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  Malicia
Leandro Ávalos Blacha

179 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2016
ISBN: 978-987-1768-36-3
+Leandro Ávalos Blacha en Entropía
     
   
     
 

“Cuentan las leyendas cinematográficas que las manos enguantadas que aparecen en las subjetivas de Michael Myers en Halloween son las mismísimas manos de John Carpenter. Y que Dario Argento recurre a un procedimiento análogo en películas como Rojo profundo o El pájaro de las plumas de cristal. Dicen que, más allá del cameo encubierto, es en esos momentos cuando los espectadores comulgamos, cómplices, con los creadores. En el momento en que empuñan el cuchillo más grande y lo hunden sin piedad en cualquier parte de la anatomía de la víctima. Es por eso que uno lee Malicia y no puede dejar de pensar en Leandro Ávalos Blacha escribiendo a máquina con guantes negros. Como si fuera un serial killer que ajusticia con total impunidad y desparpajo, mientras cita feliz y homenajea, con un humor negro inigualable, a nuestro maestro: el conde Alberto Laiseca.”
  
Leonardo Oyola

Contratapa

 

 

 

 

 

 

 

 

     
   

La sala del teatro El Zócalo era un cúmulo de tensión, a oscuras, con una melodía tétrica que hacía que los espectadores miraran inquietos a los costados. Estela tomó la mano de Aldo; Valeria, la de Pedro. Con esa compañía se sentían seguros. A la función habían asistido varios compañeros del grupo de jubilados. Marta extrañaba a su perra. Los reflectores se encendieron y enfocaron la puerta de acceso, por donde entró corriendo una mujer. Se la veía agitada. Miraba hacia atrás y a los costados de manera continua. La gente, algo desconcertada, también miraba para todos lados, como ella. Hubo algunos aplausos tibios, que sólo unos pocos espectadores acompañaron. Por los altoparlantes se oía el sonido de otras pisadas. Un andar lento, pero firme, y una risa maléfica. A veces el sonido de un golpe o una puerta que se cerraba en algún punto específico de la sala. La mujer corrió por el pasillo, entre las butacas, y alcanzó el escenario. La gente reconoció a Cosa Nostra, una olvidada vedette de los años ochenta, y ahí sí aplaudió. Llevaba años sin actuar. La mujer dio vueltas por el escenario, como dudando en qué dirección ir y finalmente se perdió por una puerta trasera. La sala quedó a oscuras. Una pantalla gigante mostraba a Cosa Nostra caminando por los pasillos de un teatro desierto y en penumbras. Se veía el avance de la mujer desde su perspectiva, en primera persona. Se oía su respiración. El sonido de sus tacos. Atravesaba corredores y escaleras sin otra luz que la pantalla de su celular. Se encontró con una puerta, y forcejeó para abrirla, pero estaba cerrada. Volvió sobre sus pasos siguiendo las indicaciones de emergencia y escapó por una salida lateral. Al final de un pasillo se veía la calle iluminada por las luces de los relámpagos. Se oían el viento y los sonidos de la tormenta. Cosa Nostra corrió bajo la lluvia por una peatonal vacía y sin luz. Al llegar a la esquina, giró y divisó la silueta que aún la perseguía. Apurada, se ocultó detrás de un muro que dejó toda la pantalla en negro.

El ruido de la lluvia persistía. También la respiración de la mujer. Fueron cerca de tres minutos de absoluta oscuridad. El público comenzó a mostrarse incómodo. Luego, un grito. La pantalla se encendió con la perspectiva del asesino. Una mano negra tomaba a Cosa Nostra por el cuello y la sometía, mientras otra la acuchillaba. La mujer gritaba e intentaba soltarse. El hombre, sin embargo, la dominaba. El vestido blanco, mojado por completo, manchado de sangre, se le pegaba al cuerpo. Sin quitarle el cuchillo, el atacante la cargó hasta el borde de una baranda y la arrojó al lago revuelto. El agua se tragó a la mujer. La mirada del asesino se levantó hacia el cielo negro de Carlos Paz.

 

Fragmento
     
   

Autor

 

Foto de solapa:
 
                     

Leandro Ávalos Blacha nació en Quilmes, provincia de Buenos Aires, en 1980. Es autor de los libros Serialismo (Premio Nueva Narrativa Sudaca, Border, 2005), Berazachussetts (Premio Indio Rico, Entropía, 2007) y Medianera (Eduvim, 2011).


   

Reseñas

Revista Ñ
(Martín Lojo)

Revista Kundra
(Sandra Gasparini)

Perfil Cultura
(Gonzalo León)

La Nación Ideas
(José María Brindisi)

Entrevistas

La Voz del Interior
(Javier Mattio)

Infobae
(Matías Méndez)

Télam
(Juan Rapacioli)

Tiempo Argentino
(Juan Cinelli)

Página 12
(Silvina Friera)

Revista Almagro
(Francisco Odriozola)

Evaristo Cultural
(Nicolás Ferro)

 

 

 

[Revista Ñ]

Farsesco y loco universo del espectáculo

Por Martín Lojo

Asesinos seriales, vedettes, monjas satánicas, extraterrestres, videntes, sectas sadomasoquistas; hubo un tiempo en que la colección de personajes y temas que coinciden en Malicia, de Leandro Avalos Blacha, hubiera resultado un absurdo incomprensible. Pasados veinte años de Del crepúsculo al amanecer, el film de Robert Rodríguez que saltaba del policial a la cacería de vampiros, el cruce de géneros de todo tipo es ya un recurso convencional de la ficción contemporánea.

La premisa que estructura la novela es la del giallo, esa subespecie del thriller alimentada por cineastas italianos como Mario Bava y Dario Argento, que sacrificaba el rigor del policial en favor del gore y la creatividad visual.

Malicia comienza con la luna de miel en Carlos Paz de Juan Carlos, un apostador compulsivo, y su mujer, Perla, a quien eligió según la suerte de los números. Los acompaña Mauricio, un amigo de Juan Carlos con quien mantiene una incontenible competencia.

La villa turística está asediada por una serie de asesinatos de vedettes que aparecen desnudas y mutiladas. La pareja se involucra en los crímenes cuando conocen a Vilma Menta, una célebre vedette que encabeza un espectáculo de revistas inspirado en los personajes de Batman. Mientras Perla participa del show, el asesino ataca entre bambalinas a la vedette Piru Viedma. Hasta allí, el policial.

Los aspectos sobrenaturales de la trama se desencadenan cuando tres espectadoras, una vidente, una niña y otra veraneante, encuentran el cadáver y caen en una suerte de trance. El episodio despierta una de las voces del juego coral que arma el relato, la de la propia Piru, que les indicará desde el más allá cómo sacar provecho televisivo de su muerte.

Más allá del festival de géneros y referencias al cine, el cómic y la televisión, un aspecto crucial de la novela es la sátira del mundo del espectáculo, una horda de empresarios inescrupulosos que no dudan en sumar los crímenes frescos a sus shows, apelando al placer mórbido del público. También se destaca el soliloquio de Piru Viedma, quien desde su estancia fantasmal arremete con la consabida defensa de su talento y esfuerzo, frente a sus colegas dadas a las drogas y la prostitución. Sus consejos para seducir a la prensa amarilla conmueven a Celina, médium preadolescente que lleva al paroxismo el anhelo de fama y se desintegra en una “forma de energía puramente televisiva”.

El humor absurdo, los personajes caricaturescos y la velocidad de la prosa permiten reconocer en Malicia el influjo de autores como César Aira o Alberto Laiseca –a quien la novela homenajea en el nombre de dos hermanas vedettes–, pero sus recursos estilísticos abrevan en otras aguas. Ni la huida por el sinsentido del primero ni el delirio obsesivo del segundo, la escritura escueta pero precisa de Ávalos Blacha parece seguir los juegos de cámara de cineastas como John Carpenter y Brian De Palma.

No obstante la deriva disparatada del relato, el autor de Berazachussetts se esfuerza por sostener la lógica de la trama, aunque el aquelarre de personajes y géneros resulte en un final más bien apresurado y confuso. Un traspié que no le quita diversión a esta entretenida celebración del cine de clase Z.

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[Revista Kundra]

Atravesar el fantasma de la fama

Por Sandra Gasparini

No es solo la combinación de distintos géneros en un marco de absurdo lo que hace original y divertida a Malicia, la última novela de Leandro Ávalos Blacha, sino fundamentalmente la maestría con la que va combinando las tramas que se identifican con cada uno de ellos. Un lugar -las calles principales de Villa Carlos Paz, Córdoba-, en un momento clave -la temporada alta de turistas dispuestos a entretenerse con el teatro de revista-, es el punto de partida ideal para que el autor vaya agregando sus pinceladas bizarras, su lente deformante, su humor negro que no deja de descolocarlo todo.

Si la palabra “malicia” reúne entre sus acepciones tanto la tendencia a interpretar de modo “siniestro” o “picante” una frase o una situación, como la intención solapada que inevitablemente se inclina al mal o, llanamente, remite a su ejercicio, es posible pensar que el eje que vertebra todas las tramas de la novela procede de ese poder polisémico que tiene el lenguaje. Malicia es la de los amigos que se odian y sin embargo se buscan; malicia, la de la suegra que tiene ocultas intenciones; también la de las vedettes que quieren serrucharle el piso a sus compañeras; la del asesino serial que busca algo que algunas mujeres tienen; la de una nena que pretende ser famosa a toda costa, la de una secta, la contenida en un nombre que exhibe lo evidente y la de una teoría conspirativa que tiene un fondo trasnacional. Con Malicia, Ávalos Blacha vuelve al humor delirante de Berazachussetts (2007), que se había teñido de una gozosa melancolía en los relatos entrelazados de Medianera (2011) y exige un lector competente en consumos mediáticos bastante especializados.

