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  Malicia
Leandro Ávalos Blacha

179 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2016
ISBN: 978-987-1768-36-3
+Leandro Ávalos Blacha en Entropía
     
   
     
 

“Cuentan las leyendas cinematográficas que las manos enguantadas que aparecen en las subjetivas de Michael Myers en Halloween son las mismísimas manos de John Carpenter. Y que Dario Argento recurre a un procedimiento análogo en películas como Rojo profundo o El pájaro de las plumas de cristal. Dicen que, más allá del cameo encubierto, es en esos momentos cuando los espectadores comulgamos, cómplices, con los creadores. En el momento en que empuñan el cuchillo más grande y lo hunden sin piedad en cualquier parte de la anatomía de la víctima. Es por eso que uno lee Malicia y no puede dejar de pensar en Leandro Ávalos Blacha escribiendo a máquina con guantes negros. Como si fuera un serial killer que ajusticia con total impunidad y desparpajo, mientras cita feliz y homenajea, con un humor negro inigualable, a nuestro maestro: el conde Alberto Laiseca.”
  
Leonardo Oyola

Contratapa

 

 

 

 

 

 

 

 

     
   

La sala del teatro El Zócalo era un cúmulo de tensión, a oscuras, con una melodía tétrica que hacía que los espectadores miraran inquietos a los costados. Estela tomó la mano de Aldo; Valeria, la de Pedro. Con esa compañía se sentían seguros. A la función habían asistido varios compañeros del grupo de jubilados. Marta extrañaba a su perra. Los reflectores se encendieron y enfocaron la puerta de acceso, por donde entró corriendo una mujer. Se la veía agitada. Miraba hacia atrás y a los costados de manera continua. La gente, algo desconcertada, también miraba para todos lados, como ella. Hubo algunos aplausos tibios, que sólo unos pocos espectadores acompañaron. Por los altoparlantes se oía el sonido de otras pisadas. Un andar lento, pero firme, y una risa maléfica. A veces el sonido de un golpe o una puerta que se cerraba en algún punto específico de la sala. La mujer corrió por el pasillo, entre las butacas, y alcanzó el escenario. La gente reconoció a Cosa Nostra, una olvidada vedette de los años ochenta, y ahí sí aplaudió. Llevaba años sin actuar. La mujer dio vueltas por el escenario, como dudando en qué dirección ir y finalmente se perdió por una puerta trasera. La sala quedó a oscuras. Una pantalla gigante mostraba a Cosa Nostra caminando por los pasillos de un teatro desierto y en penumbras. Se veía el avance de la mujer desde su perspectiva, en primera persona. Se oía su respiración. El sonido de sus tacos. Atravesaba corredores y escaleras sin otra luz que la pantalla de su celular. Se encontró con una puerta, y forcejeó para abrirla, pero estaba cerrada. Volvió sobre sus pasos siguiendo las indicaciones de emergencia y escapó por una salida lateral. Al final de un pasillo se veía la calle iluminada por las luces de los relámpagos. Se oían el viento y los sonidos de la tormenta. Cosa Nostra corrió bajo la lluvia por una peatonal vacía y sin luz. Al llegar a la esquina, giró y divisó la silueta que aún la perseguía. Apurada, se ocultó detrás de un muro que dejó toda la pantalla en negro.

El ruido de la lluvia persistía. También la respiración de la mujer. Fueron cerca de tres minutos de absoluta oscuridad. El público comenzó a mostrarse incómodo. Luego, un grito. La pantalla se encendió con la perspectiva del asesino. Una mano negra tomaba a Cosa Nostra por el cuello y la sometía, mientras otra la acuchillaba. La mujer gritaba e intentaba soltarse. El hombre, sin embargo, la dominaba. El vestido blanco, mojado por completo, manchado de sangre, se le pegaba al cuerpo. Sin quitarle el cuchillo, el atacante la cargó hasta el borde de una baranda y la arrojó al lago revuelto. El agua se tragó a la mujer. La mirada del asesino se levantó hacia el cielo negro de Carlos Paz.

 

Fragmento
     
   

Autor

 

Foto de solapa:
 
                     

Leandro Ávalos Blacha nació en Quilmes, provincia de Buenos Aires, en 1980. Es autor de los libros Serialismo (Premio Nueva Narrativa Sudaca, Border, 2005), Berazachussetts (Premio Indio Rico, Entropía, 2007) y Medianera (Eduvim, 2011).


