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  Manigua
Carlos Ríos

64 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2009
ISBN: 978-987-24797-2-5
       
     
           
           
           
 

Ante el inminente nacimiento de su enésimo hermano, Muthahi recibe un férreo mandato paterno: a partir de entonces su nombre será Apolon y deberá regir sobre su clan tribal. Pero, antes, estará obligado a viajar hasta los distritos costeros y traer de regreso una vaca para sacrificar el día del alumbramiento; de lo contrario, será condenado a morir de sed. Años más tarde, el propio Apolon acompaña a su agonizante hermano en un desolado hospital de provincias. Para mitigar sus últimas horas, decide contarle la historia de esa misión que precedió su llegada al mundo: construir un relato que bordea la consistencia del mito.

En Manigua (una novela swahili), Carlos Ríos va desgranando el diario improbable de una leyenda que no se refiere al pasado ni al futuro, sino a un presente cuya permanente descomposición adquiere la naturalidad de lo cotidiano y de lo inevitable. Una apuesta radical por despojar al lenguaje hasta volverlo hipnótico transforma esta obra en una cartografía anotada de la catástrofe personal. Un estudio antropológico cuyo sujeto se extravía dentro del alucinado universo geográfico que lo contiene, lo sabotea y lo constituye.

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Fotos: Marcela Castañeda          
               
                   
Fragmento

1

Hacia allá, dijo, y escaló lo que parecía un promontorio hecho para la meditación. Nadie lo siguió. Desde la discusión que había tenido con su padre, los hombres del clan no tomaban en cuenta las observaciones de Muthahi. Sin embargo, el patronato lo había elegido para encontrar la señal que impulsara a su pueblo a moverse en dirección al mar, hacia la provincia costera.


2

A los pies de Muthahi, la ciudadela de cartón relucía como el cuerpo de un animal puesto a secar. El joven observó la gran cicatriz que cruzaba de norte a sur y allí, entre los volcanes extinguidos y sus lagos, otra ciudad, que en su empeño por sobrevivir negaba a la suya. Contra sus pobladores lucharían. En la cicatriz crecían ojos de agua: Baringo, Bogoria, Nakuru, Elmentaita, Naivasha y Magadi. Más arriba, en la sierra de Laikipia, los animales soñados o imaginados que Muthahi quería, sin objeto aparente, arrebatarles a los dioses.


3

Meses atrás, Muthahi había atacado a unas mujeres que se bañaban en uno de los lagos volcánicos sin poder atrapar siquiera una, por lo que se contentó con masturbarse frente al ídolo de madera. Cuando su padre lo vio salir del templo construido con tubos de plástico, creyó que Muthahi había encontrado por fin el nuevo mapa con el cual podrían moverse en el camino, sin temor a ser aniquilados por los kikuyus.

4

Nada será como Muthahi lo ha diseñado en su mente, dice uno de los hombres kamba mientras desolla un animal con el cuello de una botella. ¿Has estado allí?, pregunta el que sostiene entre sus manos la cabeza del mamífero. ¿Dónde? En su mente. Envuelto en una túnica naranja, el padre de Muthahi arrima dos cubetas para recolectar la sangre. Cuando se va, los hombres siguen con su plática swahili. Uno dice: Hay un punto en el cual el cuerpo se deteriora o la mente se deteriora y es difícil saber qué es peor. El otro: ¿Estar lúcido en un cuerpo que colapsa o un cuerpo sano con una mente que se desintegra? Ambas alternativas me parecen horribles. Me quedaría con otra de las mentes. El primero dice: Nadie tiene dos mentes. El otro: Ver el cuerpo caer a pedazos debe ser una tortura pero el acecho de la demencia es un pájaro al que nadie le gustaría ver en el aire. Dice el primer hombre, mientras la sangre que sale del cuello del animal sagrado es vertida en una de las cubetas: Es un insulto a sus mentes. Y el otro: ¿Has estado allí? ¿Dónde? En su mente. Así dicen, al cabo de unas horas enmudecen. El hombre más bajo corta la cabeza del animal y la deposita a los pies del ídolo de madera. En su libreta de hojas bordadas en oro, Muthahi dibuja unas palabras dichas por su padre el día anterior. "Al llegar a la tierra de nuestros antepasados no vamos a conseguir ni lo que más deseamos ni lo que más tememos."

 

     

Autora

 

 

 

 

 

Foto: Angeles Porrúa

 

 


 

   

Carlos Ríos (Santa Teresita, 1967).
Publicó los libros de poemas Media romana (2001),
La salud de W.R. (2005) y La recepción de
una forma (2006). Manigua es su primera novela.

