+ Martínez Daniell en Entropía

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  Precipitaciones aisladas
Sebastián Martínez Daniell

176 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2010
ISBN: 978-987-24797-9-4
 
     
   
     
 

Napoleón Toole, protagonista y narrador de Precipitaciones aisladas, habita un archipiélago de geografía incierta llamado Carasia. Sobre ese paisaje se desarrolla su universo simbólico en el que se alternan, de modo inestable, discusiones sobre las guerras de la Europa decimonónica, un jardín cultivado por hormigas, la cuidadosa disección de la meteorología de Marruecos o una evaluación crítica del destino de los estoicos.
Sin embargo, en el centro de su discurso se erige la figura de Vera, una mujer cuya presencia omnímoda y multiforme lo perseguirá en una excursión ferroviaria hasta un pueblo pesquero. A partir de ese viaje, y a semejanza de los egiptólogos a los que en algún punto del relato elogia, Napoleón Toole también se lanzará en la búsqueda de una fórmula para desarrollar una genealogía del futuro y la reconstrucción inteligible de su historia.
Tal como ocurría en Semana, su primera novela, Sebastián Martínez Daniell explora en Precipitaciones aisladas la fertilidad de la palabra y su propia capacidad para manipular los materiales de las enciclopedias y los mecanismos de la realidad. El resultado, lúdico y fantasmático, es una serie de radios convergentes en los que la alucinación, la memoria y los actos se traslucen a través de una poética de la fragmentación.

Contratapa
     
   

Sistema de conservación

 

África e inmediatamente Afrodita. Ése es el patrón gramatical. Para llegar a Balzac (ahí nomás, porque en las viejas enciclopedias las letras no tienen decimales) hay que trajinar las ilustraciones de la Teoría del Azar y clavar en el corcho mariposas que aletean sobre Bombay para que finalmente caiga la nieve sobre el Canal de Suez. Los artículos se relacionan, sí; pero las distancias son tomos gruesos que ocupan un anaquel entero de la biblioteca.

Podría condensar todo en la prosa esclarecida de un relato mítico. Un cuervo que grazna y ofrenda a los esquimales el don de la palabra, por ejemplo. Pero se perderían las otras leyendas: el desprendimiento original, la deriva ardiente, la calibración de la órbita elíptica, la geodesia, los caldos de cultivo. No sería justo. Mejor nadar, mejor intentar inmersiones hasta desmayarnos cronolépticos en la profundidad del agua. Y si en algún lugar tengo que mojarme los pies para iniciar esta exploración genealógica, prefiero que sea en mi jardín. En mi refugio botánico, donde una hormiga va detrás de otra hormiga, que va detrás de otra hormiga. Trabajo estival y procreación de la élite.

Si vieras este jardín, con su tinte eglógico y su natural bienaventuranza... No pude resistirme. Fue verlo y decir: ahí es donde quiero estar, ése es el lugar de Napoleón Toole. Quiero contemplar ese cedro, ese gomero y esa parra con sus uvas blancas. Quiero esa sombra y esa luz. Quiero estar acá, sobre la superficie estable de mi jardín. Acá mismo, y bendecir con mirada beatífica a mis árboles, con sus hojas nervadas y su esforzada fotosíntesis. Observar las nubes y su eólico desplazamiento. Despreocupado, como si yo también fuese un insecto que se maravilla debajo de su caparazón, con la mirada puesta en el suelo y las antenas apuntando al sol. Vera me quiere y no me aplasta. Me recoge del piso y me pone en un frasco de vidrio. Me alimenta con las barbas de las raíces descompuestas. Y, cada tanto, me deja salir al jardín, donde puedo observar fascinado la implosión entrópica de la naturaleza. Vera misma es como la naturaleza, con todas sus cadenas de carbono y su humedad vital. Con sus ciclos alimenticios y su sistema de conservación. ¿Qué más quiero? Quiero estar en mi jardín edénico, mirando las hormigas y su intrascendencia. Apenas si quieren ver los desvíos de la siguiente generación, mis hormigas. Otra camada de mineros que construye cavernas bajo el jardín de mi casa, otra tanda de insectos rigiendo mi inframundo. Sólo insectos. Huevos, larvas, pupas. Partes de la nada, migajas de la Creación. Parece tan fácil pisarlas. Hundir el zapato en la tierra. Acabar con todas ellas mientras recitamos a la hormiga reina la sentencia de Séneca: “Has nacido mortal. Has parido mortales. Debes pensar en todo, esperarlo”.


 

Fragmento
     
   

Autor

 

   
                     

Sebastián Martínez Daniell (Buenos Aires, 1971).
Publicó Semana (Entropía, 2004).
Precipitaciones aisladas es su segunda novela.

 


   

Reseñas

 

 


Revista Ñ
(Carolina Esses)

Los Inrockuptibles
(Matías Capelli)

Radar Libros
(Sebastián Basualdo)

Golosina caníbal
(Matías Raia)

Hablando del asunto
(Matías Fernández)

Bazar americano
(Paula Tomassoni)

HiperCrítico
(Juan Terranova)

El Roommate
(Luis Othoniel Rosa)

 

Entrevistas

 

Página 12
(Silvina Friera)

Eterna Cadencia
(Patricio Zunini)


[Revista Ñ]

Vitalidad y arritmia

por Carolina Esses

Precipitaciones aisladas, la segunda novela de Sebastián Martínez Daniell, viene a dar cuenta de la vitalidad a la que puede aspirar el género en nuestra literatura. Con un pie dentro de la novela decimonónica y sentimental –en cuanto a la densidad conceptual, la la indagación en la interioridad de los personajes, la utilización de saberes que responden mucho más a la enciclopedia que a Internet– y otro en los recursos formales propios de la novela moderna, el autor logra construir una narración conmovedora.

La trama es simple: Napoleón Toole visita una ciudad extranjera. No es una ciudad elegida al azar, es el lugar donde sus padres dicen haberlo engendrado. De allí podríamos deducir una primera mitología, la del pasado más remoto del narrador. Habrá otras: la mitología del pasado amoroso, la de la primera infancia, la que el propio Napoleón construye para Ulises, Ginebra y esa diosa púber que pareciera ser Rhea, tales los nombres de los personajes con los que se encuentra en Limmermonk. El autor juega con estos nombres cargados de significación con total libertad y humor, sin connotaciones solemnes –el protagonista, por ejemplo, recibe la visita del "otro" Napoleón, es decir Bonaparte– y esto crea un clima singular y atractivo. Sin embargo, ni esa cartografía de nombres ni esa isla imaginaria que es Carasia son fundamentales. Lo fundamental es mucho más visceral. Napoleón sufre por amor. Vera, su mujer, se ha ido de la casa que ambos compartían. Como consecuencia, él decide ausentarse, refugiarse en este escenario otoñal y helado. Entonces la invitación que Martínez Daniell le hace al lector es a deambular, como el personaje principal, por el recuerdo –y el recuento– de los avatares de una relación, recapitular aquel primer encuentro y volver, en un juego de temporalidades, al presente de un adorado jardín donde es posible reflexionar junto a una hilera de hormigas. Después dormir o sucumbir a un estado de duermevela porque, ¿quién quiere estar despierto cuando lo que nos anima es el frío de una separación?

La novela podría haber caído en un sinnúmero de problemas. ¿Cuántas veces la proliferación verbal termina por opacar la trama y el lector se encuentra chapoteando en un laberinto de palabras sin poder avanzar en la lectura? ¿Cuántas veces el recurso de la fragmentación pareciera ser más el alarde de una herramienta formal que el mecanismo necesario para un determinado relato? Aquí se da un celebrado equilibrio. La narración responde al ritmo de la memoria y en ese sentido se fragmenta. La percepción de este narrador exquisito que es Napoleón se potencia al máximo y es capaz de descripciones de gran riqueza sensorial. Es como si Martínez Daniell se hubiese dejado llevar completamente por su personaje al punto de cederle a él todo el protagonismo del relato, al punto de desaparecer completamente –y esto es mucho decir para una literatura tantas veces heredera de la autobiografía de los blogs, donde el autor pareciera colocarse por encima de su personaje.

Como suele suceder cuando el relato se fragmenta, es la repetición lo que da cohesión al relato. En este sentido las palabras usadas como leitmotiv "Señor Toole, su mujer lo espera" actúan como motor disparando la narración hacia un futuro que el correr de las páginas esclarece. No quisiera develar el misterio. Simplemente decir que Precipitaciones aisladas describe excepcionalmente bien ese destiempo propio del amor. Quizás porque toda relación se teje en la arritmia de dos interioridades, como la de Vera y Napoleón. Incluso aquellas a las que matrimonio o la llegada de los hijos otorgan un velo de piedad.