   

Reseñas

Revista Ñ
(Martín Lojo)

Revista Kundra
(Sandra Gasparini)

Perfil Cultura
(Gonzalo León)

Entrevistas

La Voz del Interior
(Javier Mattio)

Infobae
(Matías Méndez)

Télam
(Juan Rapacioli)

 

 

[Revista Ñ]

Farsesco y loco universo del espectáculo

Por Martín Lojo

Asesinos seriales, vedettes, monjas satánicas, extraterrestres, videntes, sectas sadomasoquistas; hubo un tiempo en que la colección de personajes y temas que coinciden en Malicia, de Leandro Avalos Blacha, hubiera resultado un absurdo incomprensible. Pasados veinte años de Del crepúsculo al amanecer, el film de Robert Rodríguez que saltaba del policial a la cacería de vampiros, el cruce de géneros de todo tipo es ya un recurso convencional de la ficción contemporánea.

La premisa que estructura la novela es la del giallo, esa subespecie del thriller alimentada por cineastas italianos como Mario Bava y Dario Argento, que sacrificaba el rigor del policial en favor del gore y la creatividad visual.

Malicia comienza con la luna de miel en Carlos Paz de Juan Carlos, un apostador compulsivo, y su mujer, Perla, a quien eligió según la suerte de los números. Los acompaña Mauricio, un amigo de Juan Carlos con quien mantiene una incontenible competencia.

La villa turística está asediada por una serie de asesinatos de vedettes que aparecen desnudas y mutiladas. La pareja se involucra en los crímenes cuando conocen a Vilma Menta, una célebre vedette que encabeza un espectáculo de revistas inspirado en los personajes de Batman. Mientras Perla participa del show, el asesino ataca entre bambalinas a la vedette Piru Viedma. Hasta allí, el policial.

Los aspectos sobrenaturales de la trama se desencadenan cuando tres espectadoras, una vidente, una niña y otra veraneante, encuentran el cadáver y caen en una suerte de trance. El episodio despierta una de las voces del juego coral que arma el relato, la de la propia Piru, que les indicará desde el más allá cómo sacar provecho televisivo de su muerte.

Más allá del festival de géneros y referencias al cine, el cómic y la televisión, un aspecto crucial de la novela es la sátira del mundo del espectáculo, una horda de empresarios inescrupulosos que no dudan en sumar los crímenes frescos a sus shows, apelando al placer mórbido del público. También se destaca el soliloquio de Piru Viedma, quien desde su estancia fantasmal arremete con la consabida defensa de su talento y esfuerzo, frente a sus colegas dadas a las drogas y la prostitución. Sus consejos para seducir a la prensa amarilla conmueven a Celina, médium preadolescente que lleva al paroxismo el anhelo de fama y se desintegra en una “forma de energía puramente televisiva”.

El humor absurdo, los personajes caricaturescos y la velocidad de la prosa permiten reconocer en Malicia el influjo de autores como César Aira o Alberto Laiseca –a quien la novela homenajea en el nombre de dos hermanas vedettes–, pero sus recursos estilísticos abrevan en otras aguas. Ni la huida por el sinsentido del primero ni el delirio obsesivo del segundo, la escritura escueta pero precisa de Ávalos Blacha parece seguir los juegos de cámara de cineastas como John Carpenter y Brian De Palma.

No obstante la deriva disparatada del relato, el autor de Berazachussetts se esfuerza por sostener la lógica de la trama, aunque el aquelarre de personajes y géneros resulte en un final más bien apresurado y confuso. Un traspié que no le quita diversión a esta entretenida celebración del cine de clase Z.

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[Revista Kundra]

Atravesar el fantasma de la fama

Por Sandra Gasparini

No es solo la combinación de distintos géneros en un marco de absurdo lo que hace original y divertida a Malicia, la última novela de Leandro Ávalos Blacha, sino fundamentalmente la maestría con la que va combinando las tramas que se identifican con cada uno de ellos. Un lugar -las calles principales de Villa Carlos Paz, Córdoba-, en un momento clave -la temporada alta de turistas dispuestos a entretenerse con el teatro de revista-, es el punto de partida ideal para que el autor vaya agregando sus pinceladas bizarras, su lente deformante, su humor negro que no deja de descolocarlo todo.

