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  Opendoor
Iosi Havilio

204 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2006
ISBN: 978-987-21040-9-2
       
           
        + Iosi Havilio en Entropía      
                     
     
       
 

El desplazamiento entre la ciudad y el campo construye la dinámica de esta novela, una movilidad que transforma y amplifica los rasgos sensoriales en la voz de su protagonista: una joven estudiante de veterinaria, cuyo discurso a la vez indolente y desamparado enhebra una trama de sobrio desarrollo y exquisita resolución.
A partir del diagnóstico de un viejo caballo, en un campo cercano a la colonia psiquiátrica Open Door, la protagonista descubre un lugar de pertenencia, donde mitiga su falta de vínculos y la ausencia de su novia. Será el paisaje rural o pueblerino –pocas veces idealizado, siempre radicalmente concreto– el escenario donde el discurso interno que guía el relato sufrirá su evolución. El otro hemisferio será, entonces, la ciudad: el cada vez más lejano entramado urbano, ya sólo referencia tanática, a la que vuelve para toparse con una creciente vacuidad.
Opendoor crece, así, en un entorno argumental donde pasado y futuro ven velados sus contornos en favor de una actualidad marcada por el choque entre lo extraño y lo natural. Es ahí donde la prosa de Iosi Havilio encuentra su mejor tonalidad. Una escritura que puede maniobrar con destreza entre la mordacidad contenida y la ternura, el realismo y la abstracción, la precisión descriptiva y la solidez narrativa.

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Fragmento

Coros

 

Regreso en tren. Jaime me deja en la terminal de ómnibus de Luján. Al rato me entero de que acaba de declararse un paro sorpresivo de transporte. Que el último bus salió a las seis treinta y que el servicio está suspendido hasta nuevo aviso. Un cartel improvisado, escrito a mano, se repite en varias boleterías: “Sin servicio”. Me dice un hombre que si fuera por él haría el viaje pero el tema es que en la autopista lo pueden reventar a cascotazos. O a tiros, agrega uno que está de espaldas, jugando al solitario en la computadora. El próximo tren sale dentro de veinte minutos, escucho por ahí. Llueve. Me acerco a la parada de taxis y tomo el primero de una larga fila que me lleva a la estación en menos de cinco minutos. El andén se va poblando de gente, mayoría de estudiantes, que calman la ansiedad con cigarrillos y charlas cada vez más bulliciosas. También hay trabajadores, jubilados, mujeres con bebés y un par de borrachos acodados en un puesto de hamburguesas. El tren llega finalmente, con diez minutos de demora. Está vacío, me siento contra una ventanilla que no cierra. Cambio de lugar, pero al rato, cuando el tren se pone en movimiento, la traba de la ventanilla cede y tengo que estar atenta y sujetarla con la mano durante todo el trayecto para no mojarme. En el compartimento de al lado, pasillo de por medio, se sientan cuatro seminaristas. Uno más joven que el otro. Sólo uno de ellos va vestido de cura. Pero no cabe duda, se nota a la legua, son una cofradía. Charlan, leen, se hacen bromas entre sí. El de la sotana guarda entre las piernas una guitarra enfundada. El vagón se llena, el ambiente se enrarece. Con el traqueteo, empiezo a quedarme dormida, hasta que un hecho inesperado atrae mi atención. No se sabe mucho cómo, ni cuándo empieza la pelea. Primero se produce un forcejeo que la oscuridad no me deja entender con claridad. Son tres o cuatro, chicos y chicas, que se tiran de los pelos sobre el andén de una estación muy vieja mientras las puertas del tren todavía están abiertas, hay una bicicleta en el medio, alguien resbala, otro se aferra a una rueda dando patadas en el aire. No pasa mucho, no es grave, y sin embargo suficiente para alterar el curso del viaje. El chico que estaba en el piso consigue entrar al tren arrastrándose con el manubrio de la bicicleta en la mano. Los seminaristas enmudecen, observan la situación, se interrogan con la mirada, un poco tensos, pero no intervienen. Se cierran las puertas de golpe y el chico que subió al tren se recompone de a poco. Los que quedaron sobre el andén patean el chasis del vagón y uno, o una, lanza un escupitajo que se estampa contra la ventanilla de los seminaristas.
En un principio no se sabe bien si el que subió es la víctima o el victimario. Tiene la cara enrojecida, tiembla un poco, y, a pesar de ser un chico robusto, da la impresión de estar dispuesto a soltar unas lágrimas en cualquier momento. No cabe duda, es la víctima. La mirada pegada al vidrio, avergonzado, se esconde como puede de las miradas que le apuntan alrededor, se frota las manos manchadas de barro, y se descubre una pequeña herida superficial en la palma derecha que se relame el resto del viaje. Por momentos también se muerde un poco el pulgar derecho, para contener el dolor, o porque siente bronca, no se sabe. Quiere que el tiempo pase rápido.
Con los minutos, las miradas que al comienzo lo midieron con aprensión, luego curiosas y finalmente compasivas, van sumiéndose en la indiferencia y el olvido. Tres o cuatro estaciones más adelante, para terminar de sepultar el incidente por completo, uno de los seminaristas se anima, desenfunda la guitarra y con unos arpegios muy rudimentarios se acompaña para cantar una canción en un español raro, medio antiguo, que de a poco entusiasma al resto de los curitas que se ponen a hacer los coros.

     
 

Autor

 

 

 

 

 

   
         
     

Iosi Havilio nació en Buenos Aires en 1974.
Opendoor es su primera novela.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

         

Reseñas

 

 





Radar Libros
(Juan Pablo Bertazza)

La lectora provisoria
(Quintín)

La Voz del Interior
(Carlos Gazzera)

Los inrockuptibles
(Guido Herzovich)

Revista Ñ
(Susana Rosano)

Los asesinos tímidos
(Macarena Moraña)

No retornable
(Solana Schvartzman)

ABC, de España
(Jorge Carrión)

Babelia, de España
(María José Obiol)

The Independent, de Inglaterra
(Martín Schifino)

Il manifesto, de Italia
(Francesca Lazzarato)

 

[Radar Libros]

 

Pueblo chico

por Juan Pablo Bertazza


En 1899, en un terreno fértil de 600 hectáreas de Luján, se colocó la piedra base de un proyecto dirigido por el médico Domingo Cabred, para mejorar la rehabilitación de enfermos mentales. El novedoso sistema –inspirado en el modelo escocés del open door– buscaba combatir lo que José Ingenieros, otro médico, denunciaba en La locura en la Argentina: el maltrato permanente de los pacientes, a quienes aglutinaban en el siglo XIX, junto a los inmigrantes más problemáticos. Los objetivos del doctor Cabred eran, al menos, dos: terminar con el hacinamiento de los hospicios porteños y crear un complejo psiquiátrico que suprimiera el sadoquismo de los chalecos de fuerza, los electroshocks y los sedantes no probados. Con el tiempo, el complejo fue evolucionando hasta volverse un verdadero orgullo de la zona que, no obstante, no tardaría en sufrir algunas consecuencias negativas.

