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  El animal sobre la piedra
Daniela Tarazona

106 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2011
ISBN: 978-987-1768-03-5
       
     
 
 
         
           
             
       
 

Tras la muerte de su madre, Irma resuelve tomar un avión y refugiarse en una playa. A medida que atraviesa el duelo, el cuerpo de la protagonista, su instinto y su percepción, comenzarán a experimentar una transformación tan inesperada como natural.
El proceso de metamorfosis que lleva hacia la animalidad ha sido explorado por la literatura desde sus mismos inicios, con hitos célebres que van desde la mitología clásica hasta la prosa contemporánea. En este libro, Daniela Tarazona ha logrado abordar el tema desprendiéndose del lastre de la literatura fantástica y el simbolismo didáctico. El animal sobre la piedra es una novela profundamente biológica e introspectiva antes que una fábula o una digresión acerca de lo sobrenatural.
Con un estilo preciso y visceral, Tarazona presenta en esta páginas el recorrido clínico de una mutación radical. Un cambio cuyos síntomas fisiológicos son emergentes de una evolución más íntima que contiene, al mismo tiempo, resonancias universales.

 

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Fragmento

I. Anunciación




Mi casa fue el territorio de un suceso extraordinario. Después de la muerte de mi madre un gato de color gris entró a mi cuarto y orinó bajo mi cama.

Entró mientras empacaba y me miró como si me conociese. Le grité que saliera y el corazón me brincó dentro del pecho. Su presencia me obligó a dejar el cuarto. Lo observé desde la puerta, estaba sereno aunque yo temblaba. Él subió a la cama para husmear mi equipaje. No se iba, no se inquietaba ante mi desagrado o mis aspavientos, incluso se acostó sobre el colchón. Regresé con una escoba para amenazarlo, si se quedaba quieto o se escondía no hubiera sabido qué hacer. El gato se
metió bajo la cama. Es imposible sacarlo de ahí, pensé.

Era la una de la mañana, caminé de un lado a otro de la sala,
amedrentada por la corpulencia del robusto animal. Descubrí la ventana de la cocina abierta, las macetas de la cornisa volteadas y dije en voz alta: “Entró por la ventana”.

El gato maulló en el cuarto, parecía estar en celo.


(El ruido del mundo a veces produce un aullido interior que contenemos.)

 
                 

Autor

 

 

 

 

 

   
         
                         
       

Daniela Tarazona (ciudad de México, 1975) es autora del libro de ensayo Clarice Lispector (Nostra Ediciones, 2009). El animal sobre la piedra es su primera novela, considerada una de las diez mejores obras de su tipo publicadas en México durante 2008. Ha sido editada en México por Almadía y, próximamente, será publicada en Italia por la editorial Semilla.

         
                         

Reseñas

 

Radar Libros
(Sebastián Basualdo)

Bazar Americano
(Ignacio Iriarte)

Los Inrockuptibles
(Oliverio Coelho)

Revista Ñ
(Alejandra Zina)

 

Entrevistas

Revista Ñ
(Andrés Hax)

Tiempo Argentino
(Norma Rossi)

Eterna Cadencia
(Patricio Zunini
)

 

[Radar Libros]

Cambio de piel

Por Sebastián Basualdo

La intolerable sensación de desarraigo y el modo en que el desconsuelo nos ubica frente a la vida luego de la desaparición física de nuestros padres es un tema recurrente en la literatura. Simone de Beauvoir lo narró de manera magistral en Una muerte muy dulce al abordar esa experiencia que sólo le sucede a los otros desde la perspectiva de una hija en relación a su madre. Algo de esto parece reverberar muy al comienzo de El animal sobre la piedra, novela de la escritora mexicana Daniela Tarazona.

“Desde que mi madre murió cada noche es de pensamientos. Llego cansada a la cama, duermo poco y despierto con temblores. Yo no estoy enferma. Quiero escapar. Ansío la fuerza que me llevará a hacerlo. Pienso en probar suerte en la tierra de mi madre, luego dudo, porque no me sentiría bien allí, así que escojo viajar al extranjero”, dice la joven Irma; y quizá por eso resulta plausible y no sorprende en lo más mínimo que decida viajar, huir, a sabiendas de que cada paso que dará en el extranjero inevitablemente la acercará más a lo que inevitablemente debe ocurrir: encontrarse consigo misma.

