los Estados Unidos se dirige a Washington. La gente avispada va a una minúscula calle de Nueva York, Wall Street, la calle de los bancos, la calle que de hecho dirige el país". 

Maiakovski, que se suicidó de un disparo en el corazón el 14 de abril de 1930, configura un libro que refleja una mirada lúcida, sarcástica, con tanto vuelo poético como rigurosidad histórica, y que parece registrar todos los aspectos del complejo mundo que vendría, con una potente voz que llega hasta nuestros días.

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[Eterna Cadencia]

Corazón tan rojo

por Valeria Tentoni

"Como se dice/ el incidente está zanjado,/ la barca del amor/ se estrelló contra la vida cotidiana./ Estoy en paz con la vida. Inútil, recordar/ dolores/ desgracias/ y ofensas mutuas. (Maiakovski, 1930, fragmento final antes de despedirse de este mundo)": esa leyenda acompañaba la cita en el muro de Mario Ortíz, hace unos días. En nada se parece el ánimo del futurista ruso entonces al que ostenta apenas un lustro antes en Mi descubrimiento de América, las crónicas que acaba de editar Entropía con traducción de Olga Korobenko. Allí, Maiakovski narra sus viajes a Cuba, México y Estados Unidos, entre 1925 y 1926, que continuaban un periplo que lo había llevado por reuniones y cónclaves desde principios de la década por lugares como Berlín y París.

Durante esos años de viajes, el poeta de la revolución soviética se dedicó también a generar piezas de propaganda. Al igual que Fogwill y Shua (quien sugiere que la escritura de poesía y la de textos publicitarios está muy emparentada), trabajó redactando slóganes y consignas junto al diseñador gráfico, pintor y fotógrafo Ródchenko. La agencia que tuvieron se llamó Mayakovski-Ródchenko Advertising-Constructor.

La gracia con que observa, recorta y traslada a la hoja lo que ve en su recorrido intercontinental, la velocidad que levantan sus párrafos y una alegre y curiosa vehemencia se explican desde la necesidad: "Para mí, el contacto con todo aquello que respira vida casi sustituye la lectura de libros", dice en el arranque, subido al vapor Espagne, donde viaja con gente de todo el mundo que va en busca de trabajo. Arriba a La Habana, luego a la ciudad de México, donde lo pasea Diego Rivera y se enamora de la amabilidad de los locales al punto de prometerse un regreso que nunca cumplirá.

Su afilado radar encuentra el punctum en todas las fotos que le pasan por delante a velocidad supersónica. Como Gabriel García Márquez en De viaje por los países socialistas, los suyos son traslados exploratorios en los que la información aparece condimentada por detalles significativos, pinceladas caprichosas que vuelven al libro seductor. Así, mientras nos enteramos de por qué les decían "gringos" a los gringos, cómo se alimenta cada clase en las ciudades o cómo duermen los inmigrantes en los barcos, aparecen secciones como:

Un conductor en México no es responsable por las lesiones ocasionadas (¡haber ido con más cautela!); por eso el término de vida sin lesiones es de diez años. Una vez en diez años todo el mundo tiene accidentes. Claro, hay gente que aguanta veinte años sin ser atropellada, pero lo hace a costa de los que sufren accidentes cada cinco años.

El automóvil será uno de los portentos que más atención suya se llevará. También en su azorado arribo a Nueva York, luego a Detroit y Chicago, en fin, a América –término apropiado por Estados Unidos, una apropiación sobre la que reflexionará, así como sobre el lugar del dinero en ese país–. La visión de esa epilepsia de consumo y los destellos del ámbar en combustión constante impresionarían al poeta y dramaturgo. Así describirá, por caso, su visita a la fábrica de autos Ford, donde encuentra a los empleados bajo las luces que todavía no eran fluorescentes, volviéndose poco a poco impotentes, zumbando bajo los disparos de la electricidad –una magia que había conocido por primera vez, en un paseo con su padre en Bardad, pueblo que llevó luego su nombre. Fue mientras lo acompañaba en una de sus rondas a caballo como guardia forestal que se encontró con lo que describió como un "brillo más claro que el cielo", según detalla Federico Gorbea en el prólogo a la antología de Ediciones 29. "¡Escuchen!/ Las estrellas están iluminadas,/ ¿quiere decir esto/ que le son necesarias a alguien/ que alguien desea su existencia,/ que alguien está echando/ margaritas a los puercos?", aparece en el primer poema de ese tomo. 