A Ávalos Blacha le interesan aquí varios subgéneros. Por lo pronto sigue apostando a la recombinación y a la ruptura de los esquemas clásicos del policial y del fantástico: desde los cinematográficos toques slasher –sobre todo en la presencia del brutal psicópata, casi tributo al subgénero giallo, todavía más propenso a lo hiperbólico-, que crispan a la vez que desacartonan el terror, hasta las notas argumentales de viejas series de TV Malicia lo intenta todo para impedir que el lector despegue los ojos de sus páginas. El reality show, por otra parte, se constituye de inmediato, alimentado por los sucesos del último minuto, convirtiendo en espectáculo el asesinato y la violencia, de manera que las disparatadas obras de teatro de revista están en el borde del snuff.

El fantasma y su estela tenebrosa y sugestiva siguen siendo un elemento provocador si se los trata como aglutinantes de un conjunto de deseos, temores y reclamos no ya de un pasado oscuro que vuelve a golpear la puerta sino como el procedimiento más espectacular para requerir fama o justicia, en este mundo u otros, como ocurre con Celina, una niña que busca hacerse ver y oír. En este sentido, el registro despojado y naturalizador del relato contrasta con los sucesos narrados, sangrientos y extraños. Virtud de una voz narrativa resultado de una política de la escritura que exalta lo mínimo (o lo aparentemente banal) y una economía verbal basada en una acertada selección léxica que sorprende tanto como divierte.

El impredecible mundo imaginario en que Ávalos Blacha transforma a la turística Villa Carlos Paz –a la altura del Berazachussetts de la novela homónima y del oscuro universo de las corporaciones de Medianera– podría ser la locación perfecta para una película de horror de Darío Argento, de quien el autor es perfecto conocedor. Las alusiones a relatos y personajes de su maestro Alberto Laiseca completan una genealogía que se extiende a las narradoras y narradores de complejas identidades de César Aira, quien fuera uno de los jurados que le otorgó el premio Indio Rico en 2007. Ávalos Blacha es, sin dudas, una voz sutilísima que se afirma en el ámbito de la novela argentina contemporánea.

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[Perfil Cultura]

Orgía en Carlos Paz

Por Gonzalo León

Leandro Ávalos Blacha (Quilmes, 1980) es uno de los autores argentinos jóvenes más interesantes de su generación. Sus anteriores novelas, Berazachussetts y Medianera, fueron traducidas al francés y publicadas en Gallimard y Asphalte Éditions; hace unos años formó parte de la delegación argentina que asistió al Salón de París. Pero esto no significaría mucho, si no contara con una escritura sólida, donde lo tradicionalmente novelístico va mezclándose con el policial y el fantástico hasta dotar a sus novelas de un delirio, que ya se ha hecho parte de una tradición, especialmente de la generación surgida en los 60 (Copi, Laiseca, Aira, etc.) y que Damián Tabarovsky en su ensayo Literatura de izquierda denominó como el Contracanon. 

Pero además de trabajar con esta parte de la tradición, este autor agrega elementos de la cultura pop, especialmente del cine clase B (películas de zombis y de fantasmas) y de las series de TV. En Malicia, su última novela, avanza un paso más y coquetea con el lenguaje televisivo, sobre todo con la idea de fama y de cobertura televisiva que está presente en toda la novela, y lo hace usando como pretexto una serie de crímenes en la Villa Carlos Paz en plena temporada, con las vacaciones de familia y el calor a cuestas, con las compañías y vedettes, con el espectáculo a full, un espectáculo que, como versa el dicho, no se puede interrumpir, pese al asesinato de Piru Viedma, una vedette de segunda línea ocurrida en el teatro. Aquí la escena de la muerta en un baño impacta, porque los tres testigos –la niña Celina, la señora mayor Estela y la médium Marta– no pueden salir de su asombro, están paralizadas, en otro mundo, como si la muerte fuera un espectáculo más o un pasaporte para la ficción delirante.

Si en el inicio de Berazachussetts un grupo de amigas encontraba el cuerpo de una obesa casi moribunda, suponen que ha sido violada y la llevan a su departamento para descubrir luego que se trataba de una zombi que se alimentaba de carne humana, en Malicia el inicio es más bien calmo: dos amigos –Juan Carlos y Mauricio– en una piscina de un hotel de Carlos Paz observan a la gente, ambos amigos se conocen de hace tiempo, Juan Carlos es apostador y se acaba de casar con Perla y para ahorrar le propone a su amigo que alquilen una habitación los tres. Pese a que la pareja está en luna de miel, éste acepta. Si en Berazachussetts el cuerpo era la obesa zombi, aquí es una mujer cuasi objeto que luego se descubrirá con otro estatus. La mujer entendida como algo raro, extraño, como sobrenatural pero a la vez admirable.

Hay otro nivel de lectura muy interesante en esta novela: el performático. Los shows que van a ver Juan Carlos y Mauricio, la repentina participación de Perla en uno, vestida de vedette, la muerte de la Piru Viedma, todo parece una puesta en escena. De hecho cuando muere esta vedette, la producción decide reorientar el espectáculo hacia su muerte: “Era una producción modesta, con un elenco que reunía personajes mediáticos recién surgidos de la televisión, vedettes de segunda línea y gente con trayectoria que llevaba cierto tiempo sin trabajar. Sabían que la idea podía resultar de mal gusto para algunos, pero que atraería la atención de muchos otros”. Como en las performance no importa tanto que sea de mal gusto, lo que importa es que atraiga, que llame la atención. Pero esta idea performática también está presente en la desaparición posterior de Celina, sobre todo cuando reaparece en las pantallas de televisión de toda la ciudad. Aquí se une performance y televisión, porque Celina, como desaparecida, no sólo está en esas pantallas, sino que además controla qué se transmite, qué se interrumpe, y para ello ocupa todo, desde el recuadro de la persona que traduce a lenguaje de señas. Y lo hace obviamente porque es una presencia, ya no es una persona.

Quizá la única cosa floja de la novela sea el final, en el que Ávalos Blacha vuelve a subir la apuesta y ya parece un videojuego de monjas satánicas versus policías.

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[La Nación Ideas]

Desmesura bajo control

Por José María Brindisi

La desmesura tiene buena prensa. Se trata de un canto a la libertad, olvidando que la libertad en literatura es sólo aparente y que a menudo actúa apenas como salvaguarda de la pereza. No la desmesura como desarrollo, ni como valor digresivo, ni como apuesta última; más bien un vale todo, una deriva que justifica lo que sea, que se recuesta en el efectismo de lo inmediato y que a partir de una lógica inaprensible termina por reducir la expectativa prácticamente a cero. Lo cierto es que Pynchon hay uno solo, y el mayor misterio en él no es el de su identidad, sino cómo es posible que sepa tanto y que maneje todos esos hilos sin descarrilar.


Justamente, aun en su búsqueda bastante menos extrema que las del norteamericano, si hay un mérito esencial en la última novela de Leandro Ávalos Blacha (Quilmes, 1980) es el control notable que su autor parece guardar sobre la multiplicidad de elementos que la componen. Malicia no deja de ser nunca un policial; aunque entren otras cartas en el juego, el modo primero progresivo en que plantea una serie de enigmas para luego robustecerlos y finalmente hacerlos estallar le hace honor -mientras se lo apropia- a las rigurosas bases del género.


A la vez, Malicia es también una comedia que, poco inclinada a las arenas movedizas de la caricatura, apenas se deja tentar por el gag o el chiste; Ávalos Blacha se detiene siempre un par de pasos antes del costumbrismo, es decir, de la reducción que diluye o vacía de sentido, y está lejos, pese a que muchos de los componentes de la novela hubiesen propiciado esa debilidad, del grotesco, ese modo de la desmesura que arrasa con todo. Pero el humor es un protagonista central de su novela, y en el diálogo que mantiene con lo terrorífico y la sugestión se filtra lo extraordinario, un complemento de la intriga que jamás le discute su cetro.


El disparador de toda la historia es un asesino serial de vedettes, y sin duda ocupa un espacio nuclear -aunque silencioso-, pero Malicia gira en verdad alrededor de una serie deliciosa de personajes y combinaciones improbables: el jugador que se va de viaje de bodas con su amigo quinielero para ahorrar, y su esposa que se convierte súbitamente en estrella; Marta, la calculadora médium que pelea con uñas y dientes por retener su prestigio, y Celina, la niña introvertida captada por el mal que saltea todas las etapas y despliega su furia demoníaca. Otros instrumentistas nada menores se entrelazan en esta adictiva novela que puede leerse en la estela pynchoniana, pero asimismo en la del inefable Quentin Tarantino, ese maestro en hacer que todo lo disperso conviva sin salirse del plato y que sólo pueda ser reproducido en sus propios términos.

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[La Voz del Interior]

Carlos Paz sobrenatural

Por Javier Mattio

Leandro Ávalos Blacha vuelve a cruzar géneros con realismo social en "Malicia", novela que narra extraños sucesos que se suceden en Carlos Paz entre médiums, aliens y vedettes.

