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  Precipitaciones aisladas
Sebastián Martínez Daniell

146 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2010
ISBN: 978-987-24797-9-4
 
     
   
     
 

Napoleón Toole, protagonista y narrador de Precipitaciones aisladas, habita un archipiélago de geografía incierta llamado Carasia. Sobre ese paisaje se desarrolla su universo simbólico en el que se alternan, de modo inestable, discusiones sobre las guerras de la Europa decimonónica, un jardín cultivado por hormigas, la cuidadosa disección de la meteorología de Marruecos o una evaluación crítica del destino de los estoicos.
Sin embargo, en el centro de su discurso se erige la figura de Vera, una mujer cuya presencia omnímoda y multiforme lo perseguirá en una excursión ferroviaria hasta un pueblo pesquero. A partir de ese viaje, y a semejanza de los egiptólogos a los que en algún punto del relato elogia, Napoleón Toole también se lanzará en la búsqueda de una fórmula para desarrollar una genealogía del futuro y la reconstrucción inteligible de su historia.
Tal como ocurría en Semana, su primera novela, Sebastián Martínez Daniell explora en Precipitaciones aisladas la fertilidad de la palabra y su propia capacidad para manipular los materiales de las enciclopedias y los mecanismos de la realidad. El resultado, lúdico y fantasmático, es una serie de radios convergentes en los que la alucinación, la memoria y los actos se traslucen a través de una poética de la fragmentación.

Contratapa
     
   

Sistema de conservación

 

África e inmediatamente Afrodita. Ése es el patrón gramatical. Para llegar a Balzac (ahí nomás, porque en las viejas enciclopedias las letras no tienen decimales) hay que trajinar las ilustraciones de la Teoría del Azar y clavar en el corcho mariposas que aletean sobre Bombay para que finalmente caiga la nieve sobre el Canal de Suez. Los artículos se relacionan, sí; pero las distancias son tomos gruesos que ocupan un anaquel entero de la biblioteca.

Podría condensar todo en la prosa esclarecida de un relato mítico. Un cuervo que grazna y ofrenda a los esquimales el don de la palabra, por ejemplo. Pero se perderían las otras leyendas: el desprendimiento original, la deriva ardiente, la calibración de la órbita elíptica, la geodesia, los caldos de cultivo. No sería justo. Mejor nadar, mejor intentar inmersiones hasta desmayarnos cronolépticos en la profundidad del agua. Y si en algún lugar tengo que mojarme los pies para iniciar esta exploración genealógica, prefiero que sea en mi jardín. En mi refugio botánico, donde una hormiga va detrás de otra hormiga, que va detrás de otra hormiga. Trabajo estival y procreación de la élite.

Si vieras este jardín, con su tinte eglógico y su natural bienaventuranza... No pude resistirme. Fue verlo y decir: ahí es donde quiero estar, ése es el lugar de Napoleón Toole. Quiero contemplar ese cedro, ese gomero y esa parra con sus uvas blancas. Quiero esa sombra y esa luz. Quiero estar acá, sobre la superficie estable de mi jardín. Acá mismo, y bendecir con mirada beatífica a mis árboles, con sus hojas nervadas y su esforzada fotosíntesis. Observar las nubes y su eólico desplazamiento. Despreocupado, como si yo también fuese un insecto que se maravilla debajo de su caparazón, con la mirada puesta en el suelo y las antenas apuntando al sol. Vera me quiere y no me aplasta. Me recoge del piso y me pone en un frasco de vidrio. Me alimenta con las barbas de las raíces descompuestas. Y, cada tanto, me deja salir al jardín, donde puedo observar fascinado la implosión entrópica de la naturaleza. Vera misma es como la naturaleza, con todas sus cadenas de carbono y su humedad vital. Con sus ciclos alimenticios y su sistema de conservación. ¿Qué más quiero? Quiero estar en mi jardín edénico, mirando las hormigas y su intrascendencia. Apenas si quieren ver los desvíos de la siguiente generación, mis hormigas. Otra camada de mineros que construye cavernas bajo el jardín de mi casa, otra tanda de insectos rigiendo mi inframundo. Sólo insectos. Huevos, larvas, pupas. Partes de la nada, migajas de la Creación. Parece tan fácil pisarlas. Hundir el zapato en la tierra. Acabar con todas ellas mientras recitamos a la hormiga reina la sentencia de Séneca: “Has nacido mortal. Has parido mortales. Debes pensar en todo, esperarlo”.


