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  Otra vez me alejo
Luis Othoniel Rosa

88 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2012
ISBN: 978-987-1768-07-3
       
     
 
 
         
           
             
       
 

«En el Pueblo de la Princesa, el narrador y Alfred Dust terminan su vida de estudiantes doctorales y barajan culpas y confidencias. Enredos de amor y marihuana, historias de la guerra del guano y de invasiones al Caribe, fiestas en las que nadie baila, escatología e imperialismo. Nada es lo que parece ser en este pueblo burgués de vida sana primermundista, en el que aparecen suficientes entramados filiales como acertijos ligados por algo que no se puede descifrar.

Un libro puede ser una tortuga, pero moverse como una liebre. La intriga académica que tan bien cultivara Nabokov y el frenesí eslabonado de la poética de Aira se combinan en los nueve alejamientos que componen esta novela de Luis Othoniel Rosa, que llevará a sus lectores a pensar, si no en el guano, al menos sí en las distancias que contiene todo presente, y en la triste resignación de que los amigos nunca terminen sus historias. Porque Otra vez me alejo es también la historia de una amistad: un libro generoso y dulce, escrito con la urgencia y calma de quien ve pasar una tarde unos pájaros sobre un puente.»

José Quiroga

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Fragmento

Sentados al borde del puente que marca los límites de un pueblito universitario de Nueva Jersey –el Pueblo de la Princesa, insistía en llamarle Alfred Dust–, vimos surgir a un indefinible pájaro acuático en la distancia del horizonte. ¿Cuáles son las probabilidades de que ese pájaro, que vemos acercándose a lo lejos, llegue hasta acá y nos cague?, me preguntó Dust. Nos reímos. Poco probable. Hubo un presentimiento, sin embargo, de que eso era lo que tenía que suceder. El pájaro que aparecía en la distancia, como el rifle en una obra de teatro de Chéjov, tenía que soltar sus municiones sobre nosotros, los únicos personajes en la escena. El lago se prolongaba en la distancia y así se prolongaba la mañana. Su ritmo, lento. Su apariencia, veloz. Y entre velocidades confundidas, me empezaron a dar retortijones en la panza, cada vez más urgentes, cada vez más inevitables. Pensé en soltar la carga que reverberaba en mi estómago en la orilla del lago, pero había corredores ocasionales, con sus iPods y sus shorts de estudiantes blancos y conservadores del Pueblo de la Princesa, o incluso guardias de seguridad blancos y conservadores, con barrigas cerveceras, habitantes de los pueblos circundantes, que se percatarían del olor y me denunciarían a las autoridades. Mientras tanto, el distante pájaro acuático se retardaba en llegar. A veces se escondía entre los árboles y volvía a aparecer. Un efecto de suspense prolongado. Casi se podía escuchar el soundtrack de una película melodramática detenerse cada vez que el pájaro desaparecía, sólo para retornar cada vez más fuerte, cada vez más cerca, en nuestros estados alterados de conciencia. Sus alejamientos nos dejaban un vacío, sus aproximaciones, indiferencia. Salvo cuando se nos olvidaba que el pájaro estaba ahí, y nos distraíamos mirando el agua. La distracción no es lo mismo que el olvido, o al menos, no se parece al olvido. La distracción no sustituye; añade. De pronto volvíamos a acordarnos del pájaro, y por un mínimo segundo nos regocijábamos en la alegría de tener tantos elementos de distracción. Luego se nos volvía a olvidar lo que estábamos pensando. En una de esas distracciones, Dust se preguntó si el pájaro que desaparecía y reaparecía detrás de los árboles, y de nuestras distracciones, era el mismo pájaro o si era el agüero de otros pájaros por venir. Sería un pato o tal vez un ganso. En la distancia no hay diferencia entre un cuervo y un águila. En la distancia las diferencias suelen borrarse y todo parece sucumbir al imperio de lo mismo. Lo que se hace próximo, lo que se aproxima, suele ser el futuro. El futuro es incierto, me dijo Alfred Dust. Típico comentario de adolescente fumador de marihuana, aunque Alfred no era un adolescente, y tal vez nunca lo fue. Ser adolescente es también adolecer. Alfred era un tipo medio egoísta, a veces indiferente al dolor de sus amigos, siempre metido en campañas de promoción personal, y siempre al borde de la risa histérica. Todas éstas eran cualidades adolescentes en Alfred, pero Alfred no adolecía. Siempre con sus lentes de sol aunque fuera de noche, siempre con una sonrisa en los labios, siempre hermoso, Alfred no adolecía.

 
                 

Autor

 

 

 

 

 

   
         
                         
       

Luis Othoniel Rosa (Bayamón, Puerto Rico, 1985), estudió en la Universidad de Puerto Rico (Río Piedras) y tiene un doctorado en literatura por la Universidad de Princeton, con una especialización en políticas de la vanguardia latinoamericana. Ha publicado artículos y cuentos en la Argentina, Brasil, Estados Unidos, Canadá y Puerto Rico y ha colaborado en distintos proyectos de literatura colectiva en el Internet, como www.derivas.net. Actualmente, enseña literatura en la universidad de Duke en Carolina del Norte, revisa su tesis doctoral (dirigida por Ricardo Piglia y Gabriela Nouzeilles) y dirige el colectivo de lectores,www.elroommate.com.

Otra vez me alejo es su primera novela.


         
                         

Reseñas

Bazar americano
(Roby Goren)

ADN Cultura
(Daniel Gigena)

Tónica
(Natalia Gauna)

Radar Libros
(Luciana De Mello)

La Voz del Interior
(Victoria Varas)

 

Entrevistas

Página 12
(Silvina Friera)

Revista Ñ
(Horacio Bilbao)

Eterna Cadencia
(Florencia Parodi)

Télam
(Leticia Pogoriles)

 

[Bazar americano]

Narraciones-exhalaciones en el Pueblo de la Princesa

Por Roby Goren

Otra vez me alejo, primera novela del escritor puertorriqueño Luis Othoniel Rosa, comienza con un prólogo extravagante: un texto escrito por una niña neoyorquina de siete años a pedido de su profesora de Arte (junto con la traducción del mismo al español). Este escrito breve, de un párrafo, adelanta algunos elementos temáticos que aparecerán en el transcurso de la novela; pero su valor anticipatorio radica en la textura discursiva del mismo, ya que parece fluir con espontaneidad: sitúa la acción en un mundo loco, donde se suceden acontecimientos extraños o bien absurdos a partir de un tornado (que, de alguna manera, también es textual ya que se subvierte la correlación de tiempos verbales). Luis Othoniel Rosa nos introduce de esta manera en los nueve capítulos (llamados alejamientos) en los que el hilo conductor parece ser, en el fondo, la persecución mediante diversas narraciones de la fuerza poética del prólogo.

Los personajes principales son dos estudiantes doctorales en Literatura Comparada que residen en el Pueblo de la Princesa, un pueblo universitario que, como se infiere claramente a partir de diversos indicios, pertenece a la Universidad de Princeton. El primero es el protagonista, voz narrativa en primera persona, cuyo nombre de pila coincide con el del autor. La posibilidad de caracterizar la obra como una autoficción se refuerza porque, como indica la información de la solapa, Luis Othoniel Rosa tiene un doctorado en la mencionada casa de estudios. El segundo es su compañero de cuarto, Alfred Dust, un excéntrico que no deja pasar ocasión para contar una historia (la mayoría de las veces inventada).

En el primer alejamiento el narrador, sentado al borde de un puente junto con Alfred Dust, describe los pensamientos suscitados por el consumo de marihuana. La percepción de un pájaro acuático deriva en reflexiones y nuevas percepciones que se cohesionan en la experiencia de lectura: quien lea, entrará en un mundo en el que un paranoico movimiento en el agua es interpretado como un indicio de terroristas, de Poseidón e incluso de una tortuga. De esta manera, el lector goza de un texto cuyos movimientos narrativos inesperados remiten, no sólo al estado de conciencia que generan los estupefacientes, sino también a la percepción desautomatizada de la niña del prólogo.