Si la palabra “malicia” reúne entre sus acepciones tanto la tendencia a interpretar de modo “siniestro” o “picante” una frase o una situación, como la intención solapada que inevitablemente se inclina al mal o, llanamente, remite a su ejercicio, es posible pensar que el eje que vertebra todas las tramas de la novela procede de ese poder polisémico que tiene el lenguaje. Malicia es la de los amigos que se odian y sin embargo se buscan; malicia, la de la suegra que tiene ocultas intenciones; también la de las vedettes que quieren serrucharle el piso a sus compañeras; la del asesino serial que busca algo que algunas mujeres tienen; la de una nena que pretende ser famosa a toda costa, la de una secta, la contenida en un nombre que exhibe lo evidente y la de una teoría conspirativa que tiene un fondo trasnacional. Con Malicia, Ávalos Blacha vuelve al humor delirante de Berazachussetts (2007), que se había teñido de una gozosa melancolía en los relatos entrelazados de Medianera (2011) y exige un lector competente en consumos mediáticos bastante especializados.

A Ávalos Blacha le interesan aquí varios subgéneros. Por lo pronto sigue apostando a la recombinación y a la ruptura de los esquemas clásicos del policial y del fantástico: desde los cinematográficos toques slasher –sobre todo en la presencia del brutal psicópata, casi tributo al subgénero giallo, todavía más propenso a lo hiperbólico-, que crispan a la vez que desacartonan el terror, hasta las notas argumentales de viejas series de TV Malicia lo intenta todo para impedir que el lector despegue los ojos de sus páginas. El reality show, por otra parte, se constituye de inmediato, alimentado por los sucesos del último minuto, convirtiendo en espectáculo el asesinato y la violencia, de manera que las disparatadas obras de teatro de revista están en el borde del snuff.

El fantasma y su estela tenebrosa y sugestiva siguen siendo un elemento provocador si se los trata como aglutinantes de un conjunto de deseos, temores y reclamos no ya de un pasado oscuro que vuelve a golpear la puerta sino como el procedimiento más espectacular para requerir fama o justicia, en este mundo u otros, como ocurre con Celina, una niña que busca hacerse ver y oír. En este sentido, el registro despojado y naturalizador del relato contrasta con los sucesos narrados, sangrientos y extraños. Virtud de una voz narrativa resultado de una política de la escritura que exalta lo mínimo (o lo aparentemente banal) y una economía verbal basada en una acertada selección léxica que sorprende tanto como divierte.

El impredecible mundo imaginario en que Ávalos Blacha transforma a la turística Villa Carlos Paz –a la altura del Berazachussetts de la novela homónima y del oscuro universo de las corporaciones de Medianera– podría ser la locación perfecta para una película de horror de Darío Argento, de quien el autor es perfecto conocedor. Las alusiones a relatos y personajes de su maestro Alberto Laiseca completan una genealogía que se extiende a las narradoras y narradores de complejas identidades de César Aira, quien fuera uno de los jurados que le otorgó el premio Indio Rico en 2007. Ávalos Blacha es, sin dudas, una voz sutilísima que se afirma en el ámbito de la novela argentina contemporánea.

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[Perfil Cultura]

Orgía en Carlos Paz

Por Gonzalo León

Leandro Ávalos Blacha (Quilmes, 1980) es uno de los autores argentinos jóvenes más interesantes de su generación. Sus anteriores novelas, Berazachussetts y Medianera, fueron traducidas al francés y publicadas en Gallimard y Asphalte Éditions; hace unos años formó parte de la delegación argentina que asistió al Salón de París. Pero esto no significaría mucho, si no contara con una escritura sólida, donde lo tradicionalmente novelístico va mezclándose con el policial y el fantástico hasta dotar a sus novelas de un delirio, que ya se ha hecho parte de una tradición, especialmente de la generación surgida en los 60 (Copi, Laiseca, Aira, etc.) y que Damián Tabarovsky en su ensayo Literatura de izquierda denominó como el Contracanon. 

Pero además de trabajar con esta parte de la tradición, este autor agrega elementos de la cultura pop, especialmente del cine clase B (películas de zombis y de fantasmas) y de las series de TV. En Malicia, su última novela, avanza un paso más y coquetea con el lenguaje televisivo, sobre todo con la idea de fama y de cobertura televisiva que está presente en toda la novela, y lo hace usando como pretexto una serie de crímenes en la Villa Carlos Paz en plena temporada, con las vacaciones de familia y el calor a cuestas, con las compañías y vedettes, con el espectáculo a full, un espectáculo que, como versa el dicho, no se puede interrumpir, pese al asesinato de Piru Viedma, una vedette de segunda línea ocurrida en el teatro. Aquí la escena de la muerta en un baño impacta, porque los tres testigos –la niña Celina, la señora mayor Estela y la médium Marta– no pueden salir de su asombro, están paralizadas, en otro mundo, como si la muerte fuera un espectáculo más o un pasaporte para la ficción delirante.