 
 

Reseñas

 

 

 



Inrockuptibles
(Oliverio Coelho)

 

 






[Los Inrockuptibles]

 

La naturaleza (o la ausencia de artificio)

Por Oliverio Coelho

 

Cada tanto aparecen novelas que rompen silenciosamente con algunas convenciones narrativas, sin subrayar su propio experimentalismo ni escenificarlo en un ámbito que no sea el esctrictamente literario. Manigua tiene la cualidad extraña de ciertos relatos cuya singularidad radica en la naturaleza -o en la ausencia de artificio- con la que presentan el acto de narrar. En las primeras páginas el relato remeda una ficción antropológica. Pasada esa apertura, anécdotas que bordean mitologías tribales -la swahili y la kikuyu- en una atmósfera posapocalíptica se imbrican en las voces del narrador y del personaje. El cruce de voces, la disputa coral, agrega profundidad a un relato que parte de un plano -ese plano helado de las novelas de Bellatin- y se desplaza hacia anécdotas laterales. No son desviaciones del sentido ni digresiones, sino visiones paganas de alguien que ve, recuerda, y conjura la muerte lenta de un hermano. Ese alguien es Apolon, que pone o puso -según el momento de la narración- en riesgo su vida para buscar una vaca y honrar el nacimiento de su hermano en un ritual pensado para su padre. La voz encarnada y atemporal de Apolon refiere, entonces, una odisea terrestre por un suelo calcinado y a la vez mágico: un África traspapelada milagrosamente en la pluma de un argentino que vivió en México y está de vuelta. El narrador -y aquí reside la naturaleza espontánea del experimento, en el paso continuo de la primera a la tercera persona- lleva al extremo esa aventura que remite, de un modo cíclico, a la escena donde el hermano agoniza. En todo caso, en Manigua hay un oído y una voz, y tantos paisajes apocalípticos como sucesos irracionales. Además de poner en abismo el hecho mismo de narrar y dejar que la elipsis apuntale las diferentes capas de la novela, Ríos aborda poéticamente un asunto delicado e imposible: la relación con ese par semidivino que puede llegar a ser un hermano.


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Entrevistas

 

 



Página/12 Cultura
(Silvina Friera)

Diario Perfil Cultura
(Ezequiel Alemián)

[Página/12 Cultura]

 

Una antropología del desastre

Por Silvina Friera

 

En apenas 61 páginas, Manigua (novela swahili), de Carlos Ríos, condensa una historia de una belleza hipnótica sobre un mundo que se desintegra. “Al llegar a la tierra de nuestros antepasados no vamos a conseguir ni lo que más deseamos ni lo que más tememos”, dice un narrador en tercera persona, recordando las palabras que el padre ciego le dijo a su hijo Muthahi. En este espacio hobbessiano, donde kikuyus y kambas, entre otros, demuestran que “el hombre es lobo del hombre”, es necesario que cada clan sea liderado por un hombre llamado Apolon. Muthahi, que no sabe quién es su madre, adoptará el nombre que le corresponde para ser el líder del clan. Pero también deberá cumplir con un mandato: viajar hacia la provincia costera para buscar una vaca que sacrificarán cuando nazca su enésimo hermano. Si no consigue la vaca, lo atarán a un palo y morirá de sed. Las escalas de este itinerario llevarán al héroe a tener que camuflarse sutilmente: suplantará al hombre muerto del ómnibus o se hará pasar por Donise Kangoro, el propietario ciego de todas las vacas y tierras de Sao José dos Ausente. La empresa no será fácil en esa ciudad devenida en un “asqueroso moridero”.

Recién llegado de Puebla (México), donde vivió los últimos ocho años, Ríos admite que hay temas que lo obsesionan, que son “una maldita piedra en mi zapato”. La lengua todavía no aterrizó en Buenos Aires, anda levitando en una zona híbrida más que neutral, como si no se decidiera a quedarse con los mexicanismos ni a recuperar las frases y giros rioplatenses. A veces se le escapa un “tú”, en vez del voseo que archivó en un rincón lejano de su memoria a medida que se fue insertando en Puebla. “Tenía ganas de salir del país en 2001, no por razones económicas, sino personales. Estando en Asunción del Paraguay, en un congreso de archivistas, conocí a un archivista de Costa Rica que me pasó la dirección de un archivista argentino que vivía en Puebla. Le escribí, me respondió y me invitó a su casa. En ese momento estaba estudiando archivística y me fui”, cuenta el escritor en la entrevista con Página/12. “Puebla es una ciudad muy antigua, con un acervo archivístico impresionante. Trabajé un tiempito digitalizando documentos de alto volumen. Después fui conociendo gente en la Facultad de Letras, participé en un congreso de poesía y me empezaron a conocer en la ciudad. Conseguí trabajo como corrector de estilo de un periódico, de ahí pasé a redactor en la sección de Cultura, y mi tercer libro de poemas lo publiqué en México”, repasa Ríos (nacido en Santa Teresita en 1967), autor de los poemarios Media romana, La salud de W.R. y La recepción de una forma, que ha decidido regresar definitivamente a la Argentina.