Además de las revistas, Carlos Paz tiene su libro dedicado a las vedettes y los febriles días de temporada: en Malicia, Leandro Ávalos Blacha (Quilmes, 1980) imagina un verano sobrenatural en el que los turistas y habitantes carlospacenses asisten a extraños fenómenos: muertes sangrientas en plena función de teatro, posesiones, médiums y advenimientos extraterrestres. La historia arranca con un crimen: el de la vedette Sisí Iseka, del que se enteran Juan Carlos, su mujer Perla y amigo Mauricio, de paso vacacional por la Villa, y al que le sigue la muerte también mediática y brutal de Bárbara Rainbow.

Los protagonistas asistirán a una función en el teatro Marshall de El Joker, puesta desconcertante a lo Fantasma de la Ópera freak dedicada al universo de Batman en el que todo termina por descalabrarse: la narración avanzará desde allí presa de un “realismo delirante” afín al del recientemente fallecido Alberto Laiseca, de quien Ávalos Blacha fue discípulo en su taller.

¿Por qué situar Malicia en Carlos Paz? “La última vez que había ido a Carlos Paz fue hace varios años –dice el autor-. Me impresionó la inmediatez y proximidad que se producía entre la gente, los medios y los teatros. Algo que, quizás por la estructura de otras ciudades como Mar del Plata, no veía que se diera con igual intensidad. Y esa intensidad me interesaba para esta historia. Todo se daba en pocas cuadras, en la calle, en la peatonal, se cruzaban los móviles de televisión, los actores, los fanáticos. Por otra parte, empecé a escribir la novela pensando en las películas del giallo (cine italiano de terror), en especial las de Darío Argento, ambientadas en escenarios como academias de baile y la ópera. Pensaba que me servía el teatro de revista. Sumado a todo, los lugares de Córdoba tienen esa mística increíble que da la presencia del imaginario extraterrestre”.

Ávalos Blacha ya había combinado pulp con realismo social en Berazachussetts (2007), novela en que la sátira de un conurbano post-2001 se alternaba con zombies y otros fenómenos bizarros. En Malicia la influencia del terror –cine mediante- está también presente. “En esta novela el cine fue lo principal”, reconoce el autor. Y completa: “Los climas y clichés del giallo (como el asesino de guantes y cuchillo), los ambientes. También dos situaciones recurrentes: el ‘testigo involuntario’ (personajes que, por accidente, presencian un crimen y terminan envueltos en la trama); y la presencia de una mujer perseguida por el asesino que tiene algún secreto turbio en su vida. También tuve muy presente algunas novelas gráficas, principalmente las que tenían que ver con el Joker (el Guasón), para armar esa obra de revista que toma momentos del personaje. En especial La broma asesina de Alan Moore y Arkham Asylum de Grant Morrison”.


-En la novela se hace hincapié en la competencia desleal entre vedettes, el oportunismo de los medios o las cargadas resentidas entre los amigos protagonistas. ¿Existe un comentario del presente en esos rasgos, hay un componente moral en “Malicia”? El título parece sugerirlo.

-Pensaba que toda esa competencia del teatro, por ejemplo, se puede dar en cualquier otro mundo, pero en la revista representaba casi una máxima del género (al menos como materia publicitaria de una obra). Después hay marcas evidentes de la época. La fama inmediata. Cómo cualquier hecho de la vida cotidiana es asimilado rápidamente y se convierte en espectáculo. Pero no lo pensé desde la moral al escribirlo, sino más bien desde ese lado, de aquello que ocurre, que consumimos en los medios, y a lo que nos habituamos. Es cierto que hay un individualismo exacerbado en la novela. Casi todo está llevado al extremo. Básicamente porque son personajes que, si son humanos, se mueven con mucha intensidad, de forma impulsiva, y de la peor manera.


-La narrativa argentina ha tomado el mestizaje con subgéneros underground y bastardos como dirección destacada de un tiempo a esta parte. ¿A qué creés que se debe, al menos en tu caso?

-Es saludable y necesario liberarse de prejuicios a la hora de escribir. En algún punto pienso que ese mestizaje tiene que ver también con haber comenzado a incorporar las cosas que lo marcaron a uno (desde películas a videojuegos, historietas, canciones) y animarse a construir una obra con eso. En mi caso siento que es natural. Estos géneros ‘bastardos’ son los que me gustan y disfruto de los autores que se movieron en ellos a través de la mezcla, como Philip José Farmer o Fredric Brown. En la literatura argentina es un rasgo ya presente en Alberto Laiseca, César Aira, Juan Sasturain y Elvio Gandolfo, por nombrar algunos. Y en el uruguayo Mario Levrero.


-Hace semanas murió Alberto Laiseca, de quien fuiste discípulo. ¿Qué recordás de él y de su taller?

-Tengo muy presente sus consejos, siempre. Lo de sacarse los prejuicios y escribir con total libertad eran máximas suyas. Le interesaba que cada uno desarrollara su propio mundo literario, que encontrara su voz. Siento que fue una influencia enorme. Conocer su obra fue una de las lecturas más impactantes. Era descubrir algo que no imaginaba posible, cómo servirse del imaginario del terror para hacer una obra que no fuera estrictamente de género, jugar con el humor. Fue como ese choque con El Eternauta y la sorpresa de que se podía contar ciencia ficción desde la Argentina. En Malicia se menciona una supuesta obra de revista, El castillo de las secuestraditas, que es un cuento de Lai. De algún modo su influencia siempre está presente.

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[Infobae]

"Siempre quise escribir una novela inspirada en Dario Argento"

Por Matías Méndez

Leandro Ávalos Blacha se formó en el taller de Alberto Laiseca, al que acudió durante seis años. Allí recibió los libros que su maestro recomendó, participó de lecturas de textos que el autor de Los Sorias trabajaba en ese momento y comenzó a escribir la producción que hoy se completa con la publicación de Malicia (Entropía) y que conforman Serialismo (2005), Berazachussetts (2007) y Medianera (2011).

Ávalos Blacha nació en 1980 en Quilmes y en lo que se conoce de su obra hasta ahora ya logró demostrar que es una de las voces más sólidas, personales y originales del panorama de la literatura argentina. Heredero de César Aira (que participó de un jurado que lo premió y con quien puede cruzarse en algún bar de Caballito o Flores), Copi y, por supuesto, Laiseca, el autor ofrece una novela que elige ambientar en Villa Carlos Paz durante un verano.

El punto de partida es el viaje hacia la ciudad cordobesa de una particular pareja de recién casados cuarentones que, con el objetivo de ahorrarse unos pesos, invitan a un amigo a compartir la habitación. Juan Carlos es un jugador que sólo piensa en los números que tiene que apostar y que llega a Perla por recomendación de su madre ("Sólo mamá podía descubrirla. Perla era comunacha. Entraba y salía de los recuerdos de las personas con facilidad"); Mauricio, el amigo, es un compañero del secundario que lo atiende en la casa de Quiniela. A partir de ahí pasará de todo: vedettes que se pelean, muertes extrañas, estrellas repentinas, todo cruzado por la presencia de la televisión con sus programas de chismes.

Ávalos Blacha escribió una gran novela que tiene un oído atento a la oralidad, con una multiplicidad de voces y personajes que recuerdan la estética aireana, al mismo tiempo que, como dice Leonardo Oyola: "Homenajea, con un humor negro inigualable, a nuestro maestro: el conde Alberto Laiseca".


—¿Cómo sitúa esta última novela dentro de su producción? Uno la imagina en línea con Berazachussetts, por la multiplicidad de personajes y el ritmo, por ejemplo.

—Sí, creo que en cuanto a la estructura tiene muchas similitudes y es muy distinta del libro anterior, Medianera, que son cuentos un poco conectados, entre cuento y novela y que, creo, tiene un ritmo muy distinto, una narración mucho más contenida. Aquí, en Malicia, hay un poco de ese desborde de personajes, de historias y un poco de la trama. Cuando siento que estoy escribiendo más una novela que relatos, me doy cuenta de que me lleva más hacia ese desborde.


—Me gustaría que profundice en esa idea de desborde.

—No es que sea un desborde en el sentido de que no hay ningún tipo de control, sino más bien que, cuando pienso un cuento, hay cierto límite o ciertas situaciones que tengo más presente, como una especie de viaje corto en el que alguna situación va a atravesar a determinados personajes, pero creo que hay una situación más contenida por la que va a atravesar la historia. Cuando empiezo a escribir algo que sí siento que va para una novela, siento que sí tengo una idea de lo que quiero hacer y hacia dónde me interesa ir, pero es mucho más difuso. Si en el proceso de la escritura van surgiendo desvíos hacia otros lados, también es bueno ver hacia dónde te pueden llevar. En ese sentido es que hay menos control, es que hay algo de la historia que se va descubriendo y haciendo al escribirla. Después hay cuestiones que uno va trabajando más en las correcciones y las revisiones, pero en el momento mismo de la escritura, cuando siento que estoy en una novela, sí que no tengo un plan tan claro.


—¿No es un escritor rígido que se ata a un plan?

—En el medio quizás surge un personaje que creo que me puede llevar hacia otro lado y por ahí me interesó más que lo que venía contando. En ese sentido me gusta seguir por ahí y no atarme a lo que quizás tenía pensado. Con Berazachussetts me pasó que en el proceso de la escritura me di cuenta de que un poco el personaje principal era la ciudad como un espacio y a partir de ahí todas las historias que iban surgiendo, y que tenía que ver el modo de entrecruzarlas o ver cómo podía ir contándolas al mismo tiempo.


—En esta novela pasa algo similar porque, si uno tiene que decir que hay un personaje principal, no lo podría decir, son muchos y el elemento que los constituye es su oralidad que está muy trabajada. ¿Está de acuerdo?