Si en el inicio de Berazachussetts un grupo de amigas encontraba el cuerpo de una obesa casi moribunda, suponen que ha sido violada y la llevan a su departamento para descubrir luego que se trataba de una zombi que se alimentaba de carne humana, en Malicia el inicio es más bien calmo: dos amigos –Juan Carlos y Mauricio– en una piscina de un hotel de Carlos Paz observan a la gente, ambos amigos se conocen de hace tiempo, Juan Carlos es apostador y se acaba de casar con Perla y para ahorrar le propone a su amigo que alquilen una habitación los tres. Pese a que la pareja está en luna de miel, éste acepta. Si en Berazachussetts el cuerpo era la obesa zombi, aquí es una mujer cuasi objeto que luego se descubrirá con otro estatus. La mujer entendida como algo raro, extraño, como sobrenatural pero a la vez admirable.

Hay otro nivel de lectura muy interesante en esta novela: el performático. Los shows que van a ver Juan Carlos y Mauricio, la repentina participación de Perla en uno, vestida de vedette, la muerte de la Piru Viedma, todo parece una puesta en escena. De hecho cuando muere esta vedette, la producción decide reorientar el espectáculo hacia su muerte: “Era una producción modesta, con un elenco que reunía personajes mediáticos recién surgidos de la televisión, vedettes de segunda línea y gente con trayectoria que llevaba cierto tiempo sin trabajar. Sabían que la idea podía resultar de mal gusto para algunos, pero que atraería la atención de muchos otros”. Como en las performance no importa tanto que sea de mal gusto, lo que importa es que atraiga, que llame la atención. Pero esta idea performática también está presente en la desaparición posterior de Celina, sobre todo cuando reaparece en las pantallas de televisión de toda la ciudad. Aquí se une performance y televisión, porque Celina, como desaparecida, no sólo está en esas pantallas, sino que además controla qué se transmite, qué se interrumpe, y para ello ocupa todo, desde el recuadro de la persona que traduce a lenguaje de señas. Y lo hace obviamente porque es una presencia, ya no es una persona.

Quizá la única cosa floja de la novela sea el final, en el que Ávalos Blacha vuelve a subir la apuesta y ya parece un videojuego de monjas satánicas versus policías.

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[La Voz del Interior]

Carlos Paz sobrenatural

Por Javier Mattio

Leandro Ávalos Blacha vuelve a cruzar géneros con realismo social en "Malicia", novela que narra extraños sucesos que se suceden en Carlos Paz entre médiums, aliens y vedettes.

Además de las revistas, Carlos Paz tiene su libro dedicado a las vedettes y los febriles días de temporada: en Malicia, Leandro Ávalos Blacha (Quilmes, 1980) imagina un verano sobrenatural en el que los turistas y habitantes carlospacenses asisten a extraños fenómenos: muertes sangrientas en plena función de teatro, posesiones, médiums y advenimientos extraterrestres. La historia arranca con un crimen: el de la vedette Sisí Iseka, del que se enteran Juan Carlos, su mujer Perla y amigo Mauricio, de paso vacacional por la Villa, y al que le sigue la muerte también mediática y brutal de Bárbara Rainbow.

Los protagonistas asistirán a una función en el teatro Marshall de El Joker, puesta desconcertante a lo Fantasma de la Ópera freak dedicada al universo de Batman en el que todo termina por descalabrarse: la narración avanzará desde allí presa de un “realismo delirante” afín al del recientemente fallecido Alberto Laiseca, de quien Ávalos Blacha fue discípulo en su taller.

¿Por qué situar Malicia en Carlos Paz? “La última vez que había ido a Carlos Paz fue hace varios años –dice el autor-. Me impresionó la inmediatez y proximidad que se producía entre la gente, los medios y los teatros. Algo que, quizás por la estructura de otras ciudades como Mar del Plata, no veía que se diera con igual intensidad. Y esa intensidad me interesaba para esta historia. Todo se daba en pocas cuadras, en la calle, en la peatonal, se cruzaban los móviles de televisión, los actores, los fanáticos. Por otra parte, empecé a escribir la novela pensando en las películas del giallo (cine italiano de terror), en especial las de Darío Argento, ambientadas en escenarios como academias de baile y la ópera. Pensaba que me servía el teatro de revista. Sumado a todo, los lugares de Córdoba tienen esa mística increíble que da la presencia del imaginario extraterrestre”.

