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Fragmento |
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Coros
Regreso en tren. Jaime me deja en la terminal de ómnibus de Luján. Al rato me entero de que acaba de declararse un paro sorpresivo de transporte. Que el último bus salió a las seis treinta y que el servicio está suspendido hasta nuevo aviso. Un cartel improvisado, escrito a mano, se repite en varias boleterías: “Sin servicio”. Me dice un hombre que si fuera por él haría el viaje pero el tema es que en la autopista lo pueden reventar a cascotazos. O a tiros, agrega uno que está de espaldas, jugando al solitario en la computadora. El próximo tren sale dentro de veinte minutos, escucho por ahí. Llueve. Me acerco a la parada de taxis y tomo el primero de una larga fila que me lleva a la estación en menos de cinco minutos. El andén se va poblando de gente, mayoría de estudiantes, que calman la ansiedad con cigarrillos y charlas cada vez más bulliciosas. También hay trabajadores, jubilados, mujeres con bebés y un par de borrachos acodados en un puesto de hamburguesas. El tren llega finalmente, con diez minutos de demora. Está vacío, me siento contra una ventanilla que no cierra. Cambio de lugar, pero al rato, cuando el tren se pone en movimiento, la traba de la ventanilla cede y tengo que estar atenta y sujetarla con la mano durante todo el trayecto para no mojarme. En el compartimento de al lado, pasillo de por medio, se sientan cuatro seminaristas. Uno más joven que el otro. Sólo uno de ellos va vestido de cura. Pero no cabe duda, se nota a la legua, son una cofradía. Charlan, leen, se hacen bromas entre sí. El de la sotana guarda entre las piernas una guitarra enfundada. El vagón se llena, el ambiente se enrarece. Con el traqueteo, empiezo a quedarme dormida, hasta que un hecho inesperado atrae mi atención. No se sabe mucho cómo, ni cuándo empieza la pelea. Primero se produce un forcejeo que la oscuridad no me deja entender con claridad. Son tres o cuatro, chicos y chicas, que se tiran de los pelos sobre el andén de una estación muy vieja mientras las puertas del tren todavía están abiertas, hay una bicicleta en el medio, alguien resbala, otro se aferra a una rueda dando patadas en el aire. No pasa mucho, no es grave, y sin embargo suficiente para alterar el curso del viaje. El chico que estaba en el piso consigue entrar al tren arrastrándose con el manubrio de la bicicleta en la mano. Los seminaristas enmudecen, observan la situación, se interrogan con la mirada, un poco tensos, pero no intervienen. Se cierran las puertas de golpe y el chico que subió al tren se recompone de a poco. Los que quedaron sobre el andén patean el chasis del vagón y uno, o una, lanza un escupitajo que se estampa contra la ventanilla de los seminaristas.
En un principio no se sabe bien si el que subió es la víctima o el victimario. Tiene la cara enrojecida, tiembla un poco, y, a pesar de ser un chico robusto, da la impresión de estar dispuesto a soltar unas lágrimas en cualquier momento. No cabe duda, es la víctima. La mirada pegada al vidrio, avergonzado, se esconde como puede de las miradas que le apuntan alrededor, se frota las manos manchadas de barro, y se descubre una pequeña herida superficial en la palma derecha que se relame el resto del viaje. Por momentos también se muerde un poco el pulgar derecho, para contener el dolor, o porque siente bronca, no se sabe. Quiere que el tiempo pase rápido.