—Sin duda, quizás en esta novela, así como te decía que aquella tenía la ciudad como cierta estructura, en esta lo que sí me ayudó fue trabajar con algunos momentos del giallo, el género del cine italiano, como películas de Dario Argento, de Mario Bava. Un género que es una especie de cruce, una mínima historia policial pero que siempre se va cruzando con fenómenos sobrenaturales, de terror, que después tienen distintos abordajes, que fue vinculado con cierta cuestión erótica más o menos explícita, a veces más violenta y que después fue de donde surgió el slasher. Hay situaciones de esas películas que sí me sirvieron para pensar algunos momentos puntuales, sí creo lo que me decís de la oralidad, porque creo que es a partir de ese habla que yo siento que puedo construir un personaje. Es también lo que me hace encontrar la voz desde la cual puedo contar esa historia. Es fundamental a la hora de escribir encontrar ese tono.


—Para construir esa oralidad se precisa un oído atento a lo que pasa y a cómo habla la sociedad. ¿En este caso tiene el oído puesto en varios lugares, en los sectores populares y en lo que podemos llamar la cultura del espectáculo y el mundo chimentero?

—Totalmente, cuando la escribía, veía mucho los móviles, particularmente en el verano, que es cuando están todo el tiempo hablando… Intrusos, Viviana Canosa. Es verdad que hay cierto modo de hablar y expresiones muy característicos de actrices que trabajan en el teatro de revista. En la novela uno de los personajes que habla en primera persona es una de las vedettes y hay muchos momentos de lo que tiene que ver con el habla del periodismo de espectáculos.


—Eso que llaman "el medio" o "el ambiente".

—Sí, fue importante, en un viaje hace varios años, el haber pasado por Carlos Paz. Fue un disparador eso que pasaba en Carlos Paz que no lo veía tan fuerte en Mar del Plata o no lo recordaba y es que había una cosa muy inmediata y muy próxima entre los teatros, la peatonal, los móviles y la gente en contacto con eso todo el tiempo, y con los actores que iban y salía de las obras. Era una proximidad que a mí me resultó muy impactante y eso fue uno de los disparadores para pensar esta novela, también porque siempre tuve las ganas de hacer una novela que jugara con estas películas de Dario Argento, donde es muy frecuente que haya escenarios como una academia de baile, la ópera o los teatros. Me parecía que podía trasladarlo en una novela así en esta temporada.


—Al leerla recordaba aquello de que el carnaval era el momento en que se detenía el tiempo y quizás para estos personajes este período de vacaciones en Carlos Paz es cuando ocurre eso. ¿En esa suspensión están trabajadas las individualidades, las miserias y las mezquindades que si no se toman descanso?

—Muchas veces es también un elemento de ciertas películas policiales donde la primera muerte desencadena la pregunta del quién lo hizo y, en este intento de despistar al espectador y abrir diversas puertas, muchas veces lo que se muestra es que más que un asesino que encarne el mal, hay un montón de gente que era cercana a la víctima y que tenía un montón de motivos para odiarla o tener el móvil para querer asesinarla; se juega mucho con eso, que más allá del asesino, los sentimientos que afloran incluso en la gente más cercana son bastante negativos. Acá también creo que hay mucho de eso.


—Hizo muchas referencias al cine y pocas a la literatura. Eso me da curiosidad porque su literatura, y esta novela en particular, recoge las tradiciones argentinas de lo que se denominó el contra-canon. ¿Se siente heredero de esos autores?

—Son los escritores que más me gustan, Aira, Laiseca, Copi. Siento que lo que hago tiene una cercanía mucho mayor que a otros. Tiene que ver más con ellos, son autores que me gustan mucho y desde ya están presentes. De hecho, hay una de las obras que se menciona en esa temporada, El castillo de las secuestraditas, que es un cuento de Laiseca. Muchos de los nombres de las vedettes son referencias a los personajes de Laiseca. Creo que son influencias que están adentro, que no las tengo que pensar tanto, simplemente salen porque es la literatura que me gusta y lo que me interesa hacer. Las otras sí son influencias que yo puedo racionalizar un poco más, o tomar cosas de cierta estructura, cierto clima o situaciones de las que sí me puedo apropiar más conscientemente.


—¿Le interesaba reflexionar en ese deseo tan contemporáneo de la búsqueda de fama mediática?

—En la novela todas las situaciones están atravesadas por la presencia de la televisión, adonde sea que vayan está la televisión prendida…


—Incluso es la pantalla de la televisión el soporte del desenlace.

—La proximidad de la gente con los medios en Carlos Paz se llevó un poco a la cartelera y que la gente que ande caminando por ahí pase a ser parte del elenco sin importar qué capacidades tenga. Todo puede ser convertido en un espectáculo, desde aquel que sólo por pasar por un reality empieza a encabezar una obra o el simple hecho de que cualquier persona a la que le pasó algo pueda ser explotado como espectáculo. Eso me parecía muy atractivo.


—Un elemento sobre el que trabaja son los juegos de azar y las apuestas, que en un punto es constitutivo del individualismo y el deseo de salvarse.

—Todos los personajes son como muy sanguíneos; creo que también pasaba en Berazachussetts, un instinto muy fuerte y que los mueve hacia donde quiera que vayan y el juego exacerba eso más. El perderse absolutamente del mundo sólo por esa máquina. A partir de historias que conocía de amigos empecé a ir a lugares, particularmente en situaciones de vacaciones. Lo que me sorprendía era que el jugador vive en un estado de vacaciones, eso que decías del momento que se detiene el mundo, si uno va a un casino, al Barco, un día de semana a cualquier hora está la gente ahí jugando desde la mañana hasta la noche, es como un lugar de vacaciones permanente.

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[Télam]

"Entre el policial y lo sobrenatural"

Por Juan Rapacioli

Leandro Ávalos Blacha escribió los libros "Serialismo", "Berazachussetts" y "Medianera". En diálogo con Télam, el autor habló sobre su nueva novela. "Me interesaba ese tipo de historia policial que tiene una especie de cruce con el terror", sostuvo.

En su nueva novela, "Malicia", el escritor Leandro Ávalos Blacha se sirve de diversos lenguajes como el cine de terror, la literatura policial, el cómic y la televisión, para configurar una delirante historia que incluye una serie de asesinatos a vedettes, un misterioso grupo de monjas, una niña que sabe demasiado y una pareja de amigos que se la pasan compitiendo en medio de la temporada teatral de Villa Carlos Paz.

Publicada por Entropía, la novela abunda en referencias: el manejo del terror del director italiano Darío Argento, ciertos aspectos bizarros del cineasta estadounidense John Waters, el realismo delirante del escritor Alberto Laiseca y una trama movediza que puede recordar a la literatura de Thomas Pynchon.

Pero más allá de eso, el libro habla sobre el rencor, el egoísmo y la codicia que se establece en las relaciones sociales.

Nacido en Quilmes en 1980, Leandro Ávalos Blacha escribió los libros "Serialismo", "Berazachussetts" y "Medianera". En diálogo con Télam, el autor habló sobre su nueva novela. "Me interesaba ese tipo de historia policial que tiene una especie de cruce con el terror", sostuvo.


- Télam: ¿Cómo se originó esta historia en tu cabeza?
- Ávalos Blacha: Tenía muy claro el principio: una relación de dos amigos que están todo el día compitiendo por nada. Quería que la novela tuviera la cuestión del juego muy a flor de piel. El vicio por el casino suele ser un rasgo que hace asomar lo peor de uno. Es algo que termina controlando a los personajes. En un nivel general, es una novela que pensé a partir de los diálogos de las películas, la figura del asesino, el cruce entre policial y lo sobrenatural. En esas películas, muchas veces, la figura de quien comente el crimen queda diluida y lo que asoma no es tanto la monstruosidad del asesino, sino la oscuridad de todos los otros personajes que empiezan a querer salvarse. Una de las películas emblemáticas es "Seis mujeres para el asesino", de Mario Bava.


- T: En su necesidad de salvarse solos, los personajes muestran su aspecto más egoísta...
- AB: Son personajes que se mueven con un individualismo terrible. El único lazo de amistad que hay en la novela, entre Mauricio y Juan Carlos, está basado en el rencor, la competencia, los celos. Hay algo del conflicto mediático, está muy presente esta suerte de periodismo de espectáculos donde todo gira en torno a peleas entre actrices, el teatro de revista, las obras del verano en Córdoba o Mar del Plata.


- T: ¿Cuál es la influencia que tiene el cine en tu escritura?
- AB: El cine es inevitable, me ayuda a pensar climas para escribir. Es un mundo del que me puedo servir más conscientemente que de lo que puede ser una influencia literaria. Cuando me señalan una influencia de Aira o Laiseca, creo que son cosas que surgen de un modo natural. Con el cine hay algo más meditado, me ayuda pensar en otro lenguaje narrativo. En este caso, el cine italiano estuvo muy presente. Me interesaba ese tipo de historia policial que tiene una especie de cruce con el terror. Algo que me gusta, particularmente en el cine de Argento, es que es un cine que no aspira a lo perfecto. De hecho, muchas de sus películas son malas, pero sin embargo siempre tienen algo interesante para apreciar. Es un género que me resulta interesante por cómo fue dando paso al 'slasher' (subgénero del cine de terror). No me interesaba escribir un policial clásico.


- T: ¿Cómo fue tu experiencia en el taller de Laiseca?