Maiakovski afirma en este breve y poderoso encuentro de sus crónicas, "el derecho y la necesidad que tiene el poeta de reorganizar y reciclar el material visible, en vez de pulir lo que es evidente a simple vista".

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[Artezeta]

Barcas

por Juan Alberto Crasci

Escribe Víktor Shklovski en Maiakovski (1941), la biografía que se tradujo al español recién en 1972 y que fue editada por Anagrama: “Un gran poeta nace con las contradicciones de su tiempo. Conoce antes que los demás la desigualdad de las cosas, sus variaciones, el curso de sus movimientos. Los demás ignoran aún el pasado mañana. El poeta lo define, escribe sobre ello, y no es reconocido.” Estas palabras alumbran de forma total la lectura de Mi descubrimiento de América, el registro que llevó Maiakovski de su paso por Cuba, México y Estados Unidos entre los años 1925 y 1926. El libro fue recientemente editado en Argentina por Entropía, con traducción de Olga Korobenko, misma versión que circuló tiempo atrás en España, editada por Gallo Nero.


El poeta escribe al inicio de las crónicas: “Necesito viajar. Para mí el contacto con todo aquello que respira vida casi sustituye la lectura de libros. El viaje emociona al lector de hoy.” También en 1925, en su poema titulado Vladímir Illich Lenin, escribió: “Aunque vivan sobre la tierra,/los hombres son barcas.” Nos situamos en 1925, momento en el que los escritos de viajes eran fundamentales para documentar la experiencia, para ver por primera vez una tierra lejana, y luego para dar a conocer en sus lugares de origen las visiones acerca de los extremos más recónditos del planeta.

El fugaz paso por La Habana y México (donde entabló relaciones con Diego Rivera) se volvió acuciado por cuestiones de visado y pasaporte. El destino deseado será Estados Unidos, país que lo fascinará y lo incomodará al mismo tiempo. Los avances tecnológicos, los rascacielos, la electricidad, los vehículos —que también para Shklovski representaban la modernidad, la velocidad con que nos encaminábamos a lo nuevo— y los entretenimientos tendrán también su contratara ruinosa.

Maiakovski presenta de manera implacable la sociedad capitalista en pleno desarrollo: las problemáticas laborales, los desajustes sociales —con la división de los barrios de acuerdo a los orígenes de sus habitantes y la enorme cantidad de población negra, en la que ve un mayor futuro revolucionario que en los obreros—, y las costumbres alimenticias y culturales: “en la tierra de la electricidad los ricos comen a la luz de las velas.”

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[Revista Invisibles]

Viajeros en América

Por Germán Lerzo

Hacia el año 1845, el mayor escritor, polemista e ideólogo del siglo XIX argentino, Domingo Faustino Sarmiento, estaba exiliado en Chile y acababa de publicar Facundo: Civilización o barbarie, donde formuló la crítica más contundente (y exagerada y mal documentada, como demostró luego Valentín Alsina) del régimen rosista, que fue también una plataforma de gobierno para el futuro del país. La polémica en torno a la publicación de ese texto se anticipó en la escena de escritura con la que Sarmiento parte al exilio en 1840. En las paredes blancas del diario El Zonda escribe con carbón una frase en francés que la policía rosista no puede descifrar: On ne tue point les idées, con la que pretendía poner en evidencia la distancia insalvable entre la barbarie y la civilización que él encarnaba. Ya instalado en el país trasandino, Manuel Montt Torres presidente de Chile le encomendó la tarea de viajar por diferentes ciudades del mundo para documentar el sistema educativo de algunos países avanzados y otros no tanto. Sin embargo, lo más destacable de esa labor debería buscarse en las cartas que escribió a sus amigos –escritores, periodistas y políticos– donde registraba sus impresiones de viajero y sacaba a relucir sus dotes de cronista en torno a la experiencia novedosa que ofrecía el brillo de las capitales.