Pero es justamente en este punto donde El animal sobre la piedra da un giro interesante, desconcierta al lector por un momento y rápidamente lo lleva a un universo narrativo que no esperaba y cuyas leyes sólo pueden comprenderse si se piensa que se trata de una novela signada por lo más variado de la literatura universal, donde confluyen el tono lacónico y pausado de una Marguerite Yourcenar y el alegórico mundo inaugurado por Franz Kafka en su célebre relato La metamorfosis. Ocurre que poco después de la muerte de su madre, Irma decide tomar un avión hacia un país con clima apacible y playas, sobre todo eso: el único lugar posible para alguien que no sólo pretende dejar atrás su pasado, sino que también intuye que se prepara para algo mucho más grandioso y determinante: abandonar su cuerpo y mutar en un animal que hace pensar en una iguana o un lagarto. Allí conocerá a un enigmático hombre que tiene por mascota un oso hormiguero y con quien podrá compartir algo de esta experiencia fascinante, íntima como el amor o la locura. Aunque sólo una parte; porque hay una zona de lo que llamamos real, cierto nivel de conocimiento en relación con la naturaleza al cual solamente accede la mujer porque le está vedado por completo al hombre. “Estoy confundida. Si procuro entender esta transformación con las herramientas de mi conocimiento, me desespero. Nada de lo que sé tiene utilidad para enfrentar este fenómeno. Mi compañero, sin embargo, es más comprensivo que yo conmigo misma: él aceptó ser testigo de mi metamorfosis.”

Ahora sólo resta leer esta excelente novela en clave, dejarse llevar por su simbolismo o acaso atender lo verosímil del relato fantástico para acompañar a Irma en su transmutación mientas la realidad se ordena a su alrededor hasta alcanzar la dimensión de un viaje introspectivo que sólo agotará su sentido al final; y de ese modo despojar al lector de toda incertidumbre respecto de lo que verdaderamente sucedió con ese cambio de estado. Reflexiva y poética, El animal sobre la piedra tiene mucho de esas características que se le endilgan a la novela posmoderna: fragmentarismo, dislocación del orden temporal y dibujos acompañando el texto para resignificar los planos de la historia.

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[Bazar Americano]

La metamorfosis de un cuerpo

Por Ignacio Iriarte

Como se sabe, la metamorfosis tiene una amplia tradición. En la Antigüedad Clásica el argumento juega un rol central. La metamorfosis suele ser un relato que cuenta la transformación de una divinidad en alguna cosa de la naturaleza, por ejemplo la metamorfosis de Narciso en la flor que crece junto al río. Así, establece una comunicación entre el mundo profano y el mundo de lo sagrado. A fines del siglo XIX, pero retomando viejas tradiciones, los hombres lobo y los vampiros, con sus poderes para transformarse en murciélagos, lobos, ratas, insectos y niebla, conectan el tema con la animalidad que late debajo del hombre, forma mediante la cual la literatura recupera, tras el racionalista siglo XVIII, los temas góticos, los temas de la cultura goda que habían quedado sepultados como irracionales. Poco después, el gran libro de Kafka retoma la metamorfosis para elaborar una extraordinaria metáfora del individuo ante el peso de una sociedad burocrática que masifica a los hombres y los transforma en seres anónimos e indiferentes. La filosofía no fue ajena a este argumento inquietante. Algunas décadas atrás, Gilles Deleuze y Félix Guattari volvieron a la metamorfosis a través del “devenir animal”, concepto mediante el cual comprendieron la necesidad de salir del familiarismo y de las instituciones sociales que constriñen al ser humano.

Con la novela El animal sobre la piedra, la escritora mexicana Daniela Tarazona se inscribe en esta amplia tradición. Con un estilo fragmentario, en el texto recupera la metamorfosis para establecer un relato incierto sobre el cuerpo y sus transformaciones. El tema, asimismo, le permite salir de la literatura de lo originario, tan presente durante el siglo XX, que en México tiene su gran realización en Pedro Páramo. Como toda oposición, esta diferencia se basa en algunas similitudes. La más importante es que Tarazona y Rulfo escriben relatos de viaje tras la muerte de la madre. En Pedro Páramo Juan Preciado busca la tierra en la cual Dolores Preciado ha sido feliz, sembrada de trigo como miel derramada y de sus recuerdos que se pegan en las paredes de las casas a medio caer. Casi no hace falta citar el comienzo: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo”. Juan Preciado busca el origen en esa tierra de su madre y por eso mismo busca a su padre, para cobrarle el olvido en el que los tuvo. En cambio, Tarazona le arranca a la muerte de la madre un camino opuesto, un viaje que no es hacia el pasado, hacia el origen mítico y a la noche de los tiempos, sino hacia el futuro abierto de la metamorfosis. Narrada en primera persona, como si fuera el cuaderno escrito por una mujer joven pero de edad incierta, en las primeras páginas de El animal sobre la piedra se propone este camino inverso al de la narrativa de los orígenes:

"Desde que mi madre murió cada noche es de pensamientos. Llego cansada a la cama, duermo poco y despierto con temblores.