En el segundo alejamiento, durante una fiesta de estudiantes de doctorado que degenera en la monótona extensión de un seminario académico, Alfred Dust narra su única (y malaventurada) experiencia como profesor, lo que luego deriva en su historización de las relaciones internacionales entre Perú y Estados Unidos en relación al guano. Para justificar sus conocimientos menciona que la familia de su madre estuvo involucrada en dicha industria, y luego abandona la fiesta. Así, el narrador señala una cuestión recurrente en la novela, que la califica como una de las desastrosas torturas de la vida: nuestros amigos nunca terminan sus historiasAlejamientos narrativos que la amistad nunca supera. De esta manera se justifica la caracterización de cada capítulo como un alejamiento: cada uno es, inevitablemente, fragmentario. Sin embargo, no parece una autocrítica sino más bien una elección estética: el texto como válvula de escape. Para lograrlo, el escritor no necesariamente debe presentar una historia acabada, lineal, ni tampoco articulada por un orden lógico. En este sentido, en medio de otra de las historias de Dust, la de su noviazgo con una puertorriqueña llamada Trilcinea -por si quedaban dudas del carácter ficcional de sus relatos-, el narrador caracteriza un viaje realizado para mejorar la relación como una solución, ya que los alejamientos siempre son soluciones, o al menos remedios, del fracaso de las proximidades. Los alejamientos narrativos son como el humo de una exhalación: se expanden imprevisiblemente hasta desaparecer.

Así transcurre la novela, articulando (más o menos azarosamente) diversas historias: las que fluyen de la locuacidad de Alfred Dust, algunas aventuras vividas por ambos en el Pueblo de la Princesa (como sus estrategias para conseguir y revender marihuana o la concurrencia a tertulias clandestinas), o las historias que explícitamente construye el Luis Othoniel personaje; todo siempre tamizado por sus cavilaciones. Son alejamientos narrativos, historias en las que lo que vale es determinada reflexión, percepción o sugerencia (o simplemente la mera experiencia de lectura de textos que fluyen alejándose) y que por eso no necesitan del esquema narrativo convencional. Así, el Luis Othoniel personaje afirma que hoy la marihuana no es para mí sólo un pasatiempo o una costumbre diaria, sino una forma de expresión y también una forma de escribir. El narrador se aleja tanto de su cotidianeidad de estudiante doctoral como de las formas convencionales de narrar: lo que queda en la página es la escritura de estas historias-alejamientos que se vuelven una necesidad para ambos roommates. En el fondo siempre parece estar la intención de escribir textos con la fuerza poética y la espontaneidad del de la niña neoyorquina. De esa persecución nos queda la huella que viene a ser esta novela.

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[ADN Cultura]

Literatura como amistad

Por Daniel Gigena

Compuesta por un prólogo y "nueve alejamientos", la primera novela del puertorriqueño Luis Othoniel Rosa (Bayamón, 1985) construye una ficción de ambiente académico y, a la vez, rinde tributo a la tradición literaria argentina integrada por Macedonio, Borges, Arlt y, más cerca en el tiempo, Piglia y Aira. Como en Pnin, de Vladimir Nabokov, o en Yo también tuve una novia bisexual, de Guillermo Martínez, el escenario es la sede de una universidad del hemisferio norte -el "Pueblo de la Princesa"- que alberga a estudiantes de doctorado del tercer mundo para que desarrollen sus tesis. Othoniel, el narrador, oriundo de Puerto Rico, comparte cuarto (y fiestas, novias, conversaciones y onzas de marihuana) con Alfred Dust, fuente de las historias que atraviesan, de manera concéntrica y concentrada, esta original novela poscolonial. Al crecer por contigüidad y contaminación de lenguajes ("Alfred contamina mis historias desde la proximidad"), Otra vez me alejo celebra una concepción de la literatura como juego literario, un juego equiparable al de la piratería, del que no se puede desprender un sentimiento de melancolía y pérdida: los piratas no existen ya en su forma clásica.

El "primer alejamiento" encuentra a ambos amigos, casi maestro y discípulo, en un puente, drogados por el humo de marihuana. Ven acercarse un pájaro desde la distancia. Allí comienza un racconto en el que se entrecruzan el amor y el terrorismo (a lo lejos, un pájaro puede ser un avión en misión suicida, sobre todo en Estados Unidos), la literatura y las conspiraciones, el imperialismo y el guano peruano. Luego de que Dust establezca las asociaciones entre la fortaleza del imperio yanqui y el contrabando de excremento de pájaro, el mito de Diana y Acteón (Acteon es también la sigla del grupo terrorista que, al menos en la novela, sólo aterroriza mediante llamadas telefónicas y falsas amenazas) introduce la transformación del mito en alegoría, y la mutación de la alegoría en ficción: "El libro [de Dust] era un ejercicio narcisista de pura arbitrariedad. [?] Tenía una conexión precaria que se iba perdiendo de a poco, como si cada nueva sección aportara no sólo un eslabón con secciones anteriores, sino una red que se prolongaba sobre otras". Esta reflexión, tal vez, podría aplicarse al propio método de la novela.

De una metamorfosis a otra, de un alejamiento a otro, la historia encuentra al narrador en el momento en que ha traicionado a su amigo con la Trilcinea Rumana, la estudiante que le permite a Dust olvidar a la Trilcinea original, de Puerto Rico. Sólo a partir de ese momento, ya sometidos al imperio del deseo (la verdadera fuerza de subyugación imperial), los amantes podrán inventar, es decir, plagiar, versionar historias (entre ellas la del cuento "La intrusa", de Borges). Algunas, muy divertidas, entrecruzan fantasmas con burócratas y alienígenas en el tendido de redes telefónicas entre mundos.

Gracias a la intervención del Escritor Ítalo-argentino (Ricardo Piglia), caracterizado como un crooner de la oratoria universitaria que postula que el fracaso de los escritores puede convertirse en "una poderosa estética y política literaria", Othoniel -el amigo opacado por Dust- opone a la matriz ansiosa y monolítica del imperio una contingencia paradójica: "Una historia que no sea simultánea, que esté tan lejos que no destelle en el presente". Así, la literatura, como un puente, como una droga de fuerza suave y lúcida, como una amistad espectral, incluso como un discurso excrementicio, resiste el peso del pasado, la historia como cancelación de todas las historias, y hace que lo lejano se acerque o que, acaso, las singularidades del presente se potencien y hagan su efecto.

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[Tónica]

Anécdotas ligadas

Por Natalia Gauna

El vuelo de un pájaro, la mierda, la historia del guano, la locura del amor y la marihuana, el Caribe y su relación con el Imperio yanqui y las fiestas de estudiantes latinoamericanos de una clase media que se doctora en literatura en Princeton es, en principio, una mezcla de cosas que no tendrían nada en común. Pero en Otra vez me alejo todo se articula de modo tal que la relación es posible porque todo ello converge en pensar el alejamiento. La distancia que está presente en el vuelo del pájaro que se acerca al puente en el que dos amigos conversan, en el efecto de la marihuana que retarda el tiempo, en la pérdida de un amante y en los kilómetros que distancian de la tierra natal. El alejamiento es posible en cualquiera de estas situaciones, en cada una de estas historias porque como dice el autor “la distancia condensa la singularidades”.

