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  Caja de fractales
Luis Othoniel Rosa
102 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2017
ISBN: 978-987-1768-39-4
+Luis Othoniel Rosa en Entropía
     
   
     
 

“A la pregunta del millón (¿Hay un afuera del capitalismo?), Luis Othoniel Rosa contesta que sí, que hay y que no es uno sino cinco: el futuro, el espacio, la alucinación, la muerte y la literatura. Cinco milagros laicos que protagonizan una novela colocadísima, llena de mártires románticos, éxodos y secretos ecos argentinos."

Alan Pauls

Contratapa

 

 

 

 

 

 

 

 

     
   

Capítulo 5/ El año 2033

Vigilo las ventanas cuando los otros salen a cazar, mantengo la alacena limpia de roedores, si bien cada vez hay menos comida (y a mí no me gusta la comida que ellos guardan, me gustan los ratones que vienen por ella), me mantengo limpio, me estiro, medito y duermo unas veinte horas al día. Dormir todo el día no es cosa fácil. Especialmente porque en las habitaciones contiguas habitan unos doce moribundos. El olor de la muerte no les molesta a los gatos. Es parte. Y esos moribundos son lo mejor, gente muy cariñosa y tranquila. Ellos también duermen mucho, sólo se levantan para estirarse, comer y acariciarnos. Corrijo. Mi labor es estar
bonito para que los moribundos me disfruten, para asistir en la muerte feliz que predican mis gatos, Alice, Alfred y Trilcinea, quienes, sin embargo, son los únicos que perturban la paz de la casa. Se mueven demasiado. Casi no duermen. Entran y salen de la casa todo el día moviendo cosas de lugar, incansables productores de caos.

Y el gato se pasa el día de habitación en habitación, asegurándose de tomarse una siesta de al menos media hora con cada uno de los moribundos. Todos lo acarician de una manera diferente y complementaria.

Me acarician y me quieren, aun muriéndose, yo soy muy bonito. Muy bonito. Seguro que soy un dios.

Tanto sus orejas como su nariz detectan que Alfred abre la puerta y trae consigo mucho bacalao. Corre a la puerta para recibirlo, ser bonito y chantajear pescado. Alfred no lo puede evitar. Siempre le da al gato todo lo que pide. Consentidor, siempre ha creído que es mucho más lo que el
gato le da a él de lo que él le da al gato, entonces le da bacalao y lo mima. El gato le devolvió su sanidad mental en una época de agonía. Se lo ve preocupado, a Alfred. Tiene la piel tostada. No duerme pensando en los problemas, enlas cositas, en las responsabilidades. Sólo cuando fuma se
calma, o cuando cocina. Se mueve rápido, lleva el bacalao a la cocina. Le da un beso de piquito a Alice. Busca las papas en la alacena. Ordena las bandejas. Saca los cuchillos y las pinzas para filetear y luego desmenuzar el bacalao. Alice se sincroniza con los movimientos de Alfred. Llevan muchos años cocinando juntos. Antes consultaban y debatían los ingredientes de cada plato, y a veces se peleaban. Ella tenía una
influencia muy francesa en su manera de cocinar y Alfred odiaba a los franceses. A Alice, en cambio, le parecía que Alfred era medio bestia en la cocina, que no era delicado, que no le prestaba atención al detalle, demasiado ojo y poca ciencia. Pero tras años de práctica, y sobre todo después de la escasez, es como si sus cerebros culinarios se hicieran uno,
hemisferios complementarios, y se mueven sin hablar porque no hace falta, porque en la cocina se comunican mejor que en cualquier sitio, porque los dos están llenos de preocupaciones y en la cocina las olvidan, o las simplifican, o las ponen en perspectiva, porque alimentar a la gente siempre es más importante, más vital, que sus preocupaciones.

 

Fragmento
     
   

Autor

 

Foto de solapa:
Ingrid Robyn
 
                     

Luis Othoniel Rosa (1985, Bayamón, Puerto Rico) es el autor de la novela Otra vez me alejo y del estudio Comienzos para una estética anarquista: Borges con Macedonio (Cuarto propio, 2016). Tiene un doctorado en literatura por la universidad de Princeton. Dirige la revista de reseñas www.elroommate.com y enseña literatura en la Universidad de Nebraska.


   

Reseñas

Revista Cinosargo
(Julio Meza)

Perfil Cultura
(Quintín)

Entrevistas

 

 

[Revista Cinosargo]

Una suerte de máquina anarquista

Por Julio Meza

En el San Juan de Puerto Rico de 2028 hay una crisis energética y alimentaria que se repite en todo el mundo. La ciudad ha sido amurallada y militarizada, los barrios ricos se han protegido a su vez con otros muros. Un grueso de la población ha quedado fuera. Los supuestos excluidos se han organizado en pequeñas comunidades, las que aprovechan los recursos naturales en diálogo respetuoso con el ecosistema. Aquellos que están dentro de los muros están cada vez más amenazados.

