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  Placebo
José María Brindisi

102 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2010
ISBN: 978-987-1768-01-1
       
     
 
 
         
           
             
       
 

En esta novela el universo es irremediablemente finito. Por lo tanto, está condenado a colapsar, víctima de sus propias reglas gravitacionales. Y en el eje del cosmos que encierran estas páginas se encuentra Becerra, un hombre que decide pasar sus vacaciones en el Delta, sin saber que allí cimentará las bases de una implosión definitiva.
La inminente muerte de un amigo, las distantes demandas de su esposa, las obligaciones que se impone para con su amante, la absurda rivalidad con un hombre que lo mira desde el otro lado de un arroyo: los márgenes que restringen las relaciones de Becerra con el mundo se irán haciendo cada vez más estrechos, hasta el agobio.
Montada entre el vértigo de una voz y la asfixia de un personaje, la certera prosa de José María Brindisi edifica en Placebo una obra que, paradójicamente, oxigena a la literatura.

«¿De qué extraña materia está conformado el futuro?
¿Es realmente nuevo o todo es la continuidad de un único párrafo sin punto y aparte? ¿Podríamos romper ese círculo y lanzarnos a vivir algo inesperado? Sin excusas. Sin simulacros. Sin placebos.»

Miguel Vitagliano

 

Contratapa
 
 
     
    Fotos de tapa:
Pablo González, Fabiana Plaza
 
     
 
Fragmento

Dos mujeres. Dos mujeres bajo el sol, sobre el capot de un auto deportivo, al borde de la ruta. Dos mujeres sobre un Lamborghini amarillo, al borde de algún desvío, en las afueras de Benavídez. Dos mujeres desnudas o vestidas, es casi igual de inverosímil: las dos son hermosas y parecen abstraídas, parecen subidas al paraíso o parecen, mejor, estar inventándolo. Parecen estar inventando el mundo; al menos el mundo que nos interesa, el que nos despierta, el que nos golpea, el que nos arrastra y nos humilla. Dos mujeres, en realidad, en short y musculosa, atravesadas o encendidas por el sol, una castaña y la otra rubia, como un espejismo obsceno. Dos mujeres en el centro de sus vidas, de su universo, en el principio del mundo, antes de la angustia. Una u otra tiene las piernas firmes, el estómago liso o más bien musculoso, los brazos fibrosos, los hombros armados, la mirada profunda o perversa. Una u otra se da vuelta, se quita los lentes, se acomoda el cabello rubio o castaño. Una u otra observa los autos que pasan como luciérnagas, los observa apenas una décima de segundo, como un Dios que se digna a bajar a la Tierra, pero se detiene sin querer en un perro asomando de una ventanilla, un perro con la lengua afuera. Una de las dos se lleva los brazos a la nuca, mostrando los bíceps y los tríceps marcados que la salvarán de las miserias de la madurez; esta sí se deja los lentes pero se podría adivinar que debajo de ellos los ojos están absolutamente abiertos, y tal vez sea ella la que lleve unos auriculares y mueva con ligereza el pie, incluso con desidia, marcando el ritmo, que por el modo de moverlo bien podría ser hip hop o alguna clase de soul bien tranquilo.

 
                 

Autor

 

 

 

 

 

   
         
                         
        José María Brindisi nació en Buenos Aires, en 1969. Publicó el libro de cuentos Permanece oro (1996, Sudamericana) y las novelas Berlín (2001, Sudamericana) y Frenesí (2006, Emecé). Participó de numerosas antologías en Argentina, México y España. Ha colaborado, de manera estable o esporádica, en medios como Rolling Stone, 3 Puntos, Latido, Página 12, Teatro, Haciendo Cine y Gargantúa. Entre otros premios, ganó el del Fondo Nacional de las Artes y el de Casa del Escritor. En la actualidad escribe para los diarios Perfil y La Nación, el mensuario cultural Los Inrockuptibles y la revista-blog Escritores del Mundo (www.escritoresdelmundo.com).
         
                         

Reseñas

 




Clarín Cultura
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(Maximiliano Tomas)

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(Juan Martini)

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Eterna Cadencia
(Patricio Zunini)

Los Andes
(Nancy Giampaolo)

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(Alejandro Duchini)

[Clarín Cultura]

"Placebo", o cuando la vida no tiene remedio

por Gabriela Cabezón Cámara

Placebo es el título de la nueva novela de José María Brindisi. Se llama Placebo pero tranquilamente podría llamarse "Sin remedio" o "Sin aliento". No sólo porque lo que aprieta es la muerte –y no hay fármaco posible contra lo irremediable– y no sólo porque el discurso del narrador corra, tenso, opresivo, al borde de la asfixia y sin puntos y aparte en un único párrafo que es un desbarranque. También porque Brindisi apuesta a no hacer concesiones; le sale bien: en Placebo no hay consuelo y no hay futuro.
Becerra, el narrador y principal personaje de esta nouvelle de 90 páginas, es un hombre exitoso que mira el mundo desde su Audi nuevo. Ve la medida de su éxito social, la amortiguada distancia que lo separa de los otros. Ve a dos mujeres jóvenes sentadas sobre un Lamborghini amarillo y las desea. Ve la distancia que lo separa de esa juventud. Y las sigue deseando, es una imagen que lo asalta. Otra es la de un caballo blanco reventado por la muerte al costado de un camino que vio durante un viaje que hizo cuando él mismo era joven, junto a su mejor amigo, que ahora agoniza en la cama de un hospital. Además, una ex mujer, muerta. Otra, la suya, a la que que detesta. Una madre por morir. Una casa en una isla del Delta, con todo lo de opresivo que puede tener una isla por lujosa que sea. Una vocación de escritor bastante frustrada. Un vecino inquietante. Una amante con la que se ve furtivamente.
Con esos elementos Brindisi retoma un tema clásico como el de la fugacidad de la carne, tan objeto del deseo como de los gusanos. Y revisa la idea de éxito vigente.