Yo no estoy enferma. Quiero escapar. Ansío la fuerza que me llevará a hacerlo.

Pienso en probar suerte en la tierra de mi madre, luego dudo, porque no me sentiría bien allí, así que escojo viajar al extranjero.

La salida no está hecha de pensamientos articulados, es el deseo en estado puro: correr como un animal perseguido."

Irma, así dice llamarse en un momento la mujer, escapa efectivamente como un animal perseguido. Viaja en avión y al llegar a destino comienza a experimentar una serie de transformaciones en su cuerpo: una noche se le desprende la piel y un día se echa a asolearse en una piedra junto al mar. Encuentra a un hombre raro con un oso hormiguero que hace de perro y continúa sus mutaciones hasta convertirse, casi completamente, en una iguana. Tarazona abandona el relato de los orígenes, que Rulfo llevó a su máxima expresión y tal vez a su acabamiento, y retoma la larga tradición de la metamorfosis. Con esto, compone una narrativa en la que se cruzan algunos de los temas que atraviesan la contemporaneidad: la subjetividad, la locura, el cuerpo propio y la reivindicación de lo femenino.

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[Los inrockuptibles]

El animal sobre la piedra

Por Oliverio Coelho

Al revés que en otras reseñas, para hablar sobre la primera novela de Daniela Tarazona (Ciudad de México, 1975) habría que empezar por una conclusión simple y abreviar el cortejo. El animal sobre la piedraes un libro extraordinario. No es extraordinario lo que relata, pese al irresistible comienzo –“mi casa fue el territorio de un suceso extraordinario”–, sino todo lo que se anuda, sin ser historizado ni narrado, en la voz –o si cabe, en la sensibilidad hipnótica– de la protagonista, Irma, a quien conocemos más por su condición que por su pasado.

Tras la muerte de su madre, experimenta una lenta transfiguración, un cambio de piel. Guiada por el instinto, como si su duelo y el mar fueran elementos complementarios, vuela hacia una playa. Ahí la metamorfosis estalla, y el vía crucis del cuerpo, aunque se manifiesta en una variación física que acerca a la protagonista a ese animal mimético por excelencia –el reptil–, reproduce el deseo de vivir, que no es otra cosa que el de adaptarse a una interioridad nueva. Irma adopta dos compañeros en una casa, un hombre y un oso hormiguero, dos seres que calzan en esa interioridad que ella heredó de forma inesperada. Al menos son testigos de esa especie de oasis espiritual que aumenta a medida que el duelo se vive como metamorfosis y la narradora cambia sus hábitos alimenticios, se tiende al sol cada día, consigna cada variación como si del hilo de estas observaciones/confesiones pendiera su identidad.

De esta rutina perceptiva está hecha la primera persona taxonómica de Tarazona. Si por momentos El animal sobre la piedra parece tener el carácter fragmentario de un diario, se debe a que este libro es, por sobre todo, una narración en clave íntima que, a través de una transformación gradual, da cuenta en realidad de una conversión y de una sucesión: de hija a potencial madre. Esa sucesión es el secreto que se abre a medida que la narración encuentra huecos –en el cuerpo–, callejones sin salida –en la experiencia animal. No sabemos si esa mutación, que incluye una experiencia mística con la maternidad y un pasaje surrealista por la medicina, es un sueño o no.

No dejar en claro si todo es una proyección derivada de una sensibilidad privilegiada o si es una pesadilla de la civilización es un mérito más de Tarazona. No importa ni la indeterminación ni la verosimilitud de la historia. Importa, entre otras cosas, que por fin la sensibilidad de una escritora latinoamericana contemporánea logra dialogar con las poéticas sobrenaturales de Clarice Lispector y Silvina Ocampo.

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[Revista Ñ]

La piel que habito

Por Alejandra Zina

La primera novela de Daniela Tarazona –publicada en 2009 por la editorial mexicana Almadía y ahora reeditada en Buenos Aires por Entropía– habla del cambio. No del cambio social, sino del cambio de una mujer a partir de la muerte de su madre. “Yo perdí a una persona cercana y me di cuenta de que cuando perdemos a alguien, hay un cambio interno, surge una nueva especie dentro de nosotros, surgimos como un nuevo bicho, alguien distinto”, confiesa en una entrevista.

El duelo de Irma, protagonista y narradora de El animal sobre la piedra, comienza con una picazón en la piel que será la señal de una metamorfosis irreversible. La joven deja su casa, su ciudad y viaja a una playa lejana. Y en ese viaje también deja su cuerpo. Literalmente cambia de piel y, poco a poco, adopta la naturaleza de una iguana. Aparentemente, los únicos testigos de su transformación son un hombre y su singular mascota, un oso hormiguero llamado Lisandro, que la encuentran hambrienta y la invitan a instalarse con ellos. En esta historia los únicos que tienen nombre son los animales, un privilegio literario que retoma la histórica fascinación de los escritores por el lado bestial del ser humano.