 

Fragmento
     
   

Autor

 

   
                     

Sebastián Martínez Daniell (Buenos Aires, 1971).
Publicó Semana (Entropía, 2004).
Precipitaciones aisladas es su segunda novela.

 


   

Reseñas

 

 


[Revista Ñ]
Carolina Esses

[Inrockuptibles]
Matías Capelli

[Radar Libros]
Sebastián Basualdo

[Golosina caníbal]
Matías Raia

[Hablando del asunto]
Matías Fernández

[Bazar americano]
Paula Tomassoni

[HiperCrítico]
Juan Terranova



[Revista Ñ]

Vitalidad y arritmia

por Carolina Esses

Precipitaciones aisladas, la segunda novela de Sebastián Martínez Daniell, viene a dar cuenta de la vitalidad a la que puede aspirar el género en nuestra literatura. Con un pie dentro de la novela decimonónica y sentimental –en cuanto a la densidad conceptual, la la indagación en la interioridad de los personajes, la utilización de saberes que responden mucho más a la enciclopedia que a Internet– y otro en los recursos formales propios de la novela moderna, el autor logra construir una narración conmovedora.

La trama es simple: Napoleón Toole visita una ciudad extranjera. No es una ciudad elegida al azar, es el lugar donde sus padres dicen haberlo engendrado. De allí podríamos deducir una primera mitología, la del pasado más remoto del narrador. Habrá otras: la mitología del pasado amoroso, la de la primera infancia, la que el propio Napoleón construye para Ulises, Ginebra y esa diosa púber que pareciera ser Rhea, tales los nombres de los personajes con los que se encuentra en Limmermonk. El autor juega con estos nombres cargados de significación con total libertad y humor, sin connotaciones solemnes –el protagonista, por ejemplo, recibe la visita del "otro" Napoleón, es decir Bonaparte– y esto crea un clima singular y atractivo. Sin embargo, ni esa cartografía de nombres ni esa isla imaginaria que es Carasia son fundamentales. Lo fundamental es mucho más visceral. Napoleón sufre por amor. Vera, su mujer, se ha ido de la casa que ambos compartían. Como consecuencia, él decide ausentarse, refugiarse en este escenario otoñal y helado. Entonces la invitación que Martínez Daniell le hace al lector es a deambular, como el personaje principal, por el recuerdo –y el recuento– de los avatares de una relación, recapitular aquel primer encuentro y volver, en un juego de temporalidades, al presente de un adorado jardín donde es posible reflexionar junto a una hilera de hormigas. Después dormir o sucumbir a un estado de duermevela porque, ¿quién quiere estar despierto cuando lo que nos anima es el frío de una separación?

La novela podría haber caído en un sinnúmero de problemas. ¿Cuántas veces la proliferación verbal termina por opacar la trama y el lector se encuentra chapoteando en un laberinto de palabras sin poder avanzar en la lectura? ¿Cuántas veces el recurso de la fragmentación pareciera ser más el alarde de una herramienta formal que el mecanismo necesario para un determinado relato? Aquí se da un celebrado equilibrio. La narración responde al ritmo de la memoria y en ese sentido se fragmenta. La percepción de este narrador exquisito que es Napoleón se potencia al máximo y es capaz de descripciones de gran riqueza sensorial. Es como si Martínez Daniell se hubiese dejado llevar completamente por su personaje al punto de cederle a él todo el protagonismo del relato, al punto de desaparecer completamente –y esto es mucho decir para una literatura tantas veces heredera de la autobiografía de los blogs, donde el autor pareciera colocarse por encima de su personaje.