Iosi Havilio condimenta su primera novela con un tema tabú de la psiquiatría, hoy resignificado en el concepto de desmanicomialización, para revisar –al mismo tiempo– un tópico pilar en la historia de la literatura argentina: la representación del espacio del campo, trabajado por una diversa gama estética e ideológica que va de Benito Lynch a Ricardo Güiraldes y resurge en autores recientes como María Martoccia. Havilio incorpora a esa tradición un punto de vista contemporáneo a partir de cuarenta y un capítulos cortos más un epílogo que podrían conformar tranquilamente escenas de una película o de una obra de teatro (Havilio es autor de El comeclavos, unipersonal basado en El entenado de Saer).

Opendoor, el libro, es una máquina permanente de generar intrigas que –no queda claro si deliberadamente o no– nunca son resueltas. El primer enigma tiene que ver con la voz del narrador: una mujer nunca nombrada y estudiante de veterinaria que, no obstante, se asquea con la pata amputada del perrito de su novia, Aída, y resulta, a la inversa de lo que solemos percibir en los veterinarios, muy indolente. Una tarde va a pasear con Aída hasta que ella desaparece y luego presencia un suicidio desde un puente de La Boca que, si bien coincide a priori con la desaparición de su novia, no va a inquietar demasiado a la veterinaria.

Lo que sí despierta su intriga es el pueblo de Opendoor, a donde llega para diagnosticar el tumor de un caballo que comparte nombre con su dueño: Jaime. En Opendoor va a encontrarse con varios personajes, a quienes identificará con los propios animales que examina; al mismo tiempo que da rienda suelta a su incontrolable ansiedad por conocer la historia del manicomio, “un pueblo dentro del pueblo”.

Durante su estadía en la estancia de Julián, la protagonista vivirá dionisíacamente, entre marihuana, ketamina (droga que se suministra, justamente, a los caballos), caos permanente, el mal sexo con su hombre de campo y la orgía perpetua junto a Eloísa, una verdadera Lolita menor de quince años, no muy servidora de Dios precisamente.

El erotismo le da al libro una impronta muy fuerte que, por momentos, justifica que todos los enigmas terminen como eunucos, custodiando la fortaleza de un misterio que nunca se resuelve. Pero hay un detalle no menor: muchas de las intrigas se relacionan entre sí a partir del léxico. Por ejemplo, un misterioso personaje de la estancia es apodado Boca, que es el barrio donde ocurre el suicidio de las primeras páginas.

Iosi Havilio, a partir de un lujurioso manejo del relato, logra hacer de Opendoor un debut promisorio.

           
                 
     

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[La lectora provisoria]

 

Un nuevo mundo

Por Quintín

 

En las primeras páginas la narradora se presenta como ex estudiante y empleada de una veterinaria. Nunca dirá su nombre, nunca aportará otro dato sobre su familia, su educación ni su pasado. Ni siquiera sabremos qué edad tiene aunque del contexto podemos suponer que anda por los treinta. Del autor tampoco nos dice mucho la solapa, sólo que nació en 1974, que esta es su primera novela, mientras que la foto, aun en estos tiempos confusos, es inequívocamente la de un hombre. Cuando la novela comienza, la protagonista vive con otra mujer, Aída, que al poco tiempo desaparece de manera misteriosa. Con el correr de los capítulos, terminará viviendo con un hombre de campo, como ella lo llama, un hombre que se llama Jaime igual que su caballo, en un pueblo perdido, casi fantasma, a menos de 100 km de Buenos Aires. La mujer se revela bisexual, pero ninguna de las variantes parece entusiasmarla. Al principio lo practica con desgano, pero luego conoce a Eloísa, “esa pendeja que apareció en el momento justo, esta pendeja bruta, hermosa, elemental”. La pasión que le irá despertando la adolescente pautará la evolución del personaje.

Pero no nos apresuremos. Ilustremos, por el contrario, ese cambio con dos pasajes. Mientras la primera relación con Aída se describe en estos términos distantes:

Después me abrazó y yo me dejé abrazar. Quiso besarme en la boca. Hoy no, la atajé, mejor otro día. No protestó. Y todo ese tiempo, mientras fumábamos en silencio, hasta que me quedé dormida, no pude dejar de pensar en la piel de Aída, que cambiaba a cada rato, que se caía, como la de las serpientes.

Una de las últimas con Eloísa se cuenta así:

Estoy por abrir los ojos pero Eloísa no me da tiempo, me moja con la lengua esos huecos que se esconden entre la concha y el inicio de las piernas, el derecho y el izquierdo, primero uno, después el otro. Se aleja un poco, hace una pausa, sopla, me llena con su aliento ardiente, vuelve a tomar distancia, está convirtiéndose en una experta. Tiene método. Pero enseguida se pierde y arremete con todo lamiéndome como bestia del agujero del culo a la punta del clítoris, hambrienta, desbocada, y me mete los dedos, uno, dos, todos los que puede. Otra vez una pausa, y me pregunta con sorna: ¿Querés que siga. Y yo me convierto en una sola súplica inarticulada incapaz de decir nada. Estamos en el medio del campo. Entonces sigue, más frenética que antes, y yo pensé que más no se podía. Me traga, me come me despedaza. Abro los ojos y acabo aullando como una loca.