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[Inrockuptibles]

Un mito contemporáneo

por Oliverio Coelho

 

Casi cualquier novela con un comienzo promisorio como el de Placebo, cuarto libro de José María Brindisi, tendería a licuarse con las páginas, a no corresponder a las expectativas generadas. Simplemente porque corresponder a las expectativas equivaldría a cumplir un absurdo en la literatura argentina: inscribir el relato en la familia de nouvelles magistrales. Porque pese que a la nouvelle es, por excelencia, el género magistral, parece haber en la brevedad una extenuación contradictoria, como si la poca extensión no hiciera más que propiciar esa falta de rigor que tanto escandaliza a los cuentistas ortodoxos. Brindisi: "Traté es de sacarle el jugo a ese formato. Creo que una nouvelle juega con la posibilidad de ser leída de una sentada o dos. Pero esa posibilidad, como escritores, tenemos que ganárnosla. Y de allí deriva, en buena medida, la intensidad con que se lea. Es algo que respecto del cine, por ejemplo, tenemos clarísimo, pero en literatura apenas lo tenemos en cuenta. Un cuento o una novela corta están emparentados con lo cinematográfico, también, porque permiten una unidad de efecto similar".

En la primera página de Placebo, un recuerdo, una de las tantas imágenes insoladas que retornarán cada vez que en la narración se ponga en juego la muerte inminente de un amigo muy querido: dos mujeres deslumbrantes sobre un Lamborghini. Luego, la instantánea de un caballo blanco pudriéndose al sol, un extraño ángel caído. Un viaje, los lazos cómplices de una juventud ida. Todos elementos inconexos o contingentes que la prosa omnívora de Brindisi reúne y repuja sobre la vida del protagonista, Becerra. Cincuentón, largamente casado y con una amante que le da volumen a su presente monocorde, Becerra oscila entre espejismos culpógenos: visita a la madre en un geriátrico, a su amigo consumido en una clínica, y a esa amante perfecta que nunca llegará a ser su mujer pero que sostiene su pathos, aunque la verdadera golosina subjetiva de nuestro héroe resida en el recuerdo y se manifieste, a ramalazos, bajo la forma siniestra de la nostalgia, cuando vuelve la imagen del caballo blanco pudriéndose al sol. "Encontré la novela cuando tuve la primera imagen, la de las mujeres: ahí estaba el tono. Y el caballo era para mí el espíritu, un símbolo: lo que todo el tiempo le han robado a Becerra… El desafío más interesante desde mi perspectiva era ver cómo me alejaba progresivamente de ese hombre que, reducido a unos pocos trazos, podía verse –como suele suceder– como un conglomerado de lugares comunes. Busqué que Becerra no fuera un laburante oscuro, abrumado, que desprecia a su mujer, tiene una amante, cuida su autazo, etcétera: quise que Becerra fuera Becerra, y no alguien a quien pudiésemos reducir o estigmatizar con un par de pinceladas."

Brindisi decidió atacar –inventar– una vida en su momento de inflexión, y por eso lo narrado en Placebo tiene, en el fondo, la potencia de un mito contemporáneo. La apuesta es de lo más arriesgada. Hay mitos en torno a vidas partidas que desembocan en la alegoría o en el costumbrismo. Brindisi, a través de un narrador distanciado pero con ojo clínico y poético, escapa de todos los lugares comunes del realismo para que su protagonista, con su auto, sus recuerdos sinceros, su bienestar burgués, el amigo al borde de la muerte, un matrimonio en estado vegetativo y una amante incomparable, sea parte agobiante de nuestro mundo y se dirija hacia lo que el ojo dorado del lector secretamente entrevé: la tragedia. "Era imprescindible que Becerra no fuera despreciable, porque de otro modo iba a ser difícil que empatizáramos con él. Becerra tenía que ser para mí alguien digno de compasión, y también alguien que se esfuerza y descubre que su horizonte está demasiado cerca. Para nada un mal tipo, y sí alguien mezquino, por ejemplo, como a menudo lo somos casi todos. Un tipo noble y sombrío a la vez, pero sobre todo, en este momento tan particular, estos pocos días en que le seguimos los pasos, alguien profundamente confundido."

Becerra no sabe en qué momento su vida cambió de rumbo, pero en el camino hubo duelos, fracaso en la escritura, y un éxito profesional que a esa altura le ha permitido emparejarse con la encarnación de una gran máquina humanizada por el dinero: un Audi último modelo. Dice Brindisi: "Indudablemente para él el auto es un refugio. Ocurre que hay que pensar –la novela sólo nos deja imaginarlo– lo que puede haber sido para él hasta ahora, y lo que es durante esa suerte de alucinación continua. Antes, quizá: un refugio como el lugar privilegiado para recuperar cosas y dialogar consigo mismo. Ahora, es decir en la novela: el único lugar seguro". Allí, en su Audi, es donde verdaderamente Becerra recuerda. Donde hace tiempo. Donde vive. Donde anhela. Donde calibra sus apuestas y juega con el último deseo del amigo. Ese último deseo, una carta que espera ser revelada durante toda la novela, funciona como un inteligente anzuelo. Lo mismo podría decirse del uso del presente y de la ausencia de puntos y aparte, clave para que los distintos planos afectivos y temporales se articulen en algo que raramente se da con una intensidad verosímil en la literatura de hoy: el drama. Un tipo de narración en la que el narrador se salpica, acompaña las pequeñas miserias y los goces estrictos del personaje, sin sobrarlo. Casi a cualquier otro escritor, con todos estos elementos y toda esta intensidad, la novela se le habría ido de las manos. Que el resultado sea un mito contemporáneo como Placebo es, en verdad, un milagro.