Con los minutos, las miradas que al comienzo lo midieron con aprensión, luego curiosas y finalmente compasivas, van sumiéndose en la indiferencia y el olvido. Tres o cuatro estaciones más adelante, para terminar de sepultar el incidente por completo, uno de los seminaristas se anima, desenfunda la guitarra y con unos arpegios muy rudimentarios se acompaña para cantar una canción en un español raro, medio antiguo, que de a poco entusiasma al resto de los curitas que se ponen a hacer los coros. |
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Reseñas
Radar Libros
(Juan Pablo Bertazza)
La lectora provisoria
(Quintín)
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[Radar Libros]
Pueblo chico
por Juan Pablo Bertazza
En 1899, en un terreno fértil de 600 hectáreas de Luján, se colocó la piedra base de un proyecto dirigido por el médico Domingo Cabred, para mejorar la rehabilitación de enfermos mentales. El novedoso sistema –inspirado en el modelo escocés del open door– buscaba combatir lo que José Ingenieros, otro médico, denunciaba en La locura en la Argentina: el maltrato permanente de los pacientes, a quienes aglutinaban en el siglo XIX, junto a los inmigrantes más problemáticos. Los objetivos del doctor Cabred eran, al menos, dos: terminar con el hacinamiento de los hospicios porteños y crear un complejo psiquiátrico que suprimiera el sadoquismo de los chalecos de fuerza, los electroshocks y los sedantes no probados. Con el tiempo, el complejo fue evolucionando hasta volverse un verdadero orgullo de la zona que, no obstante, no tardaría en sufrir algunas consecuencias negativas.
Iosi Havilio condimenta su primera novela con un tema tabú de la psiquiatría, hoy resignificado en el concepto de desmanicomialización, para revisar –al mismo tiempo– un tópico pilar en la historia de la literatura argentina: la representación del espacio del campo, trabajado por una diversa gama estética e ideológica que va de Benito Lynch a Ricardo Güiraldes y resurge en autores recientes como María Martoccia. Havilio incorpora a esa tradición un punto de vista contemporáneo a partir de cuarenta y un capítulos cortos más un epílogo que podrían conformar tranquilamente escenas de una película o de una obra de teatro (Havilio es autor de El comeclavos, unipersonal basado en El entenado de Saer).
Opendoor, el libro, es una máquina permanente de generar intrigas que –no queda claro si deliberadamente o no– nunca son resueltas. El primer enigma tiene que ver con la voz del narrador: una mujer nunca nombrada y estudiante de veterinaria que, no obstante, se asquea con la pata amputada del perrito de su novia, Aída, y resulta, a la inversa de lo que solemos percibir en los veterinarios, muy indolente. Una tarde va a pasear con Aída hasta que ella desaparece y luego presencia un suicidio desde un puente de La Boca que, si bien coincide a priori con la desaparición de su novia, no va a inquietar demasiado a la veterinaria.
Lo que sí despierta su intriga es el pueblo de Opendoor, a donde llega para diagnosticar el tumor de un caballo que comparte nombre con su dueño: Jaime. En Opendoor va a encontrarse con varios personajes, a quienes identificará con los propios animales que examina; al mismo tiempo que da rienda suelta a su incontrolable ansiedad por conocer la historia del manicomio, “un pueblo dentro del pueblo”.
Durante su estadía en la estancia de Julián, la protagonista vivirá dionisíacamente, entre marihuana, ketamina (droga que se suministra, justamente, a los caballos), caos permanente, el mal sexo con su hombre de campo y la orgía perpetua junto a Eloísa, una verdadera Lolita menor de quince años, no muy servidora de Dios precisamente.
El erotismo le da al libro una impronta muy fuerte que, por momentos, justifica que todos los enigmas terminen como eunucos, custodiando la fortaleza de un misterio que nunca se resuelve. Pero hay un detalle no menor: muchas de las intrigas se relacionan entre sí a partir del léxico. Por ejemplo, un misterioso personaje de la estancia es apodado Boca, que es el barrio donde ocurre el suicidio de las primeras páginas.
Iosi Havilio, a partir de un lujurioso manejo del relato, logra hacer de Opendoor un debut promisorio.
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[La lectora provisoria]
Un nuevo mundo
Por Quintín
En las primeras páginas la narradora se presenta como ex estudiante y empleada de una veterinaria. Nunca dirá su nombre, nunca aportará otro dato sobre su familia, su educación ni su pasado. Ni siquiera sabremos qué edad tiene aunque del contexto podemos suponer que anda por los treinta. Del autor tampoco nos dice mucho la solapa, sólo que nació en 1974, que esta es su primera novela, mientras que la foto, aun en estos tiempos confusos, es inequívocamente la de un hombre. Cuando la novela comienza, la protagonista vive con otra mujer, Aída, que al poco tiempo desaparece de manera misteriosa. Con el correr de los capítulos, terminará viviendo con un hombre de campo, como ella lo llama, un hombre que se llama Jaime igual que su caballo, en un pueblo perdido, casi fantasma, a menos de 100 km de Buenos Aires. La mujer se revela bisexual, pero ninguna de las variantes parece entusiasmarla. Al principio lo practica con desgano, pero luego conoce a Eloísa, “esa pendeja que apareció en el momento justo, esta pendeja bruta, hermosa, elemental”. La pasión que le irá despertando la adolescente pautará la evolución del personaje.