Como suele suceder cuando el relato se fragmenta, es la repetición lo que da cohesión al relato. En este sentido las palabras usadas como leitmotiv "Señor Toole, su mujer lo espera" actúan como motor disparando la narración hacia un futuro que el correr de las páginas esclarece. No quisiera develar el misterio. Simplemente decir que Precipitaciones aisladas describe excepcionalmente bien ese destiempo propio del amor. Quizás porque toda relación se teje en la arritmia de dos interioridades, como la de Vera y Napoleón. Incluso aquellas a las que matrimonio o la llegada de los hijos otorgan un velo de piedad.

 

 

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[Inrockuptibles]

Una grieta en la prosa

por Matías Capelli

 

Un lector desprevenido poco afecto a internarse por terrenos algo escarpados de la lengua puede resbalar a las pocas páginas de Precipitaciones aisladas. Y sería una pena, porque estaría perdiéndose una novela jugosa sobre un tipo que, tras una separación de su mujer que sólo el tiempo dirá si es transitoria o permanente, decide viajar unos días al pueblo costero en el que, según le contaron sus padres, fue engendrado, con la intención de cambiar de aire y acomodar un poco las ideas en su cabeza.

Esa podría ser, hablando mal y pronto, una breve sinopsis del argumento de esta segunda novela de Martínez Daniell. Sólo que Martínez Daniell no escribe mal ni pronto: cada palabra, cada frase parece sopesada y calibrada de antemano. Lo mismo podría decirse del mundo narrativo que despliega. Porque a pesar de hacer el recuento de un amor como cualquier otro, de los altibajos de la vida conyugal (con lectura de diarios de domingo y elaboración de mermeladas caseras incluidos), a pesar de ser una novela construida a partir de actos reconocibles y cotidianos (¿cuántos niños urbanos debutaron en el cuidado de mascotas con tortugas malogradas?), el texto evita siempre las opciones trilladas del realismo ramplón. Todo transcurre en el archipiélago de Carasia; el pueblo costero al que viaja Napoleón Toole, protagonista y narrador, se llama Limmermonk; por momentos se filtra el léxico técnico de un grupo de meteorólogos, por momentos se alternan diálogos con el espectro de su tocayo Bonaparte, discusiones sobre guerras decimonónicas, digresiones de un enciclopedismo juguetón, entre otros dispositivos que van delimitando las formaciones calcáreas de sentido que dan al relato su singularidad. El mérito del narrador consiste en desplegar todos estos elementos en su punto justo; hasta "ahí nomás", como aclara en la segunda línea, haciendo, desde el vamos, una grieta en la prosa a través de la cual la novela respira.

 

 

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[Radar Libros]

Desde el observatorio

por Sebastián Basualdo

 

Ya se sabe: un hombre puede ser un poeta sin haber escrito jamás un solo verso. Se trata de un modo particular de ver el mundo, o acaso de habitar una utopía en el sentido griego del término. Napoleón Toole, este entrañable personaje creado por Sebastián Martínez Daniell en Precipitaciones aisladas, pertenece a esa clase de hombres.

Relegado a trabajar en la sección de deportes hípicos, crítica cinematográfica y resultados de lotería en las últimas dos páginas del matutino El Observatorio, oriundo de Carasia Capital, ciudad a la que se ingresa únicamente desde el mar y que, al decir del joven Napoleón, quizá por eso el visitante la termina imaginando como una maqueta de escala modular, experimento de banal suceso en manos de Le Corbusier, decide pasar unos días en Limmermonk, ciudad esencialmente de pescadores y de perspectiva favorable si lo que realmente busca es poner orden a esa miscelánea de pensamientos, sensaciones y recuerdos que se imprimen en su conciencia negándole la visión cabal de lo que verdaderamente ocurrió entre él y su mujer Vera Pym. "El tiempo de Vera es industrialista, las horas son horas de producción. El mío es poscapitalista, rédito inmediato y vacuidad."