Opuesta a la dramática y letal metamorfosis del viajante de comercio Gregorio Samsa, Irma acepta y se adapta a su nueva vida. Es más, su mutación se presenta como un fenómeno apacible y positivo, como si de algún modo obedeciera a su voluntad. Irse y transformarse es dejar atrás el dolor y las mujeres sufrientes con quienes se crió: su mamá y su hermana Mercedes. En este sentido, El animal sobre la piedra encarna la búsqueda de una nueva forma de ser mujer, liberada del mandato de casarse, tener hijos y formar una familia.

Existe además un empeño poético, no solo en los dieciocho capítulos breves que componen la novela, fragmentados a su vez en párrafos cortos y espaciados, sino en la escritura que registra de forma minuciosa la mutación física. Una prosa estilizada que persigue obsesivamente frases trascendentes: “Los testigos suelen ser personas débiles que se dejan llevar por sus pasiones y oscurecen lo que ven. De su mirada está hecha buena parte de la historia”. Clarice Lispector y su vocación salvaje funciona como faro desde el epígrafe, pero su influencia va más allá de esta ficción. En 2010 Tarazona publicó un elogiado ensayo sobre la gran escritora brasileña.

No hay sociedad alrededor de Irma. Nadie la ataca, nadie la margina, nadie le impide ser lo que quiere ser. Sólo un difuso médico y una difusa enfermera la atienden con una preocupación casi burocrática. Sobrevuela la ambigüedad. ¿La mujer convertida en iguana es real? ¿Es un sueño? ¿Es una expresión de deseo? No lo sabemos. Se dice que la autora ha logrado desprenderse “del lastre de la literatura fantástica”. Habría que meditar en qué circunstancias lo fantástico es un estorbo y no un trampolín para saltar, tomar vuelo y hacer el mejor clavado de todos.

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[Revista Ñ]

"Siento peligro cuando escribo"

Por Andrés Hax

La primera novela de la autora mexicana Daniela Tarazona, El animal sobre la piedra (Editorial Entropía) pareciera ser una cosa sencilla. De 103 páginas y 18 capítulos se puede leer rápido. Pero el efecto del relato, su peso onírico y lírico, no se puede medir en meros números. El animal sobre la piedra es un libro sutil y desconcertante. Tarazona estuvo en Buenos Aires para presentar su edición Argentina (el libro fue publicado en México en el 2008). Nos juntamos con ella en el café de una librería turística de la calle Santa Fe para hablar de este “animal” como ella refiere a su novela cuando firma una dedicatoria en la solapa del libro. 

El animal sobre la piedra arranca con un eco de El extranjero de Camus y termina como primo hermano de La metamorfosis de Kafka. Se muere la madre de la protagonista y para llevar el duelo se toma un avión a una playa. El relato transcurre en un no-lugar: podría ser México, Brasil, Argentina o cualquier otro país del mundo. Llegada a la playa Irma siente unas transformaciones leves en su piel y en su forma de percibir el mundo. Y es que lentamente se va convirtiendo en un lagarto. (Un compañero de la protagonista le dice a Irma en plena transformación: “Eres un animal prehistórico y estas viendo trascurrir el tiempo que nadie más ve.”) Los capítulos cortos parecieran esconder símbolos secretos, como si se tratara de un poema en prosa. A diferencia de Gregorio Samsa, el personaje kafkiano, Irma no se angustia con su metamorfosis. Todo lo contrario. Se libera y se asombra; por fin se siente ella misma. 

Tarazona nació en la Ciudad de México en 1975 y reside en el DF, pero dice que no se siente con raíces firmes a ningún lugar. Actualmente trabaja en dos novelas nuevas. Una beca le ha permitido hacerse más tiempo para la escritura. Esta primera obra, por más breve que sea en páginas, fue el fruto de casi seis años de trabajo. De reescribir, reconfigurar, rearmar. Parte la escribió con la dirección del escritor Mario González Suárez, con quien se juntó como resultado de ganarse una beca para artistas jóvenes.

Tarazona nos cuenta: “Cambié el relato de tercera primera persona y empecé a meterme en la metamorfosis – cuando de pronto volví a leer lo que había escrito, me asustaba… Era un gran extrañamiento. No podía entender, no tenía el registro mental de cómo habían salido esas palabras. Había sido un trance. Me dio una sensación abismal. Y llegué a la beca y le conté a Mario que sentía miedo y me decía, ‘Pues si sentiste miedo está bien. Eso es lo que tienes que sentir.’”


