Editorial
Autores
Blog!

Contacto
Librerías

  La comemadre
Roque Larraquy

146 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2010
ISBN: 978-987-1768-00-4
 
     
   
     
 

La comemadre ofrece dos relatos que hunden sus raíces en la misma materia y abrevan en las mismas obsesiones. De un lado, un médico que se ve envuelto en una iniciativa científica descabellada y cruel, en un sanatorio suburbano. Por otra parte, un célebre artista plástico que lleva al extremo su búsqueda estética y se transforma, él mismo, en objeto de experimentación. Por ambos hemisferios de este libro rondan la intervención sobre el cuerpo y la búsqueda de la trascendencia. Primero, presentadas como derivación de una contrahecha esperanza positivista, a comienzos de 1900. Luego, como resultado de una apuesta artística radical, exitosa y, finalmente, banal en los inicios del siglo XXI. En el centro de esta novela, puntuada por el humor y la velocidad de su cadencia narrativa, flota la idea de lo monstruoso. Roque Larraquy lo presenta no ya de un modo ajeno o repudiable, sino como el motor de un quimérico progreso colectivo o personal, como una de las absurdas secuelas del amor.

Contratapa
     
   

Hay quienes no existen, o casi, como la señorita Menéndez. La jefa de enfermeras. En el espacio de estas palabras entra completa. Las mujeres a su cargo huelen y visten igual, y nos llaman doctor. Si un paciente empeora por un olvido o una inyección de más, se llenan de presencia: existen en el error. En cambio Menéndez nunca falla, por eso es la jefa.
La miro cuanto puedo para encontrarle un gesto doméstico, un secreto, una imperfección.

Lo encontré. Son los cinco minutos de Menéndez. Se apoya en la baranda y enciende un cigarrillo. Como no suele alzar la mirada, no advierte que la observo. Pone una cara de no pensar, de botella vacía. Fuma durante cinco minutos. En ese lapso no logra terminar el cigarrillo y lo deja por la mitad. Su derroche, su lujo personal, es apagarlo con el dedo mojado en saliva y tirarlo a la basura. Sólo fuma cigarrillos nuevos. Así entra al mundo, todos los días, a la misma hora, y existe el tiempo suficiente como para enamorarme de ella.

Mis colegas son numerosos y todavía no los identifico a todos. Hay un hombre robusto con un lunar en el mentón que siempre me saluda, y al que sólo recuerdo por su lunar. No sé cómo se llama ni cuál es su especialidad. Tiene una mitad de la cara más caída que la otra, y cada vez que habla, no sé muy bien de qué, entorna los ojos como si se encandilara.

Cada palabra que dice Silvia es una mosca que sale de su boca, y debería callarse para no aumentar el número. La sumerjo en agua helada. Cuando retiro la mano ella saca la cabeza, respira y vuelve a preguntar: “¿no ven que las moscas salen de mí?” Que yo no las vea le importa más que el frío. Todavía no me explico por qué me la asignaron. No soy psiquiatra. Aseguraría que lo único que hace el agua helada es ponerla en riesgo de una pulmonía. Pero lo que vale en estos casos es la persistencia del delirio, que con el hielo debería remitir. Le prometo una cama tibia. Hay que tomar nota de cualquier cambio: si prefiere quedarse callada, si pide por su familia (no tiene familia, pero sería un delirio más saludable), si ya no hay moscas. Las ve disolviéndose en el techo.

Fragmento
     
   

Autor

 

   
                     

Roque Larraquy (Buenos Aires, 1975).
La comemadre es su primera novela.

 


   

Reseñas

 

 

ADN
(Daniel Gigena)

Radar Libros
(Damián Huergo)

Inrockuptibles
(Matías Capelli)




[ADN]

Fantasías médicas

por Daniel Gigena

 