Luis Otoniel Rosa, este joven autor puertorriqueño, decide autoproyectarse, contar una historia con un evidente registro autorreferencial, ¿se trata entonces de un ensayo? ¿Una novela? ¿Una carta de presentación? ¿O es su tesis doctoral? En definitiva, ésta, su primera novela, es un poco de todo eso gracias a la verborragia juvenil, el interés por contarlo todo de un saque, compulsivamente, porque el tiempo, que es distancia, apremia. Por esta razón, el libro se lee de igual manera, de un saque, ya que todo está dicho sin grandes pretensiones literarias ni giros discursivos que sumerjan al lector en un estilo indescifrable. Las palabras que emplea Othoniel Rosa son esas y no podrían ser otras porque esas le son propias. De manera que es casi imposible olvidarse de que el autor se nos está presentando. Su relato en primera persona refuerza esta idea aunque, a su vez, se esconda en cada personaje de los cuales se aleja o se acerca dependiendo de cuánto se quiera mostrar.

Othoniel Rosa escribe con un lenguaje condensado, con historias breves que expresan que todo puede pasar al mismo tiempo y estar unido casi invisiblemente. Para su prólogo elige el texto que una niña de siete años de Bronx, Nueva York, escribió para una tarea escolar. “Vas a ver cómo había una vez un mundo loco donde todo estaba pasando al mismo tiempo”. Con esto, nos da la clave de cómo leer su novela: varias y distintas historias ligadas por algo difícil de identificar.

Pero lejos de ser la historia individual del autor es la historia colectiva de una clase. “Todos los hijos de una clase trabajadora con una sed terrible de reconocimiento, llegaban a los falsos edificios góticos de la universidad del Pueblo de la Princesa con la secreta ambición de ennoblecer el nombre de sus familias”. Othoniel Rosa nos hace tener cierta mirada sobre ese grupo de estudiantes latinoamericanos precozmente letrados que revalorizan y redescubren en la melancolía y en la soledad americana a la tierra madre.

Otra vez me alejo es una novela que aventura pensar sobre qué tienen en común la amistad, el amor, el humo del cigarrillo y la tierra. Todo en la distancia porque en el alejamiento “las diferencias suelen borrarse y todo parece sucumbir al imperio de lo mismo”.

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[Radar Libros]

Teoría y humo

Por Luciana De Mello

Otra vez me alejo es una novela marihuanera y a sus efectos debe su forma y extensión. La motivación también es clara: escribir una novela fragmentaria, donde no haya una sola historia sino un devenir de relatos que cuenten siempre lo mismo, esos cinco temas contenidos en la Ilíada que se repetirán a lo ancho y a lo largo de la literatura universal por más originalidad que se ensaye. Sin embargo, para el autor habría cierta originalidad contenida en las historias de nuestros amigos, aunque todas ellas estén confinadas a desaparecer antes del final. La tragedia –arriesga la novela a modo de hipótesis y gancho para la segunda parte de la trilogía que viene–, una de las desastrosas tragedias de la vida es ésa: nuestros amigos nos esconden sus historias, parten hacia otros lugares dejándonos los relatos inconclusos de su propia vida. Othoniel Rosa sonríe y reconoce que esta idea tampoco tiene nada de original. Es un plagio a Virginia Woolf, dice.

El narrador vive y estudia en el Pueblo de la Princesa –que evoca al Princeton donde el autor hizo su doctorado en literatura– y en medio de esa comunidad de estudiantes internacionales, grupos terroristas, y profesores de renombre, conoce a Alfred Dust, el genio y figura que lo iniciará no sólo en los distanciamientos y avatares de la vida marihuanera, sino también en la conexión “aléphica” de los relatos entre sí. Así es como la trama de Otra vez me alejo está interrumpida y a la vez continuada por los pequeños detalles que conectan una historia con la otra, donde el narrador –alucinado en su búsqueda de amor macedoniana– toma a su amigo como la punta de un ovillo del que comenzarán a surgir todas las historias. Otra vez me alejo es, en este sentido, una novela sobre la nostalgia académica, donde teoría, ficción, y realidad convergen en un punto aclarado –y a la vez empañado– por el humo de la marihuana de un geniecillo que escribe rodeado de bibliotecas, sobre la imposibilidad de esa biblioteca. Y ahí están Borges, Macedonio y Arlt. A ellos los ha leído y a ellos les rinde homenaje en clave también de humor, donde la incoherencia se une a la lucidez más alta.

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[La Voz del Interior]

Floración de múltiples narraciones conexas

Por Victoria Varas

Los nueve alejamientos que conforman la nouvelle Otra vez me alejode Luis Othoniel Rosa (Bayamón, Puerto Rico, 1985) están antecedidos por una primera distancia respecto a las máximas editoriales: el prólogo corre a cuentas de una niña de 7 años. En su escritura yuxtapuesta y su licencia infantil para unir trozos de mundo, según la cadencia de las asociaciones, la pequeña prologuista anticipa, apresurada como la liebre, un rasgo de estilo compartido con el autor adulto que le sigue cual tortuga a la vuelta de la página.

“Vas a ver cómo un día hubo un mundo loco donde todo estaba pasando al mismo tiempo. Un día hubo un tornado y pasó una cosa. Un pirata llegó volando; en realidad estoy mintiendo, muchas cosas llegaron volando”. Con este permiso de la infante, el narrador pone en el cielo de Princeton un ave gigante, a distancia oscilante de un puente, donde dos compañeros universitarios en trance canábico evalúan posibilidades y negocian proximidades. “¿Cuáles son las probabilidades de que ese pájaro, que vemos acercándose a lo lejos, llegue hasta acá y nos cague?”, pregunta Alfred Dust para inaugurar la secuencia narrativa del guano y sus conexiones con el imperialismo norteamericano.

El excremento se convierte en el abono que permite la floración de múltiples narraciones conexas: la historia del pirata Lagartija, el mito de Diana y Acteón, un romance frustrado y un grupo terrorista puertorriqueño que, como la marihuana, aparece insistentemente dejando cadáveres de humo por todos lados. El director de la página de reseñas literarias El roommate (en español, compañero de cuarto), elige narrar, en su primera novela, el intento obstinado de un doctorando de franquear las gigantescas distancias que lo separan de quien, desde hace tres años, duerme a unos metros de su cama en la misma habitación de universitarios becados.

Imitando las tretas borgeanas, el autor le presta su nombre al narrador y deja que una de sus criaturas se lo cante por única vez en la cara, plantando en el lector la sospecha autobiográfica. “Así que tú eres Othoniel, me dijo. Así que tú eres la Trilcinea Rumana, dije yo y ahí lo entendí todo”. Otra vez me alejo es un rico mosaico intertextual adonde vienen a parar las reflexiones, a veces lúcidas, a veces drogadas, de un aspirante a doctor en Letras Latinoamericanas. Las dudosas historias del otro estudiante, Alfred Dust, conforman un collage inspirado en fragmentos de la literatura universal cuya figura central es Trilcinea, la novia que se fue a otra universidad o que tal vez huyó a los brazos de Cervantes o a los versos dulces y tristes de Trilce, del más cercano César Vallejo.

Pero, además de ser una eyaculación intelectual con un logrado juego metatextual, la novela es la narración de una amistad, en la que el personaje principal tratará de evidenciar el carácter ficcional de la biografía de Alfred Dust. Acompañado de certezas, pero al fin solo, en el cuarto, el Othoniel personaje parece darle el visto bueno (muy a su pesar) a la tesis sobre la obra de Borges que su amigo y alter ego había pronunciado en los primeros capítulos: “La realidad es la interrupción de la historia”.