- AB: Lo primero que leí de él fue "Aventuras de un novelista atonal". Fue una sorpresa total descubrir algo así en la literatura argentina. Yo estaba interesado en empezar un taller. Ir con Laiseca fue encontrar la libertad en la escritura. Algo que se corría de la imagen solemne de la literatura, una cosa lúdica, fuera de serie. Todo lo que escribí fue gracias a haber ido a lo de Lai, no solo por la influencia de su obra, sino por lo que transmitía. El grupo que se formó fue fundamental para seguir escribiendo. Es muy difícil mostrar lo que uno escribe. Lai sabe cómo darte consejos sin intimidarte. Hay mucha gente que va a talleres y recibe una devolución demoledora, eso muchas veces dificulta el camino. Lai fue fundamental para empezar, para adquirir el hábito, para tomarlo con seriedad, para ser exigente pero tampoco caer en una autocrítica tan extrema que te lleve a abandonar.

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[Tiempo Argentino]

Humor, cruce de géneros más teatro de revistas

Por Juan Cinelli

Dos amigos, uno de ellos recién casado con una chica rara que conoció en la iglesia a la que asiste su madre, viajan a Carlos Paz en temporada. Su vínculo está signado por el recelo y la envidia, que los empujan a una competencia permanente. Pero sus vacaciones, en las que reparten el ocio entre el casino y los espectáculos del teatro de revistas, se ven alteradas por una serie de brutales asesinatos de vedettes que sacuden la tranquilidad de la ciudad. Así comienza Malicia, la nueva novela del argentino Leandro Ávalos Blacha, en cuyo primer capítulo la narración se desdobla a partir del uso de dos narradores, uno en primera y el otro en tercera persona, para dar cuenta del vínculo ambiguo de estos dos amigos. Tratándose de una novela policial, dicha alternancia genera un interesante juego de confianzas y desconfianzas que permite preguntarse por el vínculo que los lectores establecen con un texto, a partir de quién y cómo lo relata. Pero Malicia no sólo es una novela policial: una serie de elementos entre fantásticos y sobrenaturales pronto la convierten en un lúdico cruce de géneros, en el que no faltan el terror, la ciencia ficción, el pulp y el noir. Un híbrido extraño y delicioso en el que Ávalos Blacha se mueve con gracia y astucia.


“Esta novela me llevó mucho tiempo de trabajo y me siento muy a gusto con el resultado final”, comenta el autor. “Y siempre está bueno ver qué repercusión tiene entre los lectores o qué lecturas hacen los periodistas. No desde el lugar de cuánto puede influenciar una crítica negativa en mi modo de escribir, porque creo que los libros no tienen por qué gustarle a todo el mundo. Pero me interesa conocer las distintas lecturas que puedan tener, incluso en lectores que por ahí no sienten ninguna filiación con los distintos géneros con los que juega la novela, aunque tampoco se inscriba decididamente en ninguno de ellos”.


-Ese cóctel de géneros y la representación del universo del teatro de revistas está atravesado por el humor como elemento vital, a partir de una mirada que nunca se permite ser burlona.


-Es que una mirada burlona no fue algo que me interesara cuando se me cruzó por la cabeza hacer algo con el teatro de revista, que no era un mundo que conociera en lo más mínimo. Me interesaba tratar de entrar en ese mundo pero no de manera prejuiciosa ni para hacer una sátira, sino para ver de qué se trataba, cómo era una revista e incluso ver qué había pasado con ese género que seguía teniendo cierta vitalidad. O cómo había absorbido los cambios de la figura de la mujer en la sociedad, siendo un género en el que lo femenino tiene un lugar de objeto.


-Tomás ese universo para rodearlo de crimen y de un horror que en primer lugar se manifiesta a través del femicidio, tema que puede vincularse con las formas violentas de percibir lo femenino.


-Por un lado tiene que ver con esa secuencia de asesinatos seriales, un elemento que tomé del giallo italiano en el cine. Fue un disparador: imaginar una serie de asesinatos que tuvieran a la temporada del teatro de revista como escenario. Lo que pasa en muchos giallos es que al intentar descubrir a la persona que cometió los crímenes se termina mostrando un fresco de la sociedad. O al menos del grupo de personas que rodeaban a una víctima y cómo afloran las miserias que permiten creer que cada uno podría haber tenido un motivo para querer matar. Creo que eso es algo del terror que en esta novela funciona bien, más allá de los asesinatos en sí y de que lo más gore no son los crímenes, sino esa pulsión individualista que tienen algunos personajes. Creo que el horror está en ese círculo más que los crímenes mismos.


-La novela empieza en un tono de realismo policial cruzado por cierto costumbrismo, pero luego se dispara hacia lo inesperado.


-Mi intención era que la novela no entrara directamente con el código fantástico, sino que eso fuera apareciendo de a poco. Quizá por este interés que tenía en hacer algo sobre la forma del giallo, sobre todo las películas de Darío Argento o Mario Bava, donde de repente hay alguna trama policial en la que se presenta una hipótesis más ligada a lo sobrenatural como puerta posible para la resolución de un crimen. Quería que esa cuestión más fantástica fuera apareciendo de a poco, cuidando cierto verosímil. Que aún cuando la novela tuviera que ver con extraterrestres o satanistas, encontrar la manera de que no fuera un disparate, sino que fuera un mundo más realista en el que estas cosas van apareciendo.


-¿Y esa fachada costumbrista en torno al teatro de revista te sirvió para eso?


-Era la intención, aunque nunca lo tomé sólo como un decorado, sino como algo que es fundamental en el desarrollo de la novela. Además hay muchos giallos que tienen escenarios artísticos, como la ópera, la academia de baile o la escuela de modelos. En todos esos ámbitos está la figura femenina como cuestión central y entonces el mundo del teatro de revista me parecía ideal para esta historia. Otra cosa que me atrae del giallo es que muchas veces la mujer no es solamente la víctima, sino que son también los asesinos, y tienen un rol muy activo en las historias. Y siento que en todo lo que escribo los personajes femeninos son siempre los que cargan con el peso dramático y van haciendo que las tramas se muevan.


-¿Sentís que en tu escritura hay una influencia de la narrativa del cine?


-Creo que el cine me sirve de disparador, para pensar momentos o climas. Acá el cine me dio la estructura de la historia, porque casi todo estaba dado a partir de los elementos que veía que aparecían de manera recurrente en estas películas. Sentía además una filiación con el hecho de que se trata de películas que a veces incluso son malas o no aspiran a una perfección y eso también me interesa: una literatura que se atreva a buscar a través de una forma fallida, pero que busque algo que no sea lo convencional.


-Es muy fácil pensar en una adaptación al cine de Malicia. Ahora, ¿fantaseás con la idea de una adaptación al formato del teatro de revista? Porque dentro de la novela te das el lujo de casi de escribir el guión de una revista.


-Y… si alguien quisiera hacerla (risas). Por mí encantado. Creo que uno tiene que escribir la novela y después lo que pase con el libro ya no tiene tanto que ver con uno. Esos cuadros y números musicales que describo dentro de la revista tenían que ver con los de algunas obras que había visto, o el personaje de la vedette que encabeza el cartel del espectáculo es básicamente una doble de Moria Casán. Cuando fui a ver algunas obras del teatro de revista lo que estaba muy avejentado era todo lo que tenía que ver con el humor. En una creo que estaba Beto César y era un humor en el que parecía que no hubiera cambiado nada en 30 años…


-Lo más probable es que lo que no haya cambiado en 30 años sea Beto César.


-Sin dudas (risas). Era muy impresionante. Me parece que estaba en una revista de Carmen Barbieri. Era un año en el que ella y Moria estaban peleadas y era el tema del verano. En las dos obras pasaba que los cuadros de baile eran lo más atractivo, porque hay un auge del baile, mucha gente joven que se dedica a eso y me gustó la posibilidad de incluir algo de esos pequeños cuadros. Pero también está ese otro lado de la revista retrógrada. No sé cómo se podría llevar todo esto a la revista, pero si alguien se animara, bienvenido.


-¿Escribir esta novela no habrá sido una excusa para legitimar el placer culpable de ir a ver teatro de revista? 

-No (risas). Es algo que hubiera hecho de todas formas sin ninguna culpa. En todo caso fue encontrarle una utilidad a haberlo hecho y al haber perdido tanto tiempo viendo Intrusos y cosas así. Creo que hay algo del morbo que se juega en estas obras y me quería dar el gusto de hacer una novela con eso.

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[Página 12]

"Lo que más me interesa tiene que ver con el cruce de géneros"

Por Silvina Friera

El aparente desorden del universo es simplemente un orden más elevado, un orden implícito situado más allá de nuestra comprensión”. La frase –que pertenece a Asilo Arkham de Grant Morrison– podría preludiar una historia policial “delirante” que sucede durante la temporada de verano en Villa Carlos Paz (Córdoba). Penetración, sutileza y sagacidad. Leandro Avalos Blacha otra vez lo hizo con Malicia (Entropía), novela cuya principal extrañeza consiste en combinar una heterogeneidad de elementos del cine, el cómic, el terror, el thriller y el humor que, a priori, parecerían no ser aptos para convivir en ese “orden elevado” construido por el escritor. A esa ciudad de las Sierras Cordobesas llega un “trío” circunstancial que se las trae: Perla -que pronto se transformará en una estrella a partir de su debut en El Joker- y su marido Juan Carlos, un jugador compulsivo. A la pareja de recién casados se les ocurrió la “feliz” idea de invitar a compartir la habitación a un amigo del marido, Mauricio, para ahorrarse unos pesos. Los amigos en cuestión, presas de un individualismo exasperado y un egoísmo ilimitado, compiten deslealmente y están impulsados por viejos rencores. La trama se inicia con el crimen de la vedette Sisí Iseka, que integra el elenco de El castillo de las secuestradistas, título de un cuento de Alberto Laiseca (1941-2016), maestro con el que se formó Ávalos Blacha, a quien llama “Lai” desde el afecto abreviado. Pronto se sumará otro asesinato más: el de la mediática Bárbara Rainbow. La galería sobrenatural se completa con una médium que busca capitalizar sus servicios, una niña poseída que sabe demasiado y un grupo de monjas siniestras.