Mencionado Limmermonk, ahora debo advertir rápidamente al lector sobre ningún tipo de analogía o resabio de un Macondo, un Comala o el Yoknapatawpha del gran Faulkner. De ningún modo hay una intención fundacional ni mucho menos la búsqueda de un universo totalizante propio del realismo mágico. Más bien se acerca a los universos condensados y poblados de seres en condición de refugio de Marcelo Cohen. Las simbologías y la anacrónica geografía de Limmermonk permiten, entre otras cosas, poner en primer plano las elucubraciones de Napoleón Toole que, a modo de flashback en constante vorágine, van hilando la trama de una novela inteligente y conmovedora, con personajes que entran en escena a través de la contingencia o lo imponderable, como sucede con la familia de pescadores compuesta por Ulises, Ginebra y Rhea, algo conservadores y prejuiciosos, que le dan hospedaje a Napoleón Toole para que se despache a gusto con irónicas referencias que recuerdan por momentos el sentido del humor propio de un Donleavy. "A Ulises no le gusta nada esto de las vacaciones. Me mira, me hace sentir un citadino del Sur que nunca podría estar suficientemente cansado como para merecer unas vacaciones. Me mira y me somete a un juicio sumario, a una sentencia proletaria."

La prosa sutil de Sebastián Martínez Daniell oscila como un péndulo entre lo enciclopédico y la mirada adánica para que convivan distintos planos de una misma realidad, de este modo se hará presente con total naturalidad un personaje fantasmagórico al principio: el Emperador Bonaparte, que surge para acosar a Napoleón como una mala conciencia y sin embargo resulta inofensivo, a tal punto que se volverá grotesco cuando se imponga a lo largo de la novela con la falsa impronta del doble.

"En esa época, Bonaparte todavía conservaba las formas y se engalanaba en ultratumba para visitarme en mi celdilla de presente continuo. Nuestra relación no era tan fluida y él aún consideraba que yo debía prestarle una atención extraordinaria."

Precipitaciones aisladas es una novela breve y rotunda como un desmoronamiento y puede ligarse a la búsqueda narrativa que Sebastián Martínez Daniell inició con Semana, publicada en 2004.

 

 

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[Golosina caníbal]

Geología

por Matías Raia

 