¿Cómo pensaste la prosa de este texto?
En esta novela, para mi fue muy importante la contención – no usar más palabras que las justas. Y los silencios. Por eso también tiene esos espacios en blanco. 

¿Esta pensada poéticamente también? ¿En el sentido que esta lleno de símbolos que dirigen la trama?
Para mi es importante el lenguaje y la condensación. La transmisión de una emoción a través del lenguaje. Entonces lo que yo procuré todo el tiempo, y que es algo que hago siempre que escribo, es tener muy clara la emoción de la que partí, con la que comencé a escribir - y tratar de que todo lo que escribo sea pensando en eso. 

¿Como sostienes eso a través del tiempo de la escritura? En este caso, seis años…
Quizás fueron seis años porque era mi primer libro y entonces me tardé en encontrar la voz y la forma. Me llevo cuatro tratamientos hasta llegar a esto. Fueron cuatro manuscritos a cabo y a rabo completo. Al principio era una novela en la cual quise conocer el proceso interior de un personaje. 

¿Y cuándo escribías? ¿Todos los días?
Para mi es difícil la escritura. Mucho, mucho. Entonces tengo que contar con un estado que no se cómo propiciarme,  un estado anímico determinado. Necesito sentirme  segura, estar atravesando por un momento, pues no sé, en donde fluya. 

¿Y eso lo esperas o lo construyes?
Lo espero, lo espero. No lo puedo construir. Este libro para mi fue muy importante también a nivel personal. Tuve todo un movimiento interior muy grande al escribirlo. Esto que te decía: de leer lo que había escrito y asustarme. Entonces la escritura no me parece para nada un territorio de seguridad. Siento peligro cuando escribo. Es sumamente placentero,  sobretodo cuando logré bajar las palabras que eran las precisas y decirlo, y escribir así de verdad. Pero yo estoy convencida que la escritura no es un territorio que yo voy a transitar sin que nada me suceda. Y creo que eso es importante. 

¿Y el miedo qué es? ¿Temor a desestabilizarte emocionalmente?
Si claro. O poner en duda una serie de cosas que creo saber sobre el mundo y sobre las personas. 

¿Por ejemplo, que son buenas?  
Y más… Que tiene sentido el mundo, cuando no lo tiene, muchas veces. Son como hallazgos – uno puede de pronto ver el mundo a través de ellos pero quizás no pueda vivir con ellos. Entonces una vez que los encuentras, pues quizás si son tan duros, tienes que dejarlos en el territorio de la ficción y de la pregunta.

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[Tiempo Argentino]

De regreso a la metamorfosis

Por Norma Rossi

Tuvo su primera experiencia literaria a los nueve años: un cuento protagonizado por un monstruo que irrumpe en un centro comercial; con ilustraciones de mano propia. Después posó su pluma en muchos diarios íntimos. Y en la adolescencia -imbuida del género elegido por su abuela venezolana Olga Kochen- sucumbió a la poesía, hasta construir dos poemarios inéditos. Luego cursó un doctorado en vanguardia de Literatura Hispanoamericana, en la Unversidad de Salamanca, donde la brasileña Clarice Lispector se convirtió en su madre literaria. Dictó clases, editó catálogos de arte y de  museos, un suplemento de libros; y colaboró en diversas publicaciones.
Paralelamente, en 2006 ganó la beca gubernamenal Jóvenes Creadores del  Fondo Nacional para la Cultura y las Artes Mexicano, con el proyecto de su primera novela: Terciopelo;  que a poco convirtió en El animal sobre la piedra (México 2008), considerada por la crítica mexicana como uno de los diez mejores libros del año. El mismo que acaba presentar en Buenos Aires. "En el primer manuscrito sucedían más cosas relacionadas con el pasado de la protagonista", dice Tarazona. "Como en el terciopelo, que tiene dos urdimbres y una trama, me interesaba cómo se entretejían esos tres personajes", completa. 

-¿Cómo fue ese proceso?
-Cambié la narración a primera persona, y empecé a reescribirla con el duelo como punto de partida. Hasta que una noche me di cuenta de que necesitaba que al personaje le sucediera algo representativo de ese cambio que sufrimos los que quedamos en el mundo tras perder a un ser querido. Y se me ocurrió que la mejor manera de simbolizar las emociones y este tránsito hacia otro estado vital era que se transformara en una especie de reptil. 

