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  Peso estructural
Gonzalo Castro

228 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2017
ISBN: 978-987-1768-38-7
+Gonzalo Castro en Entropía
     
   
     
 

Es conocida la idea que postula a la rarefacción del lenguaje, o su torsión poética, como la médula de lo literario. El concepto proviene de las ciencias físicas: el proceso mediante el cual una sustancia se hace menos densa, más sutil. Ambas intenciones, la voluntad de instituir una lengua propia y la de quitarle compresión a la materia narrativa, atraviesan Peso estructural.

De un lado, Ingre: una joven profesora de danza contemporánea y su vida en la ciudad, el roce social, la exploración de la sexualidad, las preocupaciones por la materialidad de las cosas. Del otro, su hermano Juan en una embarcación varada en un río de Brasil, la omnipresencia exuberante de la naturaleza, el hallazgo de una lógica liberadora en el estancamiento.

Como Hidrografía doméstica y Hélice, esta tercera novela de Gonzalo Castro propone una voz en constante propagación de sensibilidades textuales. Una prosa lanzada hacia lo íntimo que logra naturalizar su idioma y revelar, así, un mundo ahora refundado bajo una gramática del encantamiento.

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Dieciocho


Huir con máxima violencia de un enjambre, desplegar toda la energía de la que se es capaz. La energía total: la disponible, la potencial y la sobrehumana. Correr en torbellino, las aspas cortando la nube de insectos, mientras los exasperantes aguijones abren poros a través de la ropa, en loca carrera hacia el agua. El río cercano que se adormece un poco a la vista, y ya no tiene ese caudal sonoro, porque los zumbidos y los gritos de ella misma tienen tal respaldo físico, sensorial; están tan ligados a toda la extensión de la piel, al dolor, que es casi un primitivo oído táctil el que lo percibe, un oído que requiere la punción de un objeto agudo para oír, que los sonidos se le inyecten.

Ingre se acuerda de ese evento cada vez que toma contacto con la miel, que con los años, de a poco, vuelve a gustarle. Ella tenía siete años, y la encontró el apicultor vecino del campo de su tío en San Pedro, que corrió tras sus abejas desbandadas, para encontrar a Ingre (muy pequeña e hinchada como un cadáver) flotando en el agua, en un semi-coma imaginario, nímbico, toda protuberancias, después de haber recibido algo así como un centenar de aguijones de su propiedad.

Ingre sobrevivió a la reacción sistémica tóxica, la liberación de aminas e histamina al torrente circulatorio con gran fiebre, raptos de hiperventilación y gritos, taquicardia galopante, bradicardia, epinefrina, tónicos indios, vomitivos naturales, baños de leche, traqueotomías de juguete (practicadas por Juan), pechugas de pollo a la plancha, té de maíz, reanimación espontánea, luz solar, luz artificial. Y durmiendo diez días, excepto sus noches.

La noche como espacio ilimitado, como proyecto de todas las cosas. Ingre empezó a bailar, y a pensar, durante esas noches compendiadas, en su cama. Toda su piel, encadenada por la reacción alérgica, cubierta por el piyama y unos guantes de seda de su abuela que sólo se sacaba para comer, y a veces tampoco. El movimiento en horizontal, el planteo de los desplazamientos, el trazado bidimensional de lo que iría a corporizarse cuando estuviera sana. Diez años después descubriría el barre à terre, tan familiar, copia de lo que ella había imaginado y practicado, traduciendo a un lenguaje estático todas las frenéticas poses que había visto, algunas noches, tarde, en la televisión, de transmisiones de ballet clásico.

El proceso fue una secuencia reactiva. Hasta ese momento los mecanismos habituales de su intelecto no superaban dos unidades diferenciadas, binarias: rememorar/desear. Dos pasos que permitían un equilibrio satisfactorio de avance ante la realidad. Pero las noches de insomnio vinieron a complejizar todo, sumando un nuevo factor, el análisis; y con este, una nueva realidad: la retrospección, que daba lugar a la proyección.

Ingre empezó, en su primera noche de insomnio, por reconstruir el día perdido por la anafilaxis y la ataraxia. Trazó el contorno de los acontecimientos del día uniendo los puntos marcados por los breves intervalos de vigilia, y coloreó todo de manera convencional (sus padres yendo y volviendo del trabajo, cada uno a su hora, su hermano en el colegio, su abuela cuidándola) en la natural certeza de que, sin ella, nada particular habría sucedido. En su segunda noche, ya consciente de las posibilidades del espacio nocturno, se centró en un futuro cercano: las próximas vacaciones. Multiplicando los veranos anteriores en Las Toninas por la semana de julio en Villa de las Rosas, Córdoba, obtuvo una textura idealmente placentera donde la contemplación del mar desde las sierras, recostada en un campo de menta, daba paso a la versión inversa: ella haciendo la plancha, más allá de la rompiente, de la mano de su padre, mirando el perfil serrano, abrazada por la sal, hundiéndose y emergiendo en la resplandeciente superficie. Su padre, entonces, llevando la otra mano debajo de la espalda, para elevar el centro de flotación de su hija plúmbea pese (o debido) a su raquítica contextura. La conjunción de todas estas cosas colmó tanto sus sentidos, y con toda su violentada dermis al borde de la hiperestesia, que terminó durmiéndose con lágrimas de alegría.

La tercera noche despierta, Ingre, que en cuanto la dejaban sola se mantenía cambiando posiciones estáticas cada tres o cuatro minutos, empezó a explorar con seriedad su futuro de adultez y las profesiones que le resultaban interesantes: el piano, la danza y las plantas, más específicamente los árboles. Y, dentro de las especies de árboles, aquellos que podían treparse, como veía hacer a su padre, que en un instante estaba en lo más alto de la copa de un pino, o una magnolia; ella sólo tenía permitido subir breves alturas en árboles que no respetaba demasiado, como un cedrón nudoso o la horqueta cómoda de un laurel, todos ejemplares del campo de su tío. Imaginó una vida dedicada a la ciencia, bajo la forma de una persona observando algo a través de un microscopio, apuntando hallazgos. Y por momentos a la danza, pero su imagen de la danza eran los hombres, porque detestaba los tutús y el maquillaje de las bailarinas clásicas. Pensaba que debía existir un tipo de danza donde las mujeres pudieran usar otra ropa, polleras de telas blandas, o sólo calzas como los varones. Faltaban algunos años para que viera por primera vez, por ejemplo, alguna obra de Pina Bausch.

Fragmento
     
   

Autor

 

   
                     

Gonzalo Castro nació en Buenos Aires en 1972. Publicó las novelas Hidrografía doméstica (2004) y Hélice (2010).

 


   

Reseñas