Ávalos Blacha ya había combinado pulp con realismo social en Berazachussetts (2007), novela en que la sátira de un conurbano post-2001 se alternaba con zombies y otros fenómenos bizarros. En Malicia la influencia del terror –cine mediante- está también presente. “En esta novela el cine fue lo principal”, reconoce el autor. Y completa: “Los climas y clichés del giallo (como el asesino de guantes y cuchillo), los ambientes. También dos situaciones recurrentes: el ‘testigo involuntario’ (personajes que, por accidente, presencian un crimen y terminan envueltos en la trama); y la presencia de una mujer perseguida por el asesino que tiene algún secreto turbio en su vida. También tuve muy presente algunas novelas gráficas, principalmente las que tenían que ver con el Joker (el Guasón), para armar esa obra de revista que toma momentos del personaje. En especial La broma asesina de Alan Moore y Arkham Asylum de Grant Morrison”.


-En la novela se hace hincapié en la competencia desleal entre vedettes, el oportunismo de los medios o las cargadas resentidas entre los amigos protagonistas. ¿Existe un comentario del presente en esos rasgos, hay un componente moral en “Malicia”? El título parece sugerirlo.

-Pensaba que toda esa competencia del teatro, por ejemplo, se puede dar en cualquier otro mundo, pero en la revista representaba casi una máxima del género (al menos como materia publicitaria de una obra). Después hay marcas evidentes de la época. La fama inmediata. Cómo cualquier hecho de la vida cotidiana es asimilado rápidamente y se convierte en espectáculo. Pero no lo pensé desde la moral al escribirlo, sino más bien desde ese lado, de aquello que ocurre, que consumimos en los medios, y a lo que nos habituamos. Es cierto que hay un individualismo exacerbado en la novela. Casi todo está llevado al extremo. Básicamente porque son personajes que, si son humanos, se mueven con mucha intensidad, de forma impulsiva, y de la peor manera.


-La narrativa argentina ha tomado el mestizaje con subgéneros underground y bastardos como dirección destacada de un tiempo a esta parte. ¿A qué creés que se debe, al menos en tu caso?

-Es saludable y necesario liberarse de prejuicios a la hora de escribir. En algún punto pienso que ese mestizaje tiene que ver también con haber comenzado a incorporar las cosas que lo marcaron a uno (desde películas a videojuegos, historietas, canciones) y animarse a construir una obra con eso. En mi caso siento que es natural. Estos géneros ‘bastardos’ son los que me gustan y disfruto de los autores que se movieron en ellos a través de la mezcla, como Philip José Farmer o Fredric Brown. En la literatura argentina es un rasgo ya presente en Alberto Laiseca, César Aira, Juan Sasturain y Elvio Gandolfo, por nombrar algunos. Y en el uruguayo Mario Levrero.


-Hace semanas murió Alberto Laiseca, de quien fuiste discípulo. ¿Qué recordás de él y de su taller?

-Tengo muy presente sus consejos, siempre. Lo de sacarse los prejuicios y escribir con total libertad eran máximas suyas. Le interesaba que cada uno desarrollara su propio mundo literario, que encontrara su voz. Siento que fue una influencia enorme. Conocer su obra fue una de las lecturas más impactantes. Era descubrir algo que no imaginaba posible, cómo servirse del imaginario del terror para hacer una obra que no fuera estrictamente de género, jugar con el humor. Fue como ese choque con El Eternauta y la sorpresa de que se podía contar ciencia ficción desde la Argentina. En Malicia se menciona una supuesta obra de revista, El castillo de las secuestraditas, que es un cuento de Lai. De algún modo su influencia siempre está presente.

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[Infobae]

"Siempre quise escribir una novela inspirada en Dario Argento"

Por Matías Méndez

Leandro Ávalos Blacha se formó en el taller de Alberto Laiseca, al que acudió durante seis años. Allí recibió los libros que su maestro recomendó, participó de lecturas de textos que el autor de Los Sorias trabajaba en ese momento y comenzó a escribir la producción que hoy se completa con la publicación de Malicia (Entropía) y que conforman Serialismo (2005), Berazachussetts (2007) y Medianera (2011).

Ávalos Blacha nació en 1980 en Quilmes y en lo que se conoce de su obra hasta ahora ya logró demostrar que es una de las voces más sólidas, personales y originales del panorama de la literatura argentina. Heredero de César Aira (que participó de un jurado que lo premió y con quien puede cruzarse en algún bar de Caballito o Flores), Copi y, por supuesto, Laiseca, el autor ofrece una novela que elige ambientar en Villa Carlos Paz durante un verano.