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[Radar Libros]

El deseo y la furia

por Martín Kasañetz

 

En El sonido y la furia, William Faulkner detallaba por medio de la técnica narrativa del "monólogo interior" la personalidad más íntima de tres hermanos, emulando los mecanismos del pensamiento, buscando evitar las explicaciones odiosas y logrando así un resultado superior. En Placebo, Brindisi utiliza este mismo método con gran destreza, sumergiendo al lector en la mente de un personaje que, de manera obsesiva, va construyendo el laberinto asfixiante que le provoca la idea de su propia muerte. Placebo es una nouvelle que se agrega a los libros anteriores de José María Brindisi: los cuentos Permanece oro (1996) y las novelas Berlín (2001) y Frenesí (2006).

Becerra, personaje principal de esta novela, es un hombre de 52 años que está casado con una mujer que detesta. El solo hecho de observarla desnuda le provoca rechazo ya que en ella –sin importar que aún es una mujer atractiva– observa el irremediable deterioro físico del paso del tiempo. Es por eso que sus planificadas vacaciones en el Delta con su esposa, las alterna con regresos a la Capital para encontrarse con su amante, Estela. Esta mujer, que resulta ser el único resto de deseo que permanece en su vida, parece necesitarlo menos de lo que él desearía, generando en él una especie de ansiedad incierta ante cada encuentro. Para completar su complejo universo, también se encuentra Horacio: un amigo de la infancia que está agonizando en un hospital, aquejado de una enfermedad irreversible. Las visitas que Becerra realiza a su amigo lo llevan a recordar su remota adolescencia juntos, cuando eran jóvenes y la vida les parecía más dulce y esperanzadora. La presencia de la muerte, que parece una constante en la vida del personaje, también se ve exteriorizada por su madre que, internada en un geriátrico, le recuerda a cada visita la finitud inevitable.

No es casual que la novela comience con una escena de deseo sexual extremadamente explícita ya que Becerra, a lo largo del texto, parece experimentar una pérdida del deseo por lo vital, únicamente aliviado por escenas de sexo que recuerda o imagina y que actúan como placebos. Esta crisis en la que vive lo lleva a situaciones insólitas como proyectar sus limitaciones en un vecino misterioso que, separados por un arroyo, comparte sus vacaciones en el Tigre. Aquel hombre empieza a forjarse como una amenaza en la confusa mente de Becerra. Todo lo que él no es y quizá desearía ser se encuentra encarnado desafiándolo a metros de su casa de descanso: el otro es feliz, es atlético y parece tener una vida sin problemas.

Esta novela corta está construida de una manera destacable ya que al no existir en todo el texto ni un solo punto aparte, el lector puede sentir el exacerbado agobio del personaje principal; ser parte de su difuso mundo de subjetividades. Esta forma del relato puede considerarse arriesgada ya que atenta con causar agotamiento en la lectura, sin embargo Brindisi lo resuelve revirtiendo el efecto y llegando a alcanzar un alto grado de intimidad con el personaje desde las primeras páginas.

Relatada desde una lograda voz narrativa de tono claustrofóbico, Placebo describe la historia de una implosión a través del recorrido lento de una mecha que, a medida que las páginas avanzan, parece reforzar la idea de un camino sin salida.


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[Perfil Cultura]

Sin aliento

por Maximiliano Tomas

 

Salvo casos excepcionales, los escritores argentinos no solían dedicarse a la nouvelle, ese género híbrido entre el relato y la novela. Y sin embargo, de un tiempo a esta parte, mucho de lo que se publica viene en formato de novela breve o "novelitas", como llama César Aira a sus libros que, por lo general, se mueven dentro de esa extensión. Y en varios sentidos se agradece esta suerte de moda de la literatura en frasco chico (lectura ideal de un fin de semana, de un viaje, que cabe en el bolso de mano y para la cual no hay que talar demasiados árboles), que contiene el tempo del relato y la respiración de la novela: libros que desde su apariencia evidencian una sana falta de presunción, que no es lo mismo que falta de ambición.

José María Brindisi (Buenos Aires, 1969) es escritor y crítico literario, y autor de los cuentos de Permanece oro y las novelas Berlín y Frenesí. Ahora, después de algunos años sin publicar, reaparece con la nouvelle Placebo, una historia de 99 páginas que no se detiene un segundo (literalmente: la novela no tiene un solo punto y aparte), un torrente de pensamiento y reflexiones al mismo tiempo enfermizo y adictivo. En una entrevista reciente, Brindisi declaraba que esta vez decidió escribir así porque pensaba que lo reclamaba la trama: "Esa angustia es parte del entramado de la novela, no es un mero ejercicio de soltar al personaje a que le pasen cosas. Si para el protagonista no hay respiro, que tampoco lo haya para el lector".

El protagonista de Placebo es Lucio, un empresario de 52 años que se pasea entre Buenos Aires y Tigre (adonde viaja con su mujer actual, Cecilia, a quien aborrece) a bordo de su Audi último modelo, mientras recuerda momentos luminosos de su juventud, asiste a la lenta muerte de su mejor amigo (que agoniza en una clínica de la ciudad), visita a su madre (internada en un geriátrico), y mantiene furtivos encuentros con su amante. Y todo a su alrededor, por encima y por debajo de su cada vez más lábil membrana de cordura, crece, con un movimiento arborescente, la silueta de la muerte. No de una muerte, sino de todas: la de su amigo que acecha, la de su ex mujer, misteriosa y lacerante, la de su madre, que sobrevendrá algún día, la de su mujer, simbolizada en las carnes blandas que advierte por debajo de su camisón transparente y que le repugnan.

Lucio es un dandy cobarde, un burgués exitoso y frustrado, un diletante de la literatura que se apasiona con las historias de Poe, Maupassant y Stevenson, en desmedro de la obra de Faulkner, a quien considera un imbécil (seguramente una broma del propio Brindisi, cuyo libro tiene una relación de mayor afinidad con el estilo narrativo desbordante del último que con el seco y puntuado de los primeros). Lucio: el calco perfecto de la figura en la que muchos tememos convertirnos con el correr de los años. Placebo es la novela que Michael Haneke leería con gusto y adaptaría para sumar una pieza más a ese friso incómodo que es su filmografía, un ventanal a través del cual ver los diversos grados de alienación al que el hombre es condenado por la guerra o el capitalismo. Tiene, incluso, uno de esos cierres a los que el director austríaco-alemán nos tiene tan acostumbrados: un final, valga la paradoja, tan inesperado como al mismo tiempo imprevisible y brutal.