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[Página 12]

"Todas las historias pueden hacerse una sola historia"

Por Silvina Friera

El niño puertorriqueño se desayuna con una traición imperdonable. El padre –novelista y docente– brilla por su ausencia de la casa adonde se han mudado recientemente, en Estados Unidos. Quizá sea el indicio de que algo anda mal. Su mente se infla de conjeturas y de preguntas. La madre intenta despejar las dudas y abona un destino. “Tu padre está con Borges”, le dice con un tono levemente compasivo, como quien anhela mitigar una incertidumbre inadmisible, pero sin atisbar el riesgo del malentendido enquistado en la respuesta. Allí donde hay un narrador puertorriqueño –llamado Angel Luis– que escribe una tesis sobre Borges y Cortázar, se erige una comunidad de sentidos en lucha. “En mi imaginario, Borges era un amigo de mi papá”, cuenta con sonrisa indulgente Luis Othoniel Rosa, también escritor como su padre, autor de Otra vez me alejo (Entropía), su primera novela, proyecto anunciado en 2001, “siendo un pibe, como dicen ustedes”, por un adolescente que entonces tenía 16 años. La escuela lo había deprimido tanto que adelantó exámenes y entró prematuramente al “paraíso” de la universidad pública de Puerto Rico, donde en tres años obtuvo la licenciatura en Letras, y luego una beca que allanaría el camino hacia Princeton y el doctorado en literatura. La temprana curiosidad del niño por conocer a ese “amigo” paterno dilata la euforia primigenia de zambullirse en las páginas borgeanas.

Inhalar a Borges hasta plagiarlo al pie de la letra fue la primera certeza del joven Othoniel Rosa, nacido en Bayamón (Puerto Rico), en 1985. Otra vez me alejo –nueve capítulos, cada uno un alejamiento, en 85 páginas– se recorta sobre un pueblito universitario de Nueva Jersey que el memorable Alfred Dust –el escritor que no escribe, “un excéntrico que explotaba más que nadie la fachada de genialidad”– insiste en llamar “Pueblo de la Princesa”, un “gran estado de excepción en donde se reunían estudiantes doctorales de todo el mundo”. Dust y el narrador, amigos y compañeros de cuarto, están asistiendo al epílogo de sus experiencias académicas entre enredos de marihuana, alcohol, fiestas, confesiones y resentimientos infames, altercados de gringos con latinos, entre otras escaramuzas y cortinas de humo. “La búsqueda de conocimiento era sólo una honrosa mascarada, una movida retórica para producir prestigio, un gancho mediático para rentabilizarse”, confiesa el narrador en el “segundo alejamiento”. “Los estudiantes doctorales del Pueblo de la Princesa, y me incluyo, éramos la reencarnación vengativa de los sofistas griegos. Detrás de la pantalla de sabiduría, éramos todo humo.” Gran narrador de historias que no escribe, Dust empieza contando lo que sucedió cuando les explicaba a los estudiantes “La muerte y la brújula” de Borges. Un pedo, “la reacción visceral” de una chica peruana, interrumpe las disquisiciones sobre el carácter ficcional de este famoso cuento.

Othoniel Rosa entorna los ojos como si enfocara un punto para tomar impulso. “Lo que más me interesa de Borges es la idea de que todo es plagio, de que hay cuatro ideas y todas están en la Ilíada. Mi novela trabaja a partir de esta cuestión: todas las historias pueden hacerse una sola historia –subraya el escritor en la entrevista con Página/12–. El argumento antiborgeano sería que si lo podemos condensar todo en una misma historia perdemos la singularidad. Yo le pido al lector que, por un lado, conecte las historias, que se dé cuenta de que son la misma historia que se repite. Pero por otro lado, también le pido que busque la singularidad de cada una. Como Borges era un abogado del plagio y mi tesis es una lectura anarquista de Borges, me dije: ¿por qué no plagiarlo?.”

–¿Por qué una lectura anarquista?

–Si pensamos que una de las premisas fundamentales del anarquismo es que la propiedad privada es robo, la propiedad intelectual es plagio. En el lenguaje todo es de todos. Yo leo a Borges así, conectado a Macedonio Fernández, que era un anarquista de verdad. Yo pretendía hacer una lectura más de izquierda de Borges, pero es imposible porque está en contra de la representación. Y para el socialismo es necesaria la representación. El anarquismo está en contra de la representación, no cree en la democracia representativa, no cree en el Estado de representación y tampoco en el realismo. Cuando empecé a buscar una poética de vanguardia anarquista –Oscar Wilde, los surrealistas, Macedonio Fernández–, me encontré con una literatura que no quiere la representación, sino la participación. Una literatura que participa de la realidad. Entonces Borges es el libro que lees y de momento el libro se vuelve metaliterario. Y tú estás ahí.

–En la novela se menciona a un escritor ítalo-argentino con “sus ficciones paranoicas”. Imposible no pensar inmediatamente en Ricardo Piglia, ¿no?

–Piglia es mi maestro y esta novela me parece que le plagia muchas ideas formales de La ciudad ausente, esa novela donde la ciudad de Buenos Aires está construida de relatos. Yo tomé cuatro cursos con Piglia, llegué a Macedonio a través de él y fue uno de mis directores de tesis. Lo que quería mostrar en la novela es que cuando llegué a Princeton quería impresionarlo a Piglia. Pero también necesitaba ser crítico, no sólo un groupie. Y cada vez que hablaba terminaba metiendo la pata mal. Era terrible. Alfred Dust es una suerte de mi yo ideal con seguridad, que no es torpe, que tiene gracia. Woody Allen siempre se visualiza como el torpe, aunque él quisiera ser Javier Bardem (risas).

–Se podría pensar en el efecto marihuana de Otra vez me alejo. ¿La condición de la escritura es el alejamiento?

–Sí. Yo escribo fumando marihuana, inclusive mi tesis, no sólo la novela. La marihuana te distrae del objetivo y te da más libertad. Te quita el censor que te dice: “vuelve al punto”, “vuelve al punto”. (risas).

–Aunque hay más literatura sobre el alcohol y otras drogas, no abundan tantos ejemplos con la marihuana, ¿no?

–Es cierto, no hay tantas escrituras de la marihuana como hay del alcohol –Bukowski–, o Thomas de Quincey con el opio, que es perfecto porque te relaja y te concentra. Y Baudelaire con Los paraísos artificiales, donde narra sus experiencias con el opio y el hachís. Y está también el libro de Benjamin sobre el hachís, que para mí fue fundamental. Benjamin, fumador por primera vez, empieza a escribir mientras está fumando en Marsella. Ese libro fue crucial para pensar una poética. Vengo de un país donde se fuma mucho; en mi familia se fuma y mis amigos también.

–En la novela, desde una zona periférica dentro del “imperio académico”, se articula una mirada muy crítica sobre el funcionamiento de la Academia americana, como si estuviera en una especie de “callejón sin salida”...

–Sí, es cierto. El núcleo de la novela es la Academia americana y esa clase media internacional que lleva una vida que es un constante alejarse del territorio. Nos hemos convertido en una especie de mercaderes de la cultura, un poquito mercenarios más que mercaderes; estamos en pueblitos pequeños de Estados Unidos, en medio de la nada, y nos alejamos de nuestras amistades. Y se crea un falso cosmopolitismo. Esa es la parte crítica del lío en que estoy metido allá. La crisis de 2008 en Estados Unidos detuvo los puestos de permanencia y de momento no hay trabajo. Tengo un montón de amigos con libros publicados que están trabajando de jardineros, que están por todas partes del mundo como en Nueva Delhi, enseñando cursos de español. O entraron de una manera marginal a la academia y están en un pueblito chiquito de Arkansas dando clases de español para sobrevivir. Aunque pronto se irán a otro sitio. Yo soy uno de ellos también. Ahora estoy en Duke pero no tengo posibilidad de permanencia, y sé que me voy a mover a otro sitio. Ahí empecé a ver el desastre que es la universidad privada, donde se prima el falso prestigio y el dinero. ¿Quiénes son los que están pagando ahí? Los niños conservadores y ricos. Se acabó la universidad pública en Estados Unidos. Aun la que queda es extremadamente costosa y para gente privilegiada.