Avalos Blacha –autor de la celebrada Berazachussetts (2007), novela con la que ganó el Premio Indio Rico– maneja los resortes de la narración con una pericia excepcional para componer una diversidad de atmósferas que rompe con las convenciones. “Las mandíbulas de las religiosas se alargaron hasta adquirir la anatomía de bestias. Lo tomaron de los brazos y lo arrojaron contra la pared. Soldi observó espantado cómo les crecían los dientes y las espaldas. Soltaban un vaho irrespirable y lo estudiaban, esperando un mínimo movimiento suyo para despedazarlo”, se lee en una parte de la novela. “Las monjas se reían como hienas y murmuraban una especie de oración en latín. Soldi se percató al rato de que la tonada era una canción infantil que le cantaban de niño y que las voces de las mujeres eran ahora la de sus padres muertos”. Otro ejemplo más, cuando en la sala de un teatro –y entre relámpagos– comenzó a cobrar forma el rostro de Celina con los cabellos crispados. “Su alarido se expandió como un golpe de corriente por la conexión eléctrica del teatro. Estallaron todos los circuitos: cables, enchufes, luces, parlantes, artefactos. Brotaron pequeños incendios. Los espectadores luchaban desesperados por alcanzar la salida. Minutos más tarde, los gritos de Celina cesaron, y con ellos toda la electricidad”.

“Malicia fue lo último que empecé a escribir en 2009, cuando todavía iba a lo de ‘Lai’, después de unas vacaciones que había pasado en Carlos Paz –cuenta el escritor en la entrevista con PáginaI12–. Era un momento en el que cobraba cada vez más importancia como plaza teatral y lugar de vacaciones. Siempre me llamó la atención este hábito de que en el verano hay que ir al teatro de revistas. Al ser un lugar chico, había algo muy intenso en Carlos Paz en cuanto a la proximidad que se generaba; era una peatonal colmada de gente y los actores tenían que entrar a los teatros y se mezclaba todo: los móviles de televisión con los fanáticos”, agrega el autor de Serialismo y Medianera.

–¿Qué importancia tiene el cine en la combinación de elementos que se aglutinan en “Malicia”?

–Yo siempre quise escribir una novela que jugara con el género giallo de Darío Argento, Mario Bava o Lucio Fulci; películas que toman el género policial, pero que tienen una salida en la resolución que se vincula con lo fantástico o el terror. Hay un cruce de géneros bastante fuerte y muchas de esas películas tomaron escenarios artísticos como la ópera o la academia de baile. Me parecía que podía poner el foco en el teatro de revistas, pero ni siquiera conocía el género, nunca había visto obras y me causaba curiosidad ver cómo el teatro de revistas continúa existiendo con los cambios que hubo en el rol de la mujer, cómo era un revista más actual, por qué seguía teniendo vigencia. Vi algunas obras en las que trabajaba Florencia de la V –que entonces era como la reina de Carlos Paz–, otra con Nazarena Vélez y con Moria Casán y Carmen Barbieri. Pero no las fui a ver desde un lugar de prejuicio para reírme de lo que hacen. En lo que tenía que ver con el humor, me acuerdo que en la de Carmen Barbieri, el comediante era Beto César, que atrasaba como veinte años y hacía los mismos chistes en relación a las mujeres.

–La novela dosifica lo siniestro, que aparece con más fuerza sobre todo hacia el final. Al principio, el policial va llevando la narración. ¿Cómo trabajó la construcción de la novela en estos registros que van del policial a lo siniestro?

–Hay climas que no son tanto de terror, sino que puede remitir a cierto imaginario presente en películas como los Poltergeist. No sé si busca producir miedo, sino acercarse a ese imaginario. Sí pensaba que fuera más como un viaje hacia ese momento del final. Yo tengo la idea de hacer una trilogía. En la novela se juega con la llegada del que puede ser un Anticristo y en el terror hay unas novelas y unas películas emblemáticas como La profecía, que son tres momentos en la vida del personaje Damien, el supuesto Anticristo: su infancia, su adolescencia y su adultez. Pensé que podría escribir tres novelas diferentes y que cada una podría estar más atada a algún género que otras. La segunda novela cruzaría el terror y el western y en la tercera tendría que ver qué pasa.

–¿Continuarían transcurriendo en el escenario de Carlos Paz?

–No, como en el final de esta novela hay una especie de fuga, pensaba más la continuación como una suerte de caza de brujas de esta nueva secta que se generó. Todavía no tengo muy claro dónde transcurrirá, pero creo que se irá más hacia una guerra de sectas en la que habrá algo de ocultismo.

–¿Por qué aparecen en la novela prácticas vinculadas con el satanismo?

–Quizá lo que me causaba intriga no es la cuestión de la fe en sí, sino la búsqueda de una experiencia, que es algo que veía en varias películas. Hay giallos que toman la brujería y el satanismo y muchas veces son mujeres las protagonistas. Hay personajes que no pueden conectar con la vida cotidiana, que viven todo con cierta apatía y que en algún punto lo único auténtico que pueden experimentar son estas experiencias extremas como el satanismo. Son películas de los 60 y 70 y en algunas es muy fuerte cómo tratan los conflictos de cierto orden establecido más conservador con personajes contraculturales. Hay una película emblemática de Lucio Fulci, Lizard in a woman’s skin, en que la protagonista es una mujer de una familia muy tradicional que habla siempre con su analista de los sueños que tiene en relación a una vecina, que siempre hace fiestas y se escucha que tocan rock y los ven drogarse y tener sexo. Esta mujer sueña que asesina a su vecina. El analista le dice que tiene un conflicto entre deseo y represión, por todo lo que la vecina representa. Finalmente, a la vecina la matan tal como ella lo había soñado.

–¿Cómo combina los géneros para que la novela no se desmadre del verosímil?

–El verosímil es lo principal para que funcione la literatura fantástica o de ciencia ficción. Cuando se pierde el verosímil, en algún punto se pierde todo, se desconecta con todo. Como lector, cuando siento que hay algo que no tiene nada que ver con el realismo, algo que es exagerado o absurdo –pensando en la obra de Laiseca, que puede construir Camilo Aldao como si fuera la Unión Soviética–, la construcción de la voz y los personajes tiene que ser cercana para que no termine en el mero disparate. Me interesa mucho eso y en parte es algo que me gustaría que nunca se perdiera. En cuanto a la irrupción de lo fantástico, es algo que me atrae. Si quiero escribir una novela más realista, termina apareciendo algo que me desvía. Lo que más me interesa tiene que ver con el cruce de géneros. Algo que siempre está presente, que hasta atenta un poco contra el terror, es el humor, que me comentan que encuentran en la novela. Si el humor surge, no sé mucho cómo controlarlo. El trabajo con los editores de Entropía me ayudó a bajar un poco los decibeles y como escritor uno necesita que te lo marquen. Es un gusto encontrar editores que te den a veces ese mazazo necesario para que el texto funcione y crezca.

La sencillez y humildad de Avalos Blacha es digna de comentar. Pocos autores reconocen, al menos públicamente, la importancia que tiene el trabajo de edición en el pulido final de un libro. El escritor –que nació en Bernal en 1980– comenzó el taller con Laiseca en 2003 y dice que estuvo unos seis años. “Yo disfruté mucho el taller con ‘Lai’. Siempre se habla de la soledad de la escritura y del escritor… Y sí, uno escribe solo, pero después hay una instancia de compartir un montón de cosas. La lectura de los otros ayuda a enfocar la mirada. Y ni hablar si diste con una buena dinámica de taller, que es un poco lo que yo extraño. Está bueno encontrar a alguien que te acompañe –reconoce–. Al principio en la novela se menciona ‘El castillo de las secuestraditas’, que es un cuento de ‘Lai’, y en el primer borrador aparecían Alejandra Zina y Selva Almada como personajes de vedettes que terminaban pasándola mal. Y las saqué por algo que decía ‘Lai’ de que no había que atraer fatalidades en lo que uno escribe. En Berazachussets había un personaje que era un bebé muerto que se reanimaba y yo sin darme cuenta le había puesto Albertito. Y lo primero que me dijo ‘Lai’ fue: ‘¡Por favor, cámbiele el nombre!’. En lo que escribo hay algo del estilo que es cercano a lo de ‘Lai’, incluso por el humor”.

–¿De dónde viene su interés por el cruce de géneros?

–Lo primero que me atrajo fue El Eternauta, en esto de encontrar algo de ciencia ficción que hable, con una historia de género, desde la Argentina. Ray Bradbury decía que él había querido escribir Winesburg, Ohio y le salió Crónicas marcianas. Lo interesante es poder contar lo propio desde el género. Y tiene que ver también con la cuestión del verosímil: podés ambientar la historia en la luna o donde se te ocurra, pero tenés que sentir que está hablando del presente. Después hubo lecturas que me marcaron, como Fredric Brown en la ciencia ficción, un autor que siempre tuvo muy presente el humor en sus cuentos y que no tiene nada que ver con esa ciencia ficción más dura. O Philip Farmer, un escritor que tiene novelas en las que mezcla el policial con la ciencia ficción o cosas más de erotismo. Me gustaría poder escribir una historia más clásica. Ahora, para abril o mayo, sale una novela breve, Una casa de pie, que es como una historia de fantasmas de un chico que se va a vivir a una casa antigua refaccionada en la que hubo un taller de costura clandestino. En un incendio, murieron todas las mujeres que trabajaban ahí. Este chico charla con el fantasma de una de estas costureras. La idea de una ghost story clásica termina siendo rara como novela de fantasmas.