–El hecho de estar viviendo en Puebla cuando comenzó a escribir la novela, ¿incidió en la forma que fue adoptando Manigua?

–Lo que se metió de México es el uso del tú. No hay un voseo argentino, sino un tono neutro que para mí era natural usar allá. Quería que fuera una novela que no estuviera localizada ni en México ni en la Argentina. La primera imagen que tuve la vi en la televisión, en un programa de la National. Había un aborigen australiano, tirado en el piso, que decía que él era el último de su clan. Me impactó muchísimo y quise escribir algo para llegar a ese momento, que es el que corona la novela. Después de escribir la novela, leí en un artículo que en Africa la vaca es un bien preciado. Si un joven quiere tomar por esposa a una muchacha, si va con una vaca, tiene el sí asegurado. ¿Qué sería Manigua para mí? Es la historia de un mandato familiar que fracasa. Y a la vez es un diario secreto con capítulos breves. Escribir esta novela fue como explorar la memoria del día anterior. La palabra Manigua es centroamericana y quiere decir algo confuso, intrincado. Es una palabra que tomé de un poema de Gerardo Denis, que nació en España pero fue un gran poeta mexicano.

–¿Por qué dos de los personajes principales, como el padre de Apolon y Donise Kangoro, son ciegos?

–Cuando empecé a escribir la novela sin saber adónde iba, lo primero que quise hacer fue respetar la intensidad del impulso inicial. El mundo que fui armando es muy inestable: las ciudades aparecen y desaparecen y hay clanes con un nomadismo extremo. Esa inestabilidad la llevé al tema del lenguaje y de la familia. Hay mandatos familiares que son lo último que queda en un medio que se está desintegrando. Lo último que quedaría en una familia es una voz autorizada que dice: “Hay que hacer esto”.

–¿Cambió con la distancia su idea de familia?

–Sí, al haber estado siete años lejos de Argentina, de mis parientes, mi propia idea de familia probablemente se desintegró. El tema de la vaca también es familiar. Mi padre fue carnicero durante muchos años.

–¿Qué temas u obsesiones reconoce que pasaron de su poesía a la narrativa?

–Uno de los temas que más me obsesiona es cómo construir un espacio. Mi tercer poemario, La recepción de una forma, era una reflexión sobre habitar un lugar. Cuando llegué a Puebla, una ciudad fundada en 1531, el choque visual fue muy impactante por los colores, los edificios. Ese poemario tiene que ver con ese instante en que una forma te contiene. Son poemas construidos a partir de reseñas de edificios; hay una parte que tiene que ver con instalaciones, otra con la arquitectura del espacio. La cuestión de marcar y empezar a habitar el espacio es lo que pasa al comienzo de Manigua, donde se diseña una geografía en el presente.

–¿Podría definir Manigua como una novela antropológica en la que conviven los mitos del pasado con las tecnologías del presente, como el celular y la televisión?

–Le voy a contestar con una anécdota. En el museo de Cuetzalan vi un palo con el que las mujeres molían el maíz. Cuando salí del museo y fui a la plaza vi a una mujer con el mismo artefacto haciendo unas tortillas. Esta cuestión de que el pasado está en el museo y en la calle es muy impactante. Mi novela no es una mirada antropológica sobre el pasado sino sobre un presente ambiguo. Quizá lo que haya en la novela sea una antropología del desastre, una gran deriva de aquello que parecía que siempre iba a ser siempre de la misma forma.

 

 

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[Diario Perfil Cultura]

 

Paisaje semidesértico con escritor argentino

Por Ezequiel Alemián

 

 

Editorial Entropía distribuye en estos días Manigua, primera novela de Carlos Ríos, escritor argentino que vivió siete años en México y acaba de regresar al país. Subtitulada novela swahili, Manigua narra el viaje de Apolon en busca de una vaca para sacrificar el día del nacimiento de su hermano, por un territorio donde el estado y la propiedad se encuentran casi por completo descompuestos. Clanes tribales luchan entre sí para afirmar su identidad, también agonizante. Ríos tiene publicados tres libros de poesía, y en el 2004 obtuvo el Primer Premio del Concurso Universitario de Poesía de Puebla. En esa ciudad, donde trabajó como evaluador de proyectos de creación literaria para fondos estatales, asistió al taller de Daniel Sada.