Durante el “sexto alejamiento”, el narrador tiene en sus manos el “libro” de Alfred Dust, Tortugas, rejunte de distintos documentos, “un ejercicio narcisista de pura arbitrariedad”. El mito de Acteón es lo que parece dominar la estructura temática. “La historia de Acteón es un mito muchísimo más viejo que tiene antecedentes escritos antes que Ovidio. Cuando la cuenta Ovidio, se está contando a sí mismo; entonces la subjetividad misma –el yo autor– cambia y es conformado por la historia que lo precede”, explica Othoniel Rosa. “El arte dionisíaco es el arte en el que el artista se convierte en la obra de arte, se hace parte de su obra. Esto que puede sonar bastante narcisista me parece que no lo es porque la literatura se vuelve un modo de ética. Roberto Bolaño hizo eso perfectamente: ‘no estoy contando mi vida, no es que mi literatura nace de mí, sino que yo nazco de mi literatura’. Esa es la política de la metaliteratura porque tú vives bajo un código que no es el código del capitalismo. Escribir, para mí, es un yo planeando su modo vivir. Y es lindo pensar que mi modo de vivir ya está prefigurado desde los clásicos, desde hace dos mil años.”

–Cuando al final de la novela el narrador dice que Alfred Dust se esfumó, que escuchó que se había ido al Perú, que aprendía rumano en Moldavia, que estaba internado en un hospital psiquiátrico o plantando marihuana en California, al lector le cae la ficha, definitivamente, del insoportable encanto que ejerce ese personaje. Pero queda la sensación de más...

–Otra vez me alejo es la primera novela de una trilogía. En la segunda parte voy a trabajar qué pasa con el traicionado, con Alfred Dust. Una de las desastrosas tragedias de la vida –esa frase que se repite mucho no es mía, es de Virginia Woolf– es que nuestros amigos no terminan sus historias. Alfred es el escritor que no escribe; en la literatura latinoamericana hay muchísimos escritores que no escribieron o que publicaron pocos libros, como Macedonio o Mario Santiago. O el Bolaño poeta; su obra está por ahí, dispersa, flotando, medio mala, la verdad. Bolaño dice: no voy a contar lo que escribieron los poetas, voy a contar sus vidas. Sus vidas en sí son una obra de arte. Como Alfred Dust.

–A propósito de Bolaño, ¿cómo explicar el fenómeno que se ha generado con sus libros en Estados Unidos?

–Han convertido a Bolaño en una especie de escritor beat, un Kerouac. En las fotos que salen en las solapas –que no son las que se usan en las ediciones españolas– aparece con el pelo largo, como un hippie total, fumando un cigarrillo. Lo han comercializado y banalizado.

–Pero Bolaño no deja de ser un autor complejo, no es de fácil acceso, más allá de que se intente convertirlo en una suerte de Kerouac latino.

–Eso es verdad: Bolaño tiene un nivel de complejidad exquisito y fantástico. Pero por otro lado es un narrador puro, sabe narrar como los mejores narradores comerciales, como Stephen King. El poder narrativo de Bolaño hace que sea fácil banalizar su complejidad. El mercado puede banalizar cualquier cosa; al capitalismo no le importa el objeto, ¿no? Es más difícil banalizar a Juan José Saer. No digo que no sea un gran narrador, pero su experimentación con la narración hace que no sea un narrador puro. Saer es más un poeta que escribe narrativa. Bolaño es tan intelectual como Piglia, pero esconde y mitifica mejor. El contrario es Mario Bellatin, que es narración pura. Pero hay que asumir el héroe y el idiota en uno. Esta es una frase de Nietzsche. Ese héroe también es un idiota y hay que reírse de él.

–¿Qué pasa, entonces, con Bellatin?

–Bellatin es un héroe, pero es incapaz de reírse de sí mismo. El es un tipo muy gracioso, ¿pero te has reído cuando lo lees? Es difícil reírse de Bellatin cuando lo lees. Tiene ese estilo anestésico que hace que termine siendo el héroe de su ficción. Y eso no me gusta. Diría que Bellatin es un narcisista abiertamente. Yo prefiero al perdedor, pero no el sentido trágico sino en el cómico. Bolaño es muy bueno cuando se ríe de sí mismo.

–En los epígrafes de Otra vez me alejo aparecen versos de Alejandra Pizarnik y de César Vallejo. ¿Qué rol cumple la poesía en un narrador y lector?

–Cuando estoy leyendo un poemario, como no hay un hilo narrativo explícito, tengo que construir lo que yo llamo “matrices metafóricas”. Yo no me considero un buen narrador, soy más fragmentario. Me gustaría concebir mi primera novela como un poemario que no pudo hacerse poema. La poesía me hace un lector paranoico.

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[Revista Ñ]

Anarquía y lucha de clases en la academia norteamericana

Por Silvina Friera

 

‘Lo que yo pienso, me dijo una vez, William James y Schopenhauer lo han pensado ya por mí’. La cita es de Macedonio Fernández, o quizá de Borges llamando a Macedonio, qué importa. Pero aplica en cierto modo a la filosofía por la que rumbea el puertorriqueño Luis Othoniel Rosa, que acaba de publicar su ópera prima, Otra vez me alejo (Entropía). Excéntrica, su escritura tiene un aire vanguardista, más por lo que propone que por lo que dice. Contra el mandato del imperio, Othoniel Rosa apuesta por una red de comunidades literarias. Y rescata para él mismo la influencia de Macedonio Fernández y de Borges. 

No llegó de casualidad a esa tradición anarquista. ¿Anarquista? Estudiante y profesor en los Estados Unidos, cuando desembarcó en Princeton allí estaba Ricardo Piglia. Y lo exprimió a Piglia, Othoniel. Tomó cuatro cursos con él y le pidió que fuera su tutor de tesis. “El me habló de Macedonio Fernández, me obsesionó”, cuenta ahora. Esa obsesión atraviesa la primera novela de Othoniel Rosa, que pronto será una trilogía.


Otra vez me alejo es la historia de una amistad. La de Alfred Dust y el narrador, compañeros de cuarto en la escuela de graduados. Puede leerse como la puja entre Othoniel y su alter ego en un contexto de jóvenes estudiantes en el que se avivan cruces entre latinos y gringos, en el que hay incipientes grupos terroristas, tortugas, pájaros, piratas, mucha marihuana y una buena dosis de literatura argentina.


El vínculo con la literatura argentina le viene a Othoniel Rosa de familia. Su padre, también escritor, hizo un doctorado con una tesis sobre Borges y Cortázar en los Estados Unidos. Y de Macedonio toma su escritura anárquica. Docente, impulsor del blog elroommate.com, Othoniel va dando clases por las universidades estadounidenses: “Somos mercenarios culturales”, define. Y todo en esta, su primera obra, viene de la experiencia en la universidad. Es un testimonio contado desde adentro, pero también desde su isla, Puerto Rico. Quizá sea eso: la posibilidad de una isla anárquica, literaria, como proyecto de vida y antídoto para tiempos de crisis.


–La novela se puede leer en clave racial, social. Esas diferencias se advierten cada vez más en ese ámbito estudiantil que contextualiza a la novela...

–Tiene que ver con la hipocresía que atraviesa la academia americana. Hay allí mismo una lucha de clases. Hay muchos argentinos, peruanos, puertorriqueños ricos en Princeton estudiando, y pagando. A mí me pagaban, si no jamás hubiese podido tener una educación allí. Hay una obvia diferencia de clases y la academia dice: mirá que diversos somos y te ponen una foto con negros, chinos, latinos. No tienen nada que ver los profesores, que son clase media y clase baja...