–¿Está escribiendo algo ahora?

–Terminé un libro de cuentos y lo estoy corrigiendo bastante; son dos cuentos que pasan a unas pocas cuadras de Bernal y que tienen que ver con las fiestas patronales. En una de estas fiestas hay fenómenos de abducciones. Quiero continuar la historia de Malicia, de la que tengo muchas notas, pero no pude empezar a escribir nada todavía. En abril me voy a hacer una residencia de escritura en Saint-Nazaire (Francia) por dos meses. Mi idea es aprovechar ese tiempo para escribir la continuación.

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[Revista Almagro]

"Confío en el camino que se van haciendo los libros por sí solos"

Por Francisco Odriozola

Una escritura que no repara en ciertas cuestiones del canon más clásico, historias que juegan con desparpajo con guiños cinematográficos y lenguajes televisivos. En todas estas operaciones se puede mencionar a un solo responsable: Leandro Ávalos Blacha, un escritor que camina terrenos en donde lo que pesa son esas construcciones de mundos que parecen homenajear a su maestro, Alberto Laiseca. Las historias se cargan otro verosímil y en ellas pueden convivir, por ejemplo, cuatro docentes y una punk zombie sin perder ese estado de querer llegar hasta el final. Puede, también, rendir tributo al autor de Los Sorias a través de nombres que utiliza para sus personajes, y ponerle a una vedette de su último trabajo, Malicia, Sisi Iseka.

Ávalos Blacha (1980) lleva la imaginación hasta los lugares más recónditos de la literatura y es quien por intermedio de este dispositivo vuelve a revivir, junto con Sebastián Pandolfelli, el legado de ese realismo delirante que inauguró Laiseca. “Sin imaginación la sociedad humana se destruye, porque la sociedad funciona por imaginación”, sabía decir “El conde”. Y es de esta forma como todo parece convivir en Berazachussetts (Entropía, 2007), Malicia (Entropía, 2016), Serialismo (Eloísa Cartonera, 2005) y su libro de cuentos Medianera (Eduvim, 2011).

-¿Elegís el mundo de la literatura para desajustar la realidad?

-Es muy difícil, no sé. Siempre me gustó mucho leer y en algún momento se fue dando lo de empezar a escribir. Pero empezando por las lecturas, mis gustos siempre tuvieron que ver con la literatura de género. Todos los autores que más me conmovieron siempre tuvieron que ver con autores que presentaron mundos un poco torcidos. Porque a veces no son autores estrictamente de género… Aira, Laiseca… Son gente que no hace propiamente ciencia ficción, pero sí es una literatura que coquetea con una realidad atada a otro verosímil. Por eso siempre me pareció interesante hablar de mundos realizados con zombies, por ejemplo, pero desde una perspectiva de género que no estuviera atada a lo cotidiano. A veces, como lector también me resulta muy chato. Me interesan las obras que se proponen construir algo distinto, que no se quedan con lo que tienen al alcance de la mano.

-¿Pensás que lo cotidiano es una manera de obstaculizar la imaginación?

-No es que no me guste una historia realista solo por eso. Sí es cierto que lo autorreferencial no es algo que me atraiga. Pero sé que hay modos de hacerlo que básicamente tienen que ver con la escritura y con el lenguaje. Una novela que lo hace es Acá Todavía, de Romina Paula, que trabaja mucho con lo íntimo. Hay un juego con el yo, con la memoria y la experiencia, pero más allá de eso construye un artificio que funciona muy bien en la narración. Es una voz que, por lo menos a mí, me resultó muy hechizante y que podría estar hablando de un mundo de marte o un recuerdo de la infancia y las dos cosas me resultan atractivas. Todo depende de cómo estén trabajados esos materiales. Lo cierto es que ese tipo de literatura del yo no es la que más me atrae. Ese ego del escritor ahí funcionando, la tortura de la escritura. Eso, la verdad no me interesa demasiado.

-Pasaste por el taller de Laiseca, ¿qué elementos pudiste encontrar ahí para incorporar a tu ficción?

-Fue importantísimo el taller, básicamente para empezar a escribir. Era la primera vez que hacía taller y tenía ganas de que fuera con algún escritor. Lo que un poco pasó con Laiseca es que no lo conocía demasiado y se había empezado a hacer muy visible por los cuentos de terror en I-Sat, y a la vez empezaron a publicarse muchos textos. Lo primero que leí fueron Las aventuras de un novelista atonal y fue medio la misma impresión de cuando había leído Crónicas Marcianas. Son como esos libros mazazo. Fue ver un tono que no tenía tan presente en la literatura argentina: mezcla como de humor negro y delirio. Así empecé con Lai. Antes escribía pero como una inquietud personal, el taller lo que me dio fue como esa constancia de todas las semanas generar algo. Después, el grupo que se formó fue muy importante: estaba con Sebastián Pandolfelli y dos compañeras más, y de a poco eso se convirtió en un grupo de autoayuda, entonces cuando por ahí no escribía era un espacio de literatura. También Laiseca a veces leía los textos que por ahí estaba escribiendo o explicaba los cuentos que iba a contar después, era muy estimulante. A veces leía autores que en ese tiempo tal vez no estaban tanto en circulación. Me acuerdo que hablaba mucho de El camino del tabaco (novela de Erskine Caldwell) que en ese momento no se conseguía en cualquier lado, tenías que ir a algún parque; o agarraba antologías medio perdidas y te encontraba un cuento que era buenísimo. Las lecturas de Lai de por sí eran muy disímiles: podía leer de física, economía, magia, tenías saberes muy heterogéneos y podía incorporar esas cuestiones en el taller. Trabajaba de una forma muy libre, nunca eran devoluciones que tenían correcciones muy incisivas. Nunca te iba a cuestionar un estilo. Pretendía seguir estimulando la escritura y que cada uno encontrara su tono de una manera libre. Laiseca fue fundamental en todo, no solo como maestro en taller sino como escritor en general. Siempre pienso en él, Aira o Copi, y en ese canon alternativo.

-En Berazachussetts hay un grupo de amigas que se disputan la diplomacia con la mujer zombie. ¿Creés que estás poniendo en la mesa un universo de miserias sociales?

-No creo nunca en eso como una motivación. Creo que eso pasa inevitablemente porque uno trabaja con el lenguaje, personajes y un discurso que hace que de forma irremediable lo social se construya en eso que se está representando. En ese sentido no hay ninguna obra que pueda escapar a eso. En algún punto en Berazachussetts quizás era algo que tenía más presente porque básicamente creo que era una novela que cuando la escribía funcionaba como un imaginario más apocalíptico. En Malicia, en cambio, cuando empecé incluso como disparador y todo, siempre tuve esta idea del cine italiano y de cierto referente que tenía que andar por ahí. Quizás hay como una mínima trama policial más definida que en Berazachussetts, que es todo más caótico…

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[Evaristo Cultural]

Giallo criollo

Por Nicolás Ferraro

Temporada. Villa Carlos Paz. Juan Carlos y Perla se van de luna de miel con Mauricio, el mejor amigo-enemigo de Juan Carlos, y los tres comparten habitación. Pero eso no es lo más incómodo. Una vedette es asesinada. Y solo es la primera. Un asesino serial de vedettes pone en jaque la temporada y las vidas de las personas involucradas en la farándula.


Videntes que quieren su minuto de fama. Celos. Ganas de fama. Peleas de cartel. Hipnotismos. Crímenes desproporcionados. Impredecible. Chicos haciendo quilombo. Casi, casi como cualquier otra temporada de verano en Villa Carlos Paz. 
Sólo que Ávalos Blacha se encarga de agregarle bastante más de sangre.


¿De dónde surge Malicia?

Por un lado, surge de la idea de hacer algo sobre Carlos Paz, cuando pasé por ahí en unas vacaciones, hace varios años. Me llamaba la atención algo muy intenso que se producía en la calles, mucha ebullición en torno al mundo del espectáculo en una ciudad más bien chica, que estaba creciendo como plaza teatral. Los actores, los móviles de televisión, los fanáticos. Mucha interacción. Y todo concentrado en unas pocas cuadras llenas de gente. También cierta intriga por lo que era el teatro de revista o por qué la gente iba a ver un género que, si alguna vez funcionó con cierto misterio alrededor de las grandes vedettes, ahora estaba cada vez más próximo a la televisión, hasta casi no diferir de ella. Como un reality. Esto se cruzó con algo que siempre había querido hacer, pensar una novela en sintonía con los giallos, las películas de Darío Argento o Mario Bava, por ejemplo. Por los espacios que usaban como ambientación (muchas veces teatrales) y la importancia que suelen tener los personajes femeninos pensaba que podía hacerlo funcionar con el teatro de revista como marco.


Con el correr de las páginas nos metemos en una novela coral, con situaciones que se van saliendo de control página a página. Una historia -que se agradece- impredecible. Con un entramado tan complejo, me gustaría conocer cómo fue el proceso de escritura de tu novela. ¿Tenías planteado un esqueleto o fuiste descubriendo la historia a medida que la escribías?