Viajes por Europa, Africa i America (1845-1847) reúne ese conjunto heterogéneo de cartas. De todas esas impresiones, acaso el mayor efecto es el que le produce el descubrimiento de Estados Unidos. Lo primero que llama la atención de Sarmiento es el nivel de organización de ese país, tanto en las pequeñas aldeas dedicadas a la agricultura como en las grandes ciudades. También se detiene en los avances técnicos de la maquinaria adecuada para mejorar cada tarea y oficio, lo que permite aprovechar los recursos al máximo en el menor tiempo posible. Observa que el éxito de un comerciante reside en la originalidad de los carteles con que atraen a los posibles clientes, y no sale del asombro ante la explotación de una estrategia verbal tan eficiente. Se fascina con el tendido de rutas, con el desarrollo del sistema postal y el nivel avanzado del transporte, lo que agiliza la comunicación y el comercio entre diferentes regiones. Y descubre, sobre todo, que esa preocupación tácita del norteamericano promedio en mejorar permanentemente no es sólo el resultado de la búsqueda del progreso económico sino el síntoma de evolución y progreso de la mentalidad de un país. De ahí que, para el autor de Recuerdos de provincia, Estados Unidos no se parezca en nada a los países conocidos. Su desarrollo y organización no tienen punto de comparación. El comienzo de la carta sobre Norteamérica, dirigida a Valentín Alsina en 1847, da cuenta de esa impresión:

“Los Estados-Unidos son una cosa sin modelo anterior, una especie de disparate que choca a la primera vista, i frustra la expectación pugnando contra las ideas recibidas, i no obstante este disparate inconcebible es grande i noble, sublime a veces, regular siempre; i con tales muestras de permanencia i fuerza orgánica se presenta, que el ridículo se deslizaría sobre su superficie como la imponente bala sobre las duras escamas del caimán. No es aquel cuerpo social un ser deforme, monstruo de las especies conocidas, sino un animal nuevo producido por la creación política, extraño como aquellos megaterios cuyos huesos se presentan sobre la superficie de la tierra.” 

Metrópolis

Muchos años después de estas impresiones sarmientinas, el poeta Vladimir Maiakovski,  el mayor referente literario del futurismo y acaso también de la Revolución Rusa, como lo fue Sarmiento de la campaña antirosista, descubre Estados Unidos hacia 1925 y el efecto que le produce no es muy distinto al que provocó en el sanjuanino pero admite algunas variantes. Ante la primera impresión de Nueva York, el espectáculo lo sobrecoge: “abrí los ojos como platos” dice. Y al recorrer las diferentes ciudades de aquel país, el cronista ruso no disimula el asombro ante los avances técnicos aplicados a los medios de transporte con trenes que ya circulan por el aire; la celeridad con que se construyen enormes torres de edificios en la ciudad; el ritmo meticuloso con que los trabajadores motorizan la actividad cosmopolita todas las mañanas; la organización del tránsito vehicular en un país “donde hay más autos que personas”y el avistamiento del primer semáforo. El derroche de luz eléctrica en una ciudad que está siempre excesivamente iluminada como síntoma de progreso y abundancia de recursos hacen que Maiakovski experimente una sensación de admiración y rechazo en torno a este país que muestra todas sus condiciones para ser, ya en 1925, una gran potencia mundial digna de análisis y estudio así como un enemigo futuro a temer o respetar. Justamente la velocidad con que la fisonomía de Nueva York va mutando con el paso del tiempo, debido al auge de la construcción y los avances técnicos, bien podría sintetizarse en un fragmento, no exento de ironía, de Mi descubrimiento de América (Entropía, 2015) sobre lo que dijeron y acaso dirán los sucesivos cronistas ante el crecimiento constante de la metrópolis:

“En una decena de años las construcciones de hormigón cambiarán por completo la cara de las grandes ciudades. 
Hace treinta años, al ver Nueva York, V.G. Korolenko anotó: «A través de la bruma se veían edificios enormes de seis y siete pisos en la costa…»
Hace unos quince años, Gorki, que visitó Nueva York, informaba: «a través de la lluvia oblicua, se veían edificios de quince y veinte pisos en la costa.»
Para no apartarme de las reglas del decoro que, por lo visto, imperan entre los escritores, debería escribir esto: «A través de la bruma oblicua, se ven edificios descomunales de cuarenta y cincuenta pisos…»

Y el poeta del futuro anotará después del viaje: «A través de los edificios rectos con una cantidad indefinida de pisos que se elevan en la costa neoyorkina, no se veían ni humos, ni lluvias oblicuas y mucho menos brumas de ningún tipo.»” 