El punto de partida es el viaje hacia la ciudad cordobesa de una particular pareja de recién casados cuarentones que, con el objetivo de ahorrarse unos pesos, invitan a un amigo a compartir la habitación. Juan Carlos es un jugador que sólo piensa en los números que tiene que apostar y que llega a Perla por recomendación de su madre ("Sólo mamá podía descubrirla. Perla era comunacha. Entraba y salía de los recuerdos de las personas con facilidad"); Mauricio, el amigo, es un compañero del secundario que lo atiende en la casa de Quiniela. A partir de ahí pasará de todo: vedettes que se pelean, muertes extrañas, estrellas repentinas, todo cruzado por la presencia de la televisión con sus programas de chismes.

Ávalos Blacha escribió una gran novela que tiene un oído atento a la oralidad, con una multiplicidad de voces y personajes que recuerdan la estética aireana, al mismo tiempo que, como dice Leonardo Oyola: "Homenajea, con un humor negro inigualable, a nuestro maestro: el conde Alberto Laiseca".


—¿Cómo sitúa esta última novela dentro de su producción? Uno la imagina en línea con Berazachussetts, por la multiplicidad de personajes y el ritmo, por ejemplo.

—Sí, creo que en cuanto a la estructura tiene muchas similitudes y es muy distinta del libro anterior, Medianera, que son cuentos un poco conectados, entre cuento y novela y que, creo, tiene un ritmo muy distinto, una narración mucho más contenida. Aquí, en Malicia, hay un poco de ese desborde de personajes, de historias y un poco de la trama. Cuando siento que estoy escribiendo más una novela que relatos, me doy cuenta de que me lleva más hacia ese desborde.


—Me gustaría que profundice en esa idea de desborde.

—No es que sea un desborde en el sentido de que no hay ningún tipo de control, sino más bien que, cuando pienso un cuento, hay cierto límite o ciertas situaciones que tengo más presente, como una especie de viaje corto en el que alguna situación va a atravesar a determinados personajes, pero creo que hay una situación más contenida por la que va a atravesar la historia. Cuando empiezo a escribir algo que sí siento que va para una novela, siento que sí tengo una idea de lo que quiero hacer y hacia dónde me interesa ir, pero es mucho más difuso. Si en el proceso de la escritura van surgiendo desvíos hacia otros lados, también es bueno ver hacia dónde te pueden llevar. En ese sentido es que hay menos control, es que hay algo de la historia que se va descubriendo y haciendo al escribirla. Después hay cuestiones que uno va trabajando más en las correcciones y las revisiones, pero en el momento mismo de la escritura, cuando siento que estoy en una novela, sí que no tengo un plan tan claro.


—¿No es un escritor rígido que se ata a un plan?

—En el medio quizás surge un personaje que creo que me puede llevar hacia otro lado y por ahí me interesó más que lo que venía contando. En ese sentido me gusta seguir por ahí y no atarme a lo que quizás tenía pensado. Con Berazachussetts me pasó que en el proceso de la escritura me di cuenta de que un poco el personaje principal era la ciudad como un espacio y a partir de ahí todas las historias que iban surgiendo, y que tenía que ver el modo de entrecruzarlas o ver cómo podía ir contándolas al mismo tiempo.


—En esta novela pasa algo similar porque, si uno tiene que decir que hay un personaje principal, no lo podría decir, son muchos y el elemento que los constituye es su oralidad que está muy trabajada. ¿Está de acuerdo?

—Sin duda, quizás en esta novela, así como te decía que aquella tenía la ciudad como cierta estructura, en esta lo que sí me ayudó fue trabajar con algunos momentos del giallo, el género del cine italiano, como películas de Dario Argento, de Mario Bava. Un género que es una especie de cruce, una mínima historia policial pero que siempre se va cruzando con fenómenos sobrenaturales, de terror, que después tienen distintos abordajes, que fue vinculado con cierta cuestión erótica más o menos explícita, a veces más violenta y que después fue de donde surgió el slasher. Hay situaciones de esas películas que sí me sirvieron para pensar algunos momentos puntuales, sí creo lo que me decís de la oralidad, porque creo que es a partir de ese habla que yo siento que puedo construir un personaje. Es también lo que me hace encontrar la voz desde la cual puedo contar esa historia. Es fundamental a la hora de escribir encontrar ese tono.


—Para construir esa oralidad se precisa un oído atento a lo que pasa y a cómo habla la sociedad. ¿En este caso tiene el oído puesto en varios lugares, en los sectores populares y en lo que podemos llamar la cultura del espectáculo y el mundo chimentero?