-¿Por qué un reptil?
-Primero porque lo consideré el animal que había conseguido ser más exitoso en términos de supervivencia, reproducción y adaptación al mundo. En ese sentido era el símbolo ideal para el personaje, porque se desprende de una vida y comienza otra. Pero no es una transformación que la protagonista padezca, sino una propuesta evolutiva que  asume con naturalidad. Incluso está segura de que todas esas nuevas condiciones sensoriales y vitales la van a transportar a un mejor estado en el mundo. Es una lectura sobre la resistencia. E incluyo una relación temática con la maternidad, para perpetuar la nueva especie;  y un planteamiento sobre la sexualidad contemporánea que, creo -merced al SIDA entre otras razones- ha atravesado asuntos que la vuelven amenazante y a la vez plástica. Como si el contacto sexual ahora tuviera que ser aséptico, pulcro. En ese extremo hay algo que tiene que ver con lo monacal.

-¿De qué modelos literarios te nutriste?
-Las grandes novelas que me han dejado fascinada: Crimen y Castigo, Madame Bovary, Palmeras Salvajes; cuyos personajes uno podría, al voltear la cabeza en un descuido, encontrar entrando por la puerta de su casa. Lo que me fascina de la literatura y la escritura es la posiblidad de vivir la vida de otro, como la reencarnación. Ese genio literario del que tengo muchas teorías sobre en qué consiste.

-¿Por ejemplo?
-En ese talento de meterse en el cuerpo de otro, un asunto como de transformación que en la medida de su intensidad y profundidad, hace que el personaje cobre una visión del mundo y actué de manera humana, en el sentido de lo imprevisible.

-¿Buscás para tus personajes un sesgo latinoamericano?
-Fíjate que no lo había pensado; pero una amiga española vio en mi novela muchas cosas muy mexicanas. Bueno, la serpiente es fundamental en la formación de México: el escudo de la bandera nacional la incluye junto a un águila a punto de devorarla; y en un pasaje de la novela, la protagonista -casi trasformada, con escamas y cresta-, siente de pronto una enorme amenaza porque la sobrevuela un águila. Así mismo, notó otros detalles relacionados con el sentimiento de sacrificio corporal, que también tiene que ver con México. Y creo  que hay muchos elementos de ese tipo en mi nueva novela.

-¿De qué se trata?
-Se llama Las fabulosas aventuras de Catalina Thompson. Es un personaje que tiene facultades especiales -como la telequinesis y la levitación-, más un corazón que rejuvenece su sangre; muy codiciado, y que le extraen varias veces por distintas razones. Pienso que eso algo debe tener que ver con el sacrificio de los aztecas.

-¿Qué mensaje querés transmitir con tus obras y a qué público?
-Tengo muchas cosas que contar; pero me interesan el cuerpo, la identidad. Ahora estoy trabajando mucho todo lo contemporáneo: los juegos de identidades que hay en Internet, la formulación de la imagen. Me interesan esos fenómenos, pero no los trato literalmente:  los convierto en otra cosa. Así, en mi próximo personaje hay un trabajo sobre si uno sabe quién es en realidad. Es decir, uno cambia todo el tiempo y hay ciertas ideas que tenemos sobre nosotros mismos; pero de pronto en hechos importantes -como la pérdida de un ser querido o en crisis vitales- todo puede irse por la borda, y comenzar otra vez. Creo que puede interesarle a la gente que se sienta incómoda;  que haya transitado o se acercó a los bordes de la realidad, la mente o el sentimiento, y que tenga inquietud de preguntarse qué son esos límites, qué hay en esas orillas, y cómo se regresa. Lectores interesados en una profundización de la mente y de las emociones.

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[Eterna Cadencia]

La evolución del duelo

Por Patricio Zunini

La mexicana Daniela Tarazona viajó a Buenos Aires esta semana para presentar su novela El animal sobre la piedra. Incluida en la lista de los “25 secretos mejores guardados de América latina” en la reciente Feria del libro de Guadalajara, la escritora ha cosechado elogios desde el momento en que publicó la novela, que fue elegida como una de las diez mejores de 2008. El animal sobre la piedra acaba de ser publicada en la Argentina por el sello Entropía.

Fábula biologicista, novela fragmentaria e introspectiva, consigue registrar los cambios como un devenir natural, libre de culpas o principios morales. La trama comienza con una mujer que acaba de perder a su madre y, en busca de sobrevivir, decide emprender un viaje hacia la costa. Es en ese paisaje diferente donde vivirá un proceso que le permitirá sobrellevar el duelo a través de una metamorfosis que poco a poco la irá alejando de su forma humana hacia una etapa evolutiva superior en forma de reptil.

En esta entrevista, Tarazona habla de El animal sobre la piedra y de cómo la afecta la expectativa de quienes esperan que la próxima novela sea aún mejor que la primera.

