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"Nada tan complejo como narrar la historia de una mirada cuando el mundo parece recién creado. En La sed, el ojo del narrador extrae del paisaje un retrato asombroso de la infancia: la vida adulta como infierno nómada; la pampa, la familia, el alcohol y el ritual de la caza como instantes de peligro que desafían la inocencia. La prosa de Hernán Arias es milagrosa porque articula la forma más misteriosa de la temporalidad -el recuerdo-, en un continuo de horas y días indivisibles. ¿Por qué llevar la memoria tan lejos, a un límite tan parecido a la muerte? Para que suceda la infancia. En ese plano semejante a un espejismo, algo extraordinario y mínimo siempre está por ocurrir en la pampa.
Pocos escritores pueden dominar la infancia desde una nostalgia cerrada, sin arruinar su enigma. Por suerte Hernán Arias es una de las excepciones y da cuenta de eso en una primera novela que, si invirtiéramos los tiempos de la vida, podría ser el resultado de años futuros de escritura."
Oliverio Coelho
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Fragmento |
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Junio, 1986
Salimos de la casa en silencio. Mi padre me hizo señas, cuando me despertó, para que no hablara. Las mujeres seguían durmiendo. Mi abuelo ya estaba afuera cuando salimos. Había desatado al perro. El perro caminaba en todas direcciones, excitado, buscando rastros entre los árboles frutales. Hacía frío. Mi padre había preparado café mientras yo me cambiaba. Mi tío salió en último lugar. Traía la campera y el cinturón con los cartuchos en una de sus manos. Los tres tomaban café. Mi padre había puesto el café en un termo y lo había llevado al patio. Yo había tomado un jarro de leche antes de salir de la casa. Mi padre me lo había alcanzado cuando terminé de vestirme. Había una brisa fría y estaba nublado. Los eucaliptos que rodeaban la casa agitaban sus ramas más altas, zumbando, y parecían tocar las nubes. Hay neblina, dijo mi tío. Faltaban algunos minutos para las siete. Sentía el aire frío tratando de llegar a mi piel. Lo sentía empujando la ropa y las botas y el gorro y los guantes de cuero. Mi tío seguía sin ponerse la campera. Se había puesto el cinturón, pero tomaba el café con la campera en su brazo. Parecía no tener frío. En un momento mi abuelo sacó una petaca metálica de uno de sus bolsillos y le agregó un chorro de un líquido transparente, como agua, al café. Mi tío dijo algo y los tres sonrieron. |
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Hernán Arias nació en San Francisco, Córdoba, en 1974. Publicó el libro de cuentos Los invitados (2004) y la novela La sed (2005), con la que obtuvo el Premio provincial de novela Daniel Moyano. En el 2007 ganó la beca de escritura del Fondo Nacional de las Artes. Actualmente dirige la colección de nouvelles
"Temporal. Narrativa del bicentenario", editada por la Universidad Nacional de Villa María, vive en Buenos
Aires y trabaja en el suplemento Cultura del diario Perfil.
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