Empieza con Napoleón Toole, solo, en su jardín, en su refugio botánico habitado por hormigas, cerca de su torreta. Precipitaciones aisladas de Sebastián Martínez Daniell (Entropía, 2101) comienza con el anuncio de una "exploración genealógica", una lucha contra la desmemoria, que se irá transformando en una exploración geológica (ese comienzo establece el primero de los tres relatos que se entrelazarán a lo largo de la novela, el metarelato, dirigido a alguien, que sostiene a los otros dos). El movimiento pendular del relato va y viene de Napoleón Toole, su pasado y su relación con Vera al fascinante jardín, el frío de Limmermonk, el refugio de rinocerontes o la discusión en torno de anuncios meteorológicos oficiales ("el Gobierno dijo que el invierno va a ser corto porque los períodos anticiclónicos entraron en la fase de retracción…" (41); ¿cuánto saben los habitantes de Carasia de meteorología?). Carasia es el archipiélago en el que se desarrolla esta historia, un territorio imaginario en el que el clima ("¿quién pensó que este era un clima propicio para fundar una nación?" (35)) y la geografía enmarcan las derivas de un narrador que intenta comprender su relación, amorosa y conflictiva, con una mujer, Vera.
Si hay genealogía, hay exploración del pasado: en otro de los relatos que se cruzan en Precipitaciones aisladas, Toole reconstruye la noche que conoció a Vera, el durante y el después, pero también se remonta a su prehistoria, como un egiptólogo: "Quiero que imagines a los egiptólogos trabajando Nilo arriba. (…) Tomemos, entonces, su aporte epistemológico y corramos para atrás, más para atrás…" (51). La vuelta a las escenas primordiales pueden ser la solución de sentido para la relación Napoleón-Vera: el regreso a la pareja originaria, el regreso al padre y la madre, Hammer Toole y Dora, como mitología familiar y clave para iluminar los conflictos de la pareja principal de la novela. Por otro camino, Napoleón Toole, erudito, recurre a conocimientos enciclopédicos (la muerte de Séneca; la historia de Carasia) o triviales (cómo preparar arroz; una reflexión sobre los baños) para comprender su amor por Vera, esa mujer cautivante que conoció una noche de discusiones eólicas, para reconstruir una genealogía, una historia que va de la paz a la "guerra" y que culminará, de algún modo, con la frase que vuelve una y otra vez a lo largo de la novela: "—Señor Toole, su mujer lo espera.". ¿Para qué lo espera? ¿Por qué lo espera?
En el otro relato de los que se cruzan en Precipitaciones aisladas, la espera es la actitud característica de Napoleón, es el desplazamiento de un tiempo histórico (los días con Vera) a un tiempo a-histórico (su estadía en Limmermonk). El viaje al pueblo pesquero revela dos o tres aspectos: por un lado, Toole conoce a otra pareja y su hija ("la Sagrada Familia de Limmermonk"), Ginebra y Ulises con Rhea, y encuentra en ellos un espejo refractario a su propia relación amorosa con Vera; por otro lado, Toole deja pasar sus días acobijado en la hospitalidad y el frío, intenta comenzar un libro, Ingravidez de Fuskio Kikiro, pero siempre queda en la misma frase significativa: "Nuestras casas son tumbas en los jardines de los muertos"; y finalmente, Toole vuelve a Limmermonk, vuelve al pueblo de su prehistoria, al lugar donde fue engendrado (de nuevo, la exploración prehistórica). Este pueblo pesquero, la rutina diaria y laboral que propone, sus condiciones climáticas, sus disposiciones geológicas enmarcan el tiempo de espera de Napoleón y el deseo de volver a ver a Vera, un tiempo que se romperá hacia el final de la novela.
Digo que la genealogía se vuelve geología y si hay geología, hay exploración por capas: las tres capas de relato (el metarelato, el pasado y la relación con Vera, la estadía en Limmermonk) que se alternan en Precipitaciones aisladas; las parejas en la prehistoria (Hammer-Dora), la historia (Napoleón-Vera) y el tiempo de la espera (Ulises-Ginebra); y las fascinantes capas de palabras referidas a la climatología, a la geografía y la biología que recubren el núcleo de acontecimientos, una exploración geológico-biológica del vocabulario: "Su lengua coralina se despega con un chasquido del paladar y gana la oquedad de mi boca. Crece la tempestad intracorpórea, naufragan los bacilos entre las encías, en el oleaje de nuestra saliva."(24). Pero también si hay geología, hay fauna y hay flora para esos suelos: están las hormigas del jardín de Toole; la "empatía de las cornucopias" en el caracol regalado por Vera; los murciélagos que atraviesan el cielo de Limmerling, los rinocerontes del Refugio que luego se tranformará en "Rhinopia"; las tortugas de la infancia de Toole y sus destinos trágicos, etc. En este sentido, uno de los varios aciertos de Precipitaciones aisladas es el tono de la narración, un tono que se sostiene en una descripción y comprensión de la realidad lograda a través de los espéculos de las disciplinas antes mencionadas. Esa perspectiva desde la que Napoleón Toole realiza su exploración genealógica abre interrogantes en la relación del hombre con su entorno (el territorio, el clima, la flora) pero también con su propia naturaleza: cómo se organiza la especia, cómo prever, como en el servicio meteorológico, los acontecimientos que se avecinan, cuánto influyen los espacios en la historia de los hombres, dónde quedó nuestra animalidad.
En Precipitaciones aisladas, voy cerrando pero podrían agregarse muchos más elementos de tan fascinante novela, la genealogía geológica de Toole es también una modo de conjurar la muerte, el fin: "En cambio, yo te ofrezco la exhumación, el desenterramiento. Perforar los féretros para que venteen pronto los olores pútridos." (58). Por eso, Napoléon Toole prefiere reabrir su historia e, incluso, su prehistoria a verlas clausuradas (es una decisión personal pero también existe esa otra persona ante la cual Toole decide comenzar su relato, esa otra persona que necesita ese relato mítico para comprender que después del fin hay más); prefiere, también, la espera, salirse del lugar y del tiempo, viajar a Limmermonk para no cerrar su relación con Vera. (aplazar el final, confiar en las probabilidades y en la contigencia). Por eso, también, Napoleón Bonaparte se pasea por los baños y las habitaciones de Toole para hablar con él, para aconsejarlo, para contarle sus propias guerras y para negar su propia muerte (y no es que Toole esté loco, ya lo dice él mismo: "Los locos no creen ser Napoléon. Los locos prefieren creer que son Jesucristo, con su corona de espinas y su pesada condición filial. (...) Mi amigo Napoleón está al margen de todo eso, me saluda de tanto en tanto, me trae sus preocupaciones de ultratumba..." (157)). Por eso, porque el relato de Napoleón Toole funciona como talismán contra la muerte, hacia el final de la novela, otra cita irrumpe: "Sólo donde hay sepulcros, hay resurrecciones." (175).