 

 

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[Inrockuptibles]

Una grieta en la prosa

por Matías Capelli

 

Un lector desprevenido poco afecto a internarse por terrenos algo escarpados de la lengua puede resbalar a las pocas páginas de Precipitaciones aisladas. Y sería una pena, porque estaría perdiéndose una novela jugosa sobre un tipo que, tras una separación de su mujer que sólo el tiempo dirá si es transitoria o permanente, decide viajar unos días al pueblo costero en el que, según le contaron sus padres, fue engendrado, con la intención de cambiar de aire y acomodar un poco las ideas en su cabeza.

Esa podría ser, hablando mal y pronto, una breve sinopsis del argumento de esta segunda novela de Martínez Daniell. Sólo que Martínez Daniell no escribe mal ni pronto: cada palabra, cada frase parece sopesada y calibrada de antemano. Lo mismo podría decirse del mundo narrativo que despliega. Porque a pesar de hacer el recuento de un amor como cualquier otro, de los altibajos de la vida conyugal (con lectura de diarios de domingo y elaboración de mermeladas caseras incluidos), a pesar de ser una novela construida a partir de actos reconocibles y cotidianos (¿cuántos niños urbanos debutaron en el cuidado de mascotas con tortugas malogradas?), el texto evita siempre las opciones trilladas del realismo ramplón. Todo transcurre en el archipiélago de Carasia; el pueblo costero al que viaja Napoleón Toole, protagonista y narrador, se llama Limmermonk; por momentos se filtra el léxico técnico de un grupo de meteorólogos, por momentos se alternan diálogos con el espectro de su tocayo Bonaparte, discusiones sobre guerras decimonónicas, digresiones de un enciclopedismo juguetón, entre otros dispositivos que van delimitando las formaciones calcáreas de sentido que dan al relato su singularidad. El mérito del narrador consiste en desplegar todos estos elementos en su punto justo; hasta "ahí nomás", como aclara en la segunda línea, haciendo, desde el vamos, una grieta en la prosa a través de la cual la novela respira.

 

 

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[Radar Libros]

Desde el observatorio

por Sebastián Basualdo

 

Ya se sabe: un hombre puede ser un poeta sin haber escrito jamás un solo verso. Se trata de un modo particular de ver el mundo, o acaso de habitar una utopía en el sentido griego del término. Napoleón Toole, este entrañable personaje creado por Sebastián Martínez Daniell en Precipitaciones aisladas, pertenece a esa clase de hombres.

Relegado a trabajar en la sección de deportes hípicos, crítica cinematográfica y resultados de lotería en las últimas dos páginas del matutino El Observatorio, oriundo de Carasia Capital, ciudad a la que se ingresa únicamente desde el mar y que, al decir del joven Napoleón, quizá por eso el visitante la termina imaginando como una maqueta de escala modular, experimento de banal suceso en manos de Le Corbusier, decide pasar unos días en Limmermonk, ciudad esencialmente de pescadores y de perspectiva favorable si lo que realmente busca es poner orden a esa miscelánea de pensamientos, sensaciones y recuerdos que se imprimen en su conciencia negándole la visión cabal de lo que verdaderamente ocurrió entre él y su mujer Vera Pym. "El tiempo de Vera es industrialista, las horas son horas de producción. El mío es poscapitalista, rédito inmediato y vacuidad."

Mencionado Limmermonk, ahora debo advertir rápidamente al lector sobre ningún tipo de analogía o resabio de un Macondo, un Comala o el Yoknapatawpha del gran Faulkner. De ningún modo hay una intención fundacional ni mucho menos la búsqueda de un universo totalizante propio del realismo mágico. Más bien se acerca a los universos condensados y poblados de seres en condición de refugio de Marcelo Cohen. Las simbologías y la anacrónica geografía de Limmermonk permiten, entre otras cosas, poner en primer plano las elucubraciones de Napoleón Toole que, a modo de flashback en constante vorágine, van hilando la trama de una novela inteligente y conmovedora, con personajes que entran en escena a través de la contingencia o lo imponderable, como sucede con la familia de pescadores compuesta por Ulises, Ginebra y Rhea, algo conservadores y prejuiciosos, que le dan hospedaje a Napoleón Toole para que se despache a gusto con irónicas referencias que recuerdan por momentos el sentido del humor propio de un Donleavy. "A Ulises no le gusta nada esto de las vacaciones. Me mira, me hace sentir un citadino del Sur que nunca podría estar suficientemente cansado como para merecer unas vacaciones. Me mira y me somete a un juicio sumario, a una sentencia proletaria."

La prosa sutil de Sebastián Martínez Daniell oscila como un péndulo entre lo enciclopédico y la mirada adánica para que convivan distintos planos de una misma realidad, de este modo se hará presente con total naturalidad un personaje fantasmagórico al principio: el Emperador Bonaparte, que surge para acosar a Napoleón como una mala conciencia y sin embargo resulta inofensivo, a tal punto que se volverá grotesco cuando se imponga a lo largo de la novela con la falsa impronta del doble.

"En esa época, Bonaparte todavía conservaba las formas y se engalanaba en ultratumba para visitarme en mi celdilla de presente continuo. Nuestra relación no era tan fluida y él aún consideraba que yo debía prestarle una atención extraordinaria."

Precipitaciones aisladas es una novela breve y rotunda como un desmoronamiento y puede ligarse a la búsqueda narrativa que Sebastián Martínez Daniell inició con Semana, publicada en 2004.

 

 

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[Golosina caníbal]

Geología

por Matías Raia

 

Empieza con Napoleón Toole, solo, en su jardín, en su refugio botánico habitado por hormigas, cerca de su torreta. Precipitaciones aisladas de Sebastián Martínez Daniell (Entropía, 2101) comienza con el anuncio de una "exploración genealógica", una lucha contra la desmemoria, que se irá transformando en una exploración geológica (ese comienzo establece el primero de los tres relatos que se entrelazarán a lo largo de la novela, el metarelato, dirigido a alguien, que sostiene a los otros dos). El movimiento pendular del relato va y viene de Napoleón Toole, su pasado y su relación con Vera al fascinante jardín, el frío de Limmermonk, el refugio de rinocerontes o la discusión en torno de anuncios meteorológicos oficiales ("el Gobierno dijo que el invierno va a ser corto porque los períodos anticiclónicos entraron en la fase de retracción…" (41); ¿cuánto saben los habitantes de Carasia de meteorología?). Carasia es el archipiélago en el que se desarrolla esta historia, un territorio imaginario en el que el clima ("¿quién pensó que este era un clima propicio para fundar una nación?" (35)) y la geografía enmarcan las derivas de un narrador que intenta comprender su relación, amorosa y conflictiva, con una mujer, Vera.

Si hay genealogía, hay exploración del pasado: en otro de los relatos que se cruzan en Precipitaciones aisladas, Toole reconstruye la noche que conoció a Vera, el durante y el después, pero también se remonta a su prehistoria, como un egiptólogo: "Quiero que imagines a los egiptólogos trabajando Nilo arriba. (…) Tomemos, entonces, su aporte epistemológico y corramos para atrás, más para atrás…" (51). La vuelta a las escenas primordiales pueden ser la solución de sentido para la relación Napoleón-Vera: el regreso a la pareja originaria, el regreso al padre y la madre, Hammer Toole y Dora, como mitología familiar y clave para iluminar los conflictos de la pareja principal de la novela. Por otro camino, Napoleón Toole, erudito, recurre a conocimientos enciclopédicos (la muerte de Séneca; la historia de Carasia) o triviales (cómo preparar arroz; una reflexión sobre los baños) para comprender su amor por Vera, esa mujer cautivante que conoció una noche de discusiones eólicas, para reconstruir una genealogía, una historia que va de la paz a la "guerra" y que culminará, de algún modo, con la frase que vuelve una y otra vez a lo largo de la novela: "—Señor Toole, su mujer lo espera.". ¿Para qué lo espera? ¿Por qué lo espera?


En el otro relato de los que se cruzan en Precipitaciones aisladas, la espera es la actitud característica de Napoleón, es el desplazamiento de un tiempo histórico (los días con Vera) a un tiempo a-histórico (su estadía en Limmermonk). El viaje al pueblo pesquero revela dos o tres aspectos: por un lado, Toole conoce a otra pareja y su hija ("la Sagrada Familia de Limmermonk"), Ginebra y Ulises con Rhea, y encuentra en ellos un espejo refractario a su propia relación amorosa con Vera; por otro lado, Toole deja pasar sus días acobijado en la hospitalidad y el frío, intenta comenzar un libro, Ingravidez de Fuskio Kikiro, pero siempre queda en la misma frase significativa: "Nuestras casas son tumbas en los jardines de los muertos"; y finalmente, Toole vuelve a Limmermonk, vuelve al pueblo de su prehistoria, al lugar donde fue engendrado (de nuevo, la exploración prehistórica). Este pueblo pesquero, la rutina diaria y laboral que propone, sus condiciones climáticas, sus disposiciones geológicas enmarcan el tiempo de espera de Napoleón y el deseo de volver a ver a Vera, un tiempo que se romperá hacia el final de la novela.