 

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[Eterna Cadencia]

Notas sobre una novela implacable

por Juan Martini

 

* Becerra es un hombre de 52 años. Está casado por segunda vez. Detesta a su mujer. Le va bien en los negocios. Tiene un Audi envidiable. Una amante a la que en el mejor de los casos desea de una manera intermitente. Secuelas fantasmáticas de eyaculación precoz. Becerra tiene calor. Es un verano aplastante y ha resuelto irse con su mujer unos días a una casa bien puesta que ella heredó en el Tigre. Casi no sabe por qué ha resuelto eso. Becerra tiene un amigo, un amigo de toda la vida, que se está muriendo. Entonces Becerra, desde el muelle de la casa en el Tigre mira el muelle destartalado que hay del otro lado del arroyo y mira, allá, a Sutton, un hombre que con pasos de box le pega a una bolsa. Y tiene miedo. De pronto Becerra tiene miedo.

* El calor es desmesurado, la lluvia es infinita, esperar que pase un día entero es algo insoportable. La realidad se ve como a través de una insolación. Las únicas drogas que toma Becerra son somníferos que le saca a su mujer. Se clava unos cuantos whiskys y algún Martini pero no es alcohólico: toma para no ser: entre el ser y la nada (parafraseando una oposición planteada en la novela) Becerra se queda con la nada.

* ¿Qué le pasa a Becerra? No tiene deseo. Es como si el deseo hubiese quedado atrapado para siempre en las primeras aventuras, en las primeras pasiones. En un viaje al sur y otro al DF, en las chicas de entonces, y en las chicas de Horacio, su amigo de toda la vida, como la chica del DF con la que formaban un trío inalterable menos a la hora del sexo. Hoy Becerra no desea. Ni siquiera a su amante. El sentimiento por ella es escénico. Becerra tiene una madre internada en un geriátrico que aparentemente conoce las flaquezas de su hijo mejor que las propias. Obvio: la culpa por su madre taladra a Becera.

* Escrita con un estilo tan exacto como un metrónomo, Placebo es la novela del amor por uno mismo, del amor no narcisista por uno mismo, la novela del amor perdido por uno mismo, la novela de la tristeza, la novela de la desolación y de la angustia. Eso es lo que le pasa a Becerra. Y Brindisi despliega un discurso implacable. Un tono que no deja resquicios. Pero sin embargo tan elástico como para no detenerse nunca. Un discurso que por supuesto no da respiro porque no hay respiración en estos días de Becerra. Nadie respira. Ni Horacio que se muere. Ni la mujer de Horacio que espera que Horacio se muera. Ni Cecilia, la mujer de Becerra, que espera (a pesar de todo) que Becerra se decida y se la coja, aunque sea por última vez. Nadie respira. El único que respira, enfrente, es Sutton, un hombre raro que vive en el Tigre y de quien Becerra quiere creer que tiene noches pobladas de mujeres, música y alcohol… Puro frenesí. Esas chicas que en el principio de la novela Becerra ve tomando el sol sobre el capó de un Lamborghini amarillo, inmaculadas, casi desnudas, casi jóvenes, casi putas, y con las que quisiera, aunque no lo desée, tener una aventura como las que él cree que esas chicas tienen con Sutton. Por eso, quizá, Becerra tiene miedo.

* Pero ¿qué le pasa a Becerra? Porque en esta novela en la que no pasa nada la tensión es material, la tensión es una materia inabordable, como la conciencia de Becerra. Lo único que progresa en esta novela es la enfermedad, la muerte inevitable de Horacio, su amigo, su amigo de toda la vida. Eso progresa.

* Es tanta la tristeza, tanta la nostalgia que el texto de Placebo convoca otros textos, resuena en otros textos. La novela cita los propios. Y el discurso a veces parece seguir algunas líneas de Homero Expósito: Primero hay que sabe sufrir, / después amar, después partir / y al fin andar sin pensamiento… / Perfume de naranjo en flor, / promesas vanas de un amor / que se escaparon con el viento. Pero Placebo no es un tango. Es un lied.

* La percepción de Becerra, en medio del sopor, es a veces una percepción de alta fidelidad y casi siempre una percepción desquiciada o delirante. La percepción de Becerra encuentra sus mejores momentos, o una posibilidad de decir algo cierto sobre el presente, cuando vuelve a las imágenes imborrables de la juventud: el caballo blanco, en la ruta, muerto… Pero no sólo eso. Becerra se inclina sobre el caballo, le acaricia el lomo, y entonces ve cómo le salen gusanos entre los dientes. Nunca olvidará ese caballo, Becerra.

* ¿Es verosímil todo esto que le pasa y no le pasa a Becerra? Es verosímil a pesar de que a veces no lo parezca. Es verosímil porque en las pesadillas o en la desesperación todo es verosímil.

* ¿Qué le pasa a Becerra? Becerra se está muriendo. Su amigo de toda la vida, Horacio, se está muriendo. Un amigo así es el otro, es el espejo, es el doble. Cuando se quiere así a un amigo se quiere también algo de uno en él. No se lo puede querer como a un hermano. Becerra intenta pensar que sí. Pero su amigo es el otro y es el doble que morirá con él. Es decir, cuando muera Becerra morirá su amigo de toda la vida.

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[Bazar Americano]

Sin detenerse a respirar

por Paula Tomassoni

La historia en Placebo se encuentra suspendida. Al igual que la vida de Horacio (mejor amigo del protagonista), pende de un hilo. Como en la unidad de tiempo de la tragedia griega, la nouvelle se aferra a un presente desde el que construye el pasado y dibuja (a pesar de la resistencia del protagonista), la incertidumbre del futuro.

