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Caminaron hasta un galpón semiderruido.
Treparon por una escalera desvencijada y desembocaron en un salón polvoriento lleno de voces, gritos, repiquetes. En la pared se leía: “El que afloja, pierde.”
Subidos a un mueble, dos bañistas se trompeaban con las manos enguantadas. Cuando se acertaban, se escuchaba ¡plaf! Desde abajo les gritaban.
El policía intercambió algunas palabras con un pelado que llevaba una toalla de bufanda.
–Vení –lo llamaron.
El otro lo miró de arriba abajo.
–Dame las manos.
Se las enguantó.
–Ahora, subí –dijo el comisario–. Por si no te avivaste, ése es el ring.
Tras él, trepó uno de los bañistas.
Apenas sonó la campana se le fue encima.
A fuerza de sopapos le iluminó la cara. Como se reía, el otro paró. El pelado hizo una seña.
–¡Dale, nomás!
La lluvia de golpes continuó. Cada tanto Amaral devolvía alguno, sin convicción.
–Mirá, rascabuche –intervino el de uniforme–. No te vas a divertir gratis. Tenés que poner lo tuyo, si no, chau guita, minas, todo. Ahora, la cosa sigue, vos te cubrís. Te cubrís y pegás. Tampoco es cuestión de quedar tarado. Y cuando yo diga ¡ponga!, vos le entrás con alma y vida. ¿Entendido? ¡Contestá!
–Se sabe.
–No te hagás el rana. Acordate, cuando yo diga...
Y cuando el comisario dijo él puso y el bañista se fue a dormir.
Así comenzó su carrera de boxeador.
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