 

 

 

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[Hablando del asunto]

Áreas léxicas

por Matías Fernández

 

Gracias al pedido de un amigo tuve que hacer un repaso de todos los libros que había leído a lo largo del año. Esas cosas no son fáciles. Todo lo que pasó de abril para atrás parece que fuera de otro año o década. Sin embargo después de sacar la maleza pude quedarme tranquilo diciéndole que el mejor libro que leí este año se llama Precipitaciones aisladas. Estos señalamientos suelen ser injustos, pero no este caso, por eso abrí el paraguas previamente. Se trata del mejor libro que leí. Recibí comentarios de otros tantos que parecen ser excelentes, pero el tiempo es finito, ya lo sabemos.

Precipitaciones aisladas es una novela breve (no llega a las 200 páginas) de Sebastián Martínez Daniell que sin embargo se estira como la masa de la pizza entre las manos. Napoleón Toole, el protagonista, escapa de una realidad que lo asfixia en la gran ciudad, la capital de Carasia, un país insular, ficcional e indeterminado, pero sin embargo inserto, mucho más que otros "países de novela", en una tradición occidental. ¿Qué le pasa a Napoleón? Escapa de su mujer o más bien se toma un descanso, necesita pensar. Una familia del pueblo pesquero Limmermonk, donde llegó en tren, lo hospeda. Una madre con su hijita y un marido que, como buen pesquero, aparece de vez en cuando.

Apenas empecé a leer Precipitaciones... sentí que leía una novela decimonónica. Entendí que ese efecto está minuciosamente buscado, al repasar la contratapa. Pero eso no me decepcionó. Ese personaje, Napoleón, que no huye de otro más que de sí mismo, camina por un pueblo ferroviario que parece todo pintado con una estética steampunk delicada y literaria. Páginas más adelante, a medida que la primera impresión cede, se inmiscuyen otros colores que permiten no encasillar a la novela en la simple exposición de una escenografía.