Becerra es un hombre de cincuenta y dos años en el momento cumbre de su vida: éxito económico, reuniones y compromisos laborales, un matrimonio, una amante, su madre en un cómodo geriátrico, un amigo que es como su hermano, vacaciones en una casa propia (heredada) en El Tigre. Así y todo, Becerra, manejando su Audi extraña su viejo 147, su trabajo no le interesa, no se siente seducido por su mujer, su amante no le responde las llamadas, su madre está vieja, su amigo se muere, la casa en El Tigre es muy calurosa y, cruzando el arroyo vive aquel vecino al que condena, envidia y teme en intervalos que se superponen.

La historia no comprende más que un par de días de vacaciones en la vida de Lucio Becerra. El recorrido geográfico va desde el centro de Capital Federal hasta la casa del Tigre y viceversa. Es el momento preciso en que coagulan en la vida del personaje todos los hechos que en ella han sido significativos. Una escena emblemática: Becerra llorando la inminente muerte de Horacio contra el vidrio de su auto, agarrado a una tanga de colores fluo que compró para su amante. Sin embargo, en ese par de días, aún nada sucede. Horacio no murió: se está muriendo; sus sospechas sobre el vecino nunca se confirman; la indiferencia de su amante no tiene explicación. En estos días Becerra ni siquiera alcanza a abrir la carta lacrada que Horacio le deja para que lea “en ese momento”. Quizás sólo en el final se encuentra la única referencia a una acción determinante que más que cerrar una secuencia abre al lector la expectativa de un después que nunca se narra: “… hace tanto calor que a Becerra se le ocurre que el tiempo se ha detenido, que la llegada del martes y los días subsiguientes es apenas una ilusión.”. El presente de la nouvelle es una ventana para conocer el pasado a través de los recuerdos y para pensar el futuro desde la imaginación. Y el relato se afirma en ciertos recursos narrativos como la descripción y la reflexión que se entretejen para ir develando el transcurso de los hechos desde la voz de un narrador en tercera que se acerca y aleja de la historia, como una imagen que bajo los movimientos de un zoom entra y sale de foco.

La primera descripción, la escena inicial, es ya una revisión del modo descriptivo: se describe desde la imprecisión. La escena es inverosímil (confesión del narrador) y la carencia de aseveraciones la congela entre la experiencia y el sueño, o la imaginación: “Dos mujeres sobre un Lamborghini amarillo, al borde de algún desvío, en las afueras de Benavídez. Dos mujeres desnudas o vestidas, (…). Una u otra tiene las piernas firmes, el estómago liso o más bien musculoso, los brazos fibrosos, los hombros armados, la mirada profunda o perversa. Una u otra se da vuelta, se quita los lentes, se acomoda el cabello rubio o castaño. Una u otra observa los autos…”. Así, los hechos que agobian a Becerra intentan ser explicados a partir de los recuerdos y sus expectativas o anticipaciones.

Un recorrido posible en Placebo es el que puede hacerse a partir de las mujeres. Cecilia, su segunda esposa, quien funda el lugar común de la cárcel del matrimonio: deteriorada físicamente por el paso del tiempo (aunque Becerra reconoce que a otros puede resultarle atractiva), se pasea semidesnuda por el interior de la casa del Tigre (su territorio) pretendiendo sensualidad y causando en su esposo algo parecido a la repulsión. Su descripción contrasta con la de las mujeres del principio sobre el Lamborghini, la de la enfermera sensual del geriátrico, o la imagen que Becerra se hace a partir de las voces y gemidos que llegan de lo del vecino. La casa de El Tigre encierra además otra historia de mujeres que llegan desde unas fotos como los personajes de Morel a la isla: es la de la tía Leonor, anterior dueña de la propiedad, y su amante, a quien se conocía en la familia como “la señora”. El pasado del protagonista entra bajo la imagen de otra mujer: Ana, su primera pareja, que murió de cáncer. Esa muerte conecta a Becerra con la de Horacio, y le permite hacer comparaciones: a diferencia de Ana, físicamente a Horacio no se le nota que se está muriendo. Estela, su amante, se llama igual que su madre. La ve cuando viaja a la ciudad por trabajo. Becerra se siente atraído y a la vez sorprendido por su actitud: es la primera relación extramatrimonial en la que la mujer no lo acosa. La pasan bien juntos pero es ella la que no responde los mensajes, o los responde de manera escueta. A la otra Estela la ve en el geriátrico (siempre y cuando no esté durmiendo). Es una mujer inteligente, aunque está vieja, y de algún modo Becerra siente hacia ella una distancia también infranqueable: Estela compartía con Ana su pasión por la literatura rusa, y habían fundado desde allí una relación en la que él mismo no había podido entrar. Incluso la muerte de su amigo entra en escena de la mano de una mujer: Moni, su esposa. Ella es quien llama por teléfono para avisar que Horacio está en coma, juntos van a verlo y juntos también intentarán pensar en otra cosa.

Este mapa femenino organiza la novela; cada mujer abre un aspecto en la configuración del personaje –el eje, en realidad, de todos los conflictos-, explica un modo de ver, justifica un pensamiento, sustenta una actitud. La relevancia de estas mujeres no está en su existencia sino en su funcionalidad: Becerra se construye desde estas relaciones que, pensadas sistemáticamente, lo comprenden. Por ese camino la voz narrativa se complejiza: el narrador en tercera toma la mirada del personaje para observar a estas mujeres; las mujeres a su vez se adueñan de esa mirada y se la devuelven, como desde un espejo, definiéndolo.

Formalmente, toda la nouvelle se completa en un solo párrafo, sin puntos y aparte. “Si para el protagonista no hay respiro, que tampoco lo haya para el lector.”, explica su autor. Brindisi intenta pensar qué contar y cómo hacerlo como parte del mismo proceso, en un único y sólido producto. El resultado es esta obra que conduce al lector a repetir la respiración de lo narrado. La novela comienza a leerse, como dice Roland Barthes, cuando se levanta la vista de la página. En este caso, de la página final.