–¿Qué impacto tiene la crisis sobre los estudiantes de letras tercermundistas?
–Antes los latinoamericanos llegaban allá a cursar doctorados. (Josefina) Ludmer o (Sylvia) Molloy, llegaban, conseguían trabajo y podían hacer carrera, se compraban una casa. Mi generación no. Somos muchos más, y la crisis nos cambió la economía. De repente encontramos a gente muy buena, con varios libros publicados, trabajando de jardineros o yéndose a vivir a pueblitos muy pequeños. En los EE.UU. ya no existe la universidad pública, porque aún las públicas cobran un dinero ridículo para entrar. No la escuela graduada, por eso la escuela graduada está llena de extranjeros. Y nosotros somos mercenarios culturales, nos movemos buscando una clase aquí, otra allá. Si mirás el movimiento Ocuppy, verás que está lleno de académicos desempleados.

–Las editoriales escupen títulos al por mayor, y los autores viven de la manera que vos decís...

–Es cierto, pero creo que estamos en un momento muy lindo de la vida editorial, porque las grandes multinacionales no mueven la buena literatura actual. La buena literatura ahora pasa, en mi opinión, por las editoriales independientes. Ese es el circuito que a mí me interesa. Yo leo a un grupo de amigos míos, que a la vez me leen, y vamos creando comunidades. Ese es el valor de la literatura para mí.


–¿Comunidades con qué sentido? La literatura pierde su impacto social, y en muchos casos se plantea la falsa opción de competir con la TV, el cine, Internet...

–Yo veo de maneras diferentes la influencia social de la literatura, pienso su influencia como una manera de vivir. Por eso me gusta Bolaño, porque él aprendió a vivir a través de su literatura. Eligió un valor, que no es del dinero ni el del poder, esa es la función literaria. No me interesa ni me gusta la difusión gigante de una obra, yo prefiero la circulación pequeña, en la que transmitimos un valor muy poderoso, que nada tiene que ver con el dinero.


–¿Y en términos políticos, en relación a la capacidad de transformación social que rodea a cierta literatura?
–Como anarquista pienso la política en términos colectivistas de comunidades autónomas y pequeñas. No en términos estatales, soy antirrepresentación, por eso no creo en la representación del estado.

Othoniel Rosa cuenta que se pasó la semana en Buenos Aires discutiendo de política. Diciéndoles a todos eso mismo, que descree del Estado. No se la llevó de arriba y por eso pide que entiendan su lugar en el mundo. “En mi país no hay tal cosa como estado de representación, todas las leyes las dicta un gobierno por el que no votamos (EE.UU.) no le tenemos ni un pelo de confianza al Estado”. Se declara involucrado con los indignados españoles, y con el movimiento Ocuppy en los Estados Unidos. “Para mí vienen claramente del anarquismo”, alude. Y basa su teoría en el hecho de que estos grupos no tengan líderes, ni puedan conformarse a escalas masivas. Mil personas es lo máximo para que las asambleas puedan funcionar por consenso. “No decimos que vamos a cambiar el país completo, pero vamos a cambiar nuestra comunidad. Son células”, advierte.


–Pero esa visión es cortoplacista. En el mundo de hoy, sin poder, no pueden crearse comunidades autónomas

–Yo no considero la política como poder. El anarquismo la considera como vida. Por eso apuesto a las comunidades autónomas. La crisis del 2008 nos demostró que el Estado ya no tiene poder. En Estados Unidos tienen un tipo fantástico como presidente y no puede hacer nada.


–Detrás de ese diálogo estudiantil hay hendijas por las que se filtra una lectura política de la historia del continente americano, una teoría sobre cómo se crea un imperio, ¿podrías explicitarla en pocas palabras?

–Ese el corazón del registro metafórico de la novela. Esa idea de las distancias. Los imperios hacen que nos alejemos los unos de los otros. Eso es lo que veo ahora con mi generación en los Estados Unidos. Estamos continuamente moviéndonos, no podemos hacer tierra. El imperio desterritorializa, no en el buen sentido deleuziano, nos impone distancias que impiden la creación de comunidades.


–Usas la palabra imperio casi como una muletilla...

–Uso la palabra imperialismo de la manera más laxa posible, es una metáfora. En la novela se ven en la casa de la artista chilena, en esa reunión de anarquistas. Él llega tarde a la discusión, no sabe ni entiende de qué hablan pero le encanta.


–Sofistas, en la acepción despectiva de la palabra...

–Exacto. Mi idea en la novela era poner muchas historias para así obligar al lector a que trate de cancelar o unir unas con otras, a encontrar ese hilo conductor. Y a la vez no dejar que lo logre del todo. Es la historia imperial, que hace de todas las historias una y la misma. Luego están las historias piratas, anárquicas, que se resisten, y tienen su singularidad. Rompen esa linealidad.


–Hay también muchas referencias a la historia en sí, a quienes la cuentan, la escriben, o la evocan. Y vos no defendés el gran relato, si no la historias que cuentan los amigos, esa idea de comunidad que te persigue, el espíritu pirata, ¿es ésa la matriz de la novela?

–Sí. Y es también la matriz de la trilogía completa que estoy escribiendo. En las historias de los amigos está la clave. Y tiene relación con Borges, cuando dice que en la literatura hay cuatro ideas y que esas cuatro están en la Illiada. No hay originalidad, lo que hacemos es repetir cosas. Eso no pasa con las historias que nos cuentan nuestros amigos, esas son dinámicas, cambian, se mueven, no están en la Illiada, nunca acaban.


–Contame la historia del prólogo, hecho por esta niña de 8 años, en una escuela del Bronx, ¿cómo llegó a tu libro?
–Qué bueno que me lo preguntas. Estoy orgulloso de ese prólogo.


–Me pareció una especie de sinopsis...
–Fui a ver a Begonia Santa Cecilia, una artista española que vive en Nueva York, para llevarle el manuscrito de mi novela. Le dije que era fanático de su obra, ella tiene muchos cuadros sobre pasto, y le propuse que hiciéramos algo para ilustrar mi novela. Ella da clases de arte y allí le contó algunos de los fragmentos de la novela a los niños. Y los chicos hicieron sus dibujos. Pero una niña, demasiado inteligente, dijo que mi novela no tenía sentido, que estaba mal contada y que ella la iba a arreglar. Y la arregló, es ese prólogo que habla de un mundo loco.

–¿Qué clase de personaje es Alfred Dust, tu amigo y roommate en la novela?

–Alfred Dust sale de una combinación de mis amigos, y es a la vez la versión no torpe de mí mismo. Una versión mejorada de mí, pero a la vez es el héroe y el idiota. Es un mitómano, un narcisista, un egoísta.


–El nombre es significativo, ¿de dónde viene?

–Sí, de Manuel Ramos Otero, un escritor puertorriqueño que a mí me gusta mucho. El tiene un libro de poemas muy bello que se publicó después de su muerte, de sida. Se llama Invitación al polvo, y en Puerto Rico un polvo se entiende como acá. A la vez es una referencia al barroco, a Quevedo, “Del polvo venimos...”


–En un momento decís que los únicos que pueden disputarle el poder al Imperio son las mafias, ¿es una lectura de realidad o una propuesta?

–Yo estoy particularmente interesado en el negocio de la droga. Y lo del guano, esa sustancia que se modifica y que se vende es una excusa para expandir el imperio. Lo mismo ocurrió con la cocaína, fue la excusa de Reagan para invadir Colombia y joder a Puerto Rico, a México...


–La adulteración está muy presente en el libro, ¿qué es lo que te atrae de ella?

–Son historias que siempre están escondidas. ¿Cómo se explica que el 90 por ciento de la cocaína que se vende en el mundo provenga de Colombia? ¿Por qué podemos conocer el circuito de la Coca Cola y no de la droga? Quién siembra, quién cosecha, quién vende, quién recibe, quién distribuye. Son historias escondidas.