Podríamos decir que a lo largo de las 150 páginas en las que el poeta Maiakovski se convierte en un lúcido cronista, se combinan el don del observador atento, la enorme capacidad de síntesis y una dosis constante de humor que hacen de este volumen un ejemplo impecable de la crónica como género. Sin embargo, nada indica que deberíamos procesar estas páginas como el registro de un viajero o de un turista, ya que en su descripción del funcionamiento político, económico y social se cuela, entre líneas, la mirada del espía encubierto que se reúne con los líderes del partido comunista; se informa sobre los reclamos laborales de la clase trabajadora; analiza el funcionamiento de las huelgas obreras, y evalúa las debilidades de ese animal monstruoso donde sería posible avivar el germen revolucionario y horadar las bases de su poder. Por eso, al final del viaje, ya a bordo del barco que lo llevará a Francia, no vacila en sostener: “El propósito de mi ensayo es impulsar el estudio de las debilidades y las fortalezas  de los Estados Unidos en vistas de una lucha futura.” En efecto, para entrar a Norteamérica sin levantar sospechas, Maiakovski cumple con el rodeo previo que le recomendaron: hacer escala en Cuba y luego en México, para entrar a Estados Unidos por tierra, ya que si lo hacía directamente desde Rusia, lo más probable era que no le permitieran el ingreso. La estrategia funciona y luego de una larga entrevista con los agentes de migraciones, y un depósito de 500 dólares, le extienden un permiso de turista por el plazo de seis meses.

Lo que el viento se llevó

En su breve escala por La Habana, luego de meses de viaje en el vapor Spagne que lo trae a América en primera clase, Maiakovski advierte que la ciudad combina una realidad miserable y pobre para el cubano, y una oferta variada de esplendor, vicios y riquezas para la aristocracia estadounidense. Son dos panoramas distintos, completamente opuestos, donde el imperialismo norteamericano impone gobiernos, presidentes, casinos, hoteles de lujo y negocios lucrativos con el tráfico de alcohol hacia el país del norte, donde la ley seca está en plena vigencia y hace aún más rentable la exportación ilegal. Cuba es entonces una suerte de isla de la fantasía para ese turista adinerado que busca concretar allí el deseo que no puede satisfacer libremente en su propio país. Pero la isla es además una fuente de recursos para agotar y obtener ganancias de la forma más dinámica: “todo lo que está relacionado con los estadounidenses está montado con eficacia y bien organizado” escribe.

En México el panorama no será muy distinto: “es un país desvalijado por los imperialistas estadounidenses supuestamente civilizadores”. Su anfitrión y guía será el joven pintor y muralista Diego Rivera. Luego de las formalidades del caso, Maiakovski sale a recorrer la ciudad y descubre que toda la vida y la actividad social transcurren en la calle, a la luz del día.  Allí se percata de que “la gente más importante son los lustrabotas y los vendedores de lotería”, y que todo lo que sea naturaleza y elementos exóticos queda para uso exclusivo de los nativos, mientras que las riquezas, una vez más, son explotadas para remitir su ganancia al país del norte. “El país más rico del mundo ya ha sido reducido por el imperialismo estadounidense a raciones de hambre”, sentencia. Cuba y México, por su peligrosa cercanía con el monstruo norteamericano, fueron así convertidos en colonias dependientes del poder estadounidense, sin tener mucho margen de acción fuera de lo que permiten las fuerzas externas. A pesar de que el mexicano es revolucionario por naturaleza y todos lleven una pistola Colt en la cintura “desde los 15 hasta los 75 años”, y su actividad preferida sea derrocar presidentes, el cronista intuye que el germen revolucionario es allí muy desorganizado. La violencia, el malestar contra el poder de turno no tienen origen en una ideología sostenible que pueda encausarlos hacia el bien común, sino que refleja más bien el temperamento indómito del mexicano promedio. 

El ciudadano

“Todo el país es una aglomeración de extranjeros reunidos para explotar personas, especular y comerciar”. Un eslabón fundamental del entramado social norteamericano lo componen los inmigrantes que, sólo en la ciudad de Nueva York, constituyen casi 2 millones de judíos, 1 millón de italianos, 500.000 alemanes, 300.000 irlandeses e igual cantidad de rusos; 250 mil negros y 300.000 hispanos, chinos y finlandeses. Esta variada diversidad plantea un interrogante central: “El enigma es: ¿quiénes son los estadounidenses propiamente dichos…?” Un panfleto del Partido Comunista que llega a las manos de Maiakovski tal vez ofrezca una respuesta: “Hay distintos tipos de estadounidenses: algunos son proletarios; otros, burgueses”.