En Caja de fractales una lucha se reitera una y otra vez; es aquella que apunta contra la modernidad y su máquina económica, el capitalismo. Esta lucha ocurre entre la ciudad y sus contornos, y también en las búsquedas de los personajes, las que acontecen en situaciones de distintos matices. Por ejemplo, los protagonistas, Alice, Trilci y Alfred resisten dentro de la ciudad y redistribuyen los pocos recursos que poseen; el profesor O trata de quebrar los límites del espacio-tiempo y se embarca en un viaje psicotrópico; la boxeadora Cristi Martínez (personaje basado en una boxeadora real) se enfrenta a la violencia de la lesbofobia; un grupo de niñxs científicxs constituye una comunidad paralela y alternativa a la de la ciudad; Alfred piensa y escribe sobre un futuro lejano, más allá de la crisis que lo rodea, y que pareciera la convergencia alucinada de las luchas: la destrucción de la tierra. Todas estas búsquedas son formas de saltar la valla del capitalismo, e incluso de pensar y organizar un nuevo momento.

Sobre esto último se reflexiona cuando se describe al grupo de niñxs científicxs y su comunidad (en donde ya no cabe Alfred por su narcisismo). Los niñxs han organizado un espacio social en donde no existe la propiedad privada y en donde los recursos son generados por y para la colectividad, y de un modo que no apunta a la acumulación de bienes ni al maltrato del medioambiente. Se apuesta así por una forma de organización social anarquista.

Y es aquí en que la novela toma un mayor interés. Ya no solo despunta la presencia de la lucha perenne, a ratos simbolizada divertidamente por pitufos susurrantes o con guantes de box, sino también la disolución de las ideas liberales de individuo y propiedad. Esa lucha reiterada, fractal, se convierte en seguida en una posición a favor del fluir de la vida en comunidad, en conjunto o tribu, y en relación de paridad con el entorno.

Al respecto, resalta dos detalles. En la última página, y mediante el señalamiento de algunas fuentes bibliográficas (que han inspirado o han sido reapropiadas o adaptadas para la novela), se deja en claro que la escritura no es un acto genial realizado por la iluminación de un individuo, sino por el contrario es siempre (como el lenguaje) la expresión y el logro de lo colectivo. Esto se complementa con la licencia creative commons, que permite obras derivadas y reproducciones sin fines comerciales.

Caja de fractales es una novela estupenda, porque funciona como una suerte de máquina anarquista, pero también porque sus personajes, más allá de sus ansiedades, insisten en el humor y los afectos.

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[Perfil Cultura]

¿Escritor en peligro?

Por Quintín

Es muy frustrante descubrir a un gran escritor secreto y perderlo al poco tiempo. Hace unos días, Gonzalo Castro me hizo llegar Caja de fractales, flamante novela del puertorriqueño Luis Othoniel Rosa (Bayamón, 1985). No logré averiguar si Othoniel es segundo nombre o primer apellido, de modo que lo llamaré LOR. Recibido el libro, Castro me preguntó si había leído su primera novela, publicada también por Entropía en 2012. La busqué entre caóticas pilas y estantes, la encontré y la leí. Se llama Otra vez me alejo, y así descubrí a un gran escritor.

Otra vez me alejo es una novela de campus, que transcurre entre estudiantes de doctorado en Princeton, “el Pueblo de la Princesa”, como lo llama LOR, que estudió ahí para después enseñar en Duke, Colorado y Nebraska. Su currículum es típico del latinoamericano cooptado por el sistema universitario gringo, variante radical de izquierda: entre sus intereses académicos, LOR incluye temas como “Anarchist studies”, “Feminist studies”, “Queer studies”, “Race and ethnic studies”, “Contemporary radical political thought and praxis”, “Marxism”, “Deconstruction and psychoanalysis”... no falta nada. Y, sin embargo, Otra vez me alejo es ligera, encantadora y crítica de su ambiente: “La búsqueda de conocimiento era sólo una honrosa mascarada, una movida retórica para producir prestigio, un gancho mediático para rentabilizarse. Los estudiantes doctorales del Pueblo de la Princesa, y me incluyo, éramos la reencarnación vengativa de los sofistas griegos”. Escrita en un español prístino, propio de quien viene de un país donde la lengua está amenazada, el libro mezcla historias personales, interpretaciones de la Historia (algunas decididamente geniales) y la escritura valsea como si se dejara llevar amablemente por la marihuana que consumen sus personajes, un grupo de amigos bastante cortazariano. Es un libro hermoso.

No es que Caja de fractales no lo sea. Al contrario, es excelente. Pero basta comparar las fotos de la solapa para advertir que algo no anda bien con LOR. En la primera es un muchacho flaco con aire distendido; en la segunda, un señor más bien gordo, maduro, de aspecto ansioso. La novela se agrega a este género de moda entre latinos que es el futurismo apocalíptico. El tipo que decía quedarse en la marihuana porque la cocaína y el café lo excitaban ahora es parte de un ambiente de drogas durísimas en un contexto tremebundo: el planeta se ha quedado sin energía y Puerto Rico es un infierno del que está prohibido salir. La novela salta en el tiempo y narra la muerte de cada uno de los amigos de Otra vez me alejo. El profesor O sigue denostando al sistema: “Su performance de intelectual subversivo tiene muy contentas a las altas esferas corporativas de la universidad americana”. Pero muere antes que el resto y la novela transmite una desesperación palpable, como si estuviera escrita frente a la certeza de que tanto Puerto Rico como la Academia son invivibles e inviables. El remedio sería un movimiento mesiánico que parte de la conexión entre el anarquismo y las catedrales medievales para desembocar, mezclando a Teresa de Calcuta y el Che Guevara, en una muerte feliz para los viejos mientras nace una civilización juvenil poscapitalista. Caja de fractales está viva, pero la salud del joven LOR me preocupa.

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