En el primer párrafo, sobre todo, se nota una pequeña anomalía en el estilo de Havilio: el exceso de comas. Igual que en este otro pasaje:

Hay quien, demasiado apurado, no tiene tiempo de fijarse en los patrulleros, ni en el puente, ni en el cordón policial, ni menos, en el que estaba arriba, y hace sonar su bocina con tres golpes secos, como de festejo, para despabilar a los de adelante.

También sorprenden a veces ciertas expresiones (“me miraba sin intención, y sin embargo tanto”, “estoy baja”), alguna frase que queda en versito (“y una torre color plata que pasa demasiado rápido para entender de qué se trata”) y algunas imprecisiones fácticas: “un caballo común, sin rasgos demasiado particulares” (no parece una frase de veterinario), una corbata “reglamentaria” de un auxiliar de juzgado, una credencial (no identificada) que permite comprar drogas en la farmacia, o un testamento hecho por una mujer muy joven, como si Havilio no estuviera del todo familiarizada con ciertas prácticas. Y tampoco se explica el origen del dinero en los momentos en los que la protagonista tiene dinero. Pero, sin embargo, Opendoor es un libro consistente, tenaz, articulado.

En una columna reciente, Maxi Tomas cuenta que Beatriz Sarlo “se muestra entusiasta con la novela de Havilio” y que no se lo esperaba: “Esta novela es algo que me sorprendió. No obedece a ningún sistema de lectura. Parece salida de la nada”, dice Sarlo.

Efectivamente, mientras la leía, hubo algo que me hizo preguntarme de dónde salían Havilio y su novela. Es curioso el paralelismo que salta a la vista con su protagonista, la mujer sin pasado y sin raíces, tan deliberadamente ocultas como las influencias del libro. Sin embargo, podemos adivinar algunos detalles biográficos de la mujer que cuenta Opendoor y esos hablan de un personaje más sofisticado de lo que puede parecer en principio esa oscura empleada sin ambiciones. Para empezar, tiene ciertas capacidades, como la de manejar una camioneta, y cierta formación que excede a la que provee la Facultad de Agronomía. Una expresión como “metamelodía” o la descripción de un libro como best-seller parecen delatar ciertos estudios humanísticos, así como la facilidad para entender las coordenadas culturales de los otros personajes (la lapidaria “Yasky es un tipo común, clásico, o mediocre, según, de esos que les da por ser coleccionistas en sus tiempos libres: estampillas, discos de vinilo, o videos porno, por épocas”, o la cómica “una chica de cara pálida, el pelo negro cortado en taza, y una camisa abotonada hasta el cuello. Católica o moderna. No está claro.”) En esa línea está el interés que le despierta la aparición del libro de un viajero francés del siglo XIX, hallazgo que la lleva a profundizar en la historia de Opendoor y a escribir un ensayo sobre la curiosa y revolucionaria colonia para pacientes mentales fundada en 1898, que con el tiempo se fue reduciendo a ser un simple manicomio, parte del pueblo homónimo. Ese ensayo no es transcripto pero contamina la novela de una actitud intelectual que se sugiere más que se asume. También, hurgando un poco, se puede sospechar un aire brasileño en la novela, a partir de cierto gusto por el portugués (“una lengua graciosa, llena de sonidos de viento”) y el sueño que incluye un departamento sobre la playa en Río de Janeiro. Es más de lo que sabemos de Havilio, salvo que esos detalles denotan cierto interés por jugar de un modo nuevo el juego de la literatura argentina, asfixiada un poco entre tanto canon y contracanon, inhibida por el peso de ciertas figuras. Es decir, por desmarcarse de sus contemporáneos hacia un nuevo territorio y, travistiéndose en su opaca protagonista, borrar como ella las pistas desde un cierto anonimato. Así como ella encuentra a tientas y sin saberlo un mundo nuevo, Havilio parece buscar un lugar desde el que se pueda escribir sin imitar aunque, como Opendoor, el sitio sea despoblado e inestable.

Opendoor, a su vez, es un viaje (al que perfectamente se podría llamar iniciático) hacia “la exactitud del azar, lo cósmico, lo inevitable”, una mutación, una evolución de la tristeza original a “una paz nueva, desconocida”, y al “me siento feliz” que cierra el libro, aunque la frase no alude a ninguna forma de triunfo definitivo, sino a un precario equilibrio existencial y, sobre todo, a una huida. El corazón de la novela es la comparación entre esa utópica república para locos, “locos más locos, menos neuróticos”, donde “ningún muro restringe el horizonte, nada que limite la ocasión de libertad absoluta”, y cada uno trabaja solo en la medida de su deseo, con la mudanza de la heroína de la ciudad al campo, el abandono de su pasado ordinario y de la común vida entre jóvenes urbanos más o menos aburridos, más o menos empobrecidos, más o menos modernos sobre los que se desarrollan las ficciones contemporáneas, hacia un tiempo rural, secretamente arcaico y lento como el de esos locos de otro tiempo. Pero no se trata de un cambio radical, sino más bien de un filtro, de un desvío en la mirada: a una hora y media de Buenos Aires, en ese pueblo casi inaccesible entre Pilar y Luján, la modernidad no es desconocida y suceden las mismas cosas que en la Capital (y que en las novelas de la generación de Havilio): la gente se ama, se droga, se cela, se amarga. Tal vez la única diferencia es que se trabaja menos y, en más de un sentido, las puertas están abiertas. Es una buena novela la que logra sostener esa apuesta, habitar ese espacio como lo hace Havilio.

Una curiosidad. Hace poco hablábamos del (mal) hábito de los escritores argentinos de escribir “cojer” para el acto sexual. Havilio escribe “coger”, pero también escribe “trancé” para designar la misma actividad, como si el infinitivo fuera “tranzar” y no “transar” que, igual que “coger”, tiene otro uso en el lenguaje, el de negociar, que de algún modo lo sugiere. Se podría argumentar que, a diferencia de “coger”, “tranzar” figura en el diccionario de la Real Academia con dos acepciones, como sinónimo de “cortar” o “tronchar” por un lado y de “trenzar” por el otro. La primera acepción no dice nada, pero la segunda tiene ciertamente una connotación sexual. Sin embargo, su definición exacta es: “entretejer tres o más ramales cruzándolos alternativamente para formar un solo cuerpo alargado.” Conclusión: transar se puede de a dos, pero para tranzar se requiere de un ménage à trois como mínimo.