Otro detalle que salta a la vista entre la minuciosidad y que se desprende del título es la fragmentación del libro. No me refiero a la fragmentación en el sentido (y como lugar común también) del montaje, de capítulos cortados que van y vienen narrando diferentes momentos de la vida del personaje. Estoy hablando del cultivo de diferentes áreas léxicas cuidadosamente delimitadas y al servicio de metáforas específicas. El océano, los trenes, las hormigas, cada compartimiento estanco delimita qué y cómo puede ser dicho: "Nos quedamos inmóviles un rato, esperando el cíclico diluvio, con todos mis sonares nocturnos estropeados por tanta fosforescencia. Hasta que le pregunto algo y eso basta para que ella inicie la toma del Palacio de Invierno. Su lengua coralina se despega de mi boca. Crece la tempestad intracorpórea, naufragan los bacilos entre las encías, en el oleaje de nuestra saliva. Se sublima lo sólido en lo aéreo."

Disfruté la lectura de Precipitaciones aisladas, pero también me gusta ver cómo Entropía persiste en el tiempo a pesar de ser un sello pequeño con una identidad tan marcada y homogénea, no tan solo desde el diseño de su colección, sino también en cada uno de sus autores, que a pesar de correr por caminos propios e individuales comparten un vínculo, un imaginario radio que los agrupa, en el centro.

 

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[Bazar americano]

Para quedarse un rato más

por Paula Tomassoni

 

«De todos los diálogos posibles entre un lector y una novela, el más incómodo es aquél en el que se pretende dar, justamente, comodidad: el narrador que explica, que allana, que programa ordenar la sintaxis con sintaxis. En la otra punta estaría el escritor que deja esa incomodidad al lector. Y ese (éste) diálogo es el mejor de los posibles: un libro que convoca desde la inteligencia, la sensibilidad, la experiencia. No es sorprendente que su autor, Sebastián Martínez Daniell, tenga esas consideraciones hacia el lector. Él es un lector, o, para pensar antropológicamente, él quiere que se sepa (se crea) que es un lector.»

«Plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo. Evolucionemos: nada de esto hace hoy a un hombre. Para serlo, hay que crear un mundo. Un mundo total, con su geografía, su clima, su sistema económico. Con las crisis psicológicas recurrentes en sus habitantes, su fauna alterada por la mano humana, sus costumbres alimenticias. Macondo, Santa María, Comala. Ciudades legendarias construidas con palabras, que parecen escondidas en algún punto interior del territorio conocido. Carasia (el país en Precipitaciones aisladas) es el exterior, lo otro, aquello. Una isla cuyo mar determina la existencia de sus habitantes (...) En Carasia hay una Historia (que Vera está escribiendo en un Manual escolar), con una Guerra de Secesión, que enfrentó al Norte y al Sur por la redistribución de los tributos federales. En Carasia hay música y un idioma. En Carasia hay una fauna, un gentilicio, un periódico. Y un estado climático que a veces llega a ser casi un personaje, y recurrentemente está explicado con tecnicismos y minuciosidad.»

«Es a través de esos intersticios y de los análisis y conclusiones del narrador desde donde se compone su punto de vista, que no es, en este caso, simplemente una figura retórica. El punto de vista Toole es un modo de leer el mundo, de interpretarlo para vivirlo. Es un abrir constante de puertas que, riéndose de las líneas de tiempo y espacio, conectan todos los potenciales. Carasia no es un mundo inventado, sino un mundo literario, es decir, que abre a quienes lo leen la visión de otros mundos tampoco fotografiables. Y eso gracias a un autor generoso que confía en sus lectores. Precipitaciones aisladas es uno de esos libros a los que se entra para quedarse un rato más. Quedamos a la espera, entonces, de las nuevas creaciones de Martínez Daniell.»