A estos integrantes de la sociedad americana habría que agregar una buena cantidad de ricos y una parte no menor de multimillonarios dedicados a la inversión inmobiliaria y a la especulación financiera, “que escapan de la Quinta Avenida por su estrépito de autos y la avalancha de las multitudes” y tienen la extraña costumbre de cenar a la luz de las velas. Así, la sociedad norteamericana está marcadamente estratificada por el volumen de su riqueza y por la división social del trabajo. Lógicamente, cada clase tiene sus rutinas, sus espacios y oportunidades bien diferenciados unos de otros. (En la descripción detallada de los consumos gastronómicos de los estratos sociales aparece, más que la mirada de un cronista, la de un etnógrafo experimentado.)

En Chicago, “el corazón industrial de Estados Unidos”, Maiakovski se entusiasma con el desarrollo del germen revolucionario y de las demandas obreras pero advierte que allí “a los defensores de la clase trabajadora se los castiga con la pena de muerte”, como sucedió con Sacco y Vanzetti, y con otros cinco dirigentes gremiales. En Filadelfia nota que la situación es mucho peor debido a la impunidad con que la burguesía armada tiene prácticas medievales en las que asesina negros desde la organización Ku Klux Klan como si se tratara de un pasatiempo preferido. No obstante, a pesar de esta expresión salvaje del racismo norteamericano, esta violencia es la única que puede provocar en Estados Unidos la revuelta social: “Los negros, calentados por las hogueras de Texas, son una pólvora lo suficientemente seca para las explosiones revolucionarias.” 

Si hubiera que nombrar tan sólo un elemento en común de toda la sociedad norteamericana, sería la fascinación que tiene por su moneda: “Dios es el dólar, el dólar es el Padre, el dólar es el Espíritu Santo.” Por eso, un norteamericano jamás te saludará con un “cómo estás” sino que dirá: cuánto dinero has ganado hoy. Esta idea se resume en una frase magistral: “El estadounidense obtiene placer estético admirando el color verde del dólar, identificándolo con la primavera, y el toro dentro del óvalo le parece retratar a un hombre fortachón y ser el símbolo de su bienestar.” 

Tiempos modernos

Hacia el final del viaje, Maiakovski analiza el desarrollo industrial norteamericano que tiene su expresión más acabada en la producción seriada de vehículos: nada menos que 7000 por día. “En Estados Unidos hay más coches que personas”, repite en diferentes partes del texto. Entonces el poeta encubierto se dirige a Detroit y asiste a una visita guiada en la fábrica Ford donde observa por primera vez la línea de montaje, en la que una fila de obreros cumple una función única pero fundamental en el proceso general de ensamblado. Luego, como si fuera un delegado gremial, los obreros le informan sobre sus demandas laborales: no cobran horas extras, tienen quince minutos para comer parados al lado de la máquina; no se los indemniza por los accidentes laborales y, entre otros problemas, la empresa les prohíbe escupir en el piso pero tampoco les dan escupideras. La jornada laboral es agotadora. Y el ruso se permite, tal vez, una última humorada: “Detroit tiene el record de divorcios. El sistema de Ford vuelve impotente a los trabajadores.”

Así, el desarrollo industrial aplicado mediante el fordismo y la dinámica acelerada de la especulación financiera(“entregan créditos a quien sea: incluso al Papa”) son los dos motores del capitalismo norteamericano de acuerdo con el análisis del cronista ruso. Tan solo tres años después, en 1929, esa rueda inmanejable de las finanzas haría estallar la bolsa de Nueva York y gran parte de la economía mundial.

La muerte de un viajante

Cinco años después del viaje de Sarmiento por Estados Unidos, el gobierno de Rosas es finalmente derrocado en 1852. El escritor sanjuanino participaría de la campaña de Urquiza de la que daría cuenta en uno de sus libros más atrayentes: Campaña en el Ejército Grande. Pero tomaría distancia de la nueva realidad y volvería al exilio. Algunos años después sería gobernador de su provincia, y luego presidente. 