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[La Voz del Interior]

 

La narración-clip

Por Carlos Gazzera

 

En la última década, la literatura argentina ha tenido un buen número de escritores que han buscado mostrar –experimentalmente, aunque mal no fuera– el impacto que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación tienen en la cotidianidad. Quizá, el mejor ejemplo que se puede evocar aquí sea el relato Delivery (2002), de Alejandro Parisí, en el la droga, el sexo, la TV, los celulares, el beeper y la velocidad conforman el cóctel de la vida misma. 

Iosi Havilio (Buenos Aires, 1974) parece dar un paso más allá al intentar una novela-clip. Como su antecesor, el videoclip, la ficción aquí se articula sobre un eje temático (débil, enclenque) cuya estructura radiante le provee al lector la satisfacción de la fragmentariedad, la velocidad, el hipervínculo, la labilidad de toda identificación. 

La historia se sostiene en capítulos breves, de historias breves, entrecortadas, que, como en los destellos de luz en la pantalla, emiten la sensación de una multiplicidad de realidades. 

Opendoor es la historia de una joven que tras abandonar la carrera de veterinaria, vive la experiencia del extravío, el exceso y la des-subjetivación. Su deseo es el único instinto que parece vivo en su Yo. Deseo que le permite gozar tanto con el amor de una mujer que la arrastra, el sexo con un hombre cuya edad es la de su posible padre o bien con una adolescente que podría ser su hija. Solo la pulsión vital del sexo la mantiene viva. Eso es lo único que la conecta con la realidad exterior. 

¿Por qué Opendoor? Es interesante el título porque a medida que se avanza en la lectura se establecen otras relaciones que le permitirán al lector aceptar el acierto del título. Como ocurre en los videoclips, el título sólo puede transparentarse cuando se ha escuchado la totalidad de la canción-eje. Opendoor, trascripción morfemática del inglés open door (puerta abierta) es el nombre de una localidad que se conformó alrededor de la colonia para enfermos mentales Domingo Cabred –quizá la más antigua de la psiquiatría moderna de "puertas abiertas"– de la zona del noroeste bonaerense (San Miguel-Pilar-Marcos Paz-Luján). 

Iosi Havilio ha escrito una novela profunda, mucho más profunda de lo que a simple vista nos deja ver su estructura de relato-clip. Erótica y neurótica, la historia de la protagonista de Opendoor esconde la mirada de las nuevas generaciones, de los jóvenes de este nuevo siglo. En ellos debemos depositar la confianza de un futuro incierto, tan incierto como las narraciones que nos dan a leer. Porque como se sabe, de Homero a esta parte: sin relato no hay Nación, no hay (con)géneres.

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[Los Inrockuptibles]

 

Voces nuevas

Por Guido Herzovich

Opendoor se recuesta ligeramente sobre el lado romántico de la locura. Si el modelo psiquiátrico de "puertas abiertas" intentaba contener a los locos permitiéndoles construir una rutina, la protagonista va en una dirección precisamente opuesta: su novia desaparece, pierde el trabajo, deja la ciudad; le insuma cien páginas y muy poca angustia, porque los datos de la realidad parecen llegarle anestesiados, sin fuerza. En la segunda mitad, va acostumbrándose a otra vida en una chacra de la localidad bonaerense de Open Door, así llamada por la colonia psiquiátrica cercana. Sin obligaciones, en compañía de un hombre mayor, va enamorándose de una vecina adolescente y sacude con sexo y drogas la masa informe en que se le ha convertido el tiempo. "Locos y no locos confundiéndose en un mismo lugar, irreconocibles unos de otros, intercambiables... Algo de eso está en la génesis del libro", dice Iosi Havilio de su primera novela. Antes, sin embargo, hizo incursiones en el teatro (Los comeclavos, dirigida por Marcelo Savignone) y en el cine: está en preproducción Corner, que dirigirá Luis Ziembrowski sobre un guión de ambos. "Si las puertas de la percepción estuviera abiertas, el hombre percibiría todas las cosas tal como son, infinitas". Con esa cita de William Blake se abría Las puertas de la percepción, aquel ensayo en el que Aldous Huxley, habiendo tomado una dosis de mezcalina, lanzaba la hipótesis de que la supervivencia cotidiana nos impide ver el mundo tal como es. Pero en Opendoor el cuerpo sobre el que operan sexo y drogas no es ya el espacio místico de las fantasías psicodélicas, ilimitado y potente, sino el cuerpo restringido sobre el que intervenimos con café, ketamina o antidepresivos, sabiendo de sobra que al final del camino no habrá iluminación. Havilio: "Lo revelador, como sucede con la protagonista de Opendoor, no está en lo que se percibe sino más bien en esa capacidad ilimitada de percepción. Ver y sentir, cada vez un poco más, hasta el agotamiento".

 

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[Revista Ñ]

 

Ante la certeza de lo precario

Por Susana Rosano

 

Vivir, dicen algunos, es mucho más fácil que pensar la vida. Ésta parece ser la consigna que guía, casi de una manera inconsciente, los pasos de la protagonista de Opendoor, la ópera prima de Iosi Havilio. Una novela que, en su factura sobria, en su estilo contenido, deja ver el pulso de una escritura madura, equilibrada.

La novela narra, en primera persona, capítulos breves y un ajustado marco realista, el detalle de los días de una joven mujer que, en su interior, parece no saber muy bien qué es lo que quiere, ni cómo lo quiere, ni para qué. Aunque alguna vez soñó estudiar una carrera universitaria en relación con los animales, sin embargo se conforma tan solo con trabajar en una veterinaria. Parece amar a otra mujer, Aída, pero su vida no se altera demasiado cuando ella, sorpresivamente, desaparece sin previo aviso. Para que diagnostique el tumor de un caballo, la dueña de la veterinaria la envía a Open Door, un pueblito de la provincia de Buenos Aires cercano a Luján. Allí encuentra el psiquiátrico de puertas abiertas fundado en 1899 por Domingo Cabred, que impulsaba la rehabilitación de enfermos mentales desde una perspectiva menos cruenta. Es en ese pueblo donde la joven protagonista (de quien nunca sabremos el nombre) conoce a Jaime, un hombre de campo, casi viejo, de poca palabra, un "hombre bueno". Jaime tiene una chacra y se gana la vida haciendo algunos trabajitos para la gente de la zona. Sin pensarlo y mucho menos sin llegar a desearlo nunca, la protagonista entabla una relación con él. Y entonces el hombre se va convirtiendo poco a poco, casi sin querer, en una presencia segura, contundente, la única situación que parece contrarrestar la desolación que acosa a esta mujer.

