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Trenzas
Susana Szwarc
93 páginas; 16,5x12 cm.
Entropía, 2016
ISBN: 978-987-1768-32-5

 
 
     
   
     
 

«Este libro es una investigación y una invitación. Una investigación en el fondo opaco de las cosas que se nombran; una invitación a la luminosidad que adquieren las cosas cuando los nombres saben qué designan. El mérito de Susana Szwarc radica en el acercamiento a las cosas sin el pretexto de una intriga o una anécdota. El peso de las cosas está ya dado por una fuerza anterior al relato, por una gravedad que está en las palabras mismas y no en los desarrollos ni en las explicaciones. 

En Trenzas, la privacidad de un pequeño universo poblado de ambigüedades coloca al lector en una zona de suspenso. ¿Es, todo lo que se dice, real? Lo es en términos de una ficción responsable, no de las leyes de una verosimilitud preestablecida. Porque la realidad atenuada y discontinua de este texto yace en la escritura misma. Sin embargo, un mundo hecho de múltiples sustancias –la memoria, sus fantasmas y formas vacantes– queda convocado con nitidez y precisión. 

Contra un argumento muy antiguo que sostiene la supremacía de una estructura cuya previsión puede servir a todos los fines de la providencia, este providencial libro de Szwarc se obliga a ajustar sus partes a cada momento y animar con su aliento los engranajes de una emotiva y emocionante máquina verbal.»

Luis Chitarroni

 

Contratapa

 

 

 

 

 

 

 

 

     
   

Por fin llegaron los hijos al pueblo. ¿Por última vez?

Se llenaron de mate. Comieron asado. Sandía. Y le hicieron bromas a la hermana tonta. La que nunca se había ido del pueblo. La que sólo pronunciaba vocales. La que jugaba todo el tiempo con sus trenzas. O tomaba mamadera. Aunque a veces se prendía llorando de las tetas vacías de la madre.

No había más que una sola cama gigantesca.

–¿No prepararon las camas?
–Hoy ya es muy tarde.
–Sí.
–Vamos a dormir.
–Sí.
–Mañana armaremos los catres.
–Sí.

Se acostaron riendo en la cama común. Y miraron a la madre.

El padre se había quedado leyendo.

*

Esperó.

Salió a la noche... a mirar la noche... completamente negra.

Cuando ya todos parecían dormir, se acostó.

Escuchó en la oscuridad la voz de una de sus hijas.

–Papá.
–¿Qué?
–No puedo dormir... ¿me das la mano?
–Sí.
–Papá.
–¿Qué?
–¿Me contás un cuento?
–Vamos a despertar a los demás.
–No importa, tus cuentos son tan lindos.

*

¿No se ve acaso en una parte del sol un espacio negro?

*

Miraría otros ojos, otras manos. Contaría ausencias. Guardaría barro entre sus piernas. Un dolor todavía indecente. Retornaría.

*

A escondidas, descubrimos el cajón y besamos al padre muerto.

*

Se cubrieron todos los espejos de la casa. Se cubrieron todos los libros.

*

El tren atraviesa los pueblos. Se detiene en los caminos. Los pasajeros miran la noche. Esperan que alguien grite por mirar bien tanto vacío. Fuman.

Hasta que el tren reinicia su marcha, su monotonía. Irrumpe en la ciudad.

Fragmento
     
   

Autora

 

   
                     

Susana Szwarc nació en Quitilipi, Chaco (1954). Publicó poesía y narrativa. En estos géneros se destacan El azar cruje (2006), Una felicidad liviana (2007) y El ojo de Celan (2014). También escribió literatura infantil y obras de teatro (como teatrista forma parte del Club Argentino de Kamishibai). Fue traducida al inglés, francés, alemán y chino, entre otras lenguas. Ha recibido diversos premios nacionales e internacionales..

 


   

Reseñas

La Nación
(Verónica Chiaravalli)

Revista Ñ
(Ariel Dilon)

Entrevistas



 

 

 


[La Nación]

Letras para nombrar lo real

Por Verónica Chiaravalli

Entropía acaba de reeditar una nouvelle que la poeta chaqueña Susana Szwarc publicó por primera vez en 1991: Trenzas, miniatura urdida con prosa poética, quebrada en fragmentos que nunca terminan de encajar unos con otros, descalce en el que radica su belleza sugestiva.