La suerte de Maiakovski fue muy distinta. El ascenso de Stalin al poder marcaría una situación mucho más incómoda para el poeta de la revolución bolchevique que ya no gozaría del mismo crédito social y político que en los tiempos de Lenin. Y en abril de 1930 se dispara un tiro en el pecho. Tenía 36 años. Las palabras con que nos introduce a Mi descubrimiento de América bien podrían haber servido para elaborar su epitafio:

He vivido demasiado poco como para describir los detalles de forma correcta y pormenorizada. 
He vivido lo suficientemente como para retratar fielmente los rasgos generales.

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[Bazar americano]

América roja

Por Irina Garbatzky

En Mi descubrimiento de América, el diario de viajes que Vladimir Maiakovsky escribió entre 1925 y 1926 a propósito de su periplo por Cuba, México y Estados Unidos, hay una invitación al exotismo que el autor va a rechazar cada vez que pueda. El exotismo, decía César Aira, es literatura readymade, encuentra lo que no precisa inventar, la fantasía y la aventura están dados allí, naturalmente. Como Oriente, América es portadora de sus signos de manera innata. También con esa premisa comienza a escribir Maiakovsky: “Necesito viajar. Para mí, el contacto con todo aquello que respira vida casi sustituye la lectura de libros”. Sin embargo la fórmula, que apuntaría a enfatizar el encuentro con la alteridad que imprime el trópico sobre el cuerpo del poeta revolucionario, aparece en las crónicas, aplacada, reprimida. No porque el ruso sostenga de antemano una imagen estereotipada, el mecanismo colonial. Justamente todo lo contrario. Importa poco el deslumbramiento por la abundancia americana. Descubrir América, sin la lente de lo exuberante o lo rarísimo, pone en juego otro tono, menos encantado o más objetivista: “Para cenar nos dieron alimentos que no conocía: un coco verde con el corazón untuoso como manteca y una fruta llamada mango, una parodia de la banana, con un carozo grande y peludo”.

El impulso del poeta soviético, por supuesto, iba menos hacia lo específico que a lo universal. Si el exotista busca deliberadamente un mundo otro, el revolucionario, que porta el mensaje del futuro, es en algún sentido, el otro radical (“–Moscú. ¿Eso está en Polonia? –me preguntaron en el consulado estadounidense en México. –No –contesté-. Está en URSS”). Para leer el mundo, se llevan en el bolsillo los mapas de la revolución. En el barco, por ejemplo, “la primera clase vomita donde se le da la gana; la segunda sobre la tercera, y la tercera sobre sí misma”.

¿De qué tiempo viene Maiakovsky y con qué tiempo se encuentra en América? Sólo en su diálogo con los vanguardistas latinoamericanos encontrará una temporalidad común. Desde Moscú, esa ciudad que, al decir de Raúl Antelo, funcionará durante esas décadas, para visitantes como César Vallejo o Walter Benjamin como el “marco de lo moderno”, el emplazamiento discursivo muestra las velocísimas transformaciones del presente. El futuro es la urbanidad, de ahí que su visión sobre Latinoamérica, y especialmente sobre La Habana, redunde en desencanto. En La Habana, “Todo lo que tiene que ver con el exotismo antiguo es pintoresco, poético y poco rentable. (…) Todo lo relacionado con los estadounidenses está montado con eficacia y bien organizado”. Lo exótico y lo antiguo es leído como signo de retraso y de colonia. Lo es en Cuba y lo es en México: pura naturaleza devorada por la ansiedad estadounidense (“Y lo exótico, ¿para qué demonios lo necesitan? Las lianas, los loros, los tigres y las fiebres palúdicas, todo esto se queda en el sur, es para los mexicanos. (…) Lo exótico que no da ni para comprar pan queda para ellos. El país más rico del mundo ya ha sido reducido por el imperialismo estadounidense a raciones de hambre”).