 

 

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[HiperCrítico]

Una novela sobre la lluvia

por Juan Terranova

 

"Yo fui engendrado en Limmermonk. Así lo dicen mis padres cada vez que pueden, como si mi concepción fuese un atractivo turístico más. Quizás por eso, cuando llegaron mis vacaciones de otoño y Vera no escuchaba, o no entendía, o simplemente no venía a apoyar su cabeza en mi estómago, decidí que Limmermonk era un poco mejor que cualquier otro lugar. Entonces, sin haber dormido y antes de que amaneciera, armé un bolso liviano, cerré la llave del gas, apagué las luces y caminé hasta la Estación Central del Sur. Llovía despacio, apenas mojaba." Así empieza la trama de Precipitaciones aisladas, la segunda novela de Sebastián Martínez Daniell, que viene de ser editada por Entropía.

El protagonista es Napoleón Toole, un melancólico meteorólogo que viaja a un pueblo costero fuera de temporada con el propósito de entender los desfasajes emotivos en los que se encuentra su relación con Vera ("La noche que conocí a Vera, mi amigo Brannigan me contó que había comenzado a tratarse con un médico mudo"). La novela resulta, ya desde su título, un relato sobre las articulaciones fragmentarias y complejas entre amor y geografía, donde el amor es inacabado y fóbico, y la geografía recorre los paisajes mentales –extremadamente neuróticos– de un profesional de clase media, para describir de alguna manera a un narrador muy dado a los devaneos introspectivos y a la contemplación.

Me animo a decir que cuando toca el ripio o se vuelve aparatosa –a veces ocurre–, la prosa de Martínez Daniell empuja en el sentido de la atolondrada búsqueda de Napoleón. Sus alucinaciones –en las que enfrenta a su homónimo histórico–, la saga que componen las diferentes pérdidas de las diferentes tortugas familiares –¿quién no tuvo y perdió una tortuga?–, y la descripción de un juego de plaza infantil con forma de gusano sonriente, están dentro de lo mejor de la novela. Pero el centro, sin duda, es la ajenidad del protagonista frente al mundo, frente a su propio amor y frente a su propia existencia. "Podría condensar todo en la prosa esclarecida de una relato mítico" escribe Martínez Daniell. Pero no lo hace. En su lugar, se decanta por los detalles y deja que Napoleón camine por la ciudad, discuta sobre el clima y se relacione con, entre otros, un pescador, una niña en la entrada de la adolescencia y meteorólogos rivales. No solamente en sus mejores momentos esa deriva es atractiva.

Cuando ya cansa de parte de la crítica el largo, tedioso y fraudulento ritornello "una obra que parece salida de otra parte", o una "obra que surge de la nada", Precipitaciones aisladas muestra cierta originalidad, cierta placidez y confianza en entregarse a senderos narrativos poco transitados. Sin embargo, hay gestos reconocibles en los que puede rastrearse la influencia pesada de César Aira y de los diferentes escalones de su progenie (por usar una palabra solidaria al léxico de Martínez Daniell). Sin embargo, lo más sólido de la novela surge cuando se narra, con las herramientas básicas del realismo, situaciones raras, tensiones cotidianas que no por serlo se escuchan como menos ominosa. También hay algo de Leopold Bloom en este Napoléon Toole pasado por agua, en su construcción de personaje perplejo frente al mundo, su extravío, la ciudad que recorre y sus momentos de epifanías resignadas. En su apellido se esconde el tragicómico autor de La conjura de los necios. Lo cual no me impide preferir otra alusión. La irónica, velada apenas por una letra "e" final, a la herramienta genérica, verbo o sustantivo, símbolo de un pragmatismo del que Napoleón carece.

El campo intelectual argentino atraviesa un momento de inseguridad donde su sensibilidad primera resulta más afín a los gestos miserabilistas de autores populacheros antes que populistas. Es probable, entonces, que prescinda de atravesar la complejidad de Precipitaciones aisladas –no tan compleja después de todo–. Para los que se tomen el tiempo de hacerlo, y más aun para los que pueden disfrutar de empáticas arbitrariedades y sutiles lapsos de extrañamiento, la experiencia resultará muy gratificante.

 

     
     

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