En una primera lectura, Opendoor parece ser solamente esto: el moroso relato de la vida interior de una mujer inestable, fragil. La desaparición de Aída la envuelve en un proceso judicial y varias veces tiene que visitar la morgue para identificar supuestos cadáveres que pueden corresponder al cuerpo muerto de su amiga. La policía sospecha que es Aída la mujer que la protagonista vio echarse al Riachuelo desde un puente. Aída, Jaime, pero también Eloísa, su amante adolescente, van perdiendo para ella el espesor de lo real. Tal vez sea por este motivo que a paso firme en la novela y en el interior de la protagonista se vaya instalando la realidad fantasmagórica del loquero.

Decíamos que en un primer momento la novela se instala como el relato moroso de una voz desamparada. Sin embargo, y gracias a una factura sobria que busca inscribirla en el rico tópico de la representación del campo en la literatura argentina, el sentido del texto no se clausura allí. Paso a paso, la fragilidad de esa voz va cartografiando el mundo exterior y se va haciendo cargo de su precariedad. Ser la mujer de Jaime le permite, paradójicamente, mitigar la angustia, "como si la única verdad fuera esta casa de campo que el destino hizo mía, estos muebles tan antiguos, los locos merodeando demasiado cerca, el pueblo y su siesta eterna que me dan la espalda, y la soledad". Tal vez allí, en la certeza de lo precario, se encuentre la única posibilidad real de supervivencia. Porque, como decía Salvatore Quasimodo, estamos solos sobre el corazón de la tierra, y de pronto anochece.

 

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[Los asesinos tímidos]

 

Open Door

Por Macarena Moraña

 

La nueva voz de Iosi Havilio narra una historia equilibrada, femenina y, por caracter transitivo, ambigua. En su transcurso, una protagonista de la que no conoceremos el nombre, describe las tantas sensaciones que le van produciendo los hechos que se suceden en su vida, a pesar de que pareciera que éstos nunca terminan de penetrarla, de hacerse carne en ella, como si sólo la trasladaran imperturbable, poniéndola aquí o allá, cumpliendo el rol de empleada de una veterinaria, novia de una chica de su edad, o de una ama de casa. Opendoor es un paseo llano por uno de los momentos de la vida de una mujer que parece desamparada, viciosa, lesbiana, que podría haber sido veterninaria pero que no lo es, como no es ni será nada tangible aunque se termine convirtiéndo en esposa de un campesinoo en amante de una adolescente desenfrenada y provocadora. Y es justamente en el desapego, donde Havilio describe de manera natural y realista una lograda metáfora sobre la locura.

La historia comienza con la visita de la protagonista al pueblo de Open Door (recibe ese nombre porque en él hay una institución psiquiátrica así llamada). El paso de la ciudad al campo tiene como primer objetivo revisar el caballo de un señor casi viejo, quien, al igual que el caballo, lleva el nombre de Jaime. "El otro Jaime es un caballo de entre dieciocho y veinte años, cruza de criollo y español. Un caballo común, sin rasgos demasiado particulares". Es quizás en esta descripción simplísima en la que puede encontrarse ese todo y esa nada que irá tallando el perfil de una mujer a la que creeremos ir conociendo pero de la que parece que nunca sabremos nada.

La paz y la languidez, esa morosidad sin límites, generan en el lector una fuerte curiosidad. Ese estatismo tan constante y denso es lo que va llevando a la protagonista a perder el encanto por su nuevo marido Jaime, por su novia desaparecida, y por casi todas las cosas que ocurren a su alrededor hasta hacerla perder el encanto por la vida. El único personaje que pareciera llevarla hacia un lugar de disfrute concreto es Eloísa, la amante adolescente quien, invitándola a dar vueltas en moto o a drogarse con porros y ketamina, la lleva también a un lugar de encuentro consigo misma.

Después de la misteriosa desaparición de su novia Aída, la protagonista se instala definitivamente en el campo y retorna a la ciudad sólo a veces, prestándose al juego de buscarla entre cadáveres. En esos capítulos –siempre cortos y concisos, al igual que la historia– el autor se da el lujo de explorar sensaciones como el morbo y la comicidad de lo macabro: "Me dejan sola con un montón de muertos que deben señalarme en silencio. Estoy de más, salgo antes de que a alguno se le ocurra hablarme".

Uno de los mensajes de esta historia tiene que ver con la libertad como único objeto de salvación ante la locura. Esa locura vecina que está siempre al acecho sobre todo cuando los locos se van confundiendo con los que se supone no lo están. Sobre otros elementos (el fuego, el caballo, el cielo, el "fantasma" de Aída), el autor, su creación femenina, metaforiza la vida y la velocidad de los cambios, la rapidez, lo imperceptible; con un humor y un cinismo propio de una vida atípicamente contemporánea.

Havilio envuelve la historia en una poética reflexiva y pasiva que pareciera ir a la velocidad del pensamiento. Opendoor es una narración puntual con muy buenas descripciones y sin tinturas, relata situaciones pequeñas pero contundentes que siempre marcan algo que simula no ser una marca trascendental pero que por lo general lo termina siendo.

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[No retornable]

 

La construcción de una voz entre el sugerir y el mostrar

Por Solana Schvartzman

 

Al leer Opendoor, la ópera prima de Iosi Havilio, en seguida me vinieron a la mente las siguientes palabras de Eduardo Grüner: “Si hay un imperativo ético para la poesía y el arte (…) es la de no dejar de buscar esa representación… pero guardarse muy bien de encontrarla. Es la reivindicación simultánea del anhelo y la imposibilidad: y ya sabemos muy bien lo que nos advirtió Freud sobre la satisfacción del Deseo: que es siniestra.”(1)

En Opendoor conviven dos sensaciones distintas. Por un lado la sensación de una búsqueda siempre frustrada: montones de enigmas no resueltos, empezando por la voz de una protagonista que no tiene nombre y que se nos presenta más como configurada por los hechos que como propietaria de su accidentado andar. Por otro lado, y en paralelo, nos encontramos con la sensación de que la novela mete el dedo en la llaga, muestra en forma siniestra lo que a veces parecería mejor no ver: el modo en que un cuerpo suicida cae al suelo, el rostro de un cadáver, el beso entre dos hermanos.