Quería proponerte comenzar con una cita del libro: la protagonista dice “yo deseo dar mi testimonio porque sé que otros padecen de la misma manera sin que puedan atestiguarlo”. ¿Cómo hace eco esta frases en la novela?
—Considero que el trabajo de la escritura es ser testigo. Por otro lado, la aparición del compañero y Lisandro tiene que ver la necesidad de que Irma estuviera acompañada por quienes pudieran completar la visión del proceso que ella atravesaba, pero sin juicio. Así también escribo: mi pretensión cuando me adentro en el cuerpo de un personaje es procurar que se desarrolle por sí mismo, sin que yo intervenga.

Pero ¿tu posición es la de testigo o testigo hacedor?
—Es testigo hacedor en la medida en que la escritura es la vía por la que atraviesan esas palabras, esas ideas, ese imaginario. Trato de que mi participación se de hacia el final de la escritura cuando ya ha han pasado muchas versiones, pero procuro encontrarme en lugares que nunca me imaginé. Que el personaje llegue a lugares que yo nunca pude prever.

Otra frase del libro. En un momento Irma, la protagonista, dice: “estoy compuesta por fragmentos, no soy un animal completo y desde esa carencia resulto extraña para quienes sí lo son”. ¿Esa característica fragmentaria de Irma hace que la novela también así lo sea?
—Creí que la mejor manera de contar esta historia y el proceso de mutación como forma de representar el estado de pérdida, de muerte y de supervivencia, era con frases muy cortas. Tratando de contener las emociones que me pudieran surgir con respecto al personaje y lo que pudiera bordar alrededor. Pensé que para que una historia así fuera más creíble tenía que ser fragmentada, tenía que incluir silencios donde el lector tuviera descansos para completar la lectura. Siempre quise caminar en un territorio de ambigüedad.

Hablás de ambigüedad y pienso en una nueva cita del libro: “si la realidad se deshace en un sueño el sueño es absoluto”.
—Me interesan mucho los límites: de la conciencia, de la narración, afectivos. Quise caminar en esa frontera de sentidos y formular un personaje que brinca en los dos mundos todo el tiempo, donde los sueños se confunden con la realidad y su propia cotidianidad. Parte de mi universo imaginario proviene en efecto de los sueños: en hace años soné con un animal prehistórico que estaba en una enorme pecera en mi cuarto y fue estremecedor porque tocaba al animal en el sueño y me desperté con la sensación de su piel babosa, acuática, rara. Me interesa el mundo de lo simbólico; el Diccionario de símbolos de Chevalier es mi libro favorito. Trato de hacer un análisis conceptual de lo que escribo y si algo me llama la atención busco su simbología y trato de explorarlo y darle un sentido. Ese es el trabajo de hacedor, un trabajo posterior.

En cuanto a la metamorfosis de Irma, ¿qué se esconde detrás de la elección de un reptil?
—Pensé que era un animal ideal para ella porque los reptiles representan la capacidad de sobrevivir con éxito. La capacidad de adaptación a través de millones de años de cambios en su biología, en su reproducción, para sobrevivir con éxito a  pesar de todas las dificultades que pueda presentar el ambiente en que habiten. Me parecía el emblema de la resistencia vital.

Hay otra metamorfosis en Irma: el pasaje de hija a madre.
—Es un libro sobre el cambio, sobre los desprendimientos que hacemos a lo largo de la vida. Siempre me produce un gran extrañamiento recordarme en la adolescencia: puedo pensar que esa adolescente era yo y sin embargo hay una parte en donde no puedo creer que yo haya sido aquella. Todas esas pérdidas y pieles que vamos dejando a lo largo de la vida me parecen fascinantes. Me intriga mucho qué puede pensar uno de viejo. Nuestra existencia consiste en muchos ciclos de muerte y renacimiento: es necesario morir y perderlo todo para renacer.

Antes decías que era importante la presencia de testigos que acompañaran Irma durante la metamorfosis. ¿Lisandro, el oso hormiguero que tiene el compañero de Irma como mascota, había sido antes un hombre?
—Pues Lisandro está muy humanizado. Es curioso, porque la aparición de ellos dos tenía que ver con un recuerdo del cuento “Amor” de Clarice Lispector que aparece como epígrafe en donde ella ve a un hombre que tiene como mascota a un coatí y entonces hace toda una disertación sobre cómo el hombre ha convertido a ese coatí en una especie de perro. Pero el coatí no es un perro y ella dice que el coatí en su soledad debe de preguntarse cuál es su identidad. Cuando escribía recordaba que el personaje era un oso hormiguero; al regresar al cuento vi que no era así. Pero mientras armaba la novela empecé a buscar cosas sobre el oso hormiguero y ciertas características me llamaron mucho la atención: sólo tienen una pareja, son solitarios, y hay un asunto que no sé bien cómo explicar sobre la procuración de la hormiga que me parecía muy rico como significado para la novela. Además me parecía importante que ella conviviera con un hombre y un animal y que en un momento empezaran a competir por el alimento.