Pero no nos apresuremos. Ilustremos, por el contrario, ese cambio con dos pasajes. Mientras la primera relación con Aída se describe en estos términos distantes:
Después me abrazó y yo me dejé abrazar. Quiso besarme en la boca. Hoy no, la atajé, mejor otro día. No protestó. Y todo ese tiempo, mientras fumábamos en silencio, hasta que me quedé dormida, no pude dejar de pensar en la piel de Aída, que cambiaba a cada rato, que se caía, como la de las serpientes.
Una de las últimas con Eloísa se cuenta así:
Estoy por abrir los ojos pero Eloísa no me da tiempo, me moja con la lengua esos huecos que se esconden entre la concha y el inicio de las piernas, el derecho y el izquierdo, primero uno, después el otro. Se aleja un poco, hace una pausa, sopla, me llena con su aliento ardiente, vuelve a tomar distancia, está convirtiéndose en una experta. Tiene método. Pero enseguida se pierde y arremete con todo lamiéndome como bestia del agujero del culo a la punta del clítoris, hambrienta, desbocada, y me mete los dedos, uno, dos, todos los que puede. Otra vez una pausa, y me pregunta con sorna: ¿Querés que siga. Y yo me convierto en una sola súplica inarticulada incapaz de decir nada. Estamos en el medio del campo. Entonces sigue, más frenética que antes, y yo pensé que más no se podía. Me traga, me come me despedaza. Abro los ojos y acabo aullando como una loca.
En el primer párrafo, sobre todo, se nota una pequeña anomalía en el estilo de Havilio: el exceso de comas. Igual que en este otro pasaje:
Hay quien, demasiado apurado, no tiene tiempo de fijarse en los patrulleros, ni en el puente, ni en el cordón policial, ni menos, en el que estaba arriba, y hace sonar su bocina con tres golpes secos, como de festejo, para despabilar a los de adelante.
También sorprenden a veces ciertas expresiones (“me miraba sin intención, y sin embargo tanto”, “estoy baja”), alguna frase que queda en versito (“y una torre color plata que pasa demasiado rápido para entender de qué se trata”) y algunas imprecisiones fácticas: “un caballo común, sin rasgos demasiado particulares” (no parece una frase de veterinario), una corbata “reglamentaria” de un auxiliar de juzgado, una credencial (no identificada) que permite comprar drogas en la farmacia, o un testamento hecho por una mujer muy joven, como si Havilio no estuviera del todo familiarizada con ciertas prácticas. Y tampoco se explica el origen del dinero en los momentos en los que la protagonista tiene dinero. Pero, sin embargo, Opendoor es un libro consistente, tenaz, articulado.
En una columna reciente, Maxi Tomas cuenta que Beatriz Sarlo “se muestra entusiasta con la novela de Havilio” y que no se lo esperaba: “Esta novela es algo que me sorprendió. No obedece a ningún sistema de lectura. Parece salida de la nada”, dice Sarlo.