–¿Te preocupa que tu escritura, de tan anárquica, se vuelva incomprensible?
–Yo escribo novela porque es un género que me lo permite todo. Pero soy más lector de poesía. Macedonio Fernández, en Museo de la novela de la eterna, esa novela loquísima con 56 prólogos, dice que su lector ideal es un lector que lee salteado, el que no recorre el texto de manera lineal. Me pregunto si el lector fumado de mi novela no terminará leyéndola de manera lineal.


–Y es este un momento de tu escritura, que luego será más formal quizá… La novela deja esa sensación de despedida, puede ser nostalgia por un amigo pero también por una forma de ver las cosas...
–Sí, es el fin de la escuela graduada, que nos deja muchísimo más solos. La segunda parte trata de esa soledad del demonio. Y sí, es verdad que la novela es fragmentaria, pero es homogénea en su registro metafórico, el alejamiento, las historias anárquicas, lo imperial. En la segunda el registro es el contrario. Es el de la tierra, el de sembrar, quedarse en un sitio. La utopía.

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[Eterna Cadencia]

Alegorías circulares

Por Florencia Parodi

Otra vez me alejo es la primera novela del puertorriqueño Luis Othoniel Rosa y está compuesta de nueve capítulos ordenados en Primer alejamiento, Segundo alejamiento, y así. Sin embargo la imagen de la distancia (que el narrador se pregunta si es una categoría espacial o temporal, como las distancias estelares) va siempre de la mano de la de cercanía: “mientras más lejos están las cosas, más próximas al origen de todas las historias, y, por lo tanto, más cerca de lo que pasa.”

Aunque en la novela se cuenten varias historias, la acción principal transcurre en el Pueblo de la Princesa, en el campus de una Universidad como podría ser Princeton (donde Othoniel obtuvo un doctorado en literatura y conoció a Ricardo Piglia, tutor de su tesis). El narrador describe el campus como “un gran estado de excepción”, donde los estudiantes doctorales hindúes, chinos, europeos, árabes, latinoamericanos y africanos ofician de profesores de los alumnos de grado norteamericanos, que son el bolsillo de todo el aparato. Otra oposición de imágenes insistente en la novela de Othoniel es la del Imperio frente a los piratas, y algo que los conecta: el tráfico de guano: “somos la mierda que alimenta el cuerpo imperialista”.

Desde el “Primer alejamiento” es claro que la narración parte de estados alterados de conciencia, y más adelante en el libro se convierte en una declaración: “hoy la marihuana no es para mí sólo un pasatiempo o una costumbre diaria, sino una forma de expresión y también una forma de escribir”. Escribir la novela “arrebatado” (fumado) fue parte del plan, y es algo de lo que se habla en todo el libro, que lo integra.

La tercera oposición engañosa es la del narrador frente a Alfred Dust, su roommate. Dust es un orador brillante que consigue fácilmente la atención del auditorio, él en cambio es un chico torpe que se pone nervioso frente a una autoridad o a una mujer, un compilador de historias que cede el escenario a otros cuenteros. Finalmente su novela se constituye de todas esas historias, propias y ajenas; se deja poblar por ellas y las conecta de modos sorprendentes (“Como si el hecho de que mi tío se hubiese fumado un porrito en alta mar tuviera algo que ver con que una vaca cayera del cielo”, llega a decir). Esa sorprendente conexión entre las historias está presente desde el inicio.

—¿Cómo diste con el prólogo?

—Eso es algo de lo que me siento muy orgulloso: el prólogo y los dibujos de los niños que están en la tapa y en la solapa. Le pedí a una amiga española, Begonia Santa Cecilia, que es una artista plástica bastante establecida en Nueva York, que iniciara algo con mi novela. Con una estrategia más infantil, fumeta, toda la cuestión. Y como le dije infantil y ella da clases de arte a niñitos de la comunidad, les contó pedazos de mi novela –la historia de la princesa, el mito de Acteón y Diana, la tortuga y la liebre, la de una vaca que cae de un avión–, y les pidió que ellos ilustraran esa novela. Hicieron unos dibujos absolutamente hermosos, y algunos son esos. A mí me conmovió muchísimo, pero lo mejor fue esta niña Tanicea Russo que de momento dijo “Maestra, esa novela de la que usted habla no tiene ningún sentido y no sirve. Yo la voy a arreglar, la voy a volver a escribir porque como está no funciona”. Y escribió ese texto. Yo no lo podía creer, además el vocabulario: empieza diciendo “en un mundo loco”, y luego en el medio dice “y ahora el mundo se volvió loco”. Dice una cosa y luego “no, estaba mintiendo”. Parece que la nena se fumó un porro. Un genio.

—El libro empieza con la descripción de cómo se aproxima un pájaro y se desvía varias veces en el hilo del relato hasta que pocas páginas después el narrador se detiene y dice “es como hacer círculos en círculos sin podernos concentrar”. Adentro de esos círculos en círculos hay recurrencias que los van atando. Otra cita: “en teoría todas las historias pueden conectarse”. ¿Cómo trabajaste para conectarlas?

—Mira, yo soy más lector de poesía que de ficción. Entonces creo que lo que une la novela, más que los elementos que se repiten, es una serie de metáforas de la distancia. Eso es lo que le da unidad, ese es el alejamiento: todas las cosas parecen ser alegóricas de otras. El experimento de esta novela fue escribirla toda arrebatado, me obligué a hacerlo, fue parte del ejercicio para la distracción, para constantemente brincar de una cosa a otra. El experimento consiste en pedirle al lector que trate de unir todas estas historias, y que luego las desuna y les encuentre su singularidad: la historia imperial, que las une a todas, y las historias anárquicas, pirata, que rompen la linealidad.

—Describiendo personajes académicos el narrador dice que detrás de las pantallas de sabiduría hay humo. Y sobre Alfred Dust dice: “sus invenciones, más que un juego literario, eran una necesidad”. ¿Te parece que eso es una regla general de los narradores (o como les decís en la novela, cuenteros)?

—Yo diría otra cosa que también dice este libro: que la realidad se mira a través de cuento. Y es lo que me pasa a mí también, no es que veo la realidad y digo “esto podría ser una buena historia”, es que la entiendo como una historia. Este encuentro que yo tengo contigo va a sobrevivir de un modo narrativo. Eso es lo que hice en la novela. Lo que pasa es que la realidad está llena de historias pero inconexas, uno es el que está constantemente buscándole… De ahí la parte de la necesidad de contar historias: es algo humano y la realidad se construye de eso. Lo de que todos somos humo lo decía también por las pretensiones de los académicos, que en el fondo no es el conocimiento lo que buscan, es el reconocimiento. Quieren un reconocimiento social, es una pantalla sofista, no son los filósofos.

—El narrador de esta novela muchas veces cuenta historias en las que el narrador es otro. Es antes un lector. Alfred Dust es el escritor, y cuando el narrador lee su libro Tortugas (con sus fragmentos titulados tortuga 1, tortuga 2, tortuga 3), habla sobre él de una manera que se podría referir a tu libro, Otra vez me alejo.

Tortugas es una versión narcisista de esta novela.

—Claro, pero siendo antes que nada lector tu narrador zafa de ese pecado por el que se pregunta Acteón en la versión de Giordano Bruno. Es el que le cede el escenario a otros cuenteros para que cuenten sus historias.