Sin embargo, en México, donde el autor es recibido por Diego Rivera y Frida Kahlo, el ensamblaje entre la tradición y la ruptura de la vanguardia latinoamericana arma una lengua que a Maiakovsky le resulta más congruente, aunque todavía muy poco familiar. Rivera aparece como un glotón extravagante que reúne lo local y lo mundial: fundador del Partido Comunista de México, barrigón, poseedor de una Colt con la que puede dispararle a una moneda en el aire y que entiende el ruso perfectamente. Cómo no pasar horas viendo los antiguos calendarios aztecas o los ídolos de viento con dos máscaras, si la idea moderna del arte mexicano, según le explica Alfonso Reyes, se configura a partir del arte popular indio antiguo, “abigarrado y tosco”. Es posible que haya un sentido oculto, en ese cruce, sostiene, una idea poco asimilada que es la lucha de la esclavitud contra los colonizadores, hacia allí debe dirigirse. En México hay porvenir para la revolución, aunque tal vez la violencia inmemorial complique el panorama, marcado por el caos de los sucesivos levantamientos, como sucede en torno al vocablo revolucionario: “para los mexicanos no sólo es quien entiende o presiente los siglos venideros, lucha por ellos y lleva a la humanidad hacia el futuro; el revolucionario mexicano es cualquiera que derroque el poder con armas en la mano, no importa de qué poder se trate”.

La definitiva fascinación son los Estados Unidos. Las dos terceras partes del libro las dedica a los itinerarios por Nueva York, Chicago, Detroit, es decir, a la descripción pormenorizada del estado más avanzado del capitalismo. “Me gusta Nueva York los ajetreados días laborales del otoño”, “Odio Nueva York los domingos”. Si en el testimonio de los viajeros a la URSS ocupaba un lugar central el encuentro con ese mundo otro, la utopía concretada que suponía la vida comunista, también Maiakovsky testimonia, por oposición, la enorme impresión que le genera la meca capitalista y la modernidad como la enorme y brutal efectuación de un proyecto. Maiakovsky en Estados Unidos escribe como el testigo de vista de un mundo ajeno, y tal vez sólo allí, en esa fascinación, sea donde se cumpla la regla del exotismo como “literatura a medida”. El poeta cuenta con conocimientos muy precisos, sabe lo que quiere mostrar. Uno de los ejemplos es la visita a la fábrica Ford. En 1926, Ford es mítica; en 1923, el libro autobiográfico de Ford había sido publicado en Leningrado, había vendido miles de copias. En el relato, Maiakovsky nos otorga uno de los tantos pasajes de la textualidad vanguardista que retornan sobre el trauma que implicó la yuxtaposición del humano en máquina, en la más alienada deshumanización. La vida humana y la vida en general en Estados Unidos se encuentra absorbida por los movimientos de la fábrica, y lo que emerge, como forma poética, como imagen, es el puro ensamblaje: “Aterrizan chasis desnudos, como si el vehículo aún no tuviera puesto los pantalones. Los obreros colocan los guardabarros; el vehículo avanza a paso de hombre hacia los montadores del motor; las grúas bajan la carrocería; los neumáticos caen desde el techo formando una fila continua, como roscas de panadería; debajo de la cadena hay trabajadores que retocan algo a martillazos. Operarios subidos a unas vagonetas pequeñas se pegan a los costados del coche. Después de pasar por mil manos, el automóvil cobra su forma definitiva en una de las últimas etapas; sube un conductor, el coche desciende de la cadena y sale al patio por su cuenta”. Como si hiciera falta, nos aclara: “Es un proceso que uno ya conoce por diversos documentales, pero igual impresiona”.

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[La Nación]

La extraña mirada de un poeta soviético

Por Verónica Chiaravalli

Abrazó la revolución bolchevique y cuando le llegó el turno cayó en desgracia. Vladimir Maiakovski nació en Baghdati en 1893, fue poeta y dramaturgo, figura central del futurismo ruso, y se suicidó en Moscú en 1930. Sobre los pormenores de su tempestuosa vida, abundan en la Red estudios literarios y biográficos; aquí, apenas algunas consideraciones acerca de Mi descubrimiento de América, obra ahora reeditada (Entropía) que recoge sus impresiones de viaje por Cuba, México y Estados Unidos, entre 1925 y 1926. El poderoso Tío Sam es el gran objetivo del periplo. "El propósito de mi ensayo es impulsar el estudio de las debilidades y las fortalezas de los Estados Unidos en vistas de una lucha lejana", reconoce, preclaro, en las últimas páginas. Y no sorprende el trazo oscilante entre la admiración y el desprecio con que pinta al enemigo. Más inquietantes, en cambio, resultan ciertos apuntes de su paso por México, un verdadero choque de culturas que prenuncia algunas formas de la política caras a la América Latina de las décadas posteriores.