Digo que la genealogía se vuelve geología y si hay geología, hay exploración por capas: las tres capas de relato (el metarelato, el pasado y la relación con Vera, la estadía en Limmermonk) que se alternan en Precipitaciones aisladas; las parejas en la prehistoria (Hammer-Dora), la historia (Napoleón-Vera) y el tiempo de la espera (Ulises-Ginebra); y las fascinantes capas de palabras referidas a la climatología, a la geografía y la biología que recubren el núcleo de acontecimientos, una exploración geológico-biológica del vocabulario: "Su lengua coralina se despega con un chasquido del paladar y gana la oquedad de mi boca. Crece la tempestad intracorpórea, naufragan los bacilos entre las encías, en el oleaje de nuestra saliva."(24). Pero también si hay geología, hay fauna y hay flora para esos suelos: están las hormigas del jardín de Toole; la "empatía de las cornucopias" en el caracol regalado por Vera; los murciélagos que atraviesan el cielo de Limmerling, los rinocerontes del Refugio que luego se tranformará en "Rhinopia"; las tortugas de la infancia de Toole y sus destinos trágicos, etc. En este sentido, uno de los varios aciertos de Precipitaciones aisladas es el tono de la narración, un tono que se sostiene en una descripción y comprensión de la realidad lograda a través de los espéculos de las disciplinas antes mencionadas. Esa perspectiva desde la que Napoleón Toole realiza su exploración genealógica abre interrogantes en la relación del hombre con su entorno (el territorio, el clima, la flora) pero también con su propia naturaleza: cómo se organiza la especia, cómo prever, como en el servicio meteorológico, los acontecimientos que se avecinan, cuánto influyen los espacios en la historia de los hombres, dónde quedó nuestra animalidad.


En Precipitaciones aisladas, voy cerrando pero podrían agregarse muchos más elementos de tan fascinante novela, la genealogía geológica de Toole es también una modo de conjurar la muerte, el fin: "En cambio, yo te ofrezco la exhumación, el desenterramiento. Perforar los féretros para que venteen pronto los olores pútridos." (58). Por eso, Napoléon Toole prefiere reabrir su historia e, incluso, su prehistoria a verlas clausuradas (es una decisión personal pero también existe esa otra persona ante la cual Toole decide comenzar su relato, esa otra persona que necesita ese relato mítico para comprender que después del fin hay más); prefiere, también, la espera, salirse del lugar y del tiempo, viajar a Limmermonk para no cerrar su relación con Vera. (aplazar el final, confiar en las probabilidades y en la contigencia). Por eso, también, Napoleón Bonaparte se pasea por los baños y las habitaciones de Toole para hablar con él, para aconsejarlo, para contarle sus propias guerras y para negar su propia muerte (y no es que Toole esté loco, ya lo dice él mismo: "Los locos no creen ser Napoléon. Los locos prefieren creer que son Jesucristo, con su corona de espinas y su pesada condición filial. (...) Mi amigo Napoleón está al margen de todo eso, me saluda de tanto en tanto, me trae sus preocupaciones de ultratumba..." (157)). Por eso, porque el relato de Napoleón Toole funciona como talismán contra la muerte, hacia el final de la novela, otra cita irrumpe: "Sólo donde hay sepulcros, hay resurrecciones." (175).

 

 

 

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[Hablando del asunto]

Áreas léxicas

por Matías Fernández

 

Gracias al pedido de un amigo tuve que hacer un repaso de todos los libros que había leído a lo largo del año. Esas cosas no son fáciles. Todo lo que pasó de abril para atrás parece que fuera de otro año o década. Sin embargo después de sacar la maleza pude quedarme tranquilo diciéndole que el mejor libro que leí este año se llama Precipitaciones aisladas. Estos señalamientos suelen ser injustos, pero no este caso, por eso abrí el paraguas previamente. Se trata del mejor libro que leí. Recibí comentarios de otros tantos que parecen ser excelentes, pero el tiempo es finito, ya lo sabemos.

Precipitaciones aisladas es una novela breve (no llega a las 200 páginas) de Sebastián Martínez Daniell que sin embargo se estira como la masa de la pizza entre las manos. Napoleón Toole, el protagonista, escapa de una realidad que lo asfixia en la gran ciudad, la capital de Carasia, un país insular, ficcional e indeterminado, pero sin embargo inserto, mucho más que otros "países de novela", en una tradición occidental. ¿Qué le pasa a Napoleón? Escapa de su mujer o más bien se toma un descanso, necesita pensar. Una familia del pueblo pesquero Limmermonk, donde llegó en tren, lo hospeda. Una madre con su hijita y un marido que, como buen pesquero, aparece de vez en cuando.

Apenas empecé a leer Precipitaciones... sentí que leía una novela decimonónica. Entendí que ese efecto está minuciosamente buscado, al repasar la contratapa. Pero eso no me decepcionó. Ese personaje, Napoleón, que no huye de otro más que de sí mismo, camina por un pueblo ferroviario que parece todo pintado con una estética steampunk delicada y literaria. Páginas más adelante, a medida que la primera impresión cede, se inmiscuyen otros colores que permiten no encasillar a la novela en la simple exposición de una escenografía.

Otro detalle que salta a la vista entre la minuciosidad y que se desprende del título es la fragmentación del libro. No me refiero a la fragmentación en el sentido (y como lugar común también) del montaje, de capítulos cortados que van y vienen narrando diferentes momentos de la vida del personaje. Estoy hablando del cultivo de diferentes áreas léxicas cuidadosamente delimitadas y al servicio de metáforas específicas. El océano, los trenes, las hormigas, cada compartimiento estanco delimita qué y cómo puede ser dicho: "Nos quedamos inmóviles un rato, esperando el cíclico diluvio, con todos mis sonares nocturnos estropeados por tanta fosforescencia. Hasta que le pregunto algo y eso basta para que ella inicie la toma del Palacio de Invierno. Su lengua coralina se despega de mi boca. Crece la tempestad intracorpórea, naufragan los bacilos entre las encías, en el oleaje de nuestra saliva. Se sublima lo sólido en lo aéreo."

Disfruté la lectura de Precipitaciones aisladas, pero también me gusta ver cómo Entropía persiste en el tiempo a pesar de ser un sello pequeño con una identidad tan marcada y homogénea, no tan solo desde el diseño de su colección, sino también en cada uno de sus autores, que a pesar de correr por caminos propios e individuales comparten un vínculo, un imaginario radio que los agrupa, en el centro.

 

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[Bazar americano]

Para quedarse un rato más

por Paula Tomassoni

De todos los diálogos posibles entre un lector y una novela, el más incómodo es aquél en el que se pretende dar, justamente, comodidad: el narrador que explica, que allana, que programa ordenar la sintaxis con sintaxis. En la otra punta estaría el escritor que deja esa incomodidad al lector. Y ese (éste) diálogo es el mejor de los posibles: un libro que convoca desde la inteligencia, la sensibilidad, la experiencia

No es sorprendente que su autor, Sebastián Martínez Daniell, tenga esas consideraciones hacia el lector. Él es un lector, o, para pensar antropológicamente, él quiere que se sepa (se crea) que es un lector. Eso nos dicen las fotos de Silvina Alonso, que aparecen en la solapa de ésta y de su anterior novela (Semana, 2004, Entropía). Esas imágenes son ya una metáfora de la lectura como actividad. En Semana, Martínez Daniell posa en la foto con un dedo marcando algo sobre un libro y la mirada perdida en la distancia (Barthes decía que se empezaba leer cuando se levantaba la vista de la página), en algún punto de la transitada avenida que oficia de fondo, en la que se destaca una gigantografía publicitaria con un primer plano perfil derecho de un sabio griego. En Precipitaciones aisladas el fondo es un cielo azul y limpio junto al mar (¿de Carasia?) que se insinúa apenas en el marco inferior de la foto. Martínez Daniell está parado, una mano sostiene el libro y la otra se mueve en un gesto que podría ser de afirmación, o de repetición, tal vez acompañando un íntimo recitado. Ese lector que el autor dice ser es el que sus libros construyen. El que levanta la vista, relee, retrocede para avanzar. Que se sorprende, se deslumbra, sonríe, se espanta, se enoja. Busca en el diccionario el significado de una palabra, inventa el de otra. Aquel que hace de la lectura, en términos de Napoleón Toole (narrador de la novela) una “esforzada fotosíntesis”.

Carasia

Plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo. Evolucionemos: nada de esto hace hoy a un hombre. Para serlo, hay que crear un mundo. Un mundo total, con su geografía, su clima, su sistema económico. Con las crisis psicológicas recurrentes en sus habitantes, su fauna alterada por la mano humana, sus costumbres alimenticias.

