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Teoría del ascensor
Sergio Chejfec
222 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2017
ISBN: 978-987-1768-45-5

       
       
             
           
           
 

Ya sea que narre una deriva por un parque en el sur de Brasil, aborde la obra de Rafaela Baroni o (como en esta Teoría del ascensor) se ocupe de sus contemporáneos Mercedes Roffé, Martín Caparrós, Mario Bellatin, Carlos Ríos, Victoria de Stéfano o Igor Barreto, escriba sobre sus muertos familiares (Lorenzo García Vega, Juan José Saer, Julio Cortázar), o dé cuenta del descubrimiento azaroso de unas postales antiguas de Caracas o de su vida en Nueva York, leer a Sergio Chejfec es asistir a una sofisticada forma de recordarnos que toda literatura constituye una doble experiencia: la de aquello que se narra (poco importa si situado en el pasado o en el presente, si protagonizado por el autor o por los sucedáneos de la “primera persona” que Chejfec emplea para que la narración autobiográfica no devenga irrelevante o banal: “él”, “el escritor”, etcétera) y la de la narración misma, devenida experiencia mediante su reenactment en la lectura.

En esa experiencia radica la oportunidad de encontrarse con uno de los acontecimientos más importantes de la literatura en español de las últimas décadas, así como algo parecido a una promesa: la de una literatura que al rechazar radicalmente la lectura rápida no pasa, también rápidamente, sin dejar huellas.

Patricio Pron

Contratapa
                 
 
           
               
                   
Fragmento

Una madrugada de 1985 me tocó estar en la pizzería El Cuartito, en la calle Talcahuano de Buenos Aires. Era hora de cerrar: la santamaría de la puerta ya había caído y dos mozos ponían las sillas patas arriba sobre las mesas. Por entonces esta pizzería era más barrial, sin la luz abundante que tiene ahora y con las paredes menos decoradas con fotos y recortes de prensa. Aquella noche cerca de la entrada se demoraba un señor mayor, hacía rato que había terminado el plato y la bebida, y ahora estaba concentrado en contar unos billetes que iba extrayendo del montoncito que había puesto sobre la mesa, presumiblemente para pagar. Los mozos hacían gestos de impaciencia cuando pasaban por detrás de él, pero también de complicidad, como si lo conocieran, lo cual se traducía en algo parecido a la burla.

El hombre se inclinaba para ver mejor el dinero y daba la impresión de que nada podría distraerlo. Era invierno, llevaba ropa gruesa y bastante holgada. Y entre la barba, la gorra bien encasquetada y los anteojos de gran aumento, sumado a la poca luz del lugar, resultaba difícil verle la cara.

Lo esperé en la vereda. Quería ver si era Antonio di Benedetto. Al poco rato salió a la calle como alguien que no quiere irse del lugar donde está. Se subió las solapas y levantó la vista hacia el cielo, preparado para caminar. Daba pasos cortos y lentos, cosa que en un primer momento achaqué al frío. Me acerqué y comenzamos a hablar. (Yo lo había leído años antes, por consejo de un amigo sanjuanino. No me lo había recomendado por afinidad cuyana, sino por admiración, que en mi caso se convirtió en una especie de intensa y laica veneración. Sentía que su escritura era definitiva, prácticamente única.

No tanto porque se distinguiera muy claramente de cualquier otra –cosa que por supuesto ocurría– sino porque alcanzaba tal grado de coherencia con sus propósitos, que adquiría de ese modo una belleza inusual, exacta, alejada de cualquier guiño o cálculo y hasta exiliada de la noción habitual de belleza, que en su caso se convertía en algo extraterritorial y paradójicamente alcanzaba ribetes físicos.) Me emocionaba que la noche avanzada, el azar, la soledad, esa pizzería un poco astrosa hubiesen propiciado este encuentro.

Di Benedetto agradeció sin entusiasmo mis comentarios. Yo había leído hacía poco Sombras nada más, que sería su último libro, y por un momento temí que por mi expresión advirtiese que no me había gustado. Pero su melancolía, para describirla de algún modo, o más exactamente su amargura, se debía a que estaba completamente arrepentido de haber regresado al país; y los comentarios de los lectores no le alcanzaban. Un tema especialmente frustrante era el trabajo. Se preguntaba cómo había sido capaz de dejar algo perfecto en España, como decía que había tenido, y regresar a la Argentina a cambio de simples promesas. Vivía cruzando la calle Paraguay, según recuerdo que me dijo, en un departamento prestado por la viuda de Fermín Estrella Gutiérrez.

Le señalé, para ver de moderar su pesimismo, que escribía reseñas en El Periodista (un semanario de entonces); le dije que desde allí tenía una incidencia, etc. ¡Para qué...! Mis consolaciones eran de un protocolo completamente desubicado. Sin perder la calma, pero más sombrío de como había salido del local, contestó: "Usted es joven, y por eso puede parecerle que lo mío está bien. Pero no es así. Estoy entregado a la nada".

Era de un trato casi ceremonial. Mientras duró el diálogo los mozos lanzaban miradas desde la ventana, seguramente intrigados. Después Di Benedetto se alejó con esos pasos inseguros de persona enferma o sin fuerzas. Al año siguiente murió.

 

     

Autor

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Foto:
G.M.

   

Sergio Chejfec nació en 1956, en Buenos Aires. Desde 1990 reside en el extranjero. Ha publicado novelas, cuentos, poesía y ensayos. Entre sus títulos: Últimas noticias de la escritura (2015); Modo linterna (2013); La experiencia dramática (2012); El punto vacilante (2005); Los incompletos (2004); Boca de lobo (2000); Cinco (1996); Moral (1990).

 
 

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