El desamparo que produce esa búsqueda siempre frustrada se sostiene con el paso firme de lo obsceno. Y, a su vez, la morbosa satisfacción de todo deseo se transforma en soportable al convivir con el constante enigma no resuelto.

La novela de Havilio presenta, en veintiún capítulos y un epílogo, el relato de una joven estudiante de veterinaria enviada a un campo cercano al psiquiátrico de Open Door para diagnosticar el tumor de un caballo. A partir de esta visita y luego de la enigmática desaparición de su novia Aída, la protagonista comenzará a involucrarse con Jaime, el dueño del caballo, y también con el lugar y los personajes que lo habitan. Irá cobrando importancia la historia del psiquiátrico fundado por Cabred y aparecerá Eloísa “esta pendeja, bruta, hermosa, elemental, que sólo pienso en tocar, tocar y tocar”.

La novela presenta entonces el proceso de traslado al campo de la protagonista y mientras esto sucede, a la par de sus continuas visitas a la morgue para observar si distintos cuerpos coinciden o no con el de Aída, se deja entrever en el relato la configuración de una voz y de una identidad.

Todo lo que sucede en la vida de la protagonista parece fruto de un “dejarse llevar”: fue por accidente que conoció a Aída, casi como por accidente es que se dejó abrazar y es así que un día resolvió mudarse con ella “sin pensarlo mucho”. De la misma forma en que un día esa mujer entró en su vida es que la vemos irse: tras un paseo por La Boca, Aída entra en el baño de un bar, la protagonista se cansa de esperar y se va a fumar porro con unos chicos, cuando vuelve, Aída ya no está, tampoco se sabe nada de ella en los siguientes días. Pero a nuestra estudiante de veterinaria esto no parece inquietarle demasiado, ni siquiera cuando la desaparición de su novia parezca coincidir con el suicidio que presenció esa misma tarde por el barrio de La Boca.

La indiferencia de la protagonista también parecería primar en su relación con Jaime: llega en principio para diagnosticar al caballo y luego se va quedando porque, dice, no tiene a donde ir. Sin embargo, este hombre tan poco deseado se va transformando en un lugar de pertenencia: al principio cuando la va a buscar a la estación de Luján ella declara “me sentí protegida” y poco a poco, mientras reconstruye la historia del psiquiátrico, comienza a sentir que ese lugar que comparte con Jaime, es, y de hecho así la llama, su casa.

La indiferencia que caracteriza al personaje, y que genera la sensación de que sólo es posible bordearlo sin lograr llegar a él, convive con la presencia de lo carnal, erótico y morboso, en donde se muestra a las cosas en carne viva. En este sentido es posible pensar la actitud de la protagonista ante el suicidio que presencia en el barrio de La Boca. Allí, a diferencia de una vieja que se tapa los ojos y le advierte “No mires, nena, no te vas a olvidar nunca más”, la protagonista dice “Y yo miro, no puedo dejar de mirar”. Algo parecido sucede en su primera visita a la morgue: mientras una vieja cuenta asustada “Dicen que tengo que ser fuerte porque el cuerpo está bastante descompuesto”, nuestra narradora vuelve a tomar la actitud contraria, y tras ver el primer cadáver, declara “Me agarra el morbo, quiero ver más”.

Ver el momento en que el cuerpo cae, ver el cadáver: nada se sugiere, se muestra; no se bordea al hecho sino que se lo toca. En esta línea podemos entender al personaje de Eloísa, quien despliega un siniestro erotismo que invade toda la novela. El baile que inicia con Guido, su hermano, la coloca en esta dirección: “Guido se animó a hacer que la manoseaba, sin llegar a tocarla, como un aspirante a mimo. Eloísa empinaba el culo y paraba sus tetitas para alcanzar las manos indecisas de su hermano. (…) Eloísa tomó la iniciativa: sacudió a su hermano por los hombros, (…) y le estampó un beso mojado en esa boca incrédula. Un beso bestial, interminable. Guido se puso blanco, sus amigos dejaron de aplaudir, los ojos desorbitados.”

Opendoor se encuentra llena de enigmas que no se resuelven, entre ellos: cuál es el nombre de la protagonista, qué fue lo que en realidad le sucedió a Aída, y si es pura casualidad que uno, entre tantos, de los enigmáticos personajes de la novela se llame Boca, igual que el barrio en donde sucedió el suicidio que presenció la protagonista.

La novela despliega los enigmas pero no las respuestas y la sensación de desamparo que esto genera se mezcla con la propia desolación del personaje, tan indiferente que no termina de saberse muy bien qué es lo que en verdad le sucede, como si sólo se lo pudiera bordear sin comprenderlo, sin tocarlo, sin saber siquiera su nombre. Pero, por suerte, el merodeo contrarresta con la muerte y el sexo que la novela muestra en carne viva, que deja a todos en silencio, aboliendo toda posibilidad de insinuación.

La protagonista y su relato, en apariencia débil, se dejan llevar. Pero la fuerza de los hechos e imágenes junto con la configuración del campo, “un rompecabezas cuyas partes podía unir cada vez que parpadeaba”, y la historia del psiquiátrico que se va armando a través de los fragmentos de aquel libro, van construyendo lo narrado y a la voz que narra, dándole vida al relato e identidad al personaje.

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[ABC, de España]

 

La vida contemporánea


Por Jorge Carrión

 

No es extraño que la antología de nueva narrativa argentina más influyente de esta década, La joven guardia (2005) -que acaba de publicarse en España-, no registrara la existencia de Iosi Havilio (Buenos Aires, 1974). Antes de esa fecha había firmado la dramaturgia y la puesta en escena de El comeclavos (2003), obra inspirada en Kafka y en Saer. Pero fue en 2006, tras la publicación de Opendoor por parte de la entonces diminuta editorial Entropía, cuando el escritor empezó a ser considerado como tal.