Nunca tengo una estructura tan armada en la cabeza, mientras escribo. En este caso había un mínimo esqueleto, se podría decir, dado por algunos momentos que plantea lo policial de la novela (los crímenes, pensar una figura de detective, los sospechosos, la resolución). Algo bastante escueto. Tenía claro que era un arco en el que se iban a trenzar otras historias, que llevaran la novela a lo sobrenatural. Creo que el texto avanzó a partir de los personajes, que estos me fueron marcando hacia dónde ir. Y, a la par, determinadas situaciones por las que quería que la novela transitara (como, por ejemplo, el juego, los casinos, la presencia del satanismo o los extraterrestres), u otras que eran frecuentes en los giallos y quería incluir.


Malicia está plagada de personajes pintorescos, ¿cuál fue el que más te sedujo a la hora de escribirlo?

Disfruté, especialmente, de lo que ocurre con el personaje de una nena, Celina, que en la novela entra en contacto con el espíritu de una de las vedettes asesinadas. En especial porque fue la puerta para trabajar con la voz en primera persona de una vedette medio Andrea Rincón, y con los programas de espectáculos. También porque es un personaje que da pie a otros fenómenos sobrenaturales, algo vinculado a Poltergeist, pero desde lo mediático.


Ya desde los epígrafes que elegiste para abrir la novela hasta el teatro de revistas inspirado en Batman y el Joker, el imaginario de la cultura pop parece dejar cada vez una huella más fuerte en las obras contemporáneas. ¿A qué creés que responde esto? ¿Qué es lo que más te atrae de esas construcciones?

Me parece que, en primer lugar, muchos de esos discursos son los que me formaron. Las historietas, las revistas, las películas, la televisión. Me interesa, en general, el modo que tienen de narrar, de entretener, funcionan como influencias naturales. Siempre me atrajo la figura del Joker, más que las de los superhéroes, y mientras pensaba en la figura del asesino de la novela se me fue haciendo muy presente. En los giallos es recurrente el tema de la locura, lo traumático, algo que ronda al Joker, cómo la locura es una puerta de escape a las zonas oscuras de la memoria. Incluso desde lo estético se acercaba al asesino de guantes del giallo. Pensar una obra de revista sobre el Joker me servía para que ese rasgo demencial fuera un condimento presente en el texto de forma continua, tanto en la obra como fuera de ella, a través de la publicidad, por ejemplo. O con otros discursos en los que vivimos inmersos (lo mediático, el espectáculo, las redes sociales). Me gusta la literatura que se nutre de todo. Que arrasara con dicotomías como culto/popular, géneros mayores/menores, lenguajes altos/bajos o cualquier cosa por el estilo. Que no tenga miedo ni prejuicios sobre el material con el que trabaja, sino que se enfoque en qué hacer con ellos. Lo que hizo Puig, Copi, Uhart, Sasturain, Aira, Shua, Gorodischer, De Santis, Puenzo, por nombrar solo algunos.


Haciendo un paralelismo, el otro lado de la mano, por decirlo de una manera, es la cultura mediática, quizás más condenada a un estallido desenfrenado de presencia en nuestras vidas, para después desaparecer efímeramente. ¿Qué pensás que es lo que atrapa de estas realidades? ¿Cómo decidiste trabajar con ese medio?

Al elegir el teatro de revista como fondo de la novela era imposible no atender de algún modo a la cuestión mediática. También porque tenía una presencia física en la ciudad (los móviles, los noteros, los televisores como ruido de fondo constante), tenía que tener la entidad de un personaje. Me interesaba esa capacidad de la industria del espectáculo de convertir todo en objeto de consumo y de forma inmediata, en simultáneo con el interés de la gente por consumirlo. Desde el lado de la producción de esos programas, a veces me resulta admirable la capacidad de fabricar una noticia, suspenso o intriga con los hechos más insípidos. O el “estrellato” al alcance de todos y por motivos absurdos, que nada tiene que ver con lo artístico. Me intriga qué morbo colectivo se activa para que eso despierte interés.


Malicia es un libro difícil de encasillar. Podría decirse que aborda el género policial y el fantástico, los dos géneros con más crecimiento en los últimos años. ¿Por qué creés que esté sucediendo esto? ¿Combinar estos géneros es una manera de combatir los clichés?

Siempre tengo la duda de si antes realmente no había tanta literatura de estos géneros o si existen, pero no encontraron la publicación. Y, en realidad, pienso más puntualmente en el caso de la ciencia ficción (que sin dudas tiene una producción argentina, no tan acompañada desde lo editorial en algunos momentos). En el fantástico y en el policial nuestra literatura tiene una tradición muy rica, basta con pensar en cuán presente están en la obra y en las lecturas de un escritor central como Borges. No sé por qué se da el auge, en especial en las series. También en ambos géneros se puede caer en clichés y, de hecho, una de las mayores dificultades en ellos es no hacerlo. Vivimos realidades cada vez más complejas, quizás el único realismo posible es explorar lo extraño. Pienso en las obras de colegas con obras no necesariamente de género, que precisamente trabajan ese umbral: Falco, García Lao, Zina, Schweblin.


Es interesante ver las dos caras de la tragedia, por un lado, fortaleciendo la unión de las personas para salir adelante juntos, y por el otro, los buitres decididos a alimentarse de los muertos. Me gustaría profundizar en esta idea.

A la mayoría de los personajes de la novela los imaginaba un poco apáticos en las formas, pero intensos e impulsivos. Siento que se unen solo por no tener una alternativa mejor o para no perderse el ser parte de algo. Hay giallos que, tras la muerte de una primera víctima, el whodunit dispara todas las intenciones secretas que su círculo íntimo pudo tener para matarla (como en Seis mujeres para el asesino). En Malicia la amistad de Juan Carlos y Mauricio es de odio, más que amor. El matrimonio de Juan Carlos y Perla es por lo menos extraño. Pero de algún modo son lo que tienen a mano. Otra cosa que me gustaba de los giallos es la presencia de ciertas prácticas radicales (el satanismo, la brujería, el sadomasoquismo, las drogas), en las que personajes de ese tipo encuentran la cuota de autenticidad que no tienen en la vida cotidiana. En Malicia la tragedia a veces actúa del mismo modo, es lo que puede darles cierta entidad, algo que contar, de ahí que también tenga algo festivo: como aceptar felizmente ser víctima del asesino para alcanzar la fama.


¿Cuáles fueron las principales influencias a la hora de dar cuerpo a Malicia? A los que les guste la novela, ¿qué obras le recomendarías?

Las influencias que tuve más presentes fueron los giallos: las películas de Darío Argento, Mario Bava, Sergio Martino. E Intrusos. Creo que en lo que escribo siempre asoma algo de los autores que más me gustan: Alberto Laiseca, César Aira, Copi, Wilcock, podría agregar a Fredric Brown, Kobo Abe, Yasutaka Tsutsui, Philip José Farmer. Moju la bestia ciega de Edogawa Rampo.


¿Cómo trabajaste el trinomio “lenguaje, trama, argumento”?

Me parece que se da un diálogo entre esos aspectos. Uno no avanza sin el otro. Pero creo que es algo que se va ajustando en la marcha misma, mientras se encuentra un tono para el texto. Hay algo de la trama que tal vez da una pista para el lenguaje, una orientación, de qué manera debería contarse esa historia. Pero, al mismo tiempo, es el lenguaje el que va a definir el rumbo de la trama.


Publicaste tu primera obra hace más de diez años, ¿cómo ves, en la actualidad, el estado de situación de la literatura en general y cuáles creés que fueron los principales cambios desde que empezaste?

Me parece que la literatura argentina vive un estado de mucha efervescencia. Hay voces muy distintas, muchas editoriales, creo que también ganó un espacio más generalizado en lo que al periodismo se refiere (se les da más espacio a las editoriales independientes y a los narradores jóvenes), se traducen muchas obras. Lo que creo que no cambia es que ese “clima de efervescencia” tiene una vida muy circunscripta a Palermo, a Buenos Aires capital. Sigue siendo difícil que los libros circulen fuera de esta y que, a la vez, lleguen más editoriales y escritores del resto del país acá. No sé si es algo que puedan lograr las editoriales por sí solas, sin una política de Estado al respecto. Tampoco cambió esto respecto a Latinoamérica, con una lengua en común en casi todo el continente las obras no circulan si no fueron publicadas en un grupo editorial grande (aunque esto tampoco lo garantiza en sí) o en España.


Alberto Laiseca impactó como pocos el mundo de la literatura argentina, principalmente con su obra, pero también con una camada de discípulos que hace rato están siendo parte de los más interesante -y refrescante- del panorama actual. Me gustaría que me cuentes del impacto de su obra en vos y de él como maestro.

Creo que es el autor que más me influyó. Fue una sorpresa encontrarme con su obra primero, por el imaginario con el que trabajaba, esa mezcla de clase B, terror, delirio, sexo, humor. Fue una sorpresa idéntica conocerlo. Cómo impactaba con esa figura digna de encarnar a alguno de sus monstruos favoritos de la Hammer, pero tan cercano y querible después. Nunca buscaba influenciar directamente en la voz o en la estética que uno estaba creando. No emitía juicios de este tipo. Más bien era un trabajo de guía, de ayudar en el modo que uno iba conectando con su mundo. Eran clases sin una estructura fija tampoco. Leíamos o simplemente se charlaba, se discutía, se tomaba cerveza y salías con mucho olor a cigarrillo. Algo que siempre nos impactó fue el compromiso de trabajo de Lai. Sobre todo su idea en torno al contar sus cuentos y participar en lecturas. Laiseca lo practicaba mucho. Pensaba en qué iba a darle a esa persona que se sentaba a escucharlo.