Mencionaste a Clarice Lispector y tu segundo libro es un ensayo sobre ella. ¿De qué manera influye en El animal sobre la piedra?
—Como un modelo para lograr la contundencia de las frases. Ella tenía una capacidad genial de decir en pocas palabras cosas absolutamente trascendentes de la condición humana. Esa fue mi fascinación cuando la encontré. Me parece que es un principio literario y narrativo. Mi vocación de escritora es tratar de decir lo indecible, de nombrar lo que no puede ser nombrado, que sólo puede ser desde un aproximado. Es una inquietud a lo largo de la obra de Clarice, aunque dice que sabe que no puede fijar con palabras lo innombrable y lo misterioso y que si lo hiciera todo perdería. Es esa motivación de la escritura: crear un nuevo mundo, tratar de nombrarlo y, sin embargo, aunque sea un mundo que uno crea, es un mundo que funciona por sí mismo y que escapa.

¿Kafka fue un tema a considerar? No encontré menciones a La metamorfosis, salvo cuando ella come una cucaracha.
La metamorfosis fue una lectura importantísima para mí. En la primera presentación que tuve del libro en México, un autor molesto me dijo que iba a tener que lidiar con las comparaciones. Pero yo no estaba pensando en ningún texto sobre la metamorfosis. El binomio animal-hombre es muy antiguo, mitológico, y es algo que siempre está con nosotros todo el tiempo. Pero hubo un cierto gozo en comer la cucaracha. Insisto que La metamorfosis fue una revelación porque cómo es posible que en la tercera o cuarta línea ya no tengamos alternativa más que de creer que eso había sucedido tal como lo cuenta. Es absolutamente fascinante. Es entrar a otro mundo: habitar y creer en ese otro mundo. La diferencia que encuentro es que La metamorfosis es una historia descendente. Pasa también con El hombre lobo, de Boris Vian. Yo, en cambio, desde el comienzo pensaba en que la manera de sobrevivir en la vida ante una situación crítica es ir hacia arriba. Continuar es ir hacia arriba, es un movimiento evolutivo. Irma atraviesa una serie de sucesos naturales y, en la medida en que son aceptados así, es un movimiento ascendente en la escala evolutiva.

¿Cómo te llevás con esta novela que fue publicada en 2008 en México, luego aparecieron dos libros en el medio y ahora se publica en Argentina?
—¡De manera extraña! Estos días han sido intensos porque ha habido muchas entrevistas y tuve que abordar este texto que fue difícil de dejar. Estoy segura que hay muchos temas que voy a seguir trabajando en mis siguientes libros: lo corporal, lo biológico, la enfermedad, la identidad. Luego, el paso de la primera a la segunda novela es un paso difícil. A esta novela le fue muy bien, ha tenido muy buenas críticas, hicieron un gran tiraje en México y se agotó: siento que aunque no me lo digan hay cierta expectativa de que la próxima novela debe ser mejor. Agradezco haber escrito este libro porque es una fuente de hilos y de ríos que quiero seguir transitando y que me ha dado satisfacciones íntimas muy fuertes. Es muy importante para mí estar en otro país hablando de mi novela.

¿Cómo tomás que la Feria de Guadalajara te haya incluido como uno de “los 25 secretos mejores guardados de América latina”?
—Cuando me lo dijeron me puse contenta, pero casi inmediatamente pensé que me interesaba más conocer a los otros autores. Eso fue lo más rico: convivir con gente que tiene mis mismos intereses, que está escribiendo como yo, encontrar mundos comunes como con Fernanda García Lao. Mi mención parece más un producto del azar, de ciertos juegos que hay ahora de hacer listas (“cuáles son los cinco autores de la generación del setenta”, “cuáles son los cinco autores de…”) Eso siempre es momentáneo, pasajero, relativo, sujeto a visiones subjetivas. El trabajo de un escritor lleva muchos años y el papel que uno tenga en la literatura de su país estará definido cuando tenga setenta años. Mi intención, mi preocupación y mi energía quiero que estén enfocadas en la literatura. Al acto de escritura. Lo demás, si viene, bien, qué mejor. A pesar de que estamos en un mundo donde el marketing es tan importante, tengo la confianza de que la trascendencia la da el texto. Y el libro llegó a Buenos Aires porque gustó. En una entrevista que me hicieron hace poco yo me preguntaba en qué momento un escritor se volvió una persona que debe ser siempre elocuente, siempre diciendo la frase. Somos personas y todo esta exigencia es una petición rara que tiene más que ver con el mundo del espectáculo.