El debut tuvo una recepción que aquí sería impensable: dos de los críticos locales más respetados, Beatriz Sarlo y Quintín, analizaron y saludaron por escrito la ópera prima. Y al año siguiente, en la antologíaBuenos Aires / Escala 1:1, de la misma editorial, sí encontramos a Havilio como uno de los jóvenes autores imprescindibles de la escena porteña. El barrio escogido para ambientar su cuento es La Boca, el patio trasero de la capital; se titula «Quinquela» y relata, en primera persona, cómo el encargado de un edificio le confiesa al narrador que en 1989 robó dos cuadros de Quinquela Martín y cómo, en el almacén donde todavía los guarda, se folla a adolescentes de trece o catorce años.

En el depósito de cadáveres. El relato miniaturiza el mundo y los mecanismos que se exponen en Opendoor. El momento más importante de la novela tiene lugar en La Boca: alguien, que podría ser la amiga de la narradora, se lanza desde el viejo Puente. Después de ese incidente casi onírico, la vida de ella alternará entre Open Door, un pueblo a las afueras de la megalópolis, y el depósito de cadáveres adonde debe acudir cada vez que encuentran a una chica muerta.

La tradicional tensión entre campo y ciudad se resuelve de forma novedosa: la urbe es la muerte, el olvido de la biografía, sentimental y profesional, porque la narradora no desea regresar a su vida urbana ni a sus tareas veterinarias; pero el campo no es ni mucho menos la vida, sino la muerte en vida, la locura. Porque el pueblo donde se refugia, amancebada con un hombre mucho mayor que ella, debe su topónimo a un sistema decimonónico de hospitalización psiquiátrica de «puertas abiertas», lo que contagia a toda la zona un sesgo de extrañamiento, kafkiano, enloquecedor.

Miseria moral. La historiografía entra en la novela de mano del relato de un viajero francés que describió el hospital y sus habitantes. Si en «Quinquela» la cultura se volvía texto a través del hurto, en Opendoorlo hace mediante la traducción de una aficionada; en ambas narraciones queda en un discreto último plano, porque los primeros los ocupan por completo la descripción del tedio, de la miseria moral y de promiscuidad sexual.

El tono es post-existencialista. La sobriedad estilística no está reñida con el golpe de efecto e incluso con la poesía. Los cuerpos se relacionan en una zona intermedia entre la brutalidad de las nouvelles de Colautti y la ambigüedad del mundo de Lucía Puenzo. El éxito del proyecto se cifra en la verosimilitud de la voz narrativa, una mujer que ronda los treinta años, que no revela datos vitales y que se sitúa, equidistante, entre la vida adulta (el embarazo, el matrimonio, la autonomía económica) y la adolescencia (el sexo maratoniano, la ausencia de compromiso, la dependencia).

En el subtexto encontramos una latente y conflictiva relación con la religión: la narradora parece incapaz de religar los cabos trascendentales que va dejando sueltos, como si fuera puro presente, pasado triturado, imposible de transcribir. Recuerda por momentos a la narradora de Me encantaría que gustes de mí (2002), de la performer Fernanda Laguna, a quien César Aira reescribió en Yo era una chica moderna (2004).

Esa podría ser la línea del travestismo de Havilio. Pero su intención parece la opuesta a la de Laguna/Aira: su chica no quiere ser moderna, se queda preñada de un granjero, duerme bajo un crucifijo, es mantenida. «Católica o moderna. No está claro», leemos. Sólo su actividad gay sintoniza con su época; pero la reprime o la desvía, la vuelve tradicional. En esas contradicciones estriba su fascinación como sujeto de lectura. Absolutamente contemporáneo.

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[Babelia, de España]

 

La torre de Opendoor


Por María José Obiol

 

Ya sea en el puente desde donde alguien se lanza al río o en el establo donde un caballo agoniza o en ese instante en el que una adolescente descarada se ofrece, donde sea, la rutina no cesa de conspirar contra la mujer que habita la novela: una joven empleada de una clínica veterinaria que mira al techo mientras a su lado duermen tanto el amante viejo como la memoria de una mujer que en la oscuridad era de una manera y en la luz de otra. No hay duda de que Iosi Havilio (Buenos Aires, 1974) ha logrado que su primera novela expanda una sensación de agobio proveniente tanto de una parte del escenario, ese sitio llamado “Opendoor” donde se puso en práctica la medicina psiquiátrica de puertas abiertas, como del espacio cerrado de la propia mente, esa habitación sin vistas donde se desenvuelven los personajes muy logrados de esta novela. En Opendoor, la luz está en sus imágenes sombrías, en su desnudez tremenda. La historia está hecha de voces que apenas dialogan y cuyo entendimiento es de gestos casi primitivos. Lo terrible no es lo que sucede sino ese perverso cotidiano de los días que se repiten, esa retaguardia desoladora de la rutina. Aquí, en esta novela, el autor documenta el vacío y lo narra con eficiencia, pues a quien lee, le llegan tanto la desesperanza de los días como la mirada observadora de la protagonista, la mujer de la que no sabremos su nombre. Acompañándola está el sexo resuelto y desvergonzado de casi una niña, el cansado amante, el salto al vacío, un enamorado funcionario y un labriego asalariado. Pero Opendoor no es una novela coral sino de cantos solitarios, de claves íntimas, y encierra una historia que se rumia y no se olvida.

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[The Independent, de Inglaterra]

 

Powers of suggestions


Por Martín Schifino

The first open-door institution for the mentally ill in Argentina was established at the end of the 19th century in an area of countryside some 50 miles north of Buenos Aires. A village grew around it, named after that comparatively novel medical practice: Open Door. Iosi Havilio's remarkable first novel takes its title from the village, though it is only indirectly concerned with its development or the history of psychiatry. Relying on the area for its symbolic associations, he touches on key aspects of the social history of Argentina, exploring themes such as absence, identity and the awkward relationship between town and country.

Set in a hazy version of the present, the tale is a succession of unresolved mysteries and pointed ellipses. For a start, we know little about the teller, an unnamed woman presumably in her late twenties, who works for a vet and is sent to Open Door to examine an ailing horse. There, she meets its owner, a taciturn older man named Jaime, and learns that "the horse is called Jaime, like him" – which may be the first indication that they do things differently in the country.