Efectivamente, mientras la leía, hubo algo que me hizo preguntarme de dónde salían Havilio y su novela. Es curioso el paralelismo que salta a la vista con su protagonista, la mujer sin pasado y sin raíces, tan deliberadamente ocultas como las influencias del libro. Sin embargo, podemos adivinar algunos detalles biográficos de la mujer que cuenta Opendoor y esos hablan de un personaje más sofisticado de lo que puede parecer en principio esa oscura empleada sin ambiciones. Para empezar, tiene ciertas capacidades, como la de manejar una camioneta, y cierta formación que excede a la que provee la Facultad de Agronomía. Una expresión como “metamelodía” o la descripción de un libro como best-seller parecen delatar ciertos estudios humanísticos, así como la facilidad para entender las coordenadas culturales de los otros personajes (la lapidaria “Yasky es un tipo común, clásico, o mediocre, según, de esos que les da por ser coleccionistas en sus tiempos libres: estampillas, discos de vinilo, o videos porno, por épocas”, o la cómica “una chica de cara pálida, el pelo negro cortado en taza, y una camisa abotonada hasta el cuello. Católica o moderna. No está claro.”) En esa línea está el interés que le despierta la aparición del libro de un viajero francés del siglo XIX, hallazgo que la lleva a profundizar en la historia de Opendoor y a escribir un ensayo sobre la curiosa y revolucionaria colonia para pacientes mentales fundada en 1898, que con el tiempo se fue reduciendo a ser un simple manicomio, parte del pueblo homónimo. Ese ensayo no es transcripto pero contamina la novela de una actitud intelectual que se sugiere más que se asume. También, hurgando un poco, se puede sospechar un aire brasileño en la novela, a partir de cierto gusto por el portugués (“una lengua graciosa, llena de sonidos de viento”) y el sueño que incluye un departamento sobre la playa en Río de Janeiro. Es más de lo que sabemos de Havilio, salvo que esos detalles denotan cierto interés por jugar de un modo nuevo el juego de la literatura argentina, asfixiada un poco entre tanto canon y contracanon, inhibida por el peso de ciertas figuras. Es decir, por desmarcarse de sus contemporáneos hacia un nuevo territorio y, travistiéndose en su opaca protagonista, borrar como ella las pistas desde un cierto anonimato. Así como ella encuentra a tientas y sin saberlo un mundo nuevo, Havilio parece buscar un lugar desde el que se pueda escribir sin imitar aunque, como Opendoor, el sitio sea despoblado e inestable.
Opendoor, a su vez, es un viaje (al que perfectamente se podría llamar iniciático) hacia “la exactitud del azar, lo cósmico, lo inevitable”, una mutación, una evolución de la tristeza original a “una paz nueva, desconocida”, y al “me siento feliz” que cierra el libro, aunque la frase no alude a ninguna forma de triunfo definitivo, sino a un precario equilibrio existencial y, sobre todo, a una huida. El corazón de la novela es la comparación entre esa utópica república para locos, “locos más locos, menos neuróticos”, donde “ningún muro restringe el horizonte, nada que limite la ocasión de libertad absoluta”, y cada uno trabaja solo en la medida de su deseo, con la mudanza de la heroína de la ciudad al campo, el abandono de su pasado ordinario y de la común vida entre jóvenes urbanos más o menos aburridos, más o menos empobrecidos, más o menos modernos sobre los que se desarrollan las ficciones contemporáneas, hacia un tiempo rural, secretamente arcaico y lento como el de esos locos de otro tiempo. Pero no se trata de un cambio radical, sino más bien de un filtro, de un desvío en la mirada: a una hora y media de Buenos Aires, en ese pueblo casi inaccesible entre Pilar y Luján, la modernidad no es desconocida y suceden las mismas cosas que en la Capital (y que en las novelas de la generación de Havilio): la gente se ama, se droga, se cela, se amarga. Tal vez la única diferencia es que se trabaja menos y, en más de un sentido, las puertas están abiertas. Es una buena novela la que logra sostener esa apuesta, habitar ese espacio como lo hace Havilio.
Una curiosidad. Hace poco hablábamos del (mal) hábito de los escritores argentinos de escribir “cojer” para el acto sexual. Havilio escribe “coger”, pero también escribe “trancé” para designar la misma actividad, como si el infinitivo fuera “tranzar” y no “transar” que, igual que “coger”, tiene otro uso en el lenguaje, el de negociar, que de algún modo lo sugiere. Se podría argumentar que, a diferencia de “coger”, “tranzar” figura en el diccionario de la Real Academia con dos acepciones, como sinónimo de “cortar” o “tronchar” por un lado y de “trenzar” por el otro. La primera acepción no dice nada, pero la segunda tiene ciertamente una connotación sexual. Sin embargo, su definición exacta es: “entretejer tres o más ramales cruzándolos alternativamente para formar un solo cuerpo alargado.” Conclusión: transar se puede de a dos, pero para tranzar se requiere de un ménage à trois como mínimo. |
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