Luis Chitarroni, que acompaña con unas líneas en la contratapa, encuentra un atractivo adicional: la ausencia de una intriga o anécdota como "pretexto" para activar la deriva literaria. "El peso de las cosas está ya dado por una fuerza anterior al relato, por una gravedad que está en las palabras mismas y no en los desarrollos ni en las explicaciones", valora el crítico. La escritura en ráfagas de Szwarc captura el alma de esos paisajes exuberantes y áridos a la vez, de esa tierra seca que el diluvio vuelve untuosa, y que la autora conoce tan bien.

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[Revista Ñ]

La sal de ciertas visiones

Por Ariel Dilon

A veces, cuando coinciden en un mismo estante de nuestra biblioteca o en un instante de nuestro pensamiento, los libros intercambian cortesías, discuten o se ponen de acuerdo. En ocasiones conspiran. Al que escribe le ocurrió llevar en la mochila, sin haber previsto las reacciones químicas resultantes, un libro de William Carlos Williams junto al hermoso libro de Susana Szwarc (editado originalmente en 1991, hoy se lo devuelve a su perenne juventud).

Parece que en esa oscuridad portátil y literalmente a sus espaldas algo se urdió, porque –durante una pausa en un café, cuando en vez de sacar el libro de Szwarc para leer las pocas páginas que le faltaban, optó por hojear el otro– desde una carta citada en el prefacio de Kora en el infierno de Williams, Ezra Pound se las arregló para entregarle una clave de lectura de Trenzas , que la poeta y narradora nacida en el Chaco en 1954 ha querido definir como “nouvelle”.

Le dice Pound a su amigo Williams: “Lo que salva tu obra es la opacidad, no lo olvides. La opacidad no es una cualidad estadounidense. Ve y agradécele a dios que tienes suficiente sangre española para embarrar tu mente y evitar que las ideas estadounidenses ordinarias circulen en ella como en un colador”. Las ideas ordinarias sobre lo que significa narrar no pasan el cerrado tamiz de Szwarc, y lo que embarra sus venas argentinas no sería sangre de España sino de Polonia y Uzbekistán: nada que salvar en su poema/nouvelle, felizmente condenado.

El reseñista se diferencia del lector en esto: debe dar cuenta. ¿Y cómo dar cuenta, cuando una escritura no ofrece los asideros cómodos de la explicación, del relato que puede ser glosado, del “armado” narrativo y las coartadas literarias –poco importaría sugerir que Pedro Páramo o las prosas poéticas de Vallejo preñan con lo mejor de sí mismos la verba de Szwarc–, cuando una escritura está desnuda en su suscitación de dolor y de belleza, o de dolor-belleza?

No se trata de “juzgar” un libro, sino de mostrar que, pese a todo, no es refractario al juicio y huye de la tautología: es bello porque es bello. Cierto que una trama se trenza en él: una mujer llega de regreso a un pueblo; hubo un hombre y desamor; hay una hija o unas hijas; hay unos padres ancianos que no acogen ahora con más calor que en la propia niñez helada; hay una curandera que escucha y habría de curar con la palabra; hay fiebre o agonía, no hay cura, no hay fe; los tiempos se mezclan, las voces se yuxtaponen, los amores se contaminan de cólera vieja. Pero la belleza está en los entresijos, en la ternura estaqueada en la violencia del tiempo, en la irrupción de lo indecible: opacidad del mundo, leal opacidad de la lengua.

La inspiración ciertamente existe: cada escritor la busca lo sepa o no. Cada escritor la traiciona a su manera. Susana Szwarc trabaja muy cerca de su propia inspiración: su labor de trenzado consiste en no dejarse despertar del sueño que dejó en las orillas del lenguaje la sal de sus visiones, que quema la página y la sangre. La tarea consiste en no curarse de la fiebre que en su protagonista es metáfora de otra fiebre: la de escribir. Dejar paso a lo que pulsa por decirse. En este sentido es médium, y tal es la explicación –no una banal ruptura de géneros de ambición vanguardista– de que su nouvelle pueda leerse como poesía: trenza, trance, avatar, invocación.

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