A la manera de un texto anfibio, La comemadre cuenta dos historias de comienzos de siglo. La primera transcurre en 1907 en el Sanatorio Temperley, donde un grupo de médicos comandado por un directivo ambicioso y un inglés que pone la plata realiza pruebas para indagar qué hay más allá del umbral de la muerte. El doctor Quintana comenta aquello que escribe en su diario personal, que es también diario del experimento con pacientes de cáncer y de una esforzada conquista amorosa. La segunda parte, ambientada en la ciudad de Buenos Aires en 2009, está protagonizada por un ex niño prodigio convertido en "la salvación del arte" (y también en su negación), debido a las osadas instalaciones que monta, en las que el cuerpo humano cumple un papel central. El artista corrige el borrador de una tesis sobre su obra escrito por Linda Carter, una académica yanqui "víctima de la homonimia" (se llama igual que la actriz de La mujer maravilla ), a la vez que interpreta en clave personal su trabajo. Él y Quintana, como "puntos vinculados por una línea de materia sólida", cultivan el desprecio por la moral de la época y las relaciones de amor (no correspondido)entre desiguales.
Como la planta que devora los cadáveres acumulados en el sótano del Sanatorio Temperley mientras se come a sí misma (la "comemadre"), con esa misma autofagia voraz procede la escritura de Roque Larraquy (Buenos Aires, 1975). Su texto bicéfalo asimila "la idea de continuidad, la ilusión de un programa y la mítica de las pampas". Mítica alimentada -cuándo no- con sangre humana: en la primera parte, se guillotina a enfermos terminales (pobres e iletrados) para escuchar qué dicen en los instantes posteriores a la decapitación; en la segunda, hay cirugías financiadas por instituciones extranjeras, desmembramientos y visitas clandestinas a la morgue. Abundan los dobles por naturaleza o artificio, así como las réplicas distorsionadas: Silvia, una paciente del sanatorio, "se convierte" en Silvio Soldán en la segunda parte; el pato cartesiano del manuscrito de Quintana pasa a ser la obra multimedia El pathos cartesiano . Las copias y los estribillos (el Palais de Glace, los cobayos literales y figurados, las frases "tóquenme" y "el clima de gesta favorece el sí fácil", aplicada con falso patriotismo a los que se sacrifican en aras de la ciencia o el arte) contaminan una fantasía médica que, cien años después, adopta la sintaxis neutra de un informe sobre los avatares artísticos de un caso.
Además de parodiar las ficciones científicas del siglo XIX (de Julio Verne a E. L. Holmberg), que reciclaban argumentos "imposibles" y hacían accesible la ciencia al vulgo, La comemadre utiliza motivos fraguados en el campo del arte. Fantasmones que se someten a cirugías espantosas para exhibirlas en video, identidades alteradas clínicamente y luego desechadas, instalaciones con niños deformes, el dolor considerado una prueba de la honestidad artística son algunas de las variantes del nuevo milenarismo (sostenido con propaganda y becas), muchas de ellas ya puestas en práctica en bienales, galerías y museos: esta ficción saca crédito del contrapunto con las demagógicas novedades del mundo del arte, flamante laboratorio, como apunta uno de los narradores de la novela, de "la aceptación social".
Eco criollo del universo literario de Mario Bellatin, tributo imprevisto (e improbable) a El arrancacorazones de Boris Vian, la primera obra de Larraquy encuentra su fórmula en la arbitrariedad e hipertrofia de su apuesta.

     
     

-----------------------------------------------------------------------

[Radar Libros]

Cabezas perdidas

por Damián Huergo

 

Pensemos dos casos. El primero ocurre en 1907 en el Sanatorio Temperley. Un grupo de médicos, influido por el positivismo y el higienismo, emprende un experimento absurdo en pos de la "evolución de la ciencia": decapitar a enfermos terminales y pedirles a las cabezas cortadas que cuenten sus –supuestos– últimos nueve segundos de lucidez. El segundo caso sucede un siglo después. Un prodigioso artista busca provocar a la sociedad de la imagen, convirtiendo su propio cuerpo en objeto de arte y mercancía a la vez. Estos sucesos podrían aparecer como objeto de estudio en algún seminario inédito de Foucault, que sea el eslabón perdido entre sus ensayos sobre la anátomo-política y la biopolítica. Sin embargo, son el eje narrativo de los dos relatos que integran La comemadre, la maravillosa y extravagante novela con que el joven escritor Roque Larraquy hace su debut literario.

En el primer relato Larraquy construye una atmósfera lúgubre, acorde con la rareza del proyecto. La arquitectura hospitalaria, las mentiras convertidas en verdades absolutas por el saber médico y los silencios –con tufillo conspirativo– de los pasillos recuerdan el clima turbio de El hombre elefante, de David Lynch. En ese escenario, los "hombres de ciencia" se arriman a responder una las preguntas troncales de la filosofía y la religión: ¿qué sucede después de la muerte? Con buenas dosis de humor macabro, Larraquy crea un relato científico-filosófico para nada acartonado. Allí los personajes no hacen preguntas como un mero ejercicio intelectual, las responden con el cuerpo, literalmente. De ese modo Larraquy parece burlarse del cliché del mundo intelectual que vive dudando. Y fuerza a sus personajes a asumir la monstruosidad de sus ideas como un sacrificio necesario al servicio de un ente que los excede (en este caso la ciencia).