–Hay en Manigua una construcción muy específica de un mundo en un espacio y un tiempo complejos para identificar. ¿Cómo concebiste ese espacio, y qué es lo que quisiste transmitir a su través de su funcionamiento?
–Manigua se me apareció como un escenario semidesértico muy propicio para indagar lo que había en él. Eso fue lo primero. Después empecé a ver que en ese escenario se movían algunos personajes. Podría decir que la acción transcurre en Africa. Y es cierto, hay marcas que lo dicen. Pero también es un espacio puramente literario, en el que que yo me voy moviendo y poniendo en juego lecturas, reflexiones, voces. En esa zona inestable, siento que se empieza a jugar algo entre esa topografía, ese lugar, esas voces, esos personajes, algo como una especie de tensión, y ahí es donde se arma el relato.

–¿No sabías a dónde ibas cuando empezaste Manigua?
–En uno de los últimos capítulos del libro aparece un africano que dice que es el último de su clan. Es una imagen que vi en la tele; un aborigen australiano, que decía que estaba solo, pero que sentía en el aire que sus hermanos lo acompañaban. Y me di cuenta de que quería escribir algo para llegar a eso. Cada capítulo, de todas formas, se va armando a medida que se cuenta.

–Por momentos el lugar parece Africa, pero por momentos podría ser un suburbio trash de cualquier ciudad grande de occidente.
–Sí. Pero lo importante es cómo funciona ese sistema, qué está pasando con esa gente que todo el tiempo tiene que ir negociando su vida en un mundo de restos. Es algo que siento muy atado a mi forma de escribir. Voy buscando algunos hilos, viendo hasta dónde llegan, sin preocuparme de que después esté todo perfectamente atado. Los capítulos son cortos, escribía uno por día. Siento que a la vez que novela, Manigua es un diario. Me gusta que lo que estoy contando se contamine con lo que escucho o lo que leo ese día.

–De hecho, hay referencias a mundos muy divergentes en el libro...
–El montaje de referencias lo entiendo un poco como un trabajo de composición poética. Siempre pienso en esa idea de un texto como un imán que atrae elementos diferentes. A ver, me digo, esto que estoy escribiendo, qué puede atraer. Cuanto más salvaje sea esa intrusión, en el sentido de que lo que llegue mine, genere inestabilidad, incertidumbre, incertezas, mejor. Todo lo que venga para contrarrestar esa idea de “estoy escribiendo una novela y sé para dónde va”, dejo que vaya hacia el texto. Todas las referencias que aparecen contribuyen a armar un Africa, pero muchas de ellas no son africanas.

–Esa idea de inestabilidad se da en varios niveles del texto.
–Quería trabajar sobre ese hilo donde todo no empieza a cuajar o a solidificarse. Estaba más cerca de la idea de un boceto de novela que de una novela perfectamente edificada. Quería meter la escritura ahí, en esa frontera. Manigua arranca, después parece que arranca otra vez; es una novela muy cortita pero tiene como tres finales.

–¿Y por qué esa mutación en la figura del narrador, ese cambio de persona?
–Surgió sobre la marcha y lo dejé, que estuviera. Empecé a escribir en tercera y casi como una equivocación apareció la primera. En un capítulo las dejé entreveradas, como si fuese una marca. Apareció, lo marqué; no es un logro. Me gusta que las costuras queden en la sintaxis.

–¿Qué lengua se habla en Manigua?
–Para mí es swahili. Es una lengua que parece armada de lo que le pudo robar a otras lenguas. Se habla con requechos de palabras. Eso me generó cierta incomodidad cuando se impuso la primera persona: la forma que tiene el personaje de nombrar, esa sintaxis que se defleca, que también forma parte de los restos. Me costó aceptarla. Pero escribir también es aceptar un modo de decir que no es el tuyo.

–¿Qué novelas te acompañaron la escritura de Manigua?
–Leí Memorias de un pigmeo, de Hebe Uhart, El africano, de Le Clezio, y Las posibilidades del odio, de María Luisa Puga, una mexicana, con una obra muy despareja. Vivió un tempo en Kenya y escribió esta novela, muy política, de los años 70’. Me interesó su percepción, maravillosa.

–¿Y Bellatin?
–Más que el gusto por algún libro, ahora me interesa su concepción del acto de escribir, de la puesta en escena de la palabra, esa cosa casi de performer que tiene.