—Totalmente, cuando la escribía, veía mucho los móviles, particularmente en el verano, que es cuando están todo el tiempo hablando… Intrusos, Viviana Canosa. Es verdad que hay cierto modo de hablar y expresiones muy característicos de actrices que trabajan en el teatro de revista. En la novela uno de los personajes que habla en primera persona es una de las vedettes y hay muchos momentos de lo que tiene que ver con el habla del periodismo de espectáculos.


—Eso que llaman "el medio" o "el ambiente".

—Sí, fue importante, en un viaje hace varios años, el haber pasado por Carlos Paz. Fue un disparador eso que pasaba en Carlos Paz que no lo veía tan fuerte en Mar del Plata o no lo recordaba y es que había una cosa muy inmediata y muy próxima entre los teatros, la peatonal, los móviles y la gente en contacto con eso todo el tiempo, y con los actores que iban y salía de las obras. Era una proximidad que a mí me resultó muy impactante y eso fue uno de los disparadores para pensar esta novela, también porque siempre tuve las ganas de hacer una novela que jugara con estas películas de Dario Argento, donde es muy frecuente que haya escenarios como una academia de baile, la ópera o los teatros. Me parecía que podía trasladarlo en una novela así en esta temporada.


—Al leerla recordaba aquello de que el carnaval era el momento en que se detenía el tiempo y quizás para estos personajes este período de vacaciones en Carlos Paz es cuando ocurre eso. ¿En esa suspensión están trabajadas las individualidades, las miserias y las mezquindades que si no se toman descanso?

—Muchas veces es también un elemento de ciertas películas policiales donde la primera muerte desencadena la pregunta del quién lo hizo y, en este intento de despistar al espectador y abrir diversas puertas, muchas veces lo que se muestra es que más que un asesino que encarne el mal, hay un montón de gente que era cercana a la víctima y que tenía un montón de motivos para odiarla o tener el móvil para querer asesinarla; se juega mucho con eso, que más allá del asesino, los sentimientos que afloran incluso en la gente más cercana son bastante negativos. Acá también creo que hay mucho de eso.


—Hizo muchas referencias al cine y pocas a la literatura. Eso me da curiosidad porque su literatura, y esta novela en particular, recoge las tradiciones argentinas de lo que se denominó el contra-canon. ¿Se siente heredero de esos autores?

—Son los escritores que más me gustan, Aira, Laiseca, Copi. Siento que lo que hago tiene una cercanía mucho mayor que a otros. Tiene que ver más con ellos, son autores que me gustan mucho y desde ya están presentes. De hecho, hay una de las obras que se menciona en esa temporada, El castillo de las secuestraditas, que es un cuento de Laiseca. Muchos de los nombres de las vedettes son referencias a los personajes de Laiseca. Creo que son influencias que están adentro, que no las tengo que pensar tanto, simplemente salen porque es la literatura que me gusta y lo que me interesa hacer. Las otras sí son influencias que yo puedo racionalizar un poco más, o tomar cosas de cierta estructura, cierto clima o situaciones de las que sí me puedo apropiar más conscientemente.


—¿Le interesaba reflexionar en ese deseo tan contemporáneo de la búsqueda de fama mediática?

—En la novela todas las situaciones están atravesadas por la presencia de la televisión, adonde sea que vayan está la televisión prendida…


—Incluso es la pantalla de la televisión el soporte del desenlace.

—La proximidad de la gente con los medios en Carlos Paz se llevó un poco a la cartelera y que la gente que ande caminando por ahí pase a ser parte del elenco sin importar qué capacidades tenga. Todo puede ser convertido en un espectáculo, desde aquel que sólo por pasar por un reality empieza a encabezar una obra o el simple hecho de que cualquier persona a la que le pasó algo pueda ser explotado como espectáculo. Eso me parecía muy atractivo.


—Un elemento sobre el que trabaja son los juegos de azar y las apuestas, que en un punto es constitutivo del individualismo y el deseo de salvarse.

—Todos los personajes son como muy sanguíneos; creo que también pasaba en Berazachussetts, un instinto muy fuerte y que los mueve hacia donde quiera que vayan y el juego exacerba eso más. El perderse absolutamente del mundo sólo por esa máquina. A partir de historias que conocía de amigos empecé a ir a lugares, particularmente en situaciones de vacaciones. Lo que me sorprendía era que el jugador vive en un estado de vacaciones, eso que decías del momento que se detiene el mundo, si uno va a un casino, al Barco, un día de semana a cualquier hora está la gente ahí jugando desde la mañana hasta la noche, es como un lugar de vacaciones permanente.