Macondo, Santa María, Comala. Ciudades legendarias construidas con palabras, que parecen escondidas en algún punto interior del territorio conocido. Carasia (el país enPrecipitaciones aisladas) es el exterior, lo otro, aquello. Una isla cuyo mar determina la existencia de sus habitantes. Con un clima extremadamente frío en otoño, aunque sugiera estar ubicada cerca del Ecuador: “(Acá, en Carasia, el agua simplemente cae por los sumideros. No se da el lujo hemisférico de demorarse en remolinos.)”. Sus escenarios vienen del cine europeo, de novelas europeas de hace un par de décadas.

Tres zonas de Carasia se deciden en el relato: la Capital, que es donde el narrador vive con Vera, su mujer; Limmerling, el Norte de la isla, el polo industrial; Limmermong, el sur de la isla, un pueblo de pescadores adonde –según el relato de sus padres– Napoleón fue concebido, y adonde va a pasar unos días para pensar después de su separación. En Limmermong los nombres propios tienen el peso de la Antigüedad: Rhea, Ginebra, Ulises (que es pescador y pasa sus días en el mar), hasta el punto en que resulta extraño la aparición de una “Camila”.

En Carasia hay una Historia (que Vera está escribiendo en un Manual escolar), con una Guerra de Secesión, que enfrentó al Norte y al Sur por la redistribución de los tributos federales. En Carasia hay música y un idioma:  “Nos rodean y bailamos el vals. Un, dos, tres, un, dos, tres. Los ritmos ternarios no van con los carasios. Nuestra cadencia es otra. Basta escuchar cómo hablamos. La lengua carasia es extensiva como la agricultura en los latifundios. Somos grandes terratenientes de palabras. Nuestros vocablos son largos y nuestra gramática de circunvalaciones sólo empeora las cosas. En nuestra tierra, las misas aún se dan en latín. No es elitismo; es economía. En carasio, la lectura de un solo salmo dura horas. El Padrenuestro es una perorata interminable y cacofónica. Podrían haber surgido grandes mimos de Carasia. Pero no es así: nos limitamos a ser parcos.” En Carasia hay una fauna, un gentilicio, un periódico. Y un estado climático que a veces llega a ser casi un personaje, y recurrentemente está explicado con tecnicismos y minuciosidad.

Enciclopedia

Se podría escribir, sin mayores inconvenientes, el apartado correspondiente a Carasia en una Enciclopedia. La noción del género aparece constantemente desde distintas zonas de la novela, y es difícil no leer en ellas la tradición de autores argentinos en cuyas obras el saber de la enciclopedia ha fundado significados. La referencia aparece desde el inicio “África e inmediatamente Afrodita. Ése es el patrón gramatical.”

Las descripciones o las acotaciones respecto a algunos hechos, proponen la objetividad de la explicación, del conocimiento encamisado, del orden alfabético. Un lenguaje erudito, en el que muchas veces se reconocen tiempos de textos antiguos.

Estas construcciones cierran (o abren) sistema al observar las ilustraciones de tapa. Aparecen superpuestas (con una zona translúcida) dos imágenes: la de mayor tamaño, en colores varios (con predominio de tonos fríos), representa un antiguo y curioso mapa con montañas y ríos, y corresponde a Physical Geography, de George Aikman (Edimburgo, 1854); la más pequeña (para la que se ha elegido un tono anaranjado y una ubicación de rotación hacia la izquierda, lo que la asemeja a las viejas estampillas postales) representa una grotesca escena de pescadores y peces enormes que, al ser abiertos, muestran estar llenos de otros peces, y reproduce Grandibus exigí sunt pises piscibus esca, de Pieter Brueghel “el Viejo” (Amberes, 1556). Ambas imágenes connotan la instancia de ilustración en enciclopedias antiguas, en contraste con su organización espacial, creativa y provocadora.

Historia de amor con intersticios

Y en beneficio de la literatura, la historia que se cuenta es una historia de amor, desempolvando los recursos que la crítica atribuía al viejo Flaubert al decir que su programa era “escribir la vida corriente como se escribe la historia o la epopeya”. La relación de Napoleón y Vera, sus inicios, su matrimonio, separación, y un final predecible y sentimentalista, bien podría ser el argumento de la próxima película de Jennifer Aniston para este verano. El cómo es el punto, otra vez, en esta línea de tiempo literaria cuyos extremos se juntan y se funden para deshacerse y volverse a juntar. Los principios constructivos a través de los que esta historia es narrada son la delicia del lector. La repetición de un momento hilvana el desorden cronológico en el que aparecen las escenas aisladas (como chubascos de verano), en un movimiento que cobrará sentido recién al final: “-Señor Toole, su mujer lo espera”.

Y en esa historia, entregada a cuentagotas de precipitaciones aisladas, los intersticios: aquella realidad interior de Napoleón Toole que se hace tangible a través de su pensamiento. ¿Está loco, Toole? Un poco, tal vez, pero es un placer presenciar sus encuentros con el otro Napoleón, el famoso, en los rincones de su intimidad más humana (memorable el momento en el que Bonaparte le explica a Toole, con pesar, que sus hijos están muertos). También el horror entra en esta historia llana por esos intersticios. Las ovejas negras que aparecen entre las que cuenta para dormir le sugieren “que la mate. Que la ahorque de una buena vez y luego la ahogue empujando sus exabruptos garganta abajo”. Escenas cotidianas llevan, en un juego con los planos de ficción, al personaje y al lector a momentos imaginados, enmarcados en la Historia (como aparecer con Vera viajando al Oeste norteamericano en carreta) o en la Literatura (como la aparición, en su luna de miel, de los Fantasmas de las Vacaciones Pasada, Presente y Futura).

Es a través de esos intersticios y de los análisis y conclusiones del narrador desde donde se compone su punto de vista, que no es, en este caso, simplemente una figura retórica. Elpunto de vista Toole es un modo de leer el mundo, de interpretarlo para vivirlo. Es un abrir constante de puertas que, riéndose de las líneas de tiempo y espacio, conectan todos los potenciales. Carasia no es un mundo inventado, sino un mundo literario, es decir, que abre a quienes lo leen la visión de otros mundos tampoco fotografiables. Y eso gracias a un autor generoso que confía en sus lectores.

Precipitaciones aisladas es uno de esos libros a los que se entra para quedarse un rato más. Quedamos a la espera, entonces, de las nuevas creaciones de Martínez Daniell. Total, como reza el final de la novela, “Nosotros tenemos tiempo. Podemos esperar a que crezcas. Podemos quedarnos hasta el próximo incendio”.

 

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[HiperCrítico]

Una novela sobre la lluvia

por Juan Terranova

 

"Yo fui engendrado en Limmermonk. Así lo dicen mis padres cada vez que pueden, como si mi concepción fuese un atractivo turístico más. Quizás por eso, cuando llegaron mis vacaciones de otoño y Vera no escuchaba, o no entendía, o simplemente no venía a apoyar su cabeza en mi estómago, decidí que Limmermonk era un poco mejor que cualquier otro lugar. Entonces, sin haber dormido y antes de que amaneciera, armé un bolso liviano, cerré la llave del gas, apagué las luces y caminé hasta la Estación Central del Sur. Llovía despacio, apenas mojaba." Así empieza la trama de Precipitaciones aisladas, la segunda novela de Sebastián Martínez Daniell, que viene de ser editada por Entropía.

El protagonista es Napoleón Toole, un melancólico meteorólogo que viaja a un pueblo costero fuera de temporada con el propósito de entender los desfasajes emotivos en los que se encuentra su relación con Vera ("La noche que conocí a Vera, mi amigo Brannigan me contó que había comenzado a tratarse con un médico mudo"). La novela resulta, ya desde su título, un relato sobre las articulaciones fragmentarias y complejas entre amor y geografía, donde el amor es inacabado y fóbico, y la geografía recorre los paisajes mentales –extremadamente neuróticos– de un profesional de clase media, para describir de alguna manera a un narrador muy dado a los devaneos introspectivos y a la contemplación.

Me animo a decir que cuando toca el ripio o se vuelve aparatosa –a veces ocurre–, la prosa de Martínez Daniell empuja en el sentido de la atolondrada búsqueda de Napoleón. Sus alucinaciones –en las que enfrenta a su homónimo histórico–, la saga que componen las diferentes pérdidas de las diferentes tortugas familiares –¿quién no tuvo y perdió una tortuga?–, y la descripción de un juego de plaza infantil con forma de gusano sonriente, están dentro de lo mejor de la novela. Pero el centro, sin duda, es la ajenidad del protagonista frente al mundo, frente a su propio amor y frente a su propia existencia. "Podría condensar todo en la prosa esclarecida de una relato mítico" escribe Martínez Daniell. Pero no lo hace. En su lugar, se decanta por los detalles y deja que Napoleón camine por la ciudad, discuta sobre el clima y se relacione con, entre otros, un pescador, una niña en la entrada de la adolescencia y meteorólogos rivales. No solamente en sus mejores momentos esa deriva es atractiva.