—Exacto, ese el pecado. Acteón no entiende que su pecado es el narcisismo, pero es devorado por sus propios perros. El libro es mi narcisismo, que yo traté de devorar por los perros. La figura del narcisista sobrevive en Dust, la figura del héroe y del idiota. Eso es de Nietzche, es muy bueno: él dice que hay que abrazar al héroe y al idiota en uno, a los dos a la misma vez. Es reconocer que adentro de uno hay un héroe y hay un imbécil, y hay que asumirlos. Esa era mi manera de trabajar con esa voz del yo que está insoportable en la literatura contemporánea, ese yo narcisista que está en todas partes. Mi manera de lidiar con él era presentar también un yo imbécil, antipático, egoísta. Dust es eso. Es fácil mitificarlo pero también es un imbécil. Al narrador lo que lo distingue es la torpeza, la falta de gracia que le envidia a Alfred. Sobre ceder el lugar para que otros cuenten las historias, es lo que yo hago en roommate, y la novela está llena de eso, muchas de las historias son totalmente plagiadas. Es la novela de un lector, está llena de referencias y recomendaciones de lectura. Porque así se empieza a construir la literatura como comunidad, eso es lo más que me gusta. Esa es la dimensión política de la literatura: no lo que la literatura dice sobre la realidad, sino la comunidad que se crea alrededor de la literatura.

—Sobre las referencias. Casi todas son de la literatura argentina. ¿Por qué la literatura de acá tiene ese lugar tan central en tu novela? Te deben haber hecho esta pregunta ya.

—Yo siempre digo que no: que en el epígrafe está Vallejo y está Ramos Otero, que es puertorriqueño. Pero sí, es verdad: Borges, Macedonio Fernández, Pizarnik, Piglia (que es el que se menciona como “el escritor ítalo-argentino”), También hablo de Gombrowitz y de Puig. Es un homenaje a una tradición narrativa argentina, por eso la novela se publica primero acá (ya hay una reedición que va a salir en Puerto Rico). Es un homenaje a la literatura argentina y también un homenaje a Ricardo Piglia, que fue mi maestro y con quien todavía siento la misma torpeza que el narrador cuando conoce al escritor ítalo-argentino. Ya lo conozco como hace siete años, leyó mi tesis, me leyó la novela, y llego a verlo y sigo igual de nervioso.

—¿Esa tradición fue constitutiva para vos?

—La de Borges y Macedonio sí. Yo empecé a leer a Borges muy niño porque mi papá estaba escribiendo una tesis sobre Borges. Y mi tesis también terminó siendo sobre él: Una lectura anarquista de Borges y Macedonio (que espero sacar como un libro pronto). Así que hay una presencia muy fuerte de la tradición de esa narrativa, que es la que dice: no hay originalidad. Eso es lo que a mí me interesa. El lenguaje es compartido, lo que hacemos es citar, siempre estamos citando. Es una forma anarquista de entender la literatura, como algo que no es la obra de un genio, no es culto a la genialidad, es un colectivo. Tú y yo estamos haciendo literatura aquí; estamos haciendo la novela, de hecho. Pero por otro lado yo sí estoy muy marcado por la literatura de mi país. La poesía, sobre todo. Leo mucha poesía de Puerto Rico y tengo una generación muy fuerte de escritores amigos, nos intercambiamos todo obsesivamente. Unos cuantos de ellos escriben en roommate.

—¿Cómo es el trabajo de roommate?

—Hacemos reseñas, y ahora empezamos algo nuevo: antes eran reseñas de libros independientes, latinoamericanos, de 2008 al presente. Ahora estamos haciendo un número monográfico de autores clave, oscuros, no muy leídos, pero que han tenido una carrera larga y en editoriales independientes. Están saliendo reseñas de esas todos los días, ahora mismo sobre Lorenzo García Vega, un discípulo de Lezama. Poeta absolutamente fantástico, increíble, aquí le han publicado varias cosas. Murió hace poco. Es como un dossier, vamos a reseñar todo lo que podamos. Y vamos a hacer lo mismo con Mario Santiago, el poeta de Los detectives salvajes, con Marosa di Giorgio, poeta uruguaya exquisita, y así. Para dar a conocer a esa gente.

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[Télam]

Borges, Macedonio, imperialismo y marihuana

Por Leticia Pogoriles

En su primera novela, Otra vez me alejo, el joven puertorriqueño Luis Othoniel Rosa desanda en clave relajada y social intrigas académicas de los estudiantes latinoamericanos en la universidad de Princeton e introduce al lector en su propio corpus literario plagado de referencias y guiños de la literatura argentina.

Los caminos, las cercanías y distancias de Othoniel Rosa (Bayamón, 1985) son la materia prima con la que moldea su novela de corte vanguardista, un relato atravesado por el culto a la marihuana como metáfora "de lo que viene de la tierra, de lo vegetal que brinda otra temporalidad", dice a Télam en su breve visita a Buenos Aires.

La novela dividida en nueve alejamientos donde el imperialismo norteamericano (y su construcción desde el guano, la "mierda" de pájaros peruanos que agilizaban las cosechas y que fue causa del expansionismo), la fugacidad de las amistades masculinas (un tanto erotizadas) y el amor articulan la búsqueda de respuestas urgentes sobre la vida, en una atmósfera dulce y apacible.

Este doblez narrativo -plácido y desbocado- fue construido como "una condensación de plagios. No soy nada original", se sincera. "La literatura, explica, se hace con lenguajes y -como decía Borges- `el lenguaje es la suma de recuerdos compartidos`. Esa idea de que en la literatura no hay nada original y que el texto no es nuestra propiedad, sino algo colectivizado es lo que saco de la tradición argentina".

Docente de literatura en la Universidad de Duke en Carolina del Norte, su paso por Princeton dejó marcas indelebles, entre ellas, conocer a Ricardo Piglia, su mentor y "una influencia gigantesca en mi vida" que lo llevó a desarrollar su tesis doctoral sobre una lectura anarquista de las obras de los argentinos Borges y Macedonio Fernández. "Discípulo y maestro", aclara.

"Del mundo de la tradición literaria argentina de Piglia, que es la de Borges, Macedonio y Arlt, saqué la idea de que el autor y la literatura se producen en el acto de lectura, no en la escritura. La literatura no es una cosa original de un autor único, sino una condensación de historias y de plagios", dice el joven que viene a Argentina una vez por año desde 2005 para trabajar en su tesis.

Con este universo en mente, Othoniel se dedicó a construir en paralelo y, con lenguajes prestados, su historia, la de distancias constantes y de cercanías tangibles con sus propias lecturas. "Quise publicar la novela por primera vez en la Argentina como homenaje a la literatura de acá", cuenta el joven académico.

Sus años en el "Pueblo de la Princesa", como lo llama, son el escenario de Otra vez me alejo (Editorial Entropía).

"Fui becado en Princeton y lo que me salvó fue la amistad. Son amigos que están constantemente mudándose. Lo que uno lamenta es que ellos no nos terminan de contar sus historias, se nos van y estamos buscándolos por Facebook", apunta sobre el nudo dramático. 

La novela, escrita durante cinco años, se centra en la relación del narrador con su compañero de cuarto Alfred Dust y, entre ambos, el fantasma siempre presente de su ex novia, Trilcinea, un motor de búsquedas vivenciales y de intrigas universitarias donde conviven pequeños ataques terroristas, altas dosis de marihuana y discusiones sobre literatura argentina, con Borges y Macedonio a la cabeza.

Othoniel define a su protagonista como "una combinación de algunos amigos y una idealización de mí mismo. Nietzsche dice que hay que abrazar al héroe y al idiota de uno; Dust es un héroe pero también un imbécil despreciable, y en el medio, la torpeza".

"El deseo es el arma más precisa del imperio", desliza el autor sobre su diatriba crítica (y parodia) literaria de los imperialismos y los universos intelectuales que construyen los estudiantes latinos sobre su propia condición en Estados Unidos.

"La metáfora es porque las historias de los imperios son las que homogenizan el mundo y son parte de una sola. Tanto el guano en el siglo XIX como la guerra contra las drogas, que empieza Ronald Reagan, son justificativos de productos de exportación para expandir el imperio", explica.