But she feels oddly attracted to the area, and a whole day goes by before she can explain how. Back in Buenos Aires, the woman meets up with her girlfriend, Aída, with whom she is clearly having problems. The following day starts on a promising note, but during an outing Aída unaccountably "disappears", and the protagonist sees someone commit suicide by jumping off a bridge. It is not, as she initially fears, Aída, but the possibility of a similar fate will remain open. The novel refuses both reader and character the comfort of an explanation: the more inexplicable the world appears, the more unfathomable the protagonist's actions becomes. This is a tale of disaffection, in the long tradition that goes back to Camus's The Stranger.

As she awaits Aída's reappearance, the protagonist calls Jaime about his horse, goes back to Open Door, and eventually moves in with him, leaving the city for the countryside. Yet the tone never drifts into the pastoral. What we get is a disquieting depiction of the surroundings ("The night, moonless, was a dark cell"), and a dazed tale of romantic obsession with a local teenager, Eloísa, described as an "uncouth little brat, beautiful and elemental".

News of the city keeps coming in the form of requests from a lawyer to identify dead women fitting Aida's description. Jaime "doesn't understand how it can be so difficult to find a body". The sentence has special resonance in a country where thousands disappeared during the last military dictatorship, but Havilio does not labour the connection. Similarly, the idea that the country life resembles life in a lunatic asylum only hovers above the story.

The novel is a success in large part thanks to its powers of suggestion. Writing in a crisp brand of minimalism – frictionlessly translated by Beth Fowler – Havilio remains both impassive and evocative throughout a book sprinkled with gently pregnant observations: "I flop onto my back in the grass and the sky renders me speechless." At times, he courts the erotic with equal assurance: "Eloísa holds the figs by the base and with her tongue licks the sweet, sticky milk, before opening and devouring them." Now and then, his novel may fall into romanticised strangeness, but it brings news of an intriguing world.

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[Il manifesto, de Italia]

 

Il misterioso viaggio iniziatico di una donna senza nome e senza qualità 


Por Francesca Lazzarato

 

"Non credo esista un modello generazionale che contenga i giovani scrittori latinoamericani. È un'etichetta editoriale o mediatica. Ma credo che questo sia un momento in cui esiste una molteplicità di voci, con una produzione abbastanza prolifica, in cui non si condividono né estetiche né ideologie né programmi letterari di nessun tipo". Ecco come risponde Iosi Havilio, scrittore argentino nato nel 1974, a chi gli chiede cosa abbiano in comune gli autori che appartengono alla nuova "generación Latinoamerica". E non potrebbe avere più ragione: a connotare i giovani in questione è infatti l'eterogeneità delle scritture, dei temi e dei punti di riferimento, insieme alla decisione di affermare la propria singolarità e al rifiuto di qualsiasi categorizzazione puramente anagrafica.

Come e più degli altri, Havilio - che con due soli romanzi ha conquistato critici severi come Beatriz Sarlo e scrittori come Fogwill ed è stato prontamente tradotto in vari paesi - sfugge a ogni tentativo di classificazione e si propone immediatamente come autore maturo e senza incertezze grazie a un'opera «esteticamente interessante» e di una "quieta introversione" (così la definisce la Sarlo), lontana dalla pura e semplice correttezza tecnica garantita dalle scuole e dai laboratori di scrittura, in Argentina ancor più numerosi che da noi.

Open Door, il suo primo romanzo, appare oggi in italiano grazie a Caravan Edizioni, nella bella traduzione di Vincenzo Barca (pp. 244, euro 14) che rende piena giustizia a una prosa sicura, netta e apparentemente spoglia in cui si nascondono, però, una quantità di dettagli minuti. È dalla loro somma che nasce la storia costruita da Havilio intorno a un personaggio femminile senza nome e senza qualità, una veterinaria mancata che, dopo il breve incontro con una partner occasionale di cui non arriva a sapere quasi nulla (e che subito sparisce, forse suicida), finisce per arenarsi in una sorta di villaggio fantasma, vicino a un insolito manicomio chiamato Open Door, che esiste davvero nelle campagne attorno a Buenos Aires e che, fondato nel 1900 da Domingo Cabred, per molto tempo è stato una comunità autosufficiente dove i pazienti potevano lavorare e convivere con la loro malattia.

In cerca di una pace che la assolva dal compito di badare a se stessa, completamente abbandonata al caso, a tutte le droghe su cui riesce a mettere le mani e alla passione amorosa per una ragazzina imprevedibile, la protagonista e il suo trasferimento quasi casuale dal troppo «pieno» della metropoli al vuoto del mondo rurale, il suo lasciarsi vivere e maneggiare, le visite all'obitorio per identificare cadaveri che non sono mai quello dell'amica scomparsa, il sesso frenetico che pratica con la sua piccola odiosa innamorata, sono esposti con una spassionata precisione da entomologo che fa di Open Door un romanzo di un realismo e un'oggettività del tutto ingannevoli. 

Dietro la minuziosa descrittività, dietro la fredda superficie su cui vengono incise nitidamente scene erotiche o domestiche, campi verdi, interni malinconici, stazioncine in cui i treni non si fermano più, facce grottesche, matti in transito, corpi che continuamente si toccano e si allacciano, qualcosa si affaccia e subito scompare, come una parola che continua a sfuggirci. Perché Open Door potrebbe essere, alla fine, la rappresentazione stilizzata di un viaggio iniziatico tutto interiore, oppure lo specchio di un'assenza cui non si può mettere rimedio, di misteri che non si risolvono mai, di un vuoto che non è possibile riempire e che sembra incarnarsi negli spazi immensi, indifferenti e desolati della campagna assopita. Il sospetto che ogni pagina, ogni scena, ogni immagine significhino «qualcos'altro» (un sospetto che inquieta e turba, e che rappresenta la vera forza del romanzo) assale di continuo il lettore; ma ogni sforzo di decifrazione è inutile, se non assurdo: e a vanificarlo del tutto c'è quel "Mi sento felice" cui la protagonista approda nell'ultima riga e dietro il quale si nasconde per sempre.