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  Las tormentas
Santiago Craig

192 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2017
ISBN: 978-987-1768-43-1
 
       
             
           
             
 

Con un lenguaje tan poético como preciso, con una maestría calma, llena de detalles y capas que se superponen hasta lograr una profundidad asombrosa, Santiago Craig relata estas ocho historias de personajes obsesionados por el paso del tiempo, de recuerdos míticos que se transforman en fantasmas, de hombres que necesitan controlar al menos algo, aunque sea sólo cavar un pozo en la arena para después meterse adentro.

La cotidiana desesperación de estos mundos los acerca a veces al fantástico, o al absurdo. Y sin embargo, sus habitantes en ningún momento son otra cosa más que seres humanos navegando en el caos de la vida, encontrándose y desencontrándose en una casa demasiado grande, reconociéndose unos a otros por el olor que llevan impregnado en el pelo. A veces es el olor del cansancio y el jabón blanco de la pobreza digna. Otras veces, es el olor de una tarta de atún, de un cuerpo amado, de la familia que supieron construirse bajo la tormenta.

Federico Falco

Contratapa
         
 
         
     
         
 

De "Formosa"

6.

Pensando, como era lógico, que el deseo de Segundo Deleany era que los formoseños de una vez se le fueran, otro consejo que le dieron fue que los ignorara por completo. Hay que dejarlos hacer, le decían. Como se los deja llorar a los chicos. Así se dan cuenta de que hacer es un error, de que hacer es inútil. Y desisten.

No era mala la recomendación, seguro le iba a servir para
otras cosas. Este asunto no era el caso. Porque de lo que
hubieran podido desistir Segundo Deleany no sabía ciertamente nada.

En los días que pasaron fueron armándose una rutina. Situaciones diarias que los iban llevando, lo normal de la comida, de los baños, de abrir y cerrar las ventanas. Pero también algunas cosas nuevas. Como los fueguitos del balcón, por ejemplo. Sin venir a nada, porque un asunto fue llevando al otro, con hojas al principio, con papeles y después con objetos que le iban pidiendo. Un portalápices, un rosario, las cartas de Elena, algunas medias sueltas, sus juguetes viejos, prendieron fogatas de dimensiones discretas y propias de una zona urbana. Nada que alarmara a nadie, pero suficiente para favorecer la charla y estar tibios. Contaban historias los formoseños y también sabían escuchar. Eran buenos en eso. Lo mismo que en rezar. Eran conocedores. Segundo Deleany no creía en el Dios de la Biblia, pero igual rezaba. A la noche, ensimismado, cerrando los ojos en la cama y pensando en una divinidad vaga, sin forma, omnipotente. Los formoseños le enseñaron a recitar una oración que pedía perdón por casi todo y que repetía quince veces la palabra "piedad", cerrando cada verso. A ellos no les parecía bien rezar sin estar de rodillas. Postrados ante Dios, le decían, así se le hablaba, humildes. Ese modo de pedir al cielo lo adoptaron los tres en fila y por las noches, después de lavarse los dientes, lo incorporaron a su rutina. Se repartieron también las tareas domésticas con la condición de nunca hacerlas solos. Mientras Acosta limpiaba los pisos, Segundo Deleany lo escoltaba con charla, le cebaba mate dulce. Le hablaba proezas de juventud, cosas ciertas del pasado: la vez que se acostó con dos chicas, cuando ganó el torneo de ajedrez en el club, el día que cruzó cosas turbias por la frontera. Si Miñona cocinaba, Acosta le coreaba alrededor canciones que incluían imitaciones del canto de algunos pájaros. Con naturalidad y fluidez se fue dando así la cuestión. Un día atrás de otro.

Segundo Deleany dejó de comentar el asunto en el trabajo. Y, salvo Favio alguna vez, nadie le preguntó más nada. Con lo que tenía, como solía ser, Segundo Deleany siguió adelante. Su desconcierto frente a lo que le pasaba, su desamparo, pensaba, no era mayor sino, tal vez, un poco distinto al de todos los otros.

 

Fragmento
             

Autor

 

 

Foto: Julián Shebar


 

   
       
                 
     

Santiago Craig (Buenos Aires, 1978). Publicó el libro de relatos El enemigo (2010) y el poemario Los juegos (2012). Sus cuentos fueron incluidos en diversas antologías y recibieron premios tanto en la Argentina como en España. Las tormentas fue reconocido con una mención especial en el Premio Iberoamericano Cortes de Cádiz.

   
                 

Reseñas

 

 

 

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