Cuando ya cansa de parte de la crítica el largo, tedioso y fraudulento ritornello "una obra que parece salida de otra parte", o una "obra que surge de la nada", Precipitaciones aisladas muestra cierta originalidad, cierta placidez y confianza en entregarse a senderos narrativos poco transitados. Sin embargo, hay gestos reconocibles en los que puede rastrearse la influencia pesada de César Aira y de los diferentes escalones de su progenie (por usar una palabra solidaria al léxico de Martínez Daniell). Sin embargo, lo más sólido de la novela surge cuando se narra, con las herramientas básicas del realismo, situaciones raras, tensiones cotidianas que no por serlo se escuchan como menos ominosa. También hay algo de Leopold Bloom en este Napoléon Toole pasado por agua, en su construcción de personaje perplejo frente al mundo, su extravío, la ciudad que recorre y sus momentos de epifanías resignadas. En su apellido se esconde el tragicómico autor de La conjura de los necios. Lo cual no me impide preferir otra alusión. La irónica, velada apenas por una letra "e" final, a la herramienta genérica, verbo o sustantivo, símbolo de un pragmatismo del que Napoleón carece.

El campo intelectual argentino atraviesa un momento de inseguridad donde su sensibilidad primera resulta más afín a los gestos miserabilistas de autores populacheros antes que populistas. Es probable, entonces, que prescinda de atravesar la complejidad de Precipitaciones aisladas –no tan compleja después de todo–. Para los que se tomen el tiempo de hacerlo, y más aun para los que pueden disfrutar de empáticas arbitrariedades y sutiles lapsos de extrañamiento, la experiencia resultará muy gratificante.

 

     
     

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[El Roommate]

Lo que no tiene fin, el rizoma

por Luis Othoniel Rosa

Cuando uno se deja llevar por todas las fantasías que provee este universo, uno empieza a interesarse más por la muerte, uno empieza a ver que la muerte no es la nada, no es el fin, tiene sus dinámicas y sus afinidades, y que lo muerto abunda muchísimo más que lo vivo. Uno puede jugar, por ejemplo, con las escalas; posicionarse en la escala de las hormigas para testificar sobre cómo los desastres sucesivos en ese mundo diminuto son veloces y terribles. Uno puede jugar con el residuo de los tiempos; uno puede ver cómo Ulises sigue volviendo a Itaca, cómo Napoleón Bonaparte persiste como un destello en la locura de tantos. Uno puede jugar con el espacio y la materia; uno puede leer las narrativas que nos proveen los astros y la meteorología, vislumbrar un posible vínculo, siempre mínimo, siempre absoluto, entre nuestras narrativas de hormigas, y la razón para los diluvios. La segunda novela de Sebastián Martínez Daniell, Precipitaciones aisladas, es una novela sobre las consecuencias domésticas de un adicto a las elucubraciones, de ciertos efectos digamos aislantes, digamos desagradables, del pensamiento solitario. Martínez Daniell es un escritor sofisticado, pero casi a pesar suyo, su sofisticación a veces se convierte en el tema implícito de su narración. Su sofisticación le permite vuelos sorpresivos y ganchos inesperados, pero la narración presenta estos efectos como defectos, como molestosas aunque seductoras interrupciones para una vida. Desde su primera novela, Semana, trabaja personajes y situaciones en la que cierta vocación porosa por la seducción del pensamiento digresivo limita nuestras capacidades para lo doméstico. No es Quijotismo lo de Martínez Daniell, porque estas elucubraciones interruptoras (busco, busco el concepto preciso y no lo encuentro) en el narrador de Precipitaciones aisladas, no son enajenantes. El narrador, contrario a Don Quijote, está muy conciente de lo que la realidad de la vida diaria demanda de él, pero no puede evitar que su pensamiento lo distraiga. Acá un ejemplo:


Ella lee profesionalmente el periódico, desde la última página hasta la primera, y se forma una idea acabada de la actualidad. Vive en un tiempo moderno, de acontecimientos cotidianos que persiguen su línea argumental y pelean por las primeras planas. No padece mi síndrome monástico de tiempos circulares, de fijaciones clavadas en el extramuros, donde más o menos da igual que tal cosa haya sucedido o no. Vera pasa las páginas del diario y la mañana se demora en clamores vitales. Me empuja hacia fuera, hacia el sol, como un Dédalo que clava su paladar en el anzuelo ascendente. Sin embargo, mi voluntad es quietista y cierro los ojos para flotar más allá de Plutón, hasta sustraerme del magnetismo solar e ingresar en la heliopausa. Abandono a Vera allá en la Tierra y me hundo afuera, en la sustancia viscosa del duermevela, donde los oniromantes no son más poderosos que los botánicos.


-¿Te vas a pasar el día durmiendo? –Vera pone en funcionamiento la maquinaria del día. 


Adicción a una modalidad del pensamiento que genera sujetos estéticos con una ilustre incapacidad de sostener un mínimo de domesticidad conyugal (pienso en Emma Bovary, pienso en los personajes de Virginia Woolf en The Waves). Me parece que es algo que tiene ver con las fantasías infantiles, el niño que mientras camina a la escuela se imagina un arquero que defiende con su flechas a una princesa del ataque de un dragón. Ese niño a lo largo de los años, en su praxis constante de producir mundos imaginarios que lo distraen de la ociosa realidad, se convierte en un experto, en un especialista de la introspección, pero no un loco. Precipitaciones aisladas no es un libro sobre la locura que nace de la barroca fantasía, aunque la locura a veces se asoma:


El Emperador apareció esa noche junto a los mingitotios del restaurante. En esa época, Bonaparte todavía conservaba las formas y se engalanaba en ultratumba para visitarme en mi celdilla de presente continuo. Nuestra relación no era tan fluida y él aún consideraba que yo debía prestarle una atención extraordinaria. Vestía sus polainas blancas y su saco azul Francia, manchado más de pólvora que de sangre. Yo le dije que más tarde, que estaba cenando con unos amigos, que después pasara por casa. Pero él, hipersensible, insistió en que tomaría solo un Segundo, que era una pregunta y nada más. No es un hombre acostumbrado a esperar, el Emperador. Le dije que nada podía ser tan urgente, que no me molestara, que no me hiciera una escena en un baño público. Él me dio la espalda y se alejó hacia los inodoros, pero antes de que pudiera escapar, me dijo angustiado.

-Tú también te has dado cuenta, Napoleón, de que las sombras tendrán siempre el mismo color sin importar la pigmentación del cuerpo que las proyecte.

Cubrí mis ojos con las palmas de las manos, en lugar de taparme los oídos. El Emperador continuó.

-¿Te has dado cuenta de que no importa si la capa es negra o roja, porque su sombra seguirá siendo gris? ¿o es que no te importa?

-No, no es que no me importe a mí, Emperador. Es que no tiene ninguna importancia y usted tampoco debería estar fijándose en eso.

-Pero algo debe significar, ¿no?

-Las sombras, Emperador, solo contemplan la opacidad del objeto y la intensidad de la luz. El resto les da igual, el color, la forma, la antigüedad…

-Sí, sí. Pero algo debe querer decir, ¿no?

No le contesté. Vera aún no había llegado.

Tal vez, algo que une las innumerables fugas digresivas en esta novela es la teorización de algo muerto, algo del pasado, que al destellar en el presente, adquiere autonomía de su fuente original. Ese sería el caso de las apariciones del Emperador Bonaparte a lo largo de la novela, pero también de esas sombras por las que se pregunta el emperador, sombras que tienen independencia del color del objeto que las genera. La cita que sigue me parece crucial para entender esto. Hay teorías físicas contemporáneas que dicen que una manera de explicar algunos misterios cósmicos hoy es considerar que nuestro universo es una proyección en tres dimensiones de otro universo que tiene muchísimas más dimensiones que el nuestro, y que los generadores de esas proyecciones son los hoyos negros. En esta cita el narrador vuelve al pasado, el pasado que siempre vuelve en la novela y que, por supuesto, consiste en una fracasada relación amorosa que en sí misma es una de esas proyecciones del pasado en el presente. Pero en este caso, la relación amorosa, que parece estar en contraste continuo con las digresiones, ahora se convierte en una de ellas, y toma la forma de un caracol marino, es decir, de un fósil elíptico de un pasado remoto, de un tiempo que no pertenece a la escala humana, un reajuste ondulado de la temporalidades:


El día del casamiento, Vera me regaló un caracol marino. Uno de los grandes, no de esos rastreros caracoles herbícolas que se parten de solo nombrarlos. Éste es un caracol blanco como un cartílago por fuera, y con su interior rosado y procaz. Acercarlo al oído… ya sabemos qué pasa cuando se acerca un caracol marino al oído. La empatía de las cornucopias. El mar cíclico que desgasta el tímpano. Él y su desesperación de ser caracol y escuchar todo el tiempo el oleaje, todas las horas, hasta morir en la playa y, aun después de muerto y desecado, tener el mar adentro. Por eso es humanitario sacarlo al oído, para que por un instante descanse de sus mareas y escuche el chisporrotear eléctrico del cerebro evolucionado. El resto del tiempo, desafina sus tonadas oceánicas. Es mi anti-reloj. Lo tengo en mi escritorio, acá a mi derecha. 