No bien Maiakovski toma contacto con México sobreviene la primera decepción. El poeta esperaba encontrarse en el puerto con los indios bravíos de las novelas de James Fenimore Cooper y lo que vio fue el triste hormigueo de unos sufridos changarines disputándose el yugo y la moneda. Fue, escribe, "como si delante de mis narices transformaran pavos reales en gallinas". A partir de allí, todo será extrañamiento ante la idiosincrasia nativa. El mexicano es "impasible" y la mexicana "se pone harapos toda la semana para vestirse de seda los domingos". Al caer la noche, en las calles centrales, se admira del derroche de luz eléctrica, "que aquí gastan más que en cualquier otra parte, en cualquier caso más de lo que los recursos del pueblo mexicano lo permiten. Es una forma de propaganda de la solidez y del bienestar de la vida bajo el actual presidente".

Lo desaniman las cifras modestas de afiliados al PC mexicano. Y, para sus lectores soviéticos, explica qué se entiende por "revolucionario" en estas tierras, con la crudeza de un mazazo perturbadoramente actual. "Para los mexicanos [revolucionario] no sólo es quien entiende o presiente los siglos venideros, lucha por ellos y lleva a la humanidad hacia el futuro; el revolucionario mexicano es cualquiera que derroque el poder con armas en la mano, no importa de qué poder se trate. Y como en México cualquiera ha derrocado, está derrocando o quiere derrocar a algún poder, todos son revolucionarios. Por eso esta palabra en México carece de sentido, y si aparece en el periódico en relación con la vida sudamericana hay que investigar e indagar más." Una mirada vigente, entre la incomprensión y la lucidez.

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[Otra Parte semanal]

Viaje de liberación

por Martín Libster

En 1914 Rusia era, junto con el Imperio Otomano, la más débil de las potencias europeas; ocho años después, luego de la Primera Guerra Mundial, una revolución y la subsiguiente guerra civil, el país estaba en ruinas. Los líderes revolucionarios, especialmente Lenin y Trotsky, instaban en sus escritos a aumentar la productividad, a trabajar por la reconstrucción del país, a instruir a las masas e incluso a preservar la higiene personal.

Es de este país de donde parte, en 1925, Vladimir Maiakovski, el poeta “oficial” de la Revolución, en una travesía para descubrir América. Su diario de viaje tiene, en efecto, algunas notables similitudes con los que sus predecesores españoles habían escrito unos cuatrocientos años antes, como la comparación del paisaje americano con el de su Rusia natal y la asimilación permanente de ciertos aspectos de las ciudades norteamericanas a sus “equivalentes” moscovitas y petersburgueses. Pero si los viajes de Colón y Cortés, entre otros, tenían por objetivo la conquista y la sujeción de nuevos territorios y almas, la cruzada (al menos teórica) de Maiakovski es de liberación. El autor habla con compasión y rechazo del primitivismo de los mexicanos y del materialismo exacerbado de los estadounidenses, traba relación con algunos camaradas tanto ignotos como célebres y observa, con fascinación y repulsión a veces simultáneas, algunas de las atracciones populares de ambas naciones (las corridas de toros, el parque de diversiones de Coney Island, etc.). Pero la verdadera obsesión del poeta, reflejo fiel de la dirigencia soviética de la época, es el progreso. Al llegar a la primera potencia capitalista de la Tierra, la mirada de Maiakovski se detiene fascinada en la tecnología, la construcción, el transporte, la energía productiva y lo que, a sus ojos, representa la quintaesencia del desarrollo material: la electricidad. Aunque los hombres que la habitan le parezcan chatos y mediocres, son las luces de Nueva York lo que literalmente deslumbra sus ojos. Pero su viaje reafirma la convicción de que la tecnología, librada a sus propios mecanismos por el mercado y sin el control del Estado, no alcanza para desarrollar una civilización que merezca ese nombre, sino que es un conjunto de fuerzas desatadas que, según la ortodoxia marxista, contiene el germen de su propia destrucción.

La prosa de Maiakovski, bien volcada al castellano por Olga Korobenko (en una traducción originalmente publicada en España y adaptada al mercado local), es dinámica, ágil y punzante; noventa años después, podemos leer intacta esa energía que los futuristas caracterizaron como “una bofetada al gusto del público”. La ironía, el humor más bien amargo y la vitalidad impresionista del estilo confieren a este diario de viaje un valor que excede lo meramente testimonial y lo transforman en un texto notable, que nos permite atisbar una faceta para muchos desconocida de uno de los más grandes poetas rusos del siglo XX.


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