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[ADN Cultura]

Un universo de leyes implacables

por Jorge Consiglio

El protagonista de Placebo , de José María Brindisi (Buenos Aires, 1969), es un héroe melancólico. Arrastra un estado anímico insondable que impregna de oscuridad todos los actos de su vida. La piedra basal de la deriva del personaje, que es el urgido placebo al que alude el título, consiste en el desconocimiento más absoluto de la esencia y raíz de esa angustia.

La novela narra, por medio de una tercera persona muy próxima a los hechos, algunos días de verano en la vida de Lucio Becerra, que trabaja junto con un socio en un próspero estudio. Becerra está casado con Cecilia, una mujer que lo llena de hastío. Tiene una amante, Estela, cuyo nombre es igual al de la madre del protagonista, y un amigo de toda la vida, Horacio, que se encuentra internado víctima de un cáncer. El relato se inicia con una imagen poderosa que Becerra registra mientras se dirige con su esposa a la casa que ella heredó en Tigre: dos mujeres muy atractivas toman sol sobre el capot de un auto deportivo. Esta imagen dispara dos líneas argumentales que irán creciendo, hilvanadas, con el correr de las páginas. Una tiene que ver con el padecimiento existencial por el que Becerra está pasando, que no está ligado con un episodio concreto, sino que surge, más bien, como un malestar que se origina por la conciencia de la finitud individual y por una creciente sensación de vacío. En la otra línea, el narrador evoca por medio de flashbacks episodios del pasado del protagonista.

Placebo está escrita como un bloque narrativo sin fisuras: no hay un solo punto y aparte en toda la novela; sin embargo, la prosa es dinámica y aireada. Brindisi maneja con habilidad la temperatura del texto mediante el uso de un registro coloquial siempre adecuado a las escenas y la inserción oportuna del estilo directo y, también, del indirecto libre. Además, el empleo de la omnisciencia posibilita que los puntos de vista del narrador y de los personajes transcurran por un mismo torrente narrativo ininterrumpido.»

La construcción de los personajes es muy precisa. El extravío de Lucio Becerra, que termina por hundirlo en una crisis, se relaciona con su complejidad: es tanto el hombre diligente que maneja su Audi y pergeña estrategias para levantar el pago a un cliente como el ser introspectivo que lee a Guy de Maupassant y que escribe cuentos que no comparte con nadie. La tensión entre estos dos polos es un factor decisivo para mantener la intriga del relato y para su posterior desenlace. El texto cifra su consistencia en la pericia con la que Becerra trabaja sobre su angustia mediante un balanceo constante entre aquellos dos perfiles. Este contrapunto hace posible que el personaje funcione. Justamente, cuando el mecanismo se interrumpe, Becerra se desconoce a sí mismo y necesita de los otros como un espejo de discusión. En este punto, recurre a dos personajes: su amigo Horacio, al borde de la muerte, imagen de lo incondicional, y Sutton, un vecino del delta que condensa una existencia vital y alternativa con la que Becerra se mide.

Otro recurso contribuye al clima de agobio, que estrechará los límites del universo ficcional hasta cercar al protagonista. Se trata de la disección minuciosa de las escenas: el narrador se introduce en los engranajes secretos de las relaciones, busca decodificar lo oculto en cada gesto para trazar un mapa en el que la verdad no admite pliegues. Brindisi, en Placebo , organiza con destreza y oficio un universo de leyes implacables.

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[Eterna Cadencia]

La vida sin placebos

por Patricio Zunini

La historia se teje como una sábana infininta que provoca una sensación de ahogo, la angustia de saber que, como decía Cortázar, allá al fondo está la muerte. Qué pasa cuando esa idea persiste en la conciencia, cuando no se encuentra con qué mitigar el futuro.

La crisis de Becerra se inicia en una sala de hospital mientras acompaña a un amigo que está esperando morir. Lo cotidiano se resquebraja, parece estrecharse. Pasa el verano en Tigre, pero sólo registra el calor agobiante, la ausencia de amor a su mujer, la incomodidad de un vecino oscuro. La amante le impone una distancia que él quisiera romper. Las obligaciones monocordes del trabajo: todo se vuelve un sinsentido que lo empuja hacia un embudo. ¿Cómo seguir? El placebo funciona mientras que el que lo toma cree en los efectos. Becerra, empujado hasta el límite, es capaz de cualquier cosa.

Placebo, de José María Brindisi (Entropía), es una nouvelle escrita en un único párrafo que contagia la sensación claustrofóbica creciente del protagonista.

-Trato de que no se vuelva una obsesión -explica el autor- esta confluencia entre el qué y el cómo, pero en la medida en que puedan dialogar de cerca, ayuda a contar lo que quieras contar. No significa que descanse en la escritura, pero sin eso la historia era más difícil de contar. Uno siente que esa angustia es parte del entramado de la novela, no es un mero ejercicio de soltar al personaje a que le pasen cosas. Es totalmente inherente a la trama que no haya un solo punto aparte. Si para el protagonista no hay respiro, que tampoco lo haya para el lector.

-Aunque el vínculo más fuerte de la novela es con Faulkner, en varios pasajes pensé en los versos de Rubén Darío “y la carne que tienta con sus frescos racimos / y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos”.
-Todo el tiempo está el deseo, por eso la novela empieza con dos mujeres hermosas, semidesnudas, apoyadas en un auto que parecen una ilusión (hasta la grasada de que el auto sea un Lamborghini amarillo). Es algo contradictorio que recorre el estado general de Becerra. El problema es que la pulsión de muerte va ganando terreno y por eso, sin adelantar demasiado la trama, hace lo que hace, que por un lado es un delirio y por el otro es totalmente lógico. Por lo que le está pasando, este tipo es capaz de salir a matar un perro o quemar una casa.