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[Télam]

"Entre el policial y lo sobrenatural"

Por Juan Rapacioli

Leandro Ávalos Blacha escribió los libros "Serialismo", "Berazachussetts" y "Medianera". En diálogo con Télam, el autor habló sobre su nueva novela. "Me interesaba ese tipo de historia policial que tiene una especie de cruce con el terror", sostuvo.

En su nueva novela, "Malicia", el escritor Leandro Ávalos Blacha se sirve de diversos lenguajes como el cine de terror, la literatura policial, el cómic y la televisión, para configurar una delirante historia que incluye una serie de asesinatos a vedettes, un misterioso grupo de monjas, una niña que sabe demasiado y una pareja de amigos que se la pasan compitiendo en medio de la temporada teatral de Villa Carlos Paz.

Publicada por Entropía, la novela abunda en referencias: el manejo del terror del director italiano Darío Argento, ciertos aspectos bizarros del cineasta estadounidense John Waters, el realismo delirante del escritor Alberto Laiseca y una trama movediza que puede recordar a la literatura de Thomas Pynchon.

Pero más allá de eso, el libro habla sobre el rencor, el egoísmo y la codicia que se establece en las relaciones sociales.

Nacido en Quilmes en 1980, Leandro Ávalos Blacha escribió los libros "Serialismo", "Berazachussetts" y "Medianera". En diálogo con Télam, el autor habló sobre su nueva novela. "Me interesaba ese tipo de historia policial que tiene una especie de cruce con el terror", sostuvo.


- Télam: ¿Cómo se originó esta historia en tu cabeza?
- Ávalos Blacha: Tenía muy claro el principio: una relación de dos amigos que están todo el día compitiendo por nada. Quería que la novela tuviera la cuestión del juego muy a flor de piel. El vicio por el casino suele ser un rasgo que hace asomar lo peor de uno. Es algo que termina controlando a los personajes. En un nivel general, es una novela que pensé a partir de los diálogos de las películas, la figura del asesino, el cruce entre policial y lo sobrenatural. En esas películas, muchas veces, la figura de quien comente el crimen queda diluida y lo que asoma no es tanto la monstruosidad del asesino, sino la oscuridad de todos los otros personajes que empiezan a querer salvarse. Una de las películas emblemáticas es "Seis mujeres para el asesino", de Mario Bava.


- T: En su necesidad de salvarse solos, los personajes muestran su aspecto más egoísta...
- AB: Son personajes que se mueven con un individualismo terrible. El único lazo de amistad que hay en la novela, entre Mauricio y Juan Carlos, está basado en el rencor, la competencia, los celos. Hay algo del conflicto mediático, está muy presente esta suerte de periodismo de espectáculos donde todo gira en torno a peleas entre actrices, el teatro de revista, las obras del verano en Córdoba o Mar del Plata.


- T: ¿Cuál es la influencia que tiene el cine en tu escritura?
- AB: El cine es inevitable, me ayuda a pensar climas para escribir. Es un mundo del que me puedo servir más conscientemente que de lo que puede ser una influencia literaria. Cuando me señalan una influencia de Aira o Laiseca, creo que son cosas que surgen de un modo natural. Con el cine hay algo más meditado, me ayuda pensar en otro lenguaje narrativo. En este caso, el cine italiano estuvo muy presente. Me interesaba ese tipo de historia policial que tiene una especie de cruce con el terror. Algo que me gusta, particularmente en el cine de Argento, es que es un cine que no aspira a lo perfecto. De hecho, muchas de sus películas son malas, pero sin embargo siempre tienen algo interesante para apreciar. Es un género que me resulta interesante por cómo fue dando paso al 'slasher' (subgénero del cine de terror). No me interesaba escribir un policial clásico.


- T: ¿Cómo fue tu experiencia en el taller de Laiseca?

- AB: Lo primero que leí de él fue "Aventuras de un novelista atonal". Fue una sorpresa total descubrir algo así en la literatura argentina. Yo estaba interesado en empezar un taller. Ir con Laiseca fue encontrar la libertad en la escritura. Algo que se corría de la imagen solemne de la literatura, una cosa lúdica, fuera de serie. Todo lo que escribí fue gracias a haber ido a lo de Lai, no solo por la influencia de su obra, sino por lo que transmitía. El grupo que se formó fue fundamental para seguir escribiendo. Es muy difícil mostrar lo que uno escribe. Lai sabe cómo darte consejos sin intimidarte. Hay mucha gente que va a talleres y recibe una devolución demoledora, eso muchas veces dificulta el camino. Lai fue fundamental para empezar, para adquirir el hábito, para tomarlo con seriedad, para ser exigente pero tampoco caer en una autocrítica tan extrema que te lleve a abandonar.