Me gusta pensar que las novelas tienen vocación de caracol pedagógico; soy partidario de un modo premoderno de concebir la literatura como relato con una función antropológica didáctica. En este sentido, yo creo que la literatura sigue teniendo la función del cuentero que Walter Benjamin dice que se pierde en la modernidad. Y en Precipitaciones aisladas yo encuentro una moraleja. Recontemos la trama. La novela cuenta la historia de un hombre, Napoleón Toole, que tras romper con su esposa, parte unos días a un pueblo costanero a pensar en el fin de su matrimonio, y los lectores tenemos acceso a sus pensamientos. En ese pueblo decide quedarse con una familia local en vez de quedarse en un hotel. Allí tiene la oportunidad de contrastar su incapacidad doméstica con el funcionamiento productivo de una familia convencional. Napoleón, por ejemplo, conoce al padre de la familia, un pescador llamado Ulises, y lo envidia, como el gran emperador Bonaparte envidiaría al mismo Ulises homérico, que tras décadas de conquistar tierras tiene la oportunidad de volver y construir su vida doméstica con Penélope. “Los pescadores vuelven a mirarme como si fuera un vago, uno de los peores” (69). La novela termina con la aparición de la ex-amante y esposa del narrador (Vera) en el pueblo costanero para comunicarle al narrador que ha habido un producto o una continuación física de sus días conyugales. Entonces, ¿cuál es la moraleja?


Yo dije que hay moraleja, no que sea fácil explicarla. Lo intento. La domesticidad se nos impone como una temporalidad, es un institución moderna mediante la cual el trabajo productivo es calculado según las horas. “El tiempo de Vera es industrialista, las horas son horas de producción. El mío es postcapitalista, rédito inmediato y vacuidad” (131). Ahora bien, es una temporalidad frágil, ya que los caracoles con sonidos pre-humanos que se multiplican, y le quitan la autoridad al reloj. Las mismas condiciones que generan el amor (y el amor es un residuo del tiempo, algo que dura a pesar del tiempo), son las que producen destellos que nos liberan de esa laboriosa temporalidad de lo doméstico. La moraleja, entonces, tiene que encontrarse ahí, el problema es cuestión de sincronizar las cosas, de entender el tiempo como el clima, como algo gigante, inevitable y democrático que tenemos que interpretar para poder vivir en él. Todos somos meteorólogos.

Entonces, en las últimas páginas de la novela sucede algo curioso. El autor ha acomodado todas las piezas narrativas para un momento epifánico en el narrador; la vida codiana de la familia adoptiva se presenta como presagio para una posible vuelta del narrador a un mundo doméstico y familiar propio, las piezas están ahí para que haya un cambio en la concepción del tiempo del narrador. Sin embargo, la epifanía se da a medias, o se mantiene en un delicioso espacio liminal de lo epifánico, casi apunto de cambiar al narrador, pero sólo para que una vez más, se confirme lo mismo. Eso es lo que me parece que sucede en esta última cita que incluyo abajo, en la que el narrador observa a la niñita Rhea, la hija de la familia con la que se está quedando, y hay algo terriblemente tierno que primero aparece como una súbita vocación por la paternidad en el narrador. No es que en la segunda mitad de la cita se cancele esa ternura de la paternidad, pero hay algo terrible, hay un regreso a algo que le pone una sordina a lo epifánico. Y así, como es mi costumbre, los dejo con una cita larga de esta novela, no sin antes redondear la reseña con un último pensamiento. Sebastián Martínez Daniell, además ser el autor de dos novelas que me han dado mucha alegría, es también el editor de mi primera novela, Otra vez me alejo, una novela sobre la construcción de una amistad a través de digresiones narrativas, utilizando el pretexto del efecto distractor de la marihuana. Leo Precipitaciones aisladas y redescubro, confirmo o reinvento el placer en las afinidades. Lo afín, o lo que no tiene fin, el rizoma que se abre cuando la literatura nos muestra líneas narrativas que pertenecen a otras escalas que traspasan las individualidades, que nos confirman la arbitrariedad que conforma a la isla como concepto.


Rhea también se va, su espalda se va. Y yo miro alrededor para que nada le pase. Que los automóviles no la atropellen, que las serpientes no la muerdan, que llegue caminando su tranco cortito hasta la puerta de su casa para que Ginebra abra la puerta y le sirva pulpo caliente, el arroz a punto. Que no se intoxique, que no inhale nubes sin necesidad. Hay tanta truculencia acá afuera. Las cosas pasan rápido. Es un milagro no haber cometido un delito. Es tan fácil criminalizarse; es casi inevitable. Ésa es la razón por la cual muere tanta gente. ¿Cuál es el truco en los cementerios? Los féretros se apiñan subdividiendo parcelas y los nichos forman rascacielos. Los cuerpos se animan en promiscua necrofilia y los gusanos ya parecen anacondas. Hasta entierran de pie a algunos pobres desgraciados para que haya espacio. Pero no me engañen. Las tasas demográficas crecen a velocidades maltusianas y llega un punto en que los ataúdes desbordan la necrópolis. Algo tenebroso y democrático debe ocurrir entonces. Todos al osario. A pudrirse por fin.

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[Página 12]

La melancolía del meteorólogo

por Silvina Friera

La escena podría condensar una epifanía que desbarata un relato mítico. Las volutas del cigarrillo atizan el suspenso. Sebastián Martínez Daniell exhala el humo y cultiva la expectativa. Apenas unos segundos antes se asumió como partidario de una idea “muy romántica” de la literatura y el arte. Esa visión romántica, quiere saber Página/12, acaso se corresponda con la escritura y el tiempo elástico de la publicación, unos cinco años entre novela y novela, de Semana a la extraña y refinada Precipitaciones aisladas, la última, también editada por Entropía. Una mueca suspicaz preludia la respuesta. “Quedaría bien si dijera que sí, pero tardo mucho en escribir porque soy un vago”, reconoce mientras se desplaza a sus anchas contra el lugar preferido de la imagen del escritor romántico que, aun en pleno siglo XXI, encarna una especie de patrón gramatical que cuenta con un puñado de militantes. “No me considero un escritor profesional; si existe tal cosa, yo no lo soy”, aclara el creador de un personaje entrañable, Napoleón Toole, un meteorólogo melancólico oriundo de Carasia –archipiélago ficticio ubicado sobre el océano Atlántico–, un excéntrico acosado por el “fantasma” del emperador Bonaparte y relegado a trabajar en la sección de deportes hípicos, crítica cinematográfica y resultados de la lotería en las últimas páginas del matutino El Observatorio. Toole decide viajar a un pueblo de pescadores, Limmermonk, para intentar trazar, fragmentariamente, una genealogía amorosa que le permita entender la fallida relación entre él y su mujer: La “metódica” y “tramposa” Vera Pym.

“Los protagonistas de mis novelas tienen una percepción que está desplazada ligeramente de lo que entendemos por normal –plantea Martínez Daniell–. Ser un personaje excéntrico, no un escritor excéntrico, es tratar de ofrecer un punto de vista que se corra del lugar común. Creo que era más exagerada la excentricidad en Semana: el personaje era más solipsista, estaba más encerrado en sí mismo; con lo cual la única versión de la realidad que teníamos era la de Esteban Tellier, el protagonista. Napoleón Toole, en cambio, tiene una referencia más clara de lo que está ocurriendo. Por un lado, es más evidente su excentricidad, pero también es más sutil. La gracia de este tipo de escritura, si es que la tiene, es mantenerla dentro de ciertos regímenes de tono que permita que el lector se comprometa con esa visión excéntrica del personaje.”

–En una referencia al diario El Observatorio, Napoleón recuerda que hay una película que le gustó, pero la destrozó en su crítica. Un excéntrico seguiría admitiendo que la película es mala, sólo para provocar. Ese mismo gesto que se podría leer como excéntrico admite otras lecturas, ¿no?
–Es cierto, quizá sea la diferencia entre un excéntrico y un psicótico, ¿no? Napoleón no tiene un discurso sólido y férreo; de hecho está inseguro de su propio discurso, de ahí su neurosis y no su psicosis. Supongo que esto tiene que ver con otro de los ejes que atraviesa la novela: el tema del amor. El esfuerzo que implica correrse del propio discurso interno es un sacrificio que se hace en el altar de la pasión por Vera. Aunque es un personaje un poco hiperbólico, no es un tozudo aferrado a su verdad; es un hombre en constante lucha con sus ideas. Es una inseguridad fértil que apunta a la frase leninista: un paso atrás para dar dos adelante.