-¿Por qué a Becerra lo conmueve tantola enfermedad de su amigo?
-Primero porque es su mejor amigo, pero lo más perturbador es que el amigo esté como si nada. Es mucho más tranquilizador para uno que alguien se muera y no que se esté por morir dentro de un rato. Encima, si no hablaran con el médico parecería que le quedaran cien años de vida. En este sentido, mi referencia fue La noche de Antonioni, una de mis películas favoritas, donde los amigos dejan al enfermo en el hospital y se van toda la noche a una fiesta que va perdiendo sentido porque está pasando otra cosa. Y sabemos que la mejor manera de contar esa otra cosa es no contarla.

-Si hablamos de películas, encuentro cierta relación con La ciénaga de Lucrecia Martel.
-No lo había pensado pero es un paralelo bastante lógico. Además me encanta Martel, sobre todo por esa inquietud constante.

-Becerra repite una frase faulkneriana que le molesta mucho: “entre la pena y la nada, prefiero la pena”. Él dice que prefiere la nada, pero¿realmente es así?
-Es una frase conocida y la he visto tanto estos últimos meses que en un momento pensé que no la tendría que haber puesto. Pero Faulkner me fascina y la frase no está tomada con mayúsculas. Yo no puedo ver a Becerra con objetividad –me despierta ternura y hasta cierta empatía–, pero que prefiera la nada es bastante triste. Sin embargo, es en algún sentido conmovedor que trate de salir de esa nada. Quiere salir, quiere pensar un poco más allá, y bueno, le sale más o menos.

*

Becerra es un escritor de ratos libres, tiene algunos cuentos escritos en la computadora, se siente hermanado con Maupassant. Pero cuando se va a pasar el verano al Tigre con su mujer decide sólo llevarse para leer: “Había decidido que el descanso en el Tigre sería absoluto; nada de preocupaciones, ni de planes, ni de las batallas que diariamente le presentaba la escritura, de las que incluso en el triunfo jamás salía airoso”.

-¿Te pasa esto que le pasa Becerra?
-Sí: por suerte y por desgracia. Siempre le recomiendo a mis alumnos que lean con cuidado el prólogo de Capote a Música para camaleones: cuando Dios te da un don, al mismo tiempo te da un látigo. En ese prólogo Capote dice que el primer momento clave fue cuando advirtió la diferencia entre escribir y escribir bien, el siguiente momento iluminador pero angustiante fue distinguir la diferencia entre escribir bien y escribir muy bien, y el momento más terrible y más intenso fue descubrir la diferencia entre escribir muy bien y el verdadero arte. Le podemos disculpar a Capote la soberbia, pero me parece que es así, que te van corriendo la vara. Como decía Coleman Hawkins: “escucho una música y no la puedo tocar”. Pero también digo que es una suerte porque imaginate que a los 40 ya sabés que más allá de no vas a llegar. ¡Te pegás un tiro!

-En esta inquietud literaria de Becerra se habla de Maupassant, Faulkner, Poe, Stevenson. Pero no hay referencias a la literatura argentina actual. No están, por ejemplo, ni Aira ni Piglia. 
¿Tus intereses son hacia la literatura más clásica? ¿Cómo te relacionás con la literatura argentina?
-Escribo en medios hace mucho y lo que uno sabe y ve con frecuencia es que a los demás no les gusta escribir sobre los colegas. Cuesta hacerse cargo de esa frase de Dalmiro Sáenz que uno no quiere el éxito de sus colegas, pero hay que admitir que es algo con lo que se tiene que luchar. Estoy al tanto, leo mucho, me interesa, escribo sobre la literatura argentina, trato de tomar riesgos, me precio de escribir críticas negativas. En cuanto a los padres de la literatura argentina moderna, no me gusta Aira. Es un escritor tremendamente sobrevaluado. Cuando dice que se sienta a escribir y tiene una leve idea del comienzo y después viene el resto, entendés por qué pasa lo que pasa en sus libros: efectivamente el comienzo siempre es lo más sólido. Después es un tipo con buena pluma, puede hacer pequeños milagros. En cuanto a Piglia estoy sorprendido con su último libro: sorprendido para mal, no entiendo sinceramente. Es una catarata de lugares comunes. Pero hay muchos escritores de la literatura actual que me interesan: Matías Capelli, Oliverio Coelho, gente más joven como Federico Levin, hay otros que no me gustan pero que están muy en boga y por eso me esfuerzo y los leo. Lo que pasa con Becerra es que no está familiarizado con la literatura argentina de los últimos tiempos. Hace lo que puede, sigue un manual, pero él no va a leer a Bruzzone, no se va a enterar que existe salvo que lo vea en la tapa de Clarín.

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[Los Andes]

Cuando un amigo se va

por Nancy Giampaolo

Un hombre que ronda los 50 años. Un hombre con una buena posición económica, una esposa que parece quererlo y hasta una amante más joven que él. Un hombre con un auto muy caro y un berretín de escritor que oculta a los ojos de los demás.

Un hombre cuyo mejor amigo está muriendo. Becerra, el protagonista de Placebo (Editorial Entropía), la nueva novela de José María Brindisi, pasea al lector por un universo hecho de realidades que a veces se tornan difusas y pensamientos que influyen en la realidad, un universo que se tiñe por el dolor y la perplejidad de la muerte de un par.

Escrita sin ni un punto y aparte, la historia del autor de Berlín y Frenesí, tiene la virtud de detenerse en detalles y omitir datos en igual medida, atrapando al lector en una suerte de viaje por el interior de un individuo de apariencia común y corriente. En diálogo con Cultura Los Andes, Brindisi reflexionó sobre su trabajo literario y su rol de tallerista, y recordó a algunos de sus autores favoritos.

-Placebo tiene un ritmo que se palpita desde el comienzo hasta el fin... ¿Está todo calculado o hubo lugar para la improvisación?
-Hay muy poco de improvisación. Las elipsis temporales, las idas y vueltas, yo no las puedo separar de un aspecto formal que tiene el texto, algo que puede parecer medio pretencioso -entendiendo lo pretencioso como algo ambicioso que salió mal- y que se da fundamentalmente en que en todo el libro no haya punto y aparte. Esto responde a un barullo progresivo que se va armando en la cabeza del protagonista, esa confusión, esa manera que tiene de hundirse en su tristeza. Y creo que forma y fondo, en este caso, están muy relacionados porque traté de usar un tipo de escritura que me permitiera potenciar lo que al tipo le estaba pasando, sin tener que contarlo tanto.