En el segundo relato las ideas también generan movimiento. Allí el joven artista plástico –mezcla de Ignatius Reilly y Oscar Wao– responde a la tesis de una doctoranda sobre su obra. En estas páginas narra su insólita biografía personal y artística. Repasa su infancia como niño prodigio apadrinado por Silvio Soldán, se ríe de las lineales comparaciones de su trabajo con El Matadero (como si el propio Larraquy se adelantara a las lecturas de La comemadre) y detalla con pasión las intervenciones artísticas en su propio cuerpo. Además, como al pasar, elabora un consciente ensayo sociológico sobre las nuevas reglas del arte. Alega que es necesario hacer alboroto afuera del campo artístico con una primera obra "que estimule la vulgaridad y la vergüenza ajena". Y así desplazarse del afuera hacia adentro, desde "las páginas de Sociedad hasta las de Cultura", hasta lograr que todos –sectores ajenos y propios del campo– identifiquen su nombre como si fuese una marca.

Ambos relatos están narrados en primera persona, con una precisa y acertada prosa que talla cada frase como si fuese el trabajo de un artesano. Además comparten escenarios, objetos y nombres familiares que sirven de puentes de conexión –espacial y temporal– entre los dos textos. Pero sobre todo la gran similitud que tienen es que por debajo, como si fuese el motor escondido que hace avanzar las atroces ideas científicas y artísticas, se desarrollan complejas (¿acaso las hay de otro modo?) historias de amor.

La comemadre, por su familiaridad con lo monstruoso y lo disparatado, se puede leer en sintonía con el trabajo de otros raros de la literatura latinoamericana, como Juan Emar, Pablo Palacios o los textos de Felisberto Hernández influenciados por Lautréamont. A la vez, los dos relatos se diferencian de otras novelas de tesis o de ficciones teóricas, donde las ideas sólo batallan en la arena del lenguaje. En cambio, en La comemadre, una idea, un pensamiento, puede dejar a varios sin cabeza o –en el mejor de los casos– con una pierna menos. Porque, como los buenos escritores, donde hay ideas Larraquy también ve acción.

 

-----------------------------------------------------------------------

 

[Inrockuptibles]

Novela bicéfala

por Matías Capelli

 

Es un niño pequeño, bonito, y tiene dos cabezas. La primera le nace del cuello, con normalidad. La segunda le cuelga lánguida por detrás de la primera; no tiene nariz ni ojos, pero sí una boca, pequeña y bien conformada, con dientes prematuros. No es posible extirparla porque el cerebro abarca ambos cráneos, o porque el niño tiene dos cerebros, o porque es dos niños. Nadie lo sabe con certeza." Estas palabras, usadas para describir a un ser humano monstruoso que un joven artista contemporáneo utiliza en la muestra que catapultará su carrera, es también un buen ideograma de La comemadre, primera novela de Roque Larraquy (1975). Una novela bicéfala apuntalada por dos relatos siameses, autónomos pero interconectados entre sí por delgados filamentos nerviosos: algunas cosas (hormigas, ranas metálicas, un extraño polvillo negro y una guillotina), algunos lugares (El Palais de Glace, el Sanatorio Temperley), y un mismo linaje familiar. La primera parte de La comemadre transcurre a principios de siglo XIX y está protagonizada por un grupo de psiquiatras que, en una clínica privada, llevan adelante un experimento kafkiano con pacientes terminales. Mientras intentan determinar qué ocurre, si es que algo ocurre, en la mente de una persona después de la muerte, compiten por conquistar a la misma mujer, la jefa de enfermeras. En estas páginas, además de hacer gala de un humor esmerilado y una notable imaginación narrativa, Larraquy pareciera afinar magistralmente, como muy pocos han logrado en los últimos años, el tono de Di Benedetto. El otro relato, también en primera persona, está situado en 2009 y es un racconto de la carrera de un artista joven global, exitoso y polémico por partes iguales. Editado hace algunas semanas, La comemadre es un libro del que, ojalá, se hable y mucho el año que viene. Una novela pequeña y bonita, de dos cabezas.