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Querida familia: (Tomo 2)
Manuel Puig
460 páginas
 
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Diario Perfil (Terranova)

 
   
 

No voy en tren, voy en avión

 

[Por Juan Terranova, para Diario Perfil]

Si en abril de 2005 la editorial Entropía daba a conocer la intimidad de Manuel Puig y sus parientes de forma homogénea con Querida Familia, cartas europeas 1956-1962, en este volumen, Querida Familia, cartas americanas, también al cuidado de la prolija Graciela Goldchluck, el lapso se divide en dos, y las historias que se cuentan son bien diferentes. Primero, son dos, ciudades –aunque en realidad sean muchas más–, y también son dos Puig. Las diferencias son claras. Si en el primer tomo se viaja en barco, el medio de transporte por excelencia de este segundo volumen es el avión. Si a principios de los 60 el joven Puig mira el mundo con arrogancia, el final de esa década lo encuentra practicando el turismo relámpago como si fuera una religión. Con una militancia inquebrantable, lentamente convierte a su familia a ese credo. Más tarde, la década del 80 cambia todo. El ritmo de sus novelas, esa aceleración explosiva, el descontracturado juego con el lenguaje y su penetración obscena en el mercado editorial desaparecen en estos tomos. Las cartas son envolventes, suaves, reposadas. El efecto es acumulativo; su motor, el lento traqueteo de la intimidad. Es verdad: los dos tomos de su epistolario componen su novela más decimonónica.

Nuevo en Nueva York. El 21 de febrero 1963, el joven Puig escribe: “La ciudad me parece cada día más hermosa”, y después agrega: “Es estilo Inglaterra, estilo bodrio”. Por supuesto, se trata de amor-odio vía histeria de seducción a primera vista. Porque mientras se demanda a sí mismo horas libres para escribir La traición de Rita Hayworth, el inédito escritor esquilma la ciudad. Hace compras para él y su familia y, como es previsible, ve muchas películas: “Hay cine de todo tipo, desde Jean Harlow hasta Isabel Sarli, todo”. Puig trabaja subtitulando películas hasta que entra en Air France como administrativo políglota. Con inmejorables descuentos, hace viajes ultra breves todo el tiempo. Planea y pasa fines de semana en México, Lima, París. En Puerto Rico está apenas cuatro días y se interesa por excursiones a Rusia para su familia. “Alaska –comenta– me salió gratis, todavía estoy paladeando la langosta y los fiambres japoneses.”

Con un nuevo ascenso simbólico, de Air France pasa a otra institución francesa diferente pero también prestigiosa. Aunque se queja de que Carmen Balcells, mítica editora catalana, le saca “canas verdes”, en Gallimard se lo lee y cuenta con la aprobación del poeta y también novelista Severo Sarduy. Agarrado a una promesa, Puig viaja a Marrakesh un fin de semana solo pero feliz. “El chisme que se corre en París dice que Sarduy y yo somos las dos súper revelaciones castellanas y que todo lo demás queda superado.”
El Puig de los 80 es a veces opuesto al de los 60. Las cartas de la segunda parte del libro muestran a una celebridad literaria que se queja de que en Perú hacen la adaptación para teatro de El beso de la mujer araña sin permiso y sin derechos. La poética de la economía familiar y doméstica da paso a otros gastos. Mientras busca departamento para instalarse, revisa y corrige las innumerables traducciones de sus libros. Ya no tiene mucho tiempo para ir al cine y cambia las salas por los videocasetes. Afectado por la pasión, trafica y copia VHS con la fruición del iniciado. Le llegan paquetes de los Estados Unidos, de Europa y también de Latinoamérica. Un domingo de junio, Puig se lamenta por la muerte de su traductor al húngaro. “Para mí triple pérdida porque era un buen amigo, buen traductor y tenía un puesto en el Ministerio de Cultura de donde me podían invitar.” Ahora no es Air France la que financia con sus descuentos los viajes de Puig: las invitaciones llegan de universidades norteamericanas y de casas editoriales europeas.

Lo real. Si las cartas neoyorquinas no se parecen a La traición…(aunque haya similitudes muy rastreables), las de Río sí perfilan con claridad Cae la noche tropical: argentinos que compran propiedades en Brasil para después olvidarse la bombilla y el mate cuando pasan de visita. Como los personajes de sus libros, Puig se queja si no hubo cartas o si fueron muy cortas. Arrebatado por una nostalgia permanente, mira el presente con desconfianza; provinciano en el mundo, aunque dice que a veces sueña con su departamento porteño, para él Buenos Aires es un accidente, una escala obligada entre General Villegas y el mundo. ¿No es significativo que la interminable búsqueda de la ciudad ideal se detenga al menos un poco más de lo habitual en Río, la de la playa y el clima templado?
Aunque también podríamos pensar que la peregrinación de Puig fue en el tiempo: toda su obra es una larga espera y un anticipo de la hoy ya legendaria década del 80. Estas cartas documentan ese viaje y también, al pasar, dejan constancia de una buena parte de la literatura argentina del siglo XX.