-La escena que inicia el libro, con dos mujeres hermosas que hacen al protagonista pensar en la muerte es muy inquietante...
-Las mujeres le hacen ver lo triste que es su vida, y lo triste que es la vida en general fuera de esas escenas explosivas. Ahí trato de jugar un poco con la realidad de estas mujeres. En alguna medida para mí son parte de una alucinación que Becerra, el protagonista, estaba predispuesto a tener. No son una alucinación, pero él las convierte en algo fantasioso.

-Becerra quiere escribir como Poe, Stevenson y Maupassant. ¿Por qué?
-Porque a mí me encantan los tres, porque es la literatura de una época de mi vida en la que los leí por primera vez, pero también es una literatura a la que vuelvo porque hay algunas cosas que no evolucionan, cambian pero no evolucionan.

-¿Qué otros autores, entre los argentinos, le resultan inspiradores?
-Me doy cuenta de que a Rodolfo Walsh lo tengo metido hasta en la métrica de la dedicatoria que le puedo hacer a un amigo. Me parece un escritor con una economía insuperable y además un tipo muy dúctil en un montón de subformas, dentro de lo poco que se dedicó a la ficción. Indudablemente lo tomo a Saer, que en alguna época me influyó. Aunque decir "me influyó" es medio pelotudo porque la influencia se tiene que notar (risas). Un consejo que le doy a la gente que viene a los talleres es no leer nunca cinco libros seguidos de un autor porque eso te arruina un año de escritura. Vos leés Borges, que es genial, y después el mundo comienza a ser como lo plantea él, cualquier cosa que sale de la mente borgeana se te pega, uno empieza con esos latiguillos retóricos propios de él hasta con los amigos y terminás sintiéndote un nabo (risas).
Tiene poca obra, pero Miguel Briante fue genial, hay un cuento de él que se llama "Fin de Iglesias" que está para mí en el top ten de la literatura argentina. Más acá pensaría en Marcelo Cohen, que tiene una obra muy sólida y ambiciosa, que se va metiendo en distintos recovecos de su pensamiento. Luisa Valenzuela me gustaba mucho. Fogwil; hace poco releí "Muchacha Punk" después de mucho, y cada vez me parece mejor. Pero creo que mis escritores favoritos siempre van cambiando: Faulkner siempre está, pero también es un recuerdo. Exceptúo a Borges de todo esto porque Borges es Borges (risas).

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[A24]

Deseo renovado

por Alejandro Duchini

La última novela de José María Brindisi (Entropía) se llama Placebo, está escrita sin puntos aparte y le sobra densidad: la historia siempre es gris, triste, con un final cantado: nada puede salir bien. Pero en el relato, lo que importa es el camino. El protagonista, Becerra, tiene todo lo que la gente de clase media quiere: un buen auto, una esposa, una casa, posibilidades de vacacionar. Y una amante. Nada de esto le cierra. Pues no sólo lo destruye su propia vida –o la forma de entenderla-, sino también la muerta lenta y dolorosa que acecha a su mejor amigo. En el Tigre, donde se toma un descanso, un vecino lo obsesiona. Imagina sus días y sus sentimientos y en cierta medida lo envidia. Corre el alcohol, corren los sueños y acechan las frustraciones.

-Hay una escena en que el protagonista, Lucio, observa la ropa interior de la amante mientras unas colegiales pasan y se ríen de él. Parece el peor de sus momentos durante el relato. ¿Coincidís?
-Yo creo que el peor momento, durante estos escasos días en que lo acompañamos, son todos: es decir, todo es terrible, todo es en algún sentido triste, solitario y final. Pero ese momento tiene un valor simbólico, como también lo tiene la escena del comienzo, cuando observa a esas dos mujeres como si estuviese viviendo una alucinación. El sexo y la muerte van con frecuencia de la mano; es muy común que el sexo nos recuerde que la muerte existe, y que está ahí, acechando. Sin embargo, me quedo con la última visita a Horacio; por razones obvias -porque acaba de despedirse-, ése es el momento en que toca fondo.

-¿Planteaste la novela desde la intención de dar un mensaje, o simplemente la historia te fue llevando?
-No: para bien o para mal, ni mis personajes ni mis historias me llevan a ningún lado sin mapa. Van adonde yo quiero, o muero en el intento. Pero lejos de querer dar un mensaje; la novela plantea cosas, se pelea con otras, pero jamás se me ocurriría planteármelo de ese modo.

-¿De dónde viene y hacia dónde va Placebo?
-Viene de una novela muy diferente (Frenesí), y fue el punto de partida para despegarme en la siguiente (Nosotros y ellos), que está terminada, o eso creo. Ese es uno de mis faros: aunque sé que es imposible, trato de empezar de nuevo en cada libro. La pelea es, en buena medida, con el orgullo: aprender a reconocer cuando algo no funciona, cuando ha dejado de interesarnos, cuando sospechamos que podemos hacerlo más o menos bien pero ya no tiene sentido.

-¿Cuánto hay de vos en Lucio, el protagonista?
-Espero que no demasiado. Y sin embargo, hay algunas cosas de él que envidio: yo no sé si soy capaz de vivir una amistad de ese modo, si un amigo en peligro o desahuciado puede aniquilarme. Quiero creer que sí, pero no lo sé. Y también me conmueve su realismo, el modo en que se juzga a sí mismo a cada rato. Eso no le ha ocurrido siempre, pero ahora se abre paso, y él escucha.

-¿Qué te deja Placebo?
-La necesidad de ser humilde. Las ganas de sentarme a trabajar, a seguir trabajando. El renovado deseo de que la literatura sirva para algo.