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Un año sin primavera
(Apuntes sobre la poesía y el tiempo que hace)
Marcelo Cohen

151 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2017
ISBN: 978-987-1768-42-4

       
     
           
           
           
 

«“Teníamos, al final, sólo el tiempo como tema”: así empieza “El membrillo”, un poema de Louise Gluck. Pero no se refiere al tiempo que todo lo devora, ni al clima, sino al, llamémoslo así, tiempo que hace. Subestimado como excusa para charla de circunstancias, el tiempo que hace es en realidad un llamado incesante a la atención abierta; un sin fin de presentes. Nos conecta con la física y la biología, con los meteoros, la imprevisibilidad, con los movimientos del aire y las mutaciones del paisaje material. El tiempo que hace un día, o cada día, no sólo se empeña en defraudar las previsiones: es un tema de conversación infinita. En un momento cualquiera confluyen miríadas de sucesos que, con distinto paso, duran o se disipan para dar lugar a algo nuevo. Las polirritimias de la atmósfera enloquecen el pulso inflexible del tiempo que pasa; piden otras escansiones y oponen diferentes matices a ese camino homogéneo que lleva del deseo temprano a la memoria crepuscular. El tiempo que hace es catástrofe y plenitud, trastorno e impulso, fuerza, abandono y fusión. Los poetas, algunos poetas, saben que el lenguaje es una búsqueda de afinación de la palabra que nunca acierta el temperamento. “El membrillo” continúa con estos versos: “Por suerte, vivíamos en un mundo con estaciones”.»

Marcelo Cohen

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Fragmento

Era agosto de 2014. Mi mujer tenía una beca de investigación de la Universidad de Columbia y nos íbamos a Nueva York por cuatro meses. En Buenos Aires se había desatado una ola de calor impertinente. Veintitrés grados, alta presión, asfixia bajo las frazadas, una encubierta amenaza arbórea de brotes prematuros que iban a estropear la desolación invernal. La copa del ciprés del colegio de enfrente se plagaba de hinchazones, de pulsaciones; parecía que se le hubiera alterado la circulación de la savia. Como cada vez que pasan estas cosas últimamente, en las charlas sobre el tiempo arreciaban las alarmas sobre el cambio climático. Buenos Aires se tropicaliza. Nadie va a dudar ya de que el equilibrio de la vida en la Tierra está en peligro por obra de la desmesura humana, pero, yendo al día a día, en vano se señala que para estimar el clima de una región se necesitan datos recogidos durante unas décadas. Se encienden los diferendos sobre los inviernos de antes, los de ahora, sobre las temperaturas y precipitaciones del año pasado, la floración de las hortensias... No es sólo una forma de entretenimiento. Es un parloteo entusiasta, como si por unas veces fuera imposible regodearse en el reuma, el sistema linfático o el yo anímico sin explayarse en la consistencia del aire, las reacciones de plantas y apuestas sobre el embarazo de las zorzalas. Hay un parpadeo entre lo interior y lo exterior, y casi siempre una lucha contra frases hechas adornadas de terminología informativa: anticiclón, hectopascales, frente polar. La tercera semana del mes cambió el viento y de golpe refrescó antes de lo que anunciaban los pronósticos. En las efusiones de la radio y el mercadito del barrio noté no tanto burlas a los meteorólogos como un festejo por la irrupción de lo inesperado. No es que hubiera irrumpido, claro. La atmósfera tiene su estilo; es dionisíaca. Los cambios atmosféricos son escándalos en la pauta del tiempo crónico. Más ahora, cuando, con la conciencia tomada por dispositivos y prótesis indefectibles, por la urgencia de hacerse productor y gestor eficiente de sí mismo, de ganarles al reloj y al calendario para crecer, consumarse como y en proyecto, por el mandato de disfrutar y mimarse como está prescrito sin que decaigan los rendimientos, y encadenada a rendir y recibir información verbal y fotográfica inmediata sobre cada pormenor íntimo y noticia política, el tiempo de la vida sólo aprueba fugaces vistazos sobre la enormidad exterior a la pyme personal. Los ciclos de la atmósfera y sus anomalías impregnan esas escapadas de asombro, confianza, irritación o pasmo. Entonces se toca la cuestión menos epidérmicamente que de costumbre. Se activan conexiones en todos los sentidos.

     

Autor

 

 

 

 

 

Foto: Rafael Calviño

 

 


 

   

Marcelo Cohen (Buenos Aires, 1951) es escritor crítico y traductor. Ha publicado volúmenes de cuentos, una docena de novelas y varios libros ensayísticos. Entre estos últimos se destacan Buda, de 1999; ¡Realmente fantástico! y otros ensayos, de 2003, y Música prosaica (cuatro piezas sobre traducción), editado en 2014.

 
 

Reseñas