–¿Por qué en la novela hay dos “tipos” de anacronismos: el temporal y el que se podría llamar “lingüístico” o estilístico?
–Alguno de esos anacronismos debe ser madre del otro. Soy bastante fundamentalista de la forma, y dentro de ese fundamentalismo me siguen sorprendiendo un montón de giros lingüísticos del castellano que no pertenecen al habla cotidiana. Cuando escribo, cuando leo y cuando hablo, me surgen palabras y expresiones que no están dentro de mi vida cotidiana; pero les encuentro un sentido estético, cierta belleza, y me causa placer utilizarlas. Soy de esos lectores que todavía pueden leer a Quevedo y disfrutar de la sonoridad de ese castellano. El anacronismo estilístico es una pulsión personal, no es algo que busqué deliberadamente.

–Este placer por la sonoridad y la belleza de las palabras lo aproximaría a la poesía. ¿Sería un poeta que narra?
–Soy bastante mal lector de poesía, pero cuando escribo tengo lo que irónicamente llamo “excesos de lirismo”, que a veces en la relectura me horrorizan, pero cuando estoy escribiendo no los percibo, y en general los elimino. Otros pocos, de los cuales quedo enamorado, aun sabiendo que son excesos, los mantengo por una cuestión de sonoridad, de ubicación dentro del texto, o porque me remiten a cuestiones personales. Cuando surgen palabras más vinculadas con la lírica en el proceso de escritura, no hay que reprimirlas. En todo caso se reprimen en el proceso de corrección, que es un proceso represivo. Sobreviven las palabras que se ganaron un lugar en mi corazón, en mi oído o en algún otro órgano interno. Pero no pretendo ser un narrador o novelista con aire de poeta. Eso lo tengo claro.

–La política está, si se quiere, como una “sensación térmica” en sus dos novelas. ¿Cómo trabaja este aspecto desde lo literario?
–A veces tengo la fantasía distópica y me pregunto si mis novelas tienen la misma posición política que tengo yo. ¿Mis novelas son más reaccionarias o más de izquierda que yo? A veces me cuesta responder. En Precipitaciones..., hay posiciones explícitas de Napoleón Toole que son más reaccionarias; otras son más radicales que las mías. Tellier, de Semana, era más misántropo, tenía un encono muy fuerte con la humanidad; Napoleón Toole, en cambio, es un ser más amoroso y mucho más brindado al otro. Tellier era más cínico... hablo de uno en pasado y otro presente, como si uno estuviera muerto y el otro vivo (risas). Cuando retome análisis, lo hablaré con mi analista. El cinismo y la misantropía de Tellier y el compromiso emocional de Napoleón con el mundo es una toma de partido muy clara; con lo cual ha habido una evolución hacia formas más humanitarias de la política, entre uno y otro. Si se quiere hacer otro tipo de relación, la primera novela fue escrita a fines de la década del 90 y comienzos del 2000; la otra, entre 2005 y 2010. Pero no me propuse decir: ahora que el espíritu de época revela mayor compromiso con la polis y sus posibilidades, mi personaje va a ser más solidario. No: eso fue parte de mi proceso personal de percepción del mundo que fue acompañando a procesos políticos que se fueron dando aquí y en el mundo. Ahí es enriquecedor el análisis del texto, no cuando el texto nos está diciendo explícitamente: ¡Qué individualistas y frívolos éramos en los ’90 y qué comprometidos con la realidad social somos ahora! Cuando eso que está en el ambiente se hace texto, se empobrece.

–¿Propone tomar un atajo o desplazarse del lugar previsible?
–Sí, pero lo que no me gusta de la figura del desplazamiento y del atajo es que pareciera que estás evitando el tema. Y es al revés. No se trata de evitar, se trata de ser auténtico en la experiencia de la escritura, que quieras o no va a traslucir tu visión del mundo. Tratar de transformar esa visión en un didactismo o una pedagogía, casi siempre empobrece el texto. Como estoy en contra de los manejos que hacen los capitales financieros globales en las economías del tercer mundo, voy a escribir sobre un yuppie que va a la Bolsa de Comercio y es corrupto. En este caso se da una linealidad tan obvia, espuria y especulativa, que el texto pierde toda riqueza. Por eso desconfío mucho de esas novelas que nacen de un preconcepto. Tengo una idea muy romántica de que la literatura y el arte poseen un factor equis inasible, complejo o imposible de explicar, que se hace presente. Y ese factor debe tener mucha preponderancia. Si uno lee Lolita, se da cuenta de que Nabokov estaba en contra del estalinismo.

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[Eterna Cadencia]

Una novela de amor

por Patricio Zunini

En algún momento de la entrevista, cuando se arriesgue sobre las influencias en sus novelas, Sebastián Martínez Daniell disparará:

-Voy a aprovechar para despotricar contra algo que me gusta despotricar. Fijate que charlamos diez minutos y los dos escritores argentinos que mencionamos fueron Aira y Saer. Mis lecturas son muy desordenadas. De Saer he leído poco y de Aira sólo cuatro libros (dos me parecieron excelentes, uno me pareció un logrado ejercicio y otro no me gustó para nada; tengo una relación libro por libro). Hay cierta vagancia de la crítica literaria argentina en tratar de buscar las referencias en el entorno inmediato de acuerdo a un canon más o menos establecido. Una incapacidad para ver más allá de lo que está más a mano. Se agarra un libro de literatura actual argentina y se pregunta a quién se parece: a Aira, a Saer o a Piglia. Supongo que lo mismo le pasaría a esa generación respecto de los clásicos de los ’50. Pero a esta altura, luego de la oleada de libros importados en los ’90, me parece un poco difícil tratar que la genealogía se limite sólo a la literatura argentina.

Martínez Daniell, como sus personajes, intenta rechazar los clichés. Editor de Entropía, acaba de publicar por ese sello Precipitaciones aisladas, su segunda y esperada novela luego de un salto de seis años desde la aparición de Semana. Con un estilo particular entre erudito y anacrónico que resulta moderno por oposición, Precipitaciones aisladas sitúa la acción en una improbable isla en el Atlántico Norte llamada Carasia. Allí Napoleón Toole, un metereólogo que admira a los egiptólogos, intenta comprender la crisis que atraviesa con su mujer, tomándose unos días de licencia en la ciudad donde sus padres dicen haberlo concebido. A partir de ese viaje que lo conecta con el pasado, Napoleón avanza hacia la búsqueda de su futuro.

-Hasta bastante avanzada la lectura pensé que la novela era una reversión de Pedro Páramo. Por cierto extrañamiento del personaje principal respecto del contexto, por el lugar donde se desarrolla -una isla podría funcionar como Comala-.
-Es interesante. Alguna vez por Semana, mi novela anterior, cuando me preguntaban por las influencias me causó mucha gracia descubrir que el final del Martín Fierro es muy similar al final de Semana. A Pedro Páramo no lo tengo como referencia directa, aunque quizá lo tenga absorbido por ósmosis. Es complejo rastrear el tema de las influencias y de los homenajes que uno pueda hacer. Cuando uno empieza a ver qué escritores y obras le influyen a uno, en general trata de acudir a las referencias más cercanas, aquellas novelas que últimamente le han gustado más o más le han conmocionado. Pero hasta qué punto uno está realmente influido por ese gusto más reciente que tiene que ver con la coyuntura personal de los últimos años. Quizá uno está más influenciado por cosas que ha leído a los siete u ocho años: hasta qué punto llega la influencia de Goscinny y Uderzo como autores de Asterix. La única persona con la que he hablado hasta ahora de la novela fuera de mi círculo, de la editorial, fue Juan Terranova y él me tiró alguna referencia a Aira -de eso podríamos hablar durante una hora- pero también mencionó a Leopold Bloom del Ulises de Joyce.

-Claro. Pero no sólo desde el discurso sino también por la isla que bien podría ser una Irlanda paralela.
-El tema de la localización geográfica de Carasia, en realidad, es una tontería. En mis dos novelas hay una construcción de un universo que no es el real. EnSemana, por ejemplo, no hay televisión: no se la menciona, nadie habla de programas; mucho menos hay internet. Obviamente es como el cuento del Corán y los camellos, pero en ningún momento se hace explícito porque rompería el verosímil del universo. En el caso de Precipitaciones aisladas uno de los constructos cuando se arma el universo tenía que ver con esta isla llamada Carasia donde se desarrolla la acción. Yo tengo en la cabeza la localización exacta de Carasia, pero es una localización que no podría tener cabida dentro del mapamundi real. Es una isla que está sobre el Atlántico, más o menos frente a Francia, pero a su vez está cerca de los países escandinavos y cerca de África. Es como un mundo comprimido, los polos han quedado más cerca uno del otro, los paralelos son mucho más cercanos entre sí de lo que son en el mundo real.

-¿Qué te permite ese universo?
-En mi metodología -llamarlo método me suena pretencioso-, cuando comienzo a escribir una novela suelo imponerme una serie de restricciones. La metáfora más remanida sobre esto es el tutor de las plantas. Cuando comienza el proceso tengo muchas restricciones que, a veces, van quedando en el camino. En el caso de Semana, para contarte una de las más absurdas, era que los siete de capítulos, además de ser los días de la semana, fueran siete apóstoles de Cristo. Mi intención era ponerme a leer sobre la vida de los apóstoles -las hagiografías- para que cada capítulo tratase de responder  a eso. Allí también está la resonancia del Ulises en que cada capítulo es un órgano del cuerpo. Por supuesto que abandoné ese proyecto absurdo porque fue muy poca la información que pude recabar y que me interesó sobre los apóstoles. La novela luego lo termina atropellando y va tomando un curso. Las restricciones se ponen al comienzo a la manera de Von Trier en la película Cinco obstrucciones, pero en mi caso son autoimpuestas.

-¿Lo hacés como desafío o resultan algo operativo?
-Yo creo que me facilitan, por eso tengo la suerte de que mi neurosis obsesiva no llegue al punto de mantener las restricciones. En un punto tengo que romperlas para que la novela siga avanzando. Al principio, cuando uno está perdido entre documentos vacíos y páginas en blanco, te permiten para guiarte hacia dónde vas a ir. En algunos casos dan cierta estructura, en algunos casos cierto tono. Te empiezan a definir el universo simbólico en el que te vas a manejar. Pero te sirven como un cauce artificial para que el agua empiece a correr y después uno esté en condiciones de hacer volar el dique y que las cosas fluyan más naturalmente.

-Hablemos de los personajes. El protagonista es Napoleón Toole, su mujer Vera Pym. Aparecen Reha, Ginebra, Ulises: ¿por qué esos nombres?
-Trato de hacer de una debilidad una virtud. No sé si lo terminará haciendo, dependerá de la lectura de cada lector. Yo tengo grandes problemas con los nombres y grandes problemas con los títulos de las novelas. Muchísimos problemas de decisión para ver qué nombre va a encajar. Napoleón Toole tiene que ver que con Napoleón Bonaparte -el que lea la novela se va a dar cuenta- y Toole, aunque casi todos lo relacionan con John Kennedy Toole, surge de un asesino serial norteamericano más o menos célebre. El que quiere que entre a Wikipedia y ponga "Toole": yo di con este artículo quién sabe en qué navegación perversa. Por supuesto que la referencia a Kennedy Toole surgió inmediatamente y la acepté como parte de la homonimia. Después tiene que haber una cuestión de sonoridad. Napoleón Toole me gustaba como quedaba. Vera Pym tiene más que ver con temas personales -en cierto modo encajara con nombres que conozco en la vida real- y Pym viene de Arthur Gordon Pym, quien no sepa quién es que también vaya a Wikipedia. Ginebra es mucho más tonto: tiene que ver con la ciudad de Ginebra y con Suiza.

-Había pensado en la Ginevra de la leyenda del Rey Arturo.
-En cierto modo sí, pero eso surgió posteriormente en relación con su marido. Originalmente tenía que ver más con un tema de la neutralidad suiza. Un personaje hospitalario que no termina de definirse. Hay otros nombres que ya no recuerdo de dónde vienen. Mis nombres son un elemento muy hipertextual. Me encuentro con nombres o apellidos que me van gustando por su sonoridad o su polisemia y los voy incorporando.

-La narración en primera persona de Napoleón busca la forma literaria, casi introduciendo un anacronismo en oposición al relato más general de los escritores actuales que persiguen un lenguaje coloquial. Sin embargo, los diálogos están “en argentino”. ¿Por qué?
-Todos los diálogos eran en argentino excepto los de un personaje que hablaba en español neutro, pero lo eliminé porque me pareció un exceso. Iba a hacer que el lector tratara de explicarse por qué y lo iba a sacar de la novela. Los diálogos están escritos en argentino, sí, pero también el resto de la novela está escrita en argentino, aunque no en el argentino coloquial. Por un lado porque creo tener muy poca capacidad para reproducir la oralidad. No es uno de mis fuertes. Manuel Puig o Romina Paula lo saben hacer muy bien. Yo no. Por otro lado, y me cuesta convencer a la gente porque hasta parece un gesto medio de soberbia anacrónica, mi discurso interno funciona así. No fuerzo mi modo natural de producir discursos para ponerme a escribir. Escribo así. Incluso escribo contra mi tendencia natural a caer en ese tono que se emparenta más con él tono de la ensayística que no es coloquial. Si hubiese que conseguir un pariente cercano se emparenta con el tono -no con el contenido- de la ensayística. A veces me paso de rosca y lo corrijo, a veces me paso de rosca y termina publicándose así. Pero es mi tono. Supongo que estoy en un proceso y creo que de Semana hacia Precipitaciones aisladas no hubo un gran salto, pero en lo siguiente que vaya produciendo trataré de depurar eso, en el sentido de simplificar ese tono. Yo soy muy malo para hablar bien de mis libros, pero para hablar mal tengo muchos elementos. Si tuviese que criticar algo a la novela es justamente que puede volverse árida de a ratos para cierto tipo de lector por demandar un esfuerzo del lector como el que pretendía Lacan de sus estudiosos. Quizá tener que detenerse en el medio de una oración para entender el significado de una palabra o buscar el sentido de una frase con dos o tres palabras esdrújulas que lo hicieron perder la ilación. Supongo que seguiré luchando contra eso. O por lo menos aventurarme en otros tonos para seguir divirtiéndome.

-Tellier, el protagonista de Semana, y Napoleón comparten cierto extrañamiento frente al mundo que los rodea. Como si estuvieran -aunque no sea la palabra- perdidos. ¿Te sentís cómodo con esta clase de personajes?
-Se me ocurren dos palabras, pero tampoco creo que sean las que corresponden. Desfasado: Napoleón es un tipo que está desfasado respecto de lo que le ocurre. La otra es excéntrico, pero no en el sentido de raro, sino en el sentido de fuera del centro, un tipo que no está en su eje. Gonzalo Castro [socio de Martínez Daniell en la editorial] dice una frase que no recuerdo de quién es: “asintótico respecto al eje de la realidad”. Me siento cómodo con esos personajes. Me he sentido cómodo, mejor dicho. No me gustaría que todos mis personajes terminen siendo así, pero hay algo en los personajes que permite cuestionar el cliché. Ese estar fuera, me parece, permite poner en cuestión ciertos lugares comunes.

-Cuando fue la publicación de Semana hice una lectura capítulo a capítulo en Hablando del asunto. Con Precipitaciones aisladas leí atento a la caza de los nombres. ¿Es un objetivo la participación del lector?
-Me gusta. Graciela Goldchuck, una académica de la Universidad de La Plata que se contactó con la editorial cuando recién teníamos dos libros y nos posibilitó publicar parte de la obra inédita de Puig, me dijo dos cosas sobre mis novelas que me reconfortaron. Primero, que no le permito al lector que se aburra; ese es uno de mis temores, que alguien que me diga eso me reconforta. Segundo, que, de una manera muy elíptica, mis novelas siguen teniendo un cierto sesgo un poco anacrónico y si querés aireano hacia la aventura. Es decir: hay una trama que te lleva para adelante hacia donde hay espacio por llenar, una fuerza que te tracciona hacia el final de la novela porque uno quiere saber cómo va a terminar. Son dos elementos que tienen que ver con las funciones más primitivas de la narración que me parecen muy atractivas. Por el mismo motivo que uno se pone a ver películas de los Straub y se queda pasmado con su capacidad para hacer cine, yo también voy a ver y me gustan unos blockbuster: voy a ver X-Men y, además de ser una estupenda saga política, me mantiene en vilo. O la película Red social, que no es ninguna maravilla pero no alimenta algo necesariamente negativo.

-¿Precipitaciones aisladas es una novela de amor?
-Sí. Parece un título horrendo pero sí es una novela de amor. Hay una relación amorosa muy profunda que se ha desvanecido y Napoleón Toole trata de hacer una reconstrucción inteligible de lo que pasó con esa relación. Cómo fue que se enamoró, cómo se construyó ese amor y qué se fue perdiendo que hizo que terminara. Y luego hay un escape hacia el futuro. A veces pienso un poco en serio y un poco en broma que me gusta es someter a ciertos tormentos medio perversos a los géneros. En cierto modo Semana era mi deformación del thriller.Precipitaciones aisladas